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Fecha: Sábado 14 de febrero de 2026
Sección: LA VOZ DEL NIN
Tema: Sáb 14 feb 2026
Amar al país también es exigirle: cómo pasar del amor simbólico a la responsabilidad cívica que cambia instituciones y futuro.

Amar al país también es exigirle – bandera de Venezuela sobre cuaderno con la palabra responsabilidad y ciudadanos reunidos al fondo
Amar al país también es exigirle no es un eslogan para colgar en redes ni una frase bonita para un acto público. Es una verdad incómoda: el amor real a una nación se demuestra con estándares, con exigencia ética, con ciudadanía activa y con responsabilidad cotidiana. En Venezuela —y también en la diáspora que hoy vive en Estados Unidos, Canadá, España y el resto de Europa— el debate dejó de ser “quién manda” para convertirse en algo más profundo: ¿quién responde?, ¿quién rinde cuentas?, ¿quién se atreve a decir “así no” sin miedo, sin fanatismo y sin excusas?
Amar al país también es exigirle
Patriotismo responsable, exigir rendición de cuentas, amor cívico, ciudadanía crítica, compromiso ciudadano, cultura de responsabilidad, exigir instituciones.
Amar al país también es exigirle significa dejar de confundir patriotismo con obediencia: exigir transparencia, resultados, respeto institucional y responsabilidad ciudadana para que la democracia sea posible.
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Introducción: el amor que incomoda
Hay un tipo de amor que aplaude todo, justifica todo y termina permitiendo cualquier cosa. Ese amor no salva a nadie: adormece. Y hay otro amor —más difícil, más maduro— que ama lo suficiente como para exigir. Exigir no es odiar. Exigir no es destruir. Exigir es defender una idea de país que merece algo mejor.
Durante años, nos entrenaron para pensar que criticar es traicionar; que preguntar es “hacerle el juego” a alguien; que exigir cuentas es “dividir”. Pero los países no se reconstruyen con unanimidad falsa, sino con instituciones sólidas y con ciudadanos que ponen límites. Cuando una sociedad normaliza lo inaceptable, la decadencia deja de ser un accidente y se vuelve costumbre.
Como ha dicho Víctor Escalona en reflexiones que conectan lo personal con lo colectivo: “A veces, el verdadero cambio no empieza en la calle, sino en lo que decides pensar cada mañana.” Y hoy, el cambio empieza por aceptar esta idea simple: amar al país también es exigirle, en público y en privado, con firmeza y con método.
El falso dilema: amar o criticar
En Venezuela, el debate suele presentarse como una trampa emocional: o amas al país y callas, o criticas y “no lo quieres”. Ese dilema es una manipulación. La crítica responsable es un acto de pertenencia. Nadie se toma el trabajo de exigirle a un lugar que le es indiferente.
Cuando el silencio se disfraza de patriotismo
- Silencio por cansancio: “Ya nada cambia” se vuelve excusa para abandonar.
- Silencio por miedo: el temor a represalias reduce la conversación pública a susurros.
- Silencio por interés: algunos prefieren no incomodar al poder o a su propio grupo.
Sin embargo, la historia es clara: las sociedades que avanzan normalizan la fiscalización, la denuncia y la exigencia. En democracias maduras, exigir no es radicalismo; es rutina cívica.
Patriotismo responsable: lo que sí significa exigirle al país
Exigirle al país no es pedir milagros. Es establecer estándares. Es dejar de aplaudir promesas vacías. Es evaluar resultados, exigir transparencia y defender lo público como patrimonio de todos.
Señales de una ciudadanía madura
- Pedir cuentas: ¿quién decidió?, ¿con qué presupuesto?, ¿con qué resultados?, ¿quién auditó?
- Rechazar la corrupción sin “pero”: sin excepciones por afinidad política.
- Exigir mérito y competencia: no “lealtad”, no “apellidos”, no “amiguismos”.
- Defender instituciones, no caudillos: los países no se salvan con mesías; se salvan con reglas.
- Participar: comunidad, gremios, asociaciones, veeduría ciudadana, medios, debate.
En otras palabras: exigirle al país es exigirle a cada estructura que lo compone —Estado, partidos, empresas públicas, sistemas de salud, educación y justicia— que funcione con dignidad, y también exigirnos a nosotros mismos coherencia.
La diáspora: amar desde lejos también es exigir
La migración venezolana, dispersa entre Estados Unidos, Canadá, España y el resto de Europa, vive un dilema emocional: el país duele, pero también cansa. Muchos se desconectan para sobrevivir. Sin embargo, el exilio no debería convertirse en apatía. La distancia puede ser un punto de fuerza si se organiza con inteligencia.
¿Cómo exigir desde la diáspora sin caer en el ruido?
- Informarse con rigor: evitar la cadena de rumores y la propaganda disfrazada de noticia.
- Apoyar iniciativas verificables: proyectos humanitarios serios, veeduría, redes de apoyo a presos políticos.
- Fortalecer instituciones de la comunidad: asociaciones, gremios, plataformas de ayuda legal.
- Presionar con narrativa coherente: exigir derechos humanos no es “politiquería”; es defensa de vida.
El país no se reduce al territorio. El país también es la gente. Y la gente —esté en Caracas, Bogotá, Miami, Toronto o Madrid— puede exigir con constancia, sin fanatismo, con prioridades claras.
Video recomendado para complementar esta reflexión
Para aterrizar esta idea en un plano personal —disciplina, responsabilidad y toma de decisiones— recomendamos este contenido del canal Víctor Escalona – El Estoico, útil para entender por qué exigir comienza por dejar la espera pasiva:
https://www.youtube.com/embed/UaTL5uKLkd8
Ver el video relacionado en YouTube
Nota editorial: este video conecta con el tema porque el país no se rescata con esperanza abstracta, sino con decisión y constancia: primero en la mente, luego en la cultura y finalmente en las instituciones.
Exigirle al país también es exigirse a uno mismo
Una nación no es un edificio que otro debe reparar. Es un hábito colectivo. Por eso, exigirle al país sin exigirse a uno mismo es una contradicción que termina en frustración. Si pedimos instituciones serias, necesitamos ciudadanos serios. Si pedimos justicia, necesitamos cultura de legalidad. Si pedimos transparencia, debemos rechazar el atajo, el soborno y el “no pasa nada”.
El cambio pendiente es cultural
Venezuela ha vivido demasiadas etapas donde lo “normal” fue lo anormal: la falta de servicios, la improvisación, la mentira oficial, la resignación social. El problema no es solo político; es cultural. Y por eso, el amor al país no puede limitarse a nostalgia. Tiene que convertirse en responsabilidad cotidiana.
Preguntas que un patriota responsable debería hacerse
- ¿Estoy premiando con mi silencio lo que digo rechazar?
- ¿Estoy exigiendo resultados o solo descargando rabia?
- ¿Estoy ayudando a construir comunidad o solo a difundir desesperanza?
- ¿Estoy dispuesto a sostener un esfuerzo largo, o quiero soluciones instantáneas?
La exigencia no funciona con impulso; funciona con método. Y la democracia no se defiende con heroísmos puntuales, sino con constancia.
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España, América Latina y USA: exigir es normal, no “extremo”
En España, el ciudadano reclama servicios públicos y exige responsabilidades: desde el ayuntamiento hasta el gobierno central. En Estados Unidos, la cultura del “accountability” —rendición de cuentas— forma parte del ADN institucional: auditorías, prensa combativa, demandas, contrapesos. En Canadá, la confianza en lo público está ligada a la transparencia y la eficiencia. Y en América Latina, aunque la región sufre ciclos de populismo, también emergen movimientos ciudadanos que empujan reformas reales.
El contraste con Venezuela es doloroso: durante demasiado tiempo se instaló la idea de que “exigir no sirve”. Pero exigir sí sirve. Lo que no sirve es exigir sin organización, sin continuidad, sin prioridades. Por eso, esta columna propone una transición mental: del desahogo al plan, de la indignación al estándar, de la queja a la exigencia estratégica.
Una comparación útil
- Queja: “Todo está mal.”
- Exigencia: “Esto está mal, estas son las pruebas, estas son las métricas y este es el cambio mínimo que exigimos.”
La exigencia estratégica es la que cambia sistemas. Y un país se reconstruye cuando deja de celebrar discursos y empieza a evaluar resultados.
Exigir es disciplina: sin constancia, la verdad se enfría
La exigencia cívica requiere paciencia, porque los sistemas no ceden por emoción. Ceden por presión sostenida. Y la presión sostenida se parece más a disciplina que a entusiasmo. Por eso, este mismo video vuelve a ser pertinente: no para “motivarnos”, sino para recordarnos que la perseverancia es un arma democrática.
https://www.youtube.com/embed/UaTL5uKLkd8
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Preguntas frecuentes
¿Exigirle al país no “divide” a la sociedad?
Divide el conformismo, no a la nación. La exigencia responsable separa lo aceptable de lo inaceptable. Esa distinción es necesaria para reconstruir instituciones y confianza.
¿Cómo exigir sin caer en odio o fanatismo?
Con hechos, con métricas y con constancia. Exigir no es insultar; es pedir rendición de cuentas. El fanatismo se alimenta de emociones; la exigencia se sostiene con evidencia.
¿Qué puede hacer una persona común si “no tiene poder”?
Informarse, participar en comunidad, apoyar periodismo independiente, exigir coherencia a líderes y rechazar la normalización del abuso. La suma de ciudadanos consistentes cambia el clima cultural y, con el tiempo, cambia el sistema.
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Cierre: el amor que construye futuro
Venezuela no necesita más romanticismo vacío. Necesita ciudadanía. Necesita cultura de responsabilidad. Necesita una nueva costumbre: la de exigir con firmeza, con inteligencia y con perseverancia. Amar al país también es exigirle porque el amor real no aplaude el deterioro: lo enfrenta.
Si queremos un país distinto, la exigencia debe empezar hoy, en lo pequeño y en lo grande: en nuestra forma de hablar, de elegir, de participar y de no normalizar lo inaceptable. Porque cuando una nación se acostumbra a no exigir, se condena a repetir su dolor.
Llamado a comentar: Cuéntanos tu visión. ¿Qué significa para ti exigirle al país sin perder el amor por Venezuela?
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