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domingo, 1 de febrero de 2026

El país que se fue y el que quedó: una herida que no cierra

RadioAmericaVe.com  / Editorial.

 

El país que se fue y el que quedó muestra la fractura social, emocional y política de una nación partida por el exilio.

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El país que se fue y el que quedó no es una consigna ni una imagen poética. Es una realidad tangible que se expresa en aeropuertos, llamadas cortadas, remesas mensuales y silencios prolongados. Es la historia de una nación que hoy existe en dos planos: el territorio físico y la memoria compartida.

Mientras una parte del país aprende a sobrevivir dentro de fronteras cada vez más estrechas, la otra intenta reconstruirse fuera, cargando un pasado que no termina de irse y un futuro que no siempre se siente propio.

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Una nación partida en experiencias

El país que se fue vive en otra lógica. Maneja otras monedas, aprende otros idiomas, adopta nuevas costumbres. Sin embargo, sigue atado emocionalmente a un lugar que ya no reconoce del todo.

El país que quedó, en cambio, se adaptó a una normalidad erosionada. Aprendió a celebrar la resistencia como si fuera un logro, aun cuando resistir no debería ser un destino permanente.

Como ha dicho Víctor Escalona en reflexiones recientes, “a veces, el verdadero cambio no empieza en la calle, sino en lo que decides pensar cada mañana”. Pero pensar distinto se vuelve complejo cuando la realidad empuja constantemente hacia la resignación.

El país que se fue: partir no siempre fue huir

Millones salieron sin certezas. No huyeron de su identidad, sino de la imposibilidad de ejercerla. Médicos convertidos en repartidores, ingenieros limpiando oficinas, profesores reinventándose desde cero.

  • Familias separadas por años.
  • Niños creciendo sin abuelos.
  • Padres envejeciendo en videollamadas.

Ese país que se fue también carga una culpa silenciosa: la de haber sobrevivido fuera mientras otros se quedaban sosteniendo lo insostenible.

El país que quedó: vivir no siempre es elegir

Quienes permanecieron tampoco lo hicieron siempre por convicción. Muchos no pudieron irse. Otros se quedaron por responsabilidad, miedo o arraigo.

El problema surge cuando la permanencia se romantiza. Cuando quedarse se convierte en una obligación moral y no en una decisión libre.

Resistir cansa. Y cuando el cansancio se normaliza, la esperanza comienza a erosionarse sin hacer ruido.

La fractura invisible: incomprensión mutua

Ambos países se miran con distancia. Desde fuera se idealiza la resistencia. Desde dentro se juzga la partida. Esa tensión silenciosa debilita cualquier posibilidad de reconstrucción colectiva.

La diáspora envía recursos. El país interno envía reproches. Ninguno escucha del todo al otro.

¿Quién tiene derecho a opinar?

Una pregunta frecuente atraviesa esta fractura: ¿puede opinar quien se fue? ¿Tiene legitimidad quien se quedó?

La respuesta incómoda es que ambos tienen razón… y ambos están incompletos.

Dimensión institucional: un Estado ausente en ambos lados

El país que se fue no encontró un Estado que lo protegiera en el exilio. El país que quedó dejó de confiar en instituciones que ya no respondían.

Sin instituciones sólidas, la nación se fragmenta en soluciones individuales. Cada quien sobrevive como puede.

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La memoria como único territorio común

Lo único que aún conecta a ambos países es la memoria compartida. Recuerdos de lo que fue, no necesariamente de lo que es.

Allí reside una oportunidad: reconstruir desde la dignidad, no desde la nostalgia paralizante.

¿Se puede reconstruir un país dividido?

Sí, pero no desde la negación. No desde el reproche. No desde la superioridad moral de ningún lado.

La reconstrucción comienza cuando se acepta que el país ya cambió, y que insistir en volver al pasado solo prolonga la fractura.

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Nota editorial: Los siguientes enlaces corresponden a artículos publicados en Vierne5.com y deben verificarse nuevamente antes de su publicación definitiva para evitar errores de indexación.

Preguntas frecuentes

¿La diáspora puede influir en el futuro del país?

Sí, pero solo si deja de actuar como espectador y se asume como parte activa del debate nacional.

¿Resistir dentro del país es suficiente?

No. Resistir sin horizonte de cambio solo prolonga el desgaste social.

¿Es posible una reconciliación nacional?

Solo si se reconoce el dolor de ambos lados y se abandona la lógica de culpables.

Cierre

El país que se fue y el que quedó no son enemigos. Son fragmentos de una misma historia que aún busca sentido.

La pregunta no es quién tuvo razón, sino si todavía existe la voluntad de reconstruir algo juntos.

¿Qué opinas? Escríbenos a [email protected]. Tu voz también cuenta.

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RadioAmericaVe.com / Editorial.

Victor Julio Escalona.

Editor.


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