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Desprecio del chavismo al pueblo: apagones, mentiras y soberbia revelan una fractura moral que marcará los años por venir.

Desprecio del chavismo al pueblo: la grieta irreversible
Desprecio del chavismo al pueblo: apagones explicados con excusas repetidas, disculpas sin verdad y una élite sin legitimidad revelan una fractura moral que ya no puede ocultarse.
El desprecio ya no se disimula: se administra
Desprecio del chavismo al pueblo. Esa es, probablemente, la frase más precisa para describir una parte decisiva del momento venezolano. No se trata solo de ineficiencia. Tampoco se trata únicamente de soberbia política. Se trata de algo más profundo: una relación de poder en la que la cúpula se acostumbró a tratar a la sociedad como si fuera incapaz de recordar, comparar y juzgar.
Todos los años el sol pasa por el mismo lugar. Todos los años existe la declinación solar. Todos los años el sistema eléctrico venezolano enfrenta el mismo calendario astronómico. Presentar, entonces, ese fenómeno como explicación anticipada del mal funcionamiento de la red nacional no es una muestra de información técnica. Es una muestra de desprecio. Un gobierno serio corrige fallas. Un poder degradado fabrica excusas.
El problema no es solo que fallen los servicios. El problema es que se le diga al país, con una naturalidad ofensiva, que acepte como inevitables las consecuencias de la desidia, la corrupción y la destrucción institucional.
Como escribió Víctor Escalona en una reflexión que hoy resuena con fuerza: “A veces, el verdadero cambio no empieza en la calle, sino en lo que decides pensar cada mañana.” Venezuela necesita pensar con claridad brutal: el poder que hoy manda ya no trata de convencer al pueblo. Trata de agotarlo.
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El caso Pernalete: pedir perdón sin decir la verdad también es desprecio
El desprecio también se expresa en el lenguaje. Ernesto Villegas ofreció una disculpa por “comunicar” que a Juan Pablo Pernalete lo mataron en 2017 con una pistola de pernos. Pero su gesto no fue una disculpa por el hecho. No fue una rectificación moral por haber participado en la mentira. No fue un reconocimiento de responsabilidad política por contribuir a encubrir una versión falsa. Fue, más bien, una disculpa por “aumentar el dolor” de los familiares.
Ese matiz lo cambia todo.
Porque una cosa es reconocer una mentira. Otra muy distinta es lamentar apenas el efecto emocional de haberla sostenido. Lo primero abre la puerta a una mínima reparación moral. Lo segundo conserva intacto el núcleo del problema: el poder sigue sin asumir el peso de lo que hizo.
¿Por qué importa tanto este ejemplo?
- Porque muestra cómo el aparato oficial sigue tratando la verdad como una herramienta desechable.
- Porque deja claro que no hay propósito real de enmienda.
- Porque revela que incluso cuando rectifican, lo hacen sin desmontar el mecanismo de desprecio hacia las víctimas.
Y ejemplos como este sobran. Sobran porque el chavismo dejó de ser hace tiempo un proyecto ideológico con pretensión pedagógica y se transformó en una maquinaria de administración del poder. Sin doctrina viva, sin épica creíble y sin horizonte social, lo que quedó fue una práctica política despojada de toda empatía.
De la superioridad moral a la psicopatología del poder
Durante años, el chavismo se alimentó de una narrativa de superioridad moral. La revolución no solo decía gobernar: decía encarnar el bien histórico frente al mal oligárquico, imperial y burgués. Esa convicción funcionó como escudo, como justificación y como combustible simbólico.
Pero hoy esa ideología aparece vaciada. Lo que queda no es convicción, sino costumbre de mando. Y cuando un poder pierde su relato pero conserva su aparato coercitivo, roza una zona peligrosa: la del desprecio sin freno, la del trato patologizado hacia la sociedad, la de la incapacidad de registrar el sufrimiento del otro como algo relevante.
Eso explica por qué el gobierno parece actuar como si nada hubiera cambiado. Como si los apagones fueran normales. Como si la miseria salarial fuera una estadística tolerable. Como si los muertos, los presos, los exiliados y los humillados fueran simplemente el costo operativo de seguir mandando un día más.
El desprecio es mutuo: la calle calla, pero no perdona
Sin embargo, hay una novedad de fondo. El desprecio ya no circula en una sola dirección.
El chavismo y sus mutaciones degradadas desprecian al pueblo venezolano. Eso parece evidente. Pero ese mismo pueblo los desprecia de vuelta. A veces en voz baja. A veces con prudencia. A veces sin micrófonos. Por ahora, muchas veces en sordina. Pero el sentimiento existe, se acumula y se organiza en la intimidad social.
Hay un tipo de rechazo que no siempre llena plazas, pero sí vacía legitimidades. Es el rechazo que se expresa en la burla privada, en la desconfianza total, en la renuncia emocional a creerles una palabra más.
Ese es uno de los datos políticos más importantes del presente venezolano.
¿Cómo se expresa ese desprecio social?
- En la incredulidad automática frente a cualquier explicación oficial.
- En la desconexión emocional entre el discurso del poder y la experiencia de la gente.
- En la memoria silenciosa de agravios que no han sido reparados.
- En la certeza íntima de que el país merece otra cosa.
Ese desprecio mutuo vuelve inviable cualquier intento de restituir relevancia política al chavismo en los años por venir, salvo que ocurra una enmienda moral de magnitud histórica. Y hoy no existe ninguna señal seria de que eso esté por suceder.
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Surfear la ola no es gobernar
Una parte del oficialismo parece creer que toda esta etapa consiste en surfear la ola. Resistir. Adaptarse. Ganar tiempo. Cambiar el tono. Negociar por arriba. Hacer concesiones tácticas sin alterar el fondo del modelo. Pero una sociedad quebrada no se recompone con surfistas del poder.
Gobernar exige respeto. No respeto protocolar. Respeto genuino por los gobernados. Respeto por su inteligencia, por su dignidad y por su derecho a no ser tratados como rehenes narrativos de una cúpula que perdió la vergüenza de mentir.
Ese es uno de los retos más serios que confrontaremos en los años por venir: construir un gobierno fundado sobre el respeto a los ciudadanos y no sobre su humillación cotidiana.
Un sistema eléctrico roto y una moral pública colapsada
Lo eléctrico importa no solo por la luz que se va, sino por lo que ilumina. Cada apagón mal explicado revela un patrón. Cada excusa reciclada confirma una idea. Cada vocero que atribuye fallas estructurales a fenómenos previsibles está diciendo, en realidad, que el ciudadano merece conformarse con lo inaceptable.
En una república funcional, el Estado responde ante el deterioro. En un sistema degradado, el Estado gestiona la resignación. Y cuando el objetivo pasa de corregir a resignar, ya no estamos frente a una crisis de servicios. Estamos frente a una crisis moral del poder.
Video recomendado
Para complementar esta reflexión sobre liderazgo, decadencia del poder y responsabilidad pública, puedes explorar el canal de Víctor Escalona – El Estoico. No encontré con fiabilidad suficiente un video específico y directamente alineado con este tema para insertarlo como pieza exacta, así que dejo una salida segura al canal para que elijas el contenido que mejor acompañe esta publicación.
Ver el video relacionado en YouTube
El periodismo independiente también mide el desprecio
Cuando el poder deja de respetar a la sociedad, el periodismo independiente cumple una tarea esencial: registrar ese deterioro, nombrarlo y evitar que se normalice. Porque la mentira insistente tiene un objetivo claro: desgastar la capacidad colectiva de indignarse.
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Preguntas frecuentes
¿Por qué el artículo habla de “desprecio mutuo”?
Porque sostiene que la relación entre la cúpula chavista y la sociedad venezolana ya no se basa ni en representación ni en confianza, sino en un rechazo recíproco: el poder desprecia al pueblo, y el pueblo devuelve ese desprecio, aunque muchas veces en silencio.
¿Qué revela la explicación oficial sobre la declinación solar y los apagones?
Revela, según el enfoque del artículo, una práctica de subestimar la inteligencia ciudadana al usar un fenómeno previsible como excusa para el deterioro del sistema eléctrico.
¿Por qué se considera insuficiente la disculpa de Ernesto Villegas por el caso Pernalete?
Porque no fue una disculpa por la mentira ni por el hecho, sino por el aumento del dolor causado a la familia, lo que evita asumir plenamente la responsabilidad moral y política.
¿Qué reto plantea el texto para los años por venir?
Construir una forma de gobierno basada en el respeto a los gobernados y no en su humillación, desprecio o manipulación.
El país que viene no puede fundarse sobre el desprecio
Venezuela podrá tener muchos desafíos en los años próximos: reconstrucción institucional, recuperación económica, regreso del exilio, justicia para las víctimas y reinstitucionalización democrática. Pero hay uno más hondo que atraviesa a todos los demás: desmontar la cultura del desprecio.
Un gobierno que desprecia termina aislado de la nación real. Un pueblo que desprecia a sus gobernantes deja de obedecer moralmente, aunque todavía soporte materialmente. Esa fractura no se repara con propaganda. Se repara con verdad, con respeto y con una nueva forma de entender el poder.
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