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lunes, 27 de abril de 2026

Contradicciones del chavismo: el desmontaje silencioso

RadioAmericaVe.com / Opinión.

 

Las contradicciones del chavismo muestran cómo el poder desmonta sus viejos dogmas mientras evita pagar el costo político.

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Los Rodríguez están desmontando el chavismo a plena luz del día. Lo hacen sin pedir perdón, sin explicar demasiado y, hasta ahora, sin pagar el costo político que semejante giro debería producir. El dato más llamativo no es solo que estén enterrando dogmas que durante años presentaron como sagrados; lo verdaderamente escandaloso es que casi nadie les está cobrando esa factura con la fuerza que merece.

El chavismo construyó su épica sobre el control del Estado, la soberanía petrolera, la sospecha permanente contra el capital privado y el combate verbal contra el imperialismo estadounidense. Ahora, sus herederos administran exactamente lo contrario. Y lo hacen con una naturalidad que roza el cinismo.

El chavismo que se traga sus propios dogmas

Durante años, el discurso oficial convirtió el control de los medios de producción en una especie de mandamiento político. Privatizar era pecado. Abrirle espacio al capital privado era traición. Hablar de inversión extranjera exigía, por lo menos, envolver la frase en consignas de soberanía.

Hoy, sin embargo, el mismo poder que demonizó esas ideas abre las puertas al capital privado con una serenidad sorprendente. Habla de privatizaciones sin tragar grueso. Incluso parece hacerlo con gusto. No hay duelo ideológico. No hay explicación histórica. No hay autocrítica. Solo una conversión repentina presentada como pragmatismo.

Ese viraje, por sí solo, debería bastar para desmontar años de propaganda. Pero en Venezuela hemos aprendido a convivir con contradicciones tan grandes que a veces dejan de producir asombro. Y ese es precisamente el problema.

El petróleo, la soberanía y la memoria rota

El caso petrolero es todavía más simbólico. El chavismo convirtió el petróleo en bandera de soberanía nacional. Con ese argumento expropió, atacó empresas, levantó discursos altaneros y convenció a parte del país de que cualquier presencia extranjera en el sector energético equivalía a una humillación.

Ahora, quienes detentan el poder entregan espacio a las mismas empresas que antes fueron tratadas como enemigas. El giro no es menor. No es técnico. No es administrativo. Es político y moral.

Porque la pregunta de fondo no es si Venezuela necesita inversión. Claro que la necesita. La pregunta es por qué quienes destruyeron la confianza, espantaron capitales y empobrecieron al país pueden ahora presentarse como operadores de una apertura sin responder por el desastre anterior.

Allí está el punto: el país no puede reconstruirse sobre una amnesia conveniente.

La contradicción como oportunidad política

La tarea ciudadana no consiste en rechazar todo cambio porque venga de quienes antes defendían lo contrario. Sería absurdo. Si una política equivocada se corrige, el país puede beneficiarse. Pero corregir no debería equivaler a borrar.

Por eso hay que poner reflectores sobre cada contradicción. No para caer en el ataque por el ataque, sino para impedir que la transición se edifique sobre una mentira.

Hay preguntas que deben repetirse hasta que produzcan consecuencia pública:

  • ¿Quién responde por las expropiaciones celebradas como hazañas?
  • ¿Quién asume el costo de haber destruido confianza económica durante años?
  • ¿Quién explica el giro de la soberanía petrolera al pragmatismo entreguista?
  • ¿Quién responde por los discursos que justificaron persecuciones, ruina y miedo?

La verdad no impide reconstruir. Al contrario, la hace posible. Lo que impide reconstruir es fingir que nada ocurrió.

Cuando el silencio también es complicidad

Resulta paradójico que el campo democrático, tan eficiente para amplificar sus propias contradicciones, no esté explotando con la misma intensidad las contradicciones del chavismo. Si del otro lado hubiese apenas una fracción de este nivel de incoherencia, la maquinaria oficial estaría triturando el tema sin descanso.

Y, sin embargo, el chavismo desmonta sus viejas banderas casi sin oposición narrativa. Los viejos voceros hablan por aquí y por allá, pero suenan afónicos. El relato que antes ordenaba a la militancia perdió fuerza. La épica se volvió trámite. La revolución se volvió administración de intereses.

Ese vacío debe ser señalado. Porque cuando un proyecto político deja de creer en sus propios dogmas, entra en una fase de descomposición mucho más profunda que la simple derrota electoral.

Reconciliación sin mentira

Venezuela necesita reconstrucción y también reconciliación. Pero ninguna de las dos puede sostenerse sobre el olvido fabricado. No se trata de impedir que el país avance. Se trata de que avance con memoria.

El desmontaje del chavismo debe quedar documentado. Cada línea roja cruzada, cada dogma enterrado, cada discurso incendiario abandonado debe formar parte de la conversación nacional. No por venganza, sino por higiene democrática.

Como diría Víctor Escalona, “un país no se levanta negando sus ruinas, sino entendiendo quién las provocó y cómo se reconstruye sin repetirlas”. Esa es la clave: no usar la memoria para paralizar, sino para impedir la repetición.

La verdad como condición de futuro

El país debe mirar de frente este momento. Si el chavismo está desmontando su propio edificio ideológico, corresponde preguntarse qué queda realmente en pie. Si ya no queda antiimperialismo, si ya no queda estatismo petrolero, si ya no queda épica productiva ni relato soberanista, entonces lo que queda es poder desnudo.

Y al poder desnudo se le enfrenta con verdad, organización y claridad.

La reconstrucción venezolana no puede ser una feria de perdones automáticos ni una pasarela de reciclaje político. Puede y debe haber acuerdos, sí. Pero esos acuerdos solo tendrán sentido si se construyen sobre un reconocimiento honesto de lo ocurrido.

En RadioAmericaVe.com y Vierne5 creemos que el periodismo independiente tiene precisamente esa función: iluminar contradicciones, preservar memoria y abrir debates incómodos que el poder preferiría dejar en sombra. Sostener esa mirada crítica exige una comunidad de lectores comprometida con la verdad.

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Los Rodríguez están desmontando el chavismo. Eso debe decirse con todas sus letras. Pero también debe decirse algo más: si ese desmontaje ocurre sin memoria, sin costo político y sin verdad pública, el país corre el riesgo de cambiar de fachada mientras conserva intactas las raíces del problema.

La tarea, entonces, es clara: no dejar nada en la sombra. Recordarle a Venezuela quiénes eran ayer, qué dijeron, qué hicieron y qué son hoy. Solo así la reconstrucción podrá levantarse sobre la verdad y no sobre otra mentira cuidadosamente administrada.

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