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sábado, 4 de abril de 2026

El país que heredamos y el que permitimos en Venezuela

RadioAmericaVe.com  / La Voz del NIN.

 

El país que heredamos y el que permitimos: memoria, responsabilidad y una salida democrática para reconstruir Venezuela.

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Venezuela que heredamos
Crisis de Venezuela y responsabilidad ciudadana
Degradación institucional en Venezuela
Reconstrucción democrática de Venezuela

El país que heredamos y el que permitimos no son dos países distintos: son dos momentos de una misma responsabilidad nacional. Venezuela no cayó del cielo a esta ruina institucional, moral y material. Heredamos una República imperfecta, sí, pero funcional; un país con alternancia, con una amplia clase media, con infraestructura, con una escuela pública respetada, con un sistema sanitario que fue referencia regional y con una renta petrolera que, bien o mal administrada, colocó al país entre los espacios de mayor oportunidad en América Latina. Lo que hoy tenemos no es solo el resultado de lo que otros destruyeron desde el poder. También es el resultado de lo que, por miedo, cansancio, conveniencia o costumbre, fuimos permitiendo como sociedad.

Esta no es una tesis para repartir culpas con ligereza ni para absolver a quienes gobernaron con irresponsabilidad, corrupción y abuso. Es una tesis para recuperar madurez política. Porque si el país que perdimos fue real, también debe ser real la pregunta sobre el país que toleramos mientras se vaciaban las instituciones, se degradaba el trabajo, se normalizaba el colapso y millones de venezolanos convertían el exilio en una forma de supervivencia. Como ha dicho Víctor Escalona, “A veces, el verdadero cambio no empieza en la calle, sino en lo que decides pensar cada mañana”. Y el cambio que Venezuela necesita empieza por pensar con honestidad cuánto heredamos y cuánto permitimos.

Lo que heredamos no fue una utopía, pero sí una base de país

Conviene empezar por una precisión que la nostalgia suele deformar. La Venezuela que heredamos no fue un paraíso sin grietas. Tuvo desigualdad, clientelismo, corrupción y errores de diseño económico. Pero también tuvo algo que hoy parece lejano: una base institucional y social capaz de producir futuro. Hubo alternancia en el poder, hubo normas que, aun con fallas, podían operar, hubo una economía con capacidad de expansión, hubo movilidad social y hubo una idea compartida de progreso posible.

La llamada “Venezuela Saudita” fue también una época de excesos y rentismo, pero sería intelectualmente deshonesto negar que existía una estructura nacional de oportunidades. El país atraía inmigrantes, no expulsaba a sus hijos. La escuela pública era una promesa de ascenso. La infraestructura petrolera y agroindustrial no estaba desmantelada. El horizonte colectivo no era la fuga, sino la posibilidad de construir vida aquí.

Lo heredado, en suma, no fue perfección. Fue una plataforma. Una República con defectos, pero todavía reconocible como República. Y justamente por eso la comparación con el presente duele tanto.

El tránsito de la riqueza a la asfixia no ocurrió por accidente

Lo que ocurrió después no puede resumirse solo en una mala administración. Hubo un cambio de lógica. Venezuela pasó de un modelo rentista ya enfermo a una forma de asfixia multifactorial donde los controles, las expropiaciones, la arbitrariedad regulatoria, la destrucción de incentivos productivos y la hipertrofia del Estado erosionaron la base de funcionamiento del país. La riqueza dejó de ser motor de modernización para convertirse en combustible del control.

En ese proceso se destruyeron capacidades, se vació la institucionalidad, se atacó la confianza y se desvalorizó la noción misma de trabajo. La economía dejó de ser un espacio para producir y comenzó a parecerse demasiado a un terreno para sobrevivir. El daño no fue solo financiero. Fue cultural. Una sociedad que antes asociaba esfuerzo con ascenso empezó a asociar esfuerzo con desgaste, y cercanía al poder con oportunidad.

Allí el diagnóstico político del NIN cobra fuerza: ningún proyecto nacional serio puede construirse sobre una cultura donde la lealtad suplanta a la competencia y donde la ideología justifica el colapso técnico. Venezuela necesita volver a respetar el valor de la capacidad, de la eficiencia, de la administración seria y de los resultados tangibles. Pero esa reconstrucción no puede ser puramente técnica. Tiene que ser también moral y republicana.

Lo que permitimos: la parte incómoda de nuestra historia reciente

La responsabilidad principal de la destrucción recae en quienes controlaron el poder y lo utilizaron para degradar al país. Pero la pregunta editorial de fondo sigue en pie: ¿qué permitimos que ocurriera como sociedad? Permitimos, a veces por miedo y otras por fatiga, que la excepcionalidad se convirtiera en norma. Igualmente permitimos que la justicia dejara de inspirar confianza. Permitimos que la corrupción fuera leída como una costumbre y no como una agresión directa a la nación. Permitimos que la política partidista sustituyera a la ciudadanía y que la sobrevivencia cotidiana desplazara la defensa de lo público.

No se trata de culpar a la víctima. Se trata de entender cómo se rompe el tejido social. Cuando un pueblo se acostumbra a la falla eléctrica, al agua intermitente, al salario pulverizado, al hospital sin insumos, al aula vacía, al expediente detenido y a la arbitrariedad administrativa, empieza a adaptarse a lo inaceptable. Y toda adaptación prolongada tiene un costo político: reduce el umbral de indignación, disminuye la capacidad de exigencia y vuelve negociable lo que no debería serlo nunca.

Eso que permitimos adoptó muchas formas

  • La normalización de servicios públicos deficientes como si fueran una fatalidad natural.
  • La resignación ante la pérdida del valor del trabajo y del ahorro.
  • La erosión de la confianza en la justicia y en la administración pública.
  • La aceptación de la migración masiva como paisaje permanente.
  • La sustitución de la esperanza organizada por la mera sobrevivencia individual.

Lo más peligroso de esta degradación es que no siempre se percibe como una derrota colectiva. A veces se vive simplemente como rutina. Y cuando la rutina sustituye la conciencia, el deterioro avanza con menos resistencia.

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La economía de dos velocidades no puede confundirse con recuperación nacional

En los últimos años se ha instalado una ilusión peligrosa: la de una normalización parcial presentada como recuperación. Es cierto que algunos sectores económicos muestran movimiento, que ciertas actividades privadas han encontrado oxígeno y que el petróleo sigue siendo un eje decisivo. Pero esa respiración limitada no debe confundirse con salud nacional. La Venezuela real sigue marcada por salarios bajos, inflación persistente, servicios deficientes y un profundo deterioro del poder adquisitivo de la mayoría.

Ese contraste ha creado una economía de dos velocidades: una pequeña franja que logra moverse en ciertos circuitos de consumo y una mayoría que continúa atrapada en la precariedad. Si la política no reconoce esa fractura, vuelve a divorciarse del país. Y si la sociedad se conforma con esa ficción de mejoría parcial, vuelve a permitir que la desigualdad y la resignación se consoliden como modelo.

El Nuevo Ideal Nacional debe ser claro en este punto: el desarrollo no puede medirse por vitrinas ni por islas de dinamismo. Debe medirse por la capacidad de reconstruir una clase media productiva, revalorizar el trabajo, restaurar infraestructura, profesionalizar el Estado y devolverle previsibilidad a la vida diaria.

Entre el miedo y la esperanza: la sociedad civil frente a su propia fatiga

Uno de los debates más difíciles, y más honestos, es el de la sociedad civil. ¿Qué papel jugó y qué papel puede jugar todavía? No sirve romantizarla ni condenarla sumariamente. Hubo resistencia, organización, denuncia y solidaridad. También hubo cansancio, repliegue, cálculo y adaptación. La verdad es más compleja: millones de personas han vivido en modo supervivencia, y la supervivencia rara vez deja intacta la energía cívica.

Sin embargo, el país que permitimos también puede ser el país que empecemos a despermitir. Esa es la verdadera bisagra histórica. No se trata de volver sentimentalmente a un pasado idealizado. Tampoco de aceptar que solo queda empezar de cero, como si la historia fuera una hoja en blanco. Se trata de rescatar lo mejor de lo heredado —institucionalidad, capacidad productiva, educación, vocación de progreso— y combinarlo con una nueva cultura política menos ingenua, menos dependiente y más exigente.

Esa reconstrucción exige, al menos, cinco compromisos nacionales

  1. Recuperar la institucionalidad como prioridad y no como promesa decorativa.
  2. Revalorizar el trabajo y la competencia técnica por encima de la lealtad partidista.
  3. Restituir la confianza pública mediante transparencia, justicia y profesionalización del Estado.
  4. Reconectar política y ciudadanía para que la gente vuelva a verse representada en lo público.
  5. Convertir la memoria en dirección, no en simple melancolía.

Allí está la diferencia entre esperanza y conformismo. El conformismo dice: “esto es lo que hay”. La esperanza democrática dice: “esto no basta, pero todavía puede corregirse si asumimos responsabilidad”.

El país que viene no puede levantarse con la misma pedagogía que destruyó al anterior

Venezuela no necesita una restauración superficial ni una nostalgia sin disciplina. Necesita una reconstrucción moderna. Y moderna significa algo muy concreto: instituciones que funcionen, liderazgo sometido a límites, economía orientada a la producción real, soberanía entendida con inteligencia y ciudadanía formada para exigir resultados sin renunciar a la libertad.

El NIN tiene aquí una oportunidad histórica y una obligación intelectual. No basta con denunciar el derrumbe ni con prometer orden. Debe demostrar que existe una ruta para transformar el dolor social en una propuesta de país robusta, democrática y técnica, tiene que hablarle al ciudadano no como cliente ni como militante ciego, sino como adulto político, y Debe asumir que el bienestar material importa, pero que no puede sostenerse si la República sigue rota. Debe defender una visión de progreso que no dependa del mito, sino de capacidad, trabajo, ley y ciudadanía activa.

El país que heredamos fue mejor que el país que permitimos. Esa comparación no obliga a vivir mirando hacia atrás. Obliga a entender que no todo estaba perdido desde el origen y que, por tanto, no todo está condenado en el futuro. Lo heredado demuestra que hubo una base. Lo permitido demuestra que puede destruirse. La tarea política de esta generación es impedir que la costumbre del deterioro se convierta en destino.

Venezuela no será reconstruida por la nostalgia, pero tampoco por el olvido. Será reconstruida cuando la memoria sirva para entender la magnitud de lo perdido y la responsabilidad de lo tolerado. Tendrá que reconstruirse cuando la sociedad deje de adaptarse al colapso como si fuera un clima inevitable. Será reconstruida cuando la política vuelva a asumir la obligación de servir y la ciudadanía recupere la voluntad de exigir.

Ese es el país que todavía puede nacer: no el que heredamos intacto, ni el que permitimos resignados, sino el que decidamos construir con verdad, disciplina y sentido histórico.

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