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domingo, 12 de abril de 2026

La cultura del sometimiento y la ruina ciudadana

RadioAmericaVe.com / Editorial. 

 

La cultura política del sometimiento explica cómo el miedo, la dependencia y la apatía sostienen el poder en Venezuela.

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Control social en Venezuela
Dependencia del poder autoritario
Apatía política y subsidios
Sometimiento ciudadano

La cultura política del sometimiento no nace solo del miedo abierto. También se construye con costumbre, con dependencia, con resignación y con una pedagogía lenta de la impotencia. Un régimen no necesita que todos lo amen para sobrevivir. Le basta, muchas veces, con que demasiados crean que nada puede cambiar, que toda protesta será inútil, que toda dignidad resulta demasiado costosa y que la dádiva, por pequeña que sea, sigue siendo más segura que la libertad. Esa es una de las tragedias más hondas de Venezuela: no solo la devastación de sus instituciones, sino la normalización de una cultura donde obedecer parece más práctico que participar y donde callar parece más rentable que reclamar.

Tras la captura de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses el 3 de enero de 2026, la designación de Delcy Rodríguez como presidenta interina no desmontó esa cultura. Apenas la reacomodó. Reuters reportó que Rodríguez fue juramentada pocos días después de la captura y que desde entonces ha intentado afirmar autoridad sobre un aparato estatal y militar que sigue marcado por la herencia del control chavista. Más tarde, ya en marzo, Reuters también informó que reemplazó al histórico ministro de Defensa Vladimir Padrino por Gustavo González López, un movimiento leído como señal de desconfianza interna y de necesidad de blindaje.

Ese es el punto central de este editorial: el chavismo no solo gobernó mediante coerción. Gobernó, sobre todo, produciendo hábitos de sometimiento. Transformó la dependencia en método, la obediencia en supervivencia y la apatía en estabilidad. Y si Venezuela no comprende esa dimensión cultural del problema, corre el riesgo de confundir el relevo de figuras con la superación del sistema.

El sometimiento como tecnología de poder

Hay autoritarismos que se imponen por la fuerza bruta y otros que perfeccionan una mezcla más duradera: miedo administrado, beneficios condicionados, relato emocional y destrucción de alternativas. El modelo chavista trabajó durante años en esa dirección. No solo persiguió. También enseñó. Enseñó a depender del Estado para lo básico. Enseñó a mirar la política como reparto de favores. Enseñó a sospechar de la autonomía. Enseñó a vivir en una ciudadanía de baja intensidad, donde reclamar podía costar mucho y donde obedecer, aunque degradara, parecía garantizar al menos un margen de protección.

La cultura del sometimiento funciona precisamente así: no exige adhesión absoluta de todos, sino adaptación resignada de la mayoría suficiente. Convierte al ciudadano en administrado. Sustituye el derecho por el acceso condicionado. Cambia la participación por la espera. Y donde debería haber comunidad política, instala una relación vertical entre dispensador y dependiente.

Ese mecanismo se volvió especialmente eficaz en un país empobrecido. La pobreza prolongada no produce automáticamente sumisión, pero sí crea un terreno fértil para que el poder utilice la necesidad como lenguaje de gobierno. Quien depende del subsidio, del bono, del permiso, del cupo o del favor ya no discute con el Estado desde el mismo lugar que quien puede vivir sin arrodillarse ante él. Esa es una de las victorias más siniestras del autoritarismo: lograr que la supervivencia cotidiana erosione la dignidad cívica.

Delcy Rodríguez y la administración de la inercia

La llegada de Delcy Rodríguez al poder interino no supuso una ruptura limpia con esa lógica. Reuters la ha descrito como una dirigente pragmática, disciplinada y central en la administración del madurismo, ahora reconocida por Washington como jefa de Estado de facto tras la captura de Maduro. También informó que su gobierno intenta atraer inversión y redefinir contratos petroleros, mientras persisten tensiones internas y dudas sobre la verdadera cohesión del aparato militar y político que heredó.

Pero gobernar una transición no equivale a transformar una cultura. Y allí aparece el problema de fondo. Rodríguez puede administrar el vacío, redistribuir cuotas, renovar equipos o incluso introducir reformas económicas parciales. Nada de eso, por sí solo, desmonta la estructura psicológica y social del sometimiento. Porque esa estructura no reside únicamente en los ministerios ni en los decretos. Reside en la forma en que millones de personas aprendieron a relacionarse con el poder.

Si el nuevo mando se limita a ofrecer continuidad con lenguaje más técnico, a reorganizar las lealtades sin liberar la ciudadanía y a mantener intacto el esquema de dependencia, entonces no habrá transición auténtica. Habrá una actualización del sistema. Y el país ya pagó demasiado caro como para conformarse con un reciclaje elegante del mismo mecanismo de dominación.

Cuando la apatía se vuelve aliada del poder

Uno de los mayores triunfos del autoritarismo no es que la gente lo defienda con fervor, sino que deje de creer en su propia capacidad de intervenir. La apatía, en ese sentido, no es solo cansancio. Es un territorio político colonizado. El ciudadano apático no necesariamente aprueba. A veces simplemente renuncia. Y esa renuncia, acumulada en miles o millones de personas, se convierte en un colchón de estabilidad para cualquier poder que sepa administrar el desencanto.

Venezuela conoce bien esa lógica. La judicialización de la política, la militarización de la vida pública, el uso del subsidio como herramienta de control y la fabricación constante de amenazas externas o internas ayudaron a consolidar una ciudadanía exhausta. Una ciudadanía que muchas veces ya no espera justicia, sino apenas margen. Que ya no piensa en derechos, sino en cómo atravesar el mes. Que ya no imagina la política como espacio de construcción, sino como una zona contaminada donde casi siempre se pierde algo.

La cultura política del sometimiento se sostiene sobre varios pilares

  • la dependencia económica como sustituto de la autonomía ciudadana,
  • el caudillismo como hábito emocional de delegación,
  • la militarización como recordatorio permanente del poder coercitivo,
  • la opacidad institucional como forma de desarmar la vigilancia social,
  • la resignación como aprendizaje cotidiano de la impotencia.

Mientras esos pilares sigan en pie, cualquier discurso de cambio corre el riesgo de flotar sobre una base cultural que todavía prefiere la adaptación al conflicto y la dádiva a la dignificación.

Subsidio, miedo y humillación: el triángulo de la obediencia

El chavismo perfeccionó una comprensión brutal de la vulnerabilidad social. Entendió que el hambre disciplina, que la incertidumbre inmoviliza y que la ayuda condicionada puede funcionar como lenguaje de obediencia. De ese modo, la política dejó de presentarse como construcción de ciudadanía y pasó a organizarse como distribución de alivios mínimos. No se trataba de liberar al individuo, sino de atarlo con un hilo lo bastante corto como para que sobreviviera, pero no tanto como para que pudiera prescindir del dispensador.

Esa dinámica tiene consecuencias morales profundas. La dádiva sustituye al derecho. El agradecimiento forzado sustituye a la exigencia. La humillación se vuelve invisible porque se normaliza. Y lo más grave: la sociedad empieza a internalizar la idea de que la protección no se merece por ser ciudadano, sino que se obtiene por obedecer, alinearse o al menos no incomodar demasiado.

Por eso la batalla decisiva no es solo económica ni institucional. Es también antropológica. Se trata de recuperar la noción de persona y de ciudadano frente a una cultura que ha premiado durante años la docilidad y castigado la autonomía.

El periodismo independiente importa precisamente porque rompe la pedagogía del sometimiento. Donde el poder quiere ciudadanos cansados, desinformados o resignados, un medio libre puede volver a encender la capacidad de preguntar, de contrastar y de exigir. Vierne5 cree que contar bien la realidad no es un lujo intelectual, sino una forma concreta de dignificación pública. Cada aporte, incluso desde 1 €, ayuda a sostener una voz que no acepta la obediencia como destino ni la resignación como cultura cívica.

La dignificación ciudadana no puede construirse sobre la dádiva

Uno de los desafíos más difíciles del momento venezolano consiste en volver a enseñar la diferencia entre asistencia y subordinación. Una sociedad empobrecida necesita protección, sí. Necesita políticas sociales, sí. Necesita acompañamiento institucional, sí. Pero nada de eso debe confundirse con el modelo de control que convierte la ayuda en prueba de obediencia. La dignificación ciudadana exige exactamente lo contrario: políticas públicas que fortalezcan autonomía, no dependencia; derechos exigibles, no favores negociables; información transparente, no gratitud obligatoria.

Ese cambio de cultura no ocurrirá con un discurso inspirador ni con una transición administrativa. Exigirá reeducar la relación entre persona y Estado. Habrá que reconstruir la idea de que reclamar no es ingratitud, que disentir no es traición y que vivir sin permiso no es rebeldía antisocial, sino un atributo mínimo de la libertad.

Salir de la cultura del sometimiento exige, al menos, estas tareas

  1. desmontar el uso político de la necesidad,
  2. restaurar instituciones capaces de garantizar derechos sin humillar,
  3. reducir la opacidad para que el ciudadano vuelva a controlar al poder,
  4. desmilitarizar la vida pública como condición de normalidad democrática,
  5. promover una educación cívica que enseñe participación y no obediencia reflejo.

Ninguna de esas tareas es rápida. Pero todas son indispensables. Porque un país puede salir de una coyuntura crítica y, aun así, seguir prisionero de hábitos autoritarios profundamente arraigados.

La captura de Maduro no basta si la conciencia pública sigue cautiva

La extracción del jefe máximo alteró el tablero político, pero no liberó automáticamente a la sociedad de las formas mentales que el sistema incubó durante años. Reuters ha mostrado que, después de la captura, Washington reconoció a Rodríguez, abrió conversaciones sobre activos, inversiones y cooperación, y empujó una nueva etapa de reformas y redefiniciones institucionales. Sin embargo, nada de eso garantiza por sí mismo que la ciudadanía deje de pensar y actuar bajo el registro del sometimiento.

La verdadera prueba no está solo en quién administra Miraflores. Está en si el venezolano común recupera o no la convicción de que su voz vale más que el bono, más que el miedo y más que la costumbre de bajar la cabeza. Mientras esa convicción no reaparezca con fuerza, cualquier transición seguirá siendo incompleta.

Por eso la cultura política del sometimiento debe ser nombrada como uno de los grandes obstáculos del presente. No para culpar a la víctima de su desgaste, sino para entender el terreno que el autoritarismo deja a su paso. Un terreno donde la libertad no se recupera solo con instituciones nuevas, sino también con una pedagogía de la dignidad.

La Venezuela que viene no podrá construirse de verdad si sigue aceptando que el Estado reparta obediencia disfrazada de protección. La dignificación ciudadana empieza cuando el individuo deja de sentirse súbdito agradecido y vuelve a saberse titular de derechos. Ese es el punto donde la política deja de ser sometimiento y vuelve a ser república.

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Victor Julio Escalona.

Editor.

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