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María Corina: Una voz ciudadana cuestiona el discurso de reconciliación mientras persisten presos políticos y señales de campaña oficialista.

Reconciliación en Venezuela
Presos políticos en Venezuela
Campaña oficialista en Venezuela
María Corina en España
Nos escribe un lector con una mezcla de fastidio, memoria y preocupación que resume bastante bien el sentimiento de muchos venezolanos: el país parece estar asistiendo otra vez a una escena conocida, en la que algunos intentan vender moderación, cambio de tono o reconciliación, mientras los hechos siguen apuntando en otra dirección. El mensaje no nace de la rabia sola. Nace, sobre todo, del cansancio ante una política que tantas veces ha querido maquillarse sin corregir lo esencial.
El punto de partida de esta reflexión es claro. Mientras desde ciertos espacios se cuestiona a quienes reclaman elecciones, defienden una ruta democrática o respaldan el liderazgo de María Corina Machado, del otro lado empiezan a aparecer señales que el ciudadano interpreta como movimientos de campaña. No una campaña abierta, transparente y limpia, sino una operación de reposicionamiento que busca cambiar la imagen sin alterar el fondo. Y eso, para quien observa con memoria, no suena a novedad. Suena a libreto reciclado.
La carta que recibimos pone el dedo en esa contradicción. ¿Cómo se acusa de extremismo a quienes piden democracia, mientras al mismo tiempo se tantea el terreno electoral desde el poder? pero más aún, ¿Cómo se habla de prudencia institucional, mientras ciertos actores parecen preparar condiciones para competir con ventajas acumuladas? ¿Cómo se pide pasar la página, si todavía hay demasiadas páginas abiertas, demasiado dolor sin reparar y demasiadas preguntas sin respuesta?
La reconciliación no puede ser un eslogan vacío
Uno de los ejes más fuertes del mensaje ciudadano es su desconfianza frente al discurso de reconciliación. No porque el país no necesite reencontrarse, sanar heridas o construir una convivencia distinta. Todo lo contrario. Precisamente porque Venezuela necesitará reconciliación de verdad es que muchos ciudadanos se resisten a aceptar versiones superficiales, oportunistas o selectivas de esa palabra.
Cuando desde el poder se habla de reconciliar mientras siguen existiendo presos políticos, el ciudadano no escucha una promesa creíble. Escucha una contradicción. Porque la reconciliación, para ser algo más que propaganda, necesita condiciones mínimas de verdad, justicia, respeto y apertura. No puede convivir cómodamente con la prisión de quienes piensan distinto, con el uso selectivo del olvido ni con llamados a “pasar la página” mientras quienes escribieron los capítulos más duros del conflicto siguen sin rendir cuentas.
Eso es lo que este lector no compra. La idea de una amnistía a conveniencia y de una amnesia a medida. La idea de que el país debe olvidar rápido lo que todavía sigue pesando en tantas familias, en tantas víctimas y en una sociedad que no ha visto reparación suficiente. Pedir reconciliación sin asumir el tamaño de la herida no une al país: lo irrita más.
Una campaña de color nuevo con el mismo fondo
La carta también se detiene en algo que para muchos puede parecer menor, pero que en política rara vez lo es: los símbolos. El cambio de colores, el tono del vestuario, los gestos escenográficos y la narrativa más calculada no pasan desapercibidos para una ciudadanía que ya ha visto demasiadas operaciones de maquillaje. Nuestro lector lo interpreta como una campaña en marcha, una forma de intentar refrescar rostros, rebajar resistencias y presentar como renovación lo que sigue siendo continuidad.
Esa percepción no debería subestimarse. En Venezuela, la gente ha aprendido a leer no solo los discursos, sino también la puesta en escena. Y cuando ve que se repiten viejos trucos con un empaque apenas distinto, la reacción natural es la desconfianza. No porque el país rechace el cambio, sino porque justamente lo que quiere es un cambio de verdad, no una reingeniería de imagen.
- El ciudadano distingue entre transformación real y cambio cosmético.
- La memoria política hace más difícil vender el mismo proyecto con otro color.
- Las señales de campaña generan más sospechas cuando no vienen acompañadas de garantías.
- La credibilidad no se reconstruye solo con escenografía o discurso moderado.
- La demanda ciudadana sigue siendo la misma: libertad, elecciones y reglas limpias.
Por eso el lector habla con tanta dureza de ese intento de simulación. No ve una apertura sincera, sino un esfuerzo por reposicionarse antes de que se abra una verdadera competencia democrática. Y ahí aparece una de las mayores preocupaciones del momento: que el país vuelva a ser arrastrado hacia un proceso electoral con apariencia de cambio, pero sin las condiciones que permitan confiar plenamente en él.
María Corina, el contraste y la incomodidad del poder
En paralelo, la carta subraya el contraste entre esa campaña de simulación y el liderazgo de María Corina Machado. No solo por su capacidad de convocatoria, sino por lo que representa para una parte amplia del país: una referencia clara de ruptura con el viejo juego. Eso explica, a juicio del lector, por qué se intenta desacreditarla con tanta insistencia. No se trata solo de una rival política. Se trata de una figura que obliga a poner sobre la mesa lo que muchos quieren postergar: la necesidad de una transición auténtica.
Hay en esta lectura una intuición política importante. Cuando el liderazgo democrático conserva fuerza social y simbólica, el poder no solo compite con propuestas: también intenta moldear el terreno, administrar los tiempos y debilitar la legitimidad del adversario. De allí que el lector vea con preocupación que se etiquete como radical a quien reclama elecciones, mientras se allana, por otro lado, el camino para opciones oficialistas cuidadosamente reempaquetadas.
Ese doble rasero es precisamente lo que irrita a muchos ciudadanos. Porque sienten que la exigencia democrática sigue siendo tratada como una molestia, mientras las maniobras del poder pretenden venderse como pragmatismo o sensatez.
¿Qué página quieren pasar?
La pregunta final que formula el lector tiene una fuerza particular: cuando se habla de “pasar la página”, ¿de qué página se está hablando exactamente? La pregunta no es retórica por simple dureza. Es una manera de recordar que la historia reciente de Venezuela no puede resumirse con frases cómodas ni cerrarse por decreto discursivo.
Hay páginas que siguen abiertas porque siguen vivas en la experiencia del país. La de los presos políticos. La de los abusos de poder. La del miedo. La de la destrucción institucional. La del éxodo. La de la fractura social. Y también la de las expectativas de cambio que no pueden ser absorbidas otra vez por una política de arreglos entre pocos.
Por eso la verdadera discusión no es si el país debe pasar la página, sino cómo y en qué condiciones puede hacerlo sin traicionarse a sí mismo. Y allí el lector deja bastante clara su posición: no será con humo, no será con marketing político, no será con reconciliaciones sin verdad y no será con elecciones diseñadas para que todo cambie sin que cambie nada.
Lo que esta voz ciudadana reclama, en el fondo, es algo mucho más serio:
- Que la reconciliación no se use para encubrir la falta de justicia.
- Que las elecciones no se conviertan en una operación clandestina de legitimación.
- Que la libertad de los presos políticos sea parte del centro del debate.
- Que la ciudadanía no sea tratada como ingenua frente a los viejos trucos del poder.
- Que la transición democrática mantenga su sentido real y no sea vaciada de contenido.
El periodismo independiente tiene valor precisamente cuando recoge estas alertas y les da forma pública sin ruido innecesario, pero también sin complacencia. Porque escuchar al ciudadano no es repetir su malestar sin filtro, sino convertirlo en una reflexión útil, clara y honesta para el país que busca orientarse en medio de tanta simulación.
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Venezuela no necesita reconciliaciones de utilería ni campañas disfrazadas de apertura. Necesita verdad, elecciones creíbles, libertad para quienes siguen presos por pensar distinto y una transición que no vuelva a burlarse de la esperanza ciudadana.
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