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miércoles, 29 de abril de 2026

Sector privado en Venezuela: el giro que cambia el tablero

RadioAmericaVe.com / Política.

 

Sector privado en Venezuela: el giro de Washington abre oportunidades, pero también el riesgo del capitalismo de amigotes.

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Economía de mercado en Venezuela, inversión privada en Venezuela, crony capitalism en Venezuela, apertura económica venezolana

Después de un cuarto de siglo de estatismo militante, expropiaciones, controles y empresas quebradas por decreto, el discurso que hoy llega desde la nueva etapa de relación entre Washington y Caracas pone al sector privado en el centro del tablero. El giro es profundo porque toca el corazón del relato chavista: durante años, el empresario fue presentado como enemigo de clase, símbolo del abuso y pieza del “imperio”. Ahora, en cambio, el mensaje que empieza a imponerse es otro: sin inversión, sin empresa y sin reglas que permitan producir, no habrá recuperación sostenible en Venezuela.

La novedad no radica solo en el lenguaje. También importa quién lo pronuncia y en qué contexto. En medio de la reapertura diplomática, la flexibilización de ciertas sanciones y el renovado interés de inversionistas extranjeros, la narrativa oficial y la narrativa impulsada desde Washington comienzan a cruzarse en un punto que hace poco parecía impensable: la empresa privada ya no aparece como problema a contener, sino como motor a activar. Eso explica por qué el momento merece una lectura más cuidadosa que entusiasta. Porque una cosa es que el sector privado vuelva al centro del discurso, y otra muy distinta es qué tipo de sector privado terminará ocupando ese espacio.

Qué cambió y por qué este giro importa políticamente

Lo que cambió no fue solo una consigna. Cambió la orientación del debate económico. Tras años de controles duros, nacionalizaciones y una dependencia casi total del aparato estatal, el nuevo ciclo venezolano empieza a hablar de inversión, contratos, socios privados y oportunidades de negocios. En el sector energético, ese viraje ya es visible. Empresas extranjeras y locales siguen con atención la reforma petrolera, la revisión de contratos y la apertura paulatina de espacios antes reservados a la lógica estatal. El mensaje político detrás de esa transición es inequívoco: el Estado ya no puede, por sí solo, reconstruir el país.

Eso tiene implicaciones de fondo. Durante mucho tiempo, la identidad del chavismo descansó en la demonización del capitalismo. El mercado era descrito como amenaza moral. El empresario era sospechoso por definición. El resultado de esa visión está a la vista: destrucción de capacidad productiva, fuga de talento, dependencia de importaciones, deterioro institucional y una cultura económica donde producir dejó de ser más rentable que acercarse al poder. Que ese ciclo esté agotándose es una buena noticia. Pero no basta con declarar el fin del estatismo para que nazca una economía de mercado digna de ese nombre.

El problema no es solo abrir la puerta, sino a quién se le abre

Aquí aparece la letra pequeña. Venezuela no necesita simplemente “más empresa privada”. Necesita mejor empresa privada y, sobre todo, mejores reglas para que la competencia no dependa del padrinazgo político. Un testaferro no es un empresario. Una firma que vive de privilegios regulatorios, permisos selectivos, monopolios de facto o relaciones con generales y ministros no representa una economía libre. Representa otra cosa: una extensión informal del Estado, una burocracia de lujo sin controles públicos, pero con acceso preferencial a rentas y decisiones.

Ese modelo tiene nombre conocido: capitalismo de amigotes, o crony capitalism. En él, la productividad deja de ser el principal activo. La innovación pesa menos que la cercanía al poder. Y la inversión no va hacia el mejor proyecto, sino hacia la mejor conexión. Para un país que viene de un desastre institucional tan prolongado, ese riesgo no es teórico. Es real. Y puede convertirse en la forma más peligrosa de continuidad encubierta: cambiar el discurso económico sin cambiar las prácticas que arruinaron la confianza.

  • Una apertura sin reglas universales favorece al conectado, no al eficiente.
  • La competencia se distorsiona cuando el acceso al poder vale más que la capacidad de producir.
  • La inversión seria tiende a alejarse cuando percibe arbitrariedad o favoritismo.
  • La recuperación se vuelve frágil si depende de grupos protegidos y no de un mercado abierto.

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Lo que necesita Venezuela no es un club de enchufados, sino un Big Bang productivo

El país necesita un salto mucho más ambicioso que una simple flexibilización de contratos o una invitación a hacer negocios. Necesita un verdadero Big Bang de su sector privado. Eso significa atraer a pequeños, medianos y grandes inversionistas bajo un mismo principio: que las reglas se apliquen igual para todos. El capital que ayuda a reconstruir un país no es el que llega protegido por una excepción, sino el que puede trabajar con seguridad jurídica, acceso razonable a divisas, respeto a la propiedad y tribunales que no cambien de criterio según la conveniencia política del momento.

Cuando un país sale de una larga etapa de arbitrariedad estatal, la tentación de sustituir el viejo estatismo por una élite de beneficiarios rápidos siempre está presente. Es comprensible que muchos actores quieran aprovechar una ventana de oportunidad. El problema surge cuando esa ventana se convierte en sistema y el sistema vuelve a premiar la cercanía, no la eficiencia. Allí se rompe la promesa del cambio. Porque la aspiración venezolana no consiste solo en cambiar administradores del poder. También consiste en desmontar las prácticas que hicieron del poder la llave de casi toda riqueza relevante.

Quiénes intervienen en esta disputa

En este nuevo tablero participan varios actores al mismo tiempo. Están, por supuesto, los funcionarios venezolanos que administran la transición económica y negocian la apertura de sectores estratégicos. Está la representación estadounidense en Caracas, que ha dado señales claras de querer colocar al capital privado, especialmente en energía, como eje de la recuperación. Están las grandes compañías extranjeras que estudian contratos, riesgos y plazos. Y están también los empresarios venezolanos, que regresan a una escena donde la oportunidad existe, pero todavía convive con viejos hábitos del poder.

Sin embargo, el actor decisivo sigue siendo el Estado venezolano, no porque vaya a protagonizar la recuperación, sino porque puede facilitarla o arruinarla. Si las instituciones crean marcos legales universales, arbitrajes confiables y condiciones previsibles, la economía podrá empezar a parecerse a un mercado. Si, en cambio, el Estado conserva la lógica de premio y castigo, la apertura quedará limitada a quienes sepan navegar la proximidad política. Eso puede producir negocios rápidos, sí, pero no una transformación seria del país.

Qué se está disputando en el fondo

La disputa real no es entre Estado y mercado como categorías abstractas. Es entre dos formas de entender la recuperación. La primera apuesta por una economía de mercado con garantías, competencia y normas iguales. La segunda acepta la presencia del sector privado, pero solo como socio subordinado del poder político. En el primer modelo, el empresario crece si innova, invierte y compite. En el segundo, crece si se conecta, obedece y no incomoda.

Esa diferencia es crucial para lectores dentro y fuera de Venezuela. Un inversionista extranjero serio no solo pregunta cuánto petróleo hay o cuántos activos están disponibles. También pregunta quién decide, bajo qué ley, con qué juez, con qué regulador y con qué posibilidad de defenderse si cambia el clima político. Del mismo modo, un emprendedor venezolano no necesita un discurso amable sobre la empresa privada. Necesita un entorno donde no dependa de padrinos para sobrevivir.

  1. Si la apertura es competitiva, atraerá mejor capital y mejor talento.
  2. Si la apertura es selectiva, atraerá oportunistas y expulsará a los más serios.
  3. Si hay estado de derecho, la recuperación puede diversificarse.
  4. Si persiste la arbitrariedad, el crecimiento será parcial, desigual y vulnerable.

La recuperación económica también es una prueba moral

Hay un aspecto que a menudo se pasa por alto: una economía no solo se reconstruye con inversión, sino con legitimidad social. Después de tantos años de colapso, el país necesita creer que el esfuerzo, el mérito y la capacidad vuelven a tener valor. Si la nueva etapa termina convertida en una repartición de ventajas para cercanos al poder, la sociedad verá más continuidad que cambio. Y cuando eso ocurre, el desencanto regresa con rapidez.

Por eso el sector privado debe estar en el centro, sí, pero no cualquier sector privado. No el de los intermediarios de privilegios. No el de las fortunas apalancadas en excepciones. No el de las empresas que solo existen porque un ministerio o un uniforme les abre el camino. Venezuela necesita empresa privada real: la que arriesga, produce, genera empleo, paga impuestos, compite y se sostiene sin tutela política. Esa es la única capaz de atraer a los mejores inversionistas, vengan de donde vengan.

Una economía libre no se decreta: se construye con reglas

La oportunidad existe, pero no está asegurada. El país puede avanzar hacia un modelo más abierto, más dinámico y más moderno. También puede caer en una versión maquillada del viejo desastre: menos retórica antiempresarial, pero las mismas redes de favoritismo y captura. Ese es el punto que hoy merece vigilancia. No basta con celebrar que el lenguaje cambió. Hay que mirar cómo se reparte el poder económico que vendrá con ese cambio.

En este momento, el periodismo independiente tiene la obligación de hacer justamente eso: leer la letra pequeña cuando los grandes titulares suenan prometedores. RadioAmericaVe.com y Vierne5 seguirán observando este giro con atención porque la recuperación venezolana no dependerá solo de cuánto capital llegue, sino de qué tipo de país encuentre ese capital cuando toque la puerta.

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