RadioAmericaVe.com / Editorial.
Ser demócrata en Venezuela hoy exige voto libre, justicia, instituciones y coraje frente a una transición aún incompleta.

Democracia en Venezuela hoy
Transición democrática venezolana
Elecciones libres en Venezuela
Estado de derecho en Venezuela
¿Qué significa hoy ser demócrata en Venezuela? Significa, antes que nada, negarse a aceptar que la palabra democracia quede reducida a una elección apresurada, a una foto de transición o a una negociación entre élites. Significa comprender que el voto importa, pero que el voto solo no salva a una república cuando el miedo sigue administrando la vida pública, cuando los presos políticos siguen marcando el límite de lo permitido y cuando la institucionalidad todavía no ha sido reconstruida de verdad.
Venezuela llega a este 19 de abril de 2026 en una situación inédita. Nicolás Maduro fue capturado por fuerzas estadounidenses el 3 de enero; al día siguiente, el Tribunal Supremo venezolano ordenó que Delcy Rodríguez asumiera como presidenta interina, y el 5 de enero fue juramentada formalmente. Desde entonces, Rodríguez ha buscado legitimidad interna y externa, mientras la oposición y organizaciones civiles insisten en que no puede haber redemocratización real sin libertades plenas, sin apertura cívica y sin garantías electorales verificables.
En ese contexto, ser demócrata ya no puede entenderse como un gesto sentimental ni como una identidad decorativa. Es una disciplina. Es una ética. Es una forma de exigir condiciones y no solo calendarios. Es una manera de defender que la soberanía popular no puede volver a secuestrarse, ni por una vieja estructura autoritaria que se resiste a desaparecer ni por una transición que pretenda parecer democrática sin atreverse a desmontar las bases del abuso.
Ser demócrata no es pedir elecciones a cualquier precio
La primera tentación del momento venezolano consiste en confundir urgencia con atajo. Como el país viene de años de devastación, muchos quisieran creer que cualquier elección rápida, aunque llegue sin instituciones confiables y sin desmantelar el aparato de coerción, sería ya una victoria. No lo sería. Ser demócrata hoy significa precisamente oponerse a esa simplificación. Una elección sin condiciones puede convertirse en el maquillaje perfecto de un nuevo autoritarismo.
Reuters reportó en febrero que María Corina Machado consideraba posible celebrar elecciones este mismo año. Pero esa expectativa ocurre en un marco mucho más complejo: WOLA y organizaciones civiles venezolanas e internacionales publicaron en enero un decálogo de demandas urgentes para una transición genuinamente democrática, centrada en derechos, justicia, reconstrucción institucional y apertura del espacio cívico; PROVEA, además, sostuvo que la redemocratización debe comenzar con la libertad plena de todos los presos políticos. Es decir, la exigencia no es solo votar pronto. Es votar con garantías y dentro de una lógica de restitución democrática real.
Ese matiz es esencial. Porque las dictaduras tardías suelen caer en una zona ambigua: ya no pueden presentarse como fortaleza incontestable, pero todavía conservan suficientes piezas del aparato para condicionar el futuro. Allí, la democracia puede ser usada como palabra tranquilizadora mientras se vacía de contenido. Ser demócrata, entonces, implica defender la forma y el fondo. La elección y la condición. La urna y la garantía.
La democracia no empieza ni termina el día del voto
En Venezuela se aprendió por las malas que el ritual electoral, sin Estado de derecho, puede convertirse en una coartada. El país ya sabe lo que significa tener instituciones nominales y libertades mutiladas, cronogramas sin confianza y resultados sin legitimidad compartida. Por eso la pregunta de este editorial no puede responderse solo en clave electoral. Ser demócrata hoy es algo más exigente: es trabajar para que la política vuelva a sostenerse en reglas, límites y responsabilidades.
Eso incluye, como mínimo, cuatro convicciones. La primera: no puede haber democracia con presos políticos ni con ciudadanos que teman participar. La segunda: no puede haber democracia con órganos electorales subordinados a una facción. La tercera: no puede haber democracia si los aparatos de represión siguen operando como reserva estratégica del poder. Y la cuarta: no puede haber democracia verdadera si la justicia sigue siendo selectiva y la impunidad continúa administrando la transición.
Ser demócrata hoy exige, al menos, estas lealtades
- lealtad a la soberanía popular por encima de cualquier pacto de conveniencia,
- lealtad a la libertad de conciencia, expresión y organización civil,
- lealtad a la independencia institucional y a la separación de poderes,
- lealtad a la justicia para las víctimas y no al olvido elegante,
- lealtad a una paz con garantías y no a una paz de resignación.
Ese programa puede sonar obvio en una democracia estable. En Venezuela, hoy, sigue siendo radical porque todavía interpela estructuras que no han sido desmontadas del todo.
La transición incierta obliga a una ética más firme
Delcy Rodríguez ha buscado consolidarse como administradora del período posterior a la captura de Maduro. Reuters informó esta semana que volvió a pedir a Washington la eliminación total de sanciones y sostuvo que las licencias parciales no ofrecen seguridad jurídica suficiente. Al mismo tiempo, el propio ecosistema político muestra que la transición sigue siendo profundamente incierta: Machado, desde su reciente gira europea, criticó que el interinato permanezca más allá de lo debido y siguió reclamando una salida auténticamente democrática.
En este ambiente, ser demócrata no consiste en elegir bando por reflejo, sino en sostener un criterio. Ese criterio debe servir para examinar tanto al poder que se resiste a ceder como a la transición que promete reformas sin alterar las bases de la dominación. Porque también hay formas blandas de autoritarismo. También hay demócratas de ocasión. También hay aperturas que solo buscan ganar tiempo.
La ética del demócrata se mide precisamente ahí: en su capacidad de no cambiar libertad por estabilidad aparente, de no cambiar justicia por pragmatismo, de no cambiar instituciones por providencialismos y de no entregar la soberanía popular a ningún grupo económico, militar o geopolítico que pretenda decidir el país al margen de los ciudadanos.
La diáspora ya no es espectadora: forma parte del cuerpo democrático
Otra verdad de este tiempo es que la lucha democrática venezolana dejó de ocurrir únicamente dentro del territorio nacional. Reuters, AP y El País han mostrado en estos días la centralidad que ha adquirido la diáspora, particularmente en España, donde Machado reunió a miles de venezolanos en Madrid y convirtió el exilio en un actor visible del momento político. Esa dimensión importa porque redefine el concepto mismo de ciudadanía democrática: hoy la comunidad política venezolana está fragmentada geográficamente, pero conectada por una misma exigencia de restitución institucional.
Ser demócrata en Venezuela, entonces, también significa reconocer que la defensa del país es hoy transnacional. La diáspora presiona, documenta, acompaña, organiza, financia, denuncia y mantiene viva una conversación que el autoritarismo quiso reducir al perímetro del control interno. Lejos de ser una periferia sentimental, el exilio se ha convertido en una reserva de energía cívica y en una fuente de legitimidad democrática.
Pero esa globalización de la causa venezolana trae también riesgos. Puede alimentar la ilusión de que la democracia vendrá enteramente desde fuera, por presión externa o diseño internacional. Y ahí conviene ser sobrios: el respaldo internacional es importante, incluso decisivo en ciertos momentos, pero no reemplaza la tarea interna de reconstrucción republicana. La comunidad internacional puede empujar; no puede sustituir la maduración democrática del país.
El periodismo independiente cumple una función crucial en este punto: evitar que la transición se narre solo desde la propaganda del poder o desde la ansiedad de los bandos. Vierne5 cree que la democracia necesita algo más que esperanza: necesita memoria, contraste, contexto y vigilancia cívica. Cada aporte, incluso desde 1 €, ayuda a sostener una voz libre en medio de una etapa donde las palabras “apertura”, “diálogo” y “elecciones” pueden usarse para iluminar, pero también para confundir.
La polarización no puede seguir siendo el idioma dominante
Durante años, el chavismo gobernó explotando la división, el resentimiento y la lógica de amigo-enemigo. La oposición, por su parte, tampoco ha estado siempre a salvo de caer en simplificaciones emocionales o en la tentación de convertir toda discrepancia táctica en sospecha moral. Sin embargo, ser demócrata hoy exige un salto de madurez: entender que reconstruir el Estado de derecho supone también reconstruir un lenguaje público donde la diferencia no se resuelva automáticamente en exclusión.
Eso no significa diluir responsabilidades ni llamar conciliación a cualquier acuerdo. Significa algo más serio: comprender que la democracia solo será funcional si logra pasar de la resistencia necesaria a una convivencia institucional exigente. La polarización sirvió al poder autoritario porque volvió casi imposible el terreno de lo común. Un verdadero demócrata no renuncia a la firmeza, pero sabe que la firmeza no consiste en eternizar trincheras, sino en defender reglas que valgan también para quien piensa distinto.
Superar la “democradura” requiere tareas concretas
- restaurar la independencia de los poderes públicos,
- garantizar derechos civiles y políticos sin excepciones utilitarias,
- desmantelar los mecanismos de criminalización de la sociedad civil,
- abrir el sistema electoral a controles creíbles y competencia real,
- reconstruir una cultura política donde la ley limite al poder y no lo sirva.
Sin ese trabajo profundo, cualquier alternancia corre el riesgo de ser solo una redistribución del mando sobre instituciones todavía enfermas.
Ser demócrata es aceptar que la justicia no puede quedar para después
Una de las grandes tentaciones en contextos de transición es posponer la justicia en nombre de la gobernabilidad. Pero ese aplazamiento perpetuo suele tener un precio altísimo: deja intacta la sensación de que el abuso siempre negocia mejor que la víctima. WOLA insistió en enero en que una transición genuina debe estar centrada en la dignidad, la justicia y los derechos de las víctimas; PROVEA, por su parte, planteó como punto de partida la libertad plena de todos los presos políticos. Esa coincidencia revela algo fundamental: la democracia no puede reconstruirse sobre el borrado de quienes fueron perseguidos.
Ser demócrata hoy, por tanto, implica oponerse tanto al autoritarismo abierto como a la transición sin columna moral. Implica rechazar la impunidad presentada como realismo. Implica comprender que un nuevo ciclo político no será democrático si llega acompañado de amnesia selectiva, de arreglos opacos o de silencios convenientes sobre el daño sufrido por miles de venezolanos.
No se trata de pedir venganza. Se trata de entender que la democracia es incompatible con la negación del agravio. La justicia puede ser gradual, pero no puede ser ficticia. Puede ser compleja, pero no puede ser ornamental. Puede ser prudente, pero no puede ser cobarde.
Hoy ser demócrata es una forma de carácter
Al final, la pregunta “¿qué significa hoy ser demócrata en Venezuela?” no admite una respuesta ingenua. No significa solo votar. No significa solo oponerse. No significa solo esperar la elección correcta ni confiar en que alguien, desde dentro o desde fuera, hará el trabajo por la sociedad. Significa carácter. Significa disciplina cívica. Significa exigir condiciones, sostener la verdad, documentar el daño, defender la libertad de los presos, rechazar la criminalización de la sociedad civil y no aceptar que una transición administrada desde arriba suplante a una democracia construida desde los ciudadanos.
Ser demócrata en esta hora es resistirse a la desesperación, pero también a la ingenuidad. Es tener el coraje de no conformarse ni con la vieja opresión ni con sus versiones maquilladas. Es recordar que la democracia no es fast track, pero tampoco puede ser aplazamiento indefinido. Es defender elecciones libres, sí, pero también instituciones confiables, justicia para las víctimas y una soberanía popular que no vuelva a quedar hipotecada por el miedo, por la conveniencia o por la fatiga.
Venezuela no necesita solo cambiar de administración. Necesita reaprender el sentido profundo de la palabra república. Y ese aprendizaje comienza por una decisión individual y colectiva: no llamar democracia a lo que todavía no ha sido limpiado del todo por la libertad, por la ley y por la justicia.
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Victor Julio Escalona.
Editor.
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