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Padrino López y el campo venezolano: violencia rural, grupos irregulares y dudas sobre su capacidad para impulsar soberanía alimentaria.

Padrino López ministro de Agricultura, violencia rural en Zulia, grupos irregulares en Venezuela, soberanía alimentaria en Venezuela
El nombramiento de Vladimir Padrino López en el área agrícola quedó políticamente golpeado desde el primer día. Mientras se instalaba la narrativa oficial sobre soberanía alimentaria y recuperación del campo, en Jesús María Semprún, estado Zulia, cinco hombres fueron asesinados en un episodio atribuido a grupos armados irregulares que disputan territorio en la frontera venezolana. Esa coincidencia no es un detalle menor: resume, con una crudeza casi simbólica, el verdadero problema del agro venezolano. Antes que falta de discursos, lo que padece el campo es falta de Estado.
El asunto importa porque no se trata solo de producción, cosechas o políticas agrícolas. Lo que está en juego es algo más profundo: la capacidad del poder para ejercer control territorial, garantizar seguridad rural y proteger a quienes trabajan la tierra. Cuando un país no puede asegurar que sus agricultores y ganaderos produzcan sin miedo, la soberanía alimentaria deja de ser una meta concreta y se convierte en consigna. Y allí aparece una pregunta inevitable: ¿puede quien no logró imponer orden como ministro de Defensa convertirse ahora en garante del renacimiento del campo venezolano?
Lo que ocurrió en Zulia y por qué desbordó el tema agrícola
Según el contexto conocido de este caso, un grupo de hombres armados, presuntamente vinculado a disidencias de las FARC, habría intentado desplazar a miembros del ELN que operan en la frontera venezolana. El saldo fue una nueva matanza en una zona donde la violencia ya no sorprende, pero sigue revelando la misma herida: amplias franjas del territorio nacional viven bajo presión de grupos irregulares, mafias y estructuras criminales que se mueven con una libertad imposible de ignorar.
Por eso el episodio de Jesús María Semprún no puede leerse como un hecho policial aislado. Expone el fracaso estructural de una política de seguridad que durante años no logró contener la expansión de actores armados en el campo venezolano. Y cuando ese fracaso coincide con el ascenso político de quien encabezó la defensa del territorio desde el Ministerio de Defensa, el asunto adquiere una dimensión todavía más delicada.
La derrota política de Padrino López, en este caso, no nace de una crítica abstracta. Nace de una contradicción concreta: se le asigna una responsabilidad sobre la soberanía alimentaria justo cuando vuelve a quedar expuesta la incapacidad del Estado para asegurar soberanía territorial en regiones clave para la producción.
El campo venezolano no solo sufre abandono: también sufre ocupación
Durante años, el deterioro del agro venezolano se explicó a partir de factores conocidos: expropiaciones, falta de crédito, colapso de servicios, escasez de combustible, destrucción de infraestructura, presión fiscal y pérdida de confianza. Todo eso sigue siendo cierto. Pero hay una capa adicional, más grave y más silenciosa, que a veces recibe menos atención: la criminalización del espacio rural.
Productores y habitantes de zonas fronterizas vienen describiendo desde hace tiempo una realidad donde grupos irregulares se meten en fincas, extorsionan, circulan armados, cobran peajes de facto y atraviesan alcabalas sin encontrar resistencia efectiva. Esa descripción revela que el campo no está solamente empobrecido. Está también vulnerado por poderes paralelos.
En ese contexto, hablar de recuperación agrícola sin hablar de seguridad resulta insuficiente. Ningún plan serio para levantar la producción nacional puede funcionar si el productor está sometido al miedo. Ninguna política alimentaria será sólida si los corredores rurales permanecen condicionados por guerrillas, “trenes” o redes criminales capaces de decidir quién trabaja, quién paga y quién se calla.
- Sin seguridad rural no hay inversión agrícola sostenible.
- Sin control territorial no hay soberanía alimentaria real.
- Sin protección al productor no hay confianza para sembrar, criar o expandirse.
- Sin justicia efectiva, la violencia termina convirtiéndose en una variable económica más.
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La gran contradicción del nombramiento
El poder quiso presentar este movimiento como una apuesta de peso: trasladar a una figura central del aparato militar a una cartera estratégica para el país. En teoría, la idea podría parecer fuerte. En la práctica, abrió una contradicción difícil de ocultar. Porque si el nuevo ministro de Agricultura viene precisamente del área que debía garantizar control territorial, entonces carga consigo el balance de esa gestión.
Y ese balance no puede separarse del deterioro del campo fronterizo. No basta con cambiar el cargo para borrar la pregunta de fondo. Si durante años el Estado no logró defender la soberanía territorial frente a grupos irregulares, ¿con qué herramientas políticas, institucionales o morales pretende ahora hablar de soberanía alimentaria?
La soberanía alimentaria no se decreta. Se construye. Exige tierra segura, cadenas de suministro operativas, respeto a la propiedad, financiamiento, combustible, infraestructura y, sobre todo, una autoridad pública capaz de hacer valer la ley. Allí está el núcleo del problema. Lo que hoy se pone en duda no es solo la idoneidad técnica de un ministro, sino la credibilidad de todo el modelo con el que el poder pretende vender una nueva etapa para el agro venezolano.
Quiénes intervienen en este conflicto
En la superficie, el caso involucra a un ministro recién nombrado y a una masacre en Zulia. Pero, en realidad, el mapa es mucho más amplio. Intervienen el Estado venezolano y su aparato de seguridad, los grupos armados irregulares que operan en la frontera, los productores agropecuarios que viven bajo presión y las comunidades rurales que sobreviven entre el abandono institucional y la violencia.
También interviene un factor político esencial: la narrativa oficial. Cada vez que el poder habla de recuperación agrícola, intenta proyectar control, capacidad y conducción. Sin embargo, episodios como el de Jesús María Semprún erosionan esa imagen y devuelven la discusión a su punto de partida: el problema del campo venezolano no es solo productivo, también es político y territorial.
Eso explica por qué este asunto rebasa la agenda sectorial. No se trata únicamente de si habrá más siembra, más carne o más leche. Se trata de quién manda realmente en zonas clave del país. Y cuando esa respuesta no está clara, el Estado pierde autoridad no solo ante los productores, sino ante toda la sociedad.
Lo que se está disputando en el fondo
La disputa de fondo no es entre un ministro y sus críticos. Es entre dos visiones del país rural. Una supone que el campo puede ordenarse desde arriba con declaraciones, operativos puntuales y presencia simbólica de autoridad. La otra parte de una realidad más dura: sin desmontar el poder territorial de grupos irregulares y sin restablecer la confianza institucional, cualquier promesa de renacimiento agrícola será parcial, frágil o propagandística.
Por eso el problema de Padrino López no es solo de imagen. Es de secuencia política. Llega al agro cargando las preguntas que dejó abiertas en defensa. Y el campo, a diferencia de otros sectores, no permite demasiada ficción. La tierra responde a incentivos reales. El productor calcula riesgos concretos. El ganado, la cosecha y la inversión no entienden de retórica. Entienden de seguridad, previsibilidad y costos.
Un productor amenazado por grupos armados no piensa primero en metas oficiales. Piensa en sobrevivir, en proteger a su familia, en evitar extorsiones y en ver si al día siguiente podrá seguir trabajando. Allí se rompe el relato del poder. Porque cuando la vida rural se organiza alrededor del miedo, cualquier promesa ministerial pierde espesor.
- Se disputa el control del territorio rural.
- Se disputa la credibilidad del Estado frente al productor.
- Se disputa el significado real de la soberanía alimentaria.
- Se disputa si el país puede recuperar el agro sin recuperar antes el orden.
Las consecuencias que puede tener este fracaso temprano
Un arranque políticamente débil no siempre condena una gestión, pero sí condiciona su margen. En este caso, la señal es especialmente dura. Si el nuevo ministro no logra responder con claridad a la violencia que asfixia al campo, su discurso quedará atrapado entre la grandilocuencia y la incredulidad. Y eso puede tener varias consecuencias.
La primera es el aumento del escepticismo entre los productores. La segunda, la consolidación de la idea de que el poder reconoce el problema, pero no lo enfrenta de verdad. La tercera, quizá la más peligrosa, es que el país termine normalizando la coexistencia entre política agrícola formal y control criminal informal. Esa mezcla destruye cualquier horizonte de recuperación seria.
Además, el mensaje hacia afuera también importa. Un país que aspira a recuperar producción, atraer inversión agroindustrial o reconstruir cadenas de abastecimiento necesita mostrar algo elemental: que el territorio donde se produce no está cedido a grupos armados. Sin esa garantía, toda estrategia de desarrollo rural nace coja.
La soberanía alimentaria empieza mucho antes del ministerio
Hay una verdad incómoda que este episodio vuelve a poner sobre la mesa: la soberanía alimentaria no comienza en los despachos. Comienza en el territorio. Comienza cuando un agricultor puede sembrar sin pagar extorsión. Cuando un ganadero puede mover reses sin negociar con estructuras armadas. Cuando la policía y los militares protegen al ciudadano y no conviven pasivamente con quienes lo amenazan.
Por eso la crítica de fondo no apunta solo a una persona. Apunta a una lógica de poder que pretende administrar consecuencias sin resolver causas. El campo venezolano no necesita únicamente jefaturas nuevas. Necesita Estado real. Necesita autoridad legítima. Necesita un orden que no sea decorativo. Y necesita que quienes prometen recuperar la producción respondan primero a una pregunta básica: ¿cómo van a proteger a quienes producen?
En este punto, el periodismo independiente cumple una función necesaria. No la de negar cualquier intento de mejora, sino la de recordar que ningún relato oficial puede borrar la evidencia del territorio.
RadioAmericaVe.com y Vierne5 seguirá observando esta tensión porque allí se juega mucho más que el destino de un ministerio. Se juega la posibilidad de que Venezuela recupere su campo sin seguir entregándolo, de hecho, a otros poderes.
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