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lunes, 29 de junio de 2026

El país que aún puede ser

RadioAmericaVe.com  / Editorial.

 

Venezuela puede reconstruirse si convierte la tragedia en instituciones serias, ciudades seguras y una ética pública sin opacidad.

el pais que aun puede ser

Reconstrucción de Venezuela, solidaridad venezolana, futuro posible de Venezuela, reconstruir la República.

El país que aún puede ser no es una consigna de consuelo ni una nostalgia decorada para sobrevivir al duelo. Es una posibilidad real, dura y exigente, nacida precisamente del momento en que la realidad nos dejó sin coartadas. El doblete sísmico del 24 de junio no solo abrió grietas en carreteras, terminales, hospitales y barrios enteros: abrió una grieta definitiva en la mentira política con la que Venezuela había aprendido a convivir. Durante demasiado tiempo el país discutió poder, cronogramas, arbitrajes, cuotas y liderazgos como si la materia concreta de la República —sus ciudades, sus puentes, sus redes, sus hospitales, su suelo— pudiera seguir esperando. La tierra respondió recordando que no hay política viable sobre infraestructura muerta.

Lo que ha ocurrido obliga a una madurez distinta. La tragedia no destruyó la posibilidad de Venezuela; la volvió más urgente. Aceleró la necesidad de edificar un nuevo modelo de país. Uno menos dependiente del relato y más obediente a la realidad. Uno donde la transparencia no sea un ornamento discursivo, sino una condición de supervivencia. Uno donde la planificación urbana, la ingeniería pública, la prevención y la rendición de cuentas dejen de ser asuntos secundarios frente a la pelea ideológica del día. El país que aún puede ser no vendrá de la nostalgia de lo perdido, sino de la capacidad de transformar el quiebre físico y político en cimiento de una República más seria.

Ese es el centro de este editorial: Venezuela todavía puede ser, pero solo si entiende que la reconstrucción no consistirá en volver a la rutina anterior con algunos retoques. Lo que se ha derrumbado no son solo edificios. Se ha derrumbado una forma de administrar el abandono. Y de esos escombros tendrá que salir algo mejor, no una reedición maquillada de la misma fragilidad.

Como ha dicho Víctor Escalona, “A veces, el verdadero cambio no empieza en la calle, sino en lo que decides pensar cada mañana”. Venezuela necesita decidir pensar esto con serenidad y coraje: la tragedia no canceló el futuro; nos obligó, por fin, a tomarlo en serio.

La prueba de que el país sigue vivo

La evidencia más poderosa de que Venezuela todavía es viable no está en un despacho, ni en una embajada, ni en una cumbre. Está en la respuesta inmediata del ciudadano común. En cuestión de horas, miles de venezolanos se volcaron a las calles para rescatar vecinos con las manos desnudas, improvisar cadenas humanas, repartir agua, habilitar refugios espontáneos, clasificar medicinas y organizar centros de acopio sin esperar el permiso de nadie. Esa escena, repetida en distintos puntos del país, vale más que muchos discursos sobre identidad nacional. Porque reveló que el capital humano venezolano sigue intacto donde más importa: en la capacidad de reaccionar con humanidad, disciplina instintiva y sentido comunitario cuando la vida está en peligro.

Ese tejido social, tantas veces subestimado o reducido a simple romanticismo del sobreviviente, ha demostrado ser el verdadero activo estratégico de la nación. Mientras el aparato estatal exhibía una vez más sus limitaciones operativas, el país profundo reaccionó con una velocidad moral admirable. No porque la ciudadanía deba reemplazar al Estado, sino porque la reserva ética de la sociedad resultó mayor que la capacidad de respuesta de la estructura pública. Allí está una de las pocas certezas luminosas de esta hora amarga: Venezuela no es un páramo cívico. Debajo del agotamiento, de la pobreza y de la fractura, todavía hay comunidad.

Ese descubrimiento importa más de lo que parece. Porque la reconstrucción de una nación no comienza solo con cemento, equipos o financiamiento. Comienza con confianza social mínima. Con la convicción de que hay otros dispuestos a sostener, ayudar, coordinar y compartir carga. Lo que vimos en las calles después del sismo no fue una postal conmovedora para redes sociales. Fue la demostración de que la base humana del país sobrevive al colapso institucional.

La emergencia dejó lecciones sociales difíciles de ignorar

  • la solidaridad organizada sigue siendo una de las mayores fortalezas de Venezuela,
  • la ciudadanía puede reaccionar con más rapidez que las estructuras formales,
  • el capital humano del país supera con creces la precariedad del aparato estatal,
  • la cohesión moral existe incluso en medio de la devastación material,
  • la reconstrucción será posible si esa energía civil encuentra dirección, reglas y apoyo técnico.

El país que aún puede ser empieza, precisamente, en esa escena: ciudadanos que no se rindieron ante el derrumbe y que entendieron, antes que muchos dirigentes, que la República se defiende primero salvando vidas.

Del aislamiento a la cooperación: el giro que no debe revertirse

La tragedia también produjo una rectificación geopolítica de enorme importancia. La aceptación de ayuda internacional, la presencia de múltiples delegaciones extranjeras y el despliegue logístico y técnico de apoyo externo marcaron un punto de no retorno. En la hora de los rescates, quedó claro que el aislamiento soberano era una ficción agotada. Ningún país serio confunde cooperación humanitaria con humillación. Ningún liderazgo responsable rechaza puentes cuando se trata de salvar heridos, recuperar corredores logísticos o restaurar infraestructura crítica.

Ese giro debe leerse con inteligencia histórica. No se trata solamente de recibir asistencia en un momento excepcional. Se trata de entender que ese puente humanitario puede convertirse en el canal de reinserción técnica, financiera e institucional de Venezuela en el mundo. Si hubo capacidad para aceptar cooperación cuando la urgencia era extrema, debe haberla también para convertir esa cooperación en financiamiento supervisado, auditoría internacional, transferencia de conocimiento, rediseño urbano y reconstrucción con estándares serios.

La oportunidad es enorme. Porque la devastación, por dolorosa que sea, abre una hoja en blanco parcial. Y sobre esa hoja en blanco puede levantarse un país distinto: menos improvisado, menos opaco, menos sometido a la lógica de la obra inconclusa, del mantenimiento inexistente y del contrato público como botín. Pero eso exigirá una condición innegociable: que la ayuda extranjera no sea absorbida por la vieja cultura del desorden administrativo. Si el puente global se reduce a paliativo, se perderá. Si se convierte en método, puede cambiar el país.

La legitimidad también se mide en la gestión de la ruina

Este nuevo escenario impone una exigencia específica a los actores de la transición. La comisión técnica de la AN de 2015, los liderazgos ciudadanos y las fuerzas que aspiran a conducir el cambio deben entender que la agenda pública ha cambiado radicalmente. Sigue siendo necesario discutir el árbitro electoral, la ruta institucional y el horizonte de diciembre. Pero ahora esa discusión ya no puede darse como si el territorio fuera estable y la vida urbana siguiera funcionando dentro de parámetros normales. La catástrofe introdujo una variable decisiva: la legitimidad futura también dependerá de cómo se gestione la emergencia presente.

No se puede concebir un sistema democrático transparente sobre ciudades a oscuras, servicios colapsados y ciudadanos desamparados. No habrá confianza política si al mismo tiempo persiste la opacidad sobre cifras, daños, prioridades y destino de la ayuda. El nuevo liderazgo venezolano tendrá que demostrar algo más que firmeza discursiva: deberá demostrar capacidad de gestión, honestidad informativa y rendición de cuentas radical en medio del desastre. En tiempos así, la verdad también es infraestructura.

Por eso la exigencia ética es tan clara. La reconstrucción no puede repetir la vieja enfermedad nacional de la cifra difusa, del dato administrado, del balance parcial y de la obra presentada como propaganda. Un país que aspira a recuperar confianza internacional no puede permitirse que la tragedia quede rodeada de opacidad. Cada víctima, cada bloque, cada contrato, cada carga de insumos y cada metro reconstruido tendrán que estar sometidos a escrutinio. Lo contrario ahuyentará financiamiento, cooperación y fe pública.

El liderazgo de esta hora tendrá que probarse en hechos muy concretos

  1. transparentar con rigor el alcance humano y material de la tragedia,
  2. garantizar que la ayuda llegue con trazabilidad y control,
  3. reconstruir con estándares técnicos que superen la precariedad anterior,
  4. integrar la agenda de emergencia con la agenda institucional de diciembre,
  5. demostrar que la política puede servir también cuando la tierra deja de moverse.

La transición no perderá credibilidad solo por lo que haga o deje de hacer frente al CNE. También la perderá si administra la ruina con los mismos vicios que ayudaron a producirla.

El periodismo independiente será decisivo en esta etapa. RadioAmericaVe.com y Vierne5 creen que contar la tragedia con rigor, vigilar la reconstrucción y exigir transparencia total no es un gesto accesorio: es una tarea cívica de primer orden. Cada aporte, incluso desde 1 €, ayuda a sostener una voz editorial que no acepta el olvido, la opacidad ni la resignación como respuesta nacional.

El país posible ya no es un concepto abstracto

Durante años se habló del “país posible” como si fuera una fórmula inspiradora, casi literaria, destinada a mantener viva la imaginación cuando la realidad parecía cerrada. Hoy ese concepto ha dejado de ser abstracto. Se volvió concreto, material, medible. El país que aún puede ser se expresará en hospitales reconstruidos con integridad técnica, en viviendas levantadas con criterios sismorresistentes, en puertos y aeropuertos auditados, en servicios públicos reactivados, en datos confiables, en contratos transparentes y en ciudades pensadas para proteger al ciudadano y no para abandonarlo.

Eso exige una transformación cultural tan grande como la material. Venezuela tendrá que aprender a construir con estándares de primer mundo y con una ética pública inquebrantable, no porque suene bien en un plan de gobierno, sino porque ya pagó el precio de no hacerlo. Cada bloque levantado después de esta tragedia será también una declaración moral. O se edifica con verdad, o se estará sembrando la próxima catástrofe.

La buena noticia, dentro de tanta devastación, es que todavía existe una oportunidad histórica limpia. Dolorosa, sí. Costosa, sin duda. Pero limpia. Porque el país ha sido colocado frente a su verdad sin demasiados maquillajes. Sabe ahora qué tan frágil era; Sabe ahora cuánto valen sus ciudadanos cuando el Estado falla; Sabe ahora que la cooperación internacional no es amenaza, sino posibilidad. Sabe ahora que la política tendrá que dejar de administrar símbolos para empezar a gestionar ciudades.

Un manifiesto por el mañana

La conclusión de este editorial quiere ser severa, pero también profundamente esperanzada. Venezuela se encuentra ante la página más dolorosa y, al mismo tiempo, más limpia de su historia contemporánea reciente. Limpia no porque esté vacía de sufrimiento, sino porque la tierra arrasó con muchas de las ilusiones que impedían ver la urgencia real. Ya no hay excusa para seguir discutiendo el país como si fuera un tablero abstracto. Ahora sabemos, con claridad insoportable, que la República también se juega en las vigas, en el concreto, en la topografía, en el agua potable, en el hospital que no colapsa y en la ciudad que no mata a su propia gente.

El país que aún puede ser no llegará por inercia, ni será regalado por la ayuda extranjera, ni nacerá automáticamente del dolor. Habrá que construirlo; Habrá que levantar cada bloque en La Guaira, Caracas y el interior con honestidad técnica, con vigilancia ciudadana y con una ética de servicio que no admita zonas grises; Habrá que reemplazar la cultura del remiendo por la cultura del estándar; Habrá que entender que cada obra pública mal hecha es una traición futura. Habrá que asumir, en suma, que reconstruir Venezuela será un acto de verdad o no será nada duradero.

La tierra tembló para recordarnos lo efímero de nuestras disputas y la urgencia de empezar a construir, de una vez por todas, el futuro que nos debemos. Esa es la tarea. Ese es el deber. Ese es el país que aún puede ser. 

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Victor Julio Escalona.

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