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La responsabilidad no termina en los ejecutores. Una reflexión sobre el poder, la impunidad y la cadena de mando.

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Hay afirmaciones que generan incomodidad porque obligan a abandonar viejas categorías mentales. Esta es una de ellas: el chavismo murió. Los anatomopatólogos políticos podrán debatir durante años la fecha exacta del fallecimiento, las circunstancias del deceso o los síntomas previos. Pero el cadáver está ahí. Lo que hoy se está instalando en Miraflores podrá conservar símbolos, discursos ocasionales y referencias históricas, pero ya no responde a la naturaleza política que alguna vez definió al chavismo original.
La discusión no es menor. Durante años se asumió que cualquier evolución del poder venezolano seguiría siendo una prolongación automática del proyecto iniciado por Hugo Chávez. Sin embargo, observar con detenimiento la realidad actual obliga a preguntarse si seguimos frente al mismo fenómeno o si estamos ante algo diferente que utiliza la memoria del chavismo como instrumento de legitimación.
Los rostros cambian, pero también cambian las ideas
Un primer elemento resulta evidente. El elenco político que hoy rodea a Delcy Rodríguez tiene poco que ver con los grupos que llegaron al poder en 1998 y también con quienes acompañaron los últimos años de Hugo Chávez.
Es cierto que los regímenes de larga duración suelen atravesar procesos de depuración interna. Las purgas, las sustituciones y las disputas por espacios de poder forman parte de su propia dinámica de supervivencia. Sin embargo, limitar el análisis únicamente al relevo de figuras sería insuficiente.
La verdadera transformación ocurre en otro plano: el ideológico.
Las ideas que alguna vez dieron identidad al chavismo —al menos en su narrativa pública— giraban alrededor de conceptos como soberanía nacional, confrontación con la influencia estadounidense, integración latinoamericana bajo parámetros propios y una visión estatista de la economía.
Hoy cuesta encontrar esas mismas convicciones en la práctica política cotidiana.
Más allá de los discursos ceremoniales, las señales apuntan hacia una lógica completamente distinta, más pragmática, más flexible y mucho menos preocupada por la fidelidad doctrinaria.
La doctrina se evaporó
Los movimientos políticos sobreviven mientras conservan una visión del mundo que les otorgue cohesión interna y legitimidad ante sus seguidores.
Cuando esa visión desaparece, puede mantenerse la estructura de poder, pero ya no el proyecto original.
Por eso resulta cada vez más difícil definir como chavismo clásico a una élite política que parece priorizar la estabilidad de sus intereses antes que la preservación de una doctrina revolucionaria.
El nacionalismo radical ha sido sustituido por la búsqueda de reconocimiento internacional. El discurso antiimperialista ha perdido intensidad. La retórica de confrontación absoluta ha dado paso a estrategias de aproximación selectiva.
No significa necesariamente una democratización automática ni una mejora institucional. Significa otra cosa: una mutación.
Y las mutaciones políticas suelen ser más profundas de lo que aparentan.
Lo que emerge no parece chavismo
La pregunta entonces es inevitable: si esto ya no es chavismo, ¿qué es?
Las respuestas pueden variar según el observador, pero existen algunos rasgos visibles.
Lo que parece perfilarse es un modelo donde el Estado conserva un papel central, no para dirigir una revolución ideológica, sino para administrar relaciones de poder económico y político entre grupos privilegiados.
En ese esquema, el aparato estatal no desaparece. Tampoco se liberaliza plenamente. Se convierte en el gran distribuidor de oportunidades, concesiones, contratos y espacios de influencia.
El resultado se asemeja más a un capitalismo de compadres que a cualquier proyecto revolucionario tradicional.
Sus características principales podrían resumirse así:
- Menor interés por la confrontación ideológica permanente.
- Mayor interés por la estabilidad del sistema.
- Aperturas económicas controladas.
- Concentración de beneficios en grupos cercanos al poder.
- Búsqueda de legitimidad internacional sin transformar las bases del control político.
En otras palabras, una estructura diseñada para sobrevivir, no para revolucionar.
El problema de los nombres
La política tiene una fascinación permanente por las etiquetas. Necesitamos nombrar los fenómenos para comprenderlos.
Por eso comienzan a surgir términos que intentan describir esta nueva realidad.
Algunos hablan de poschavismo. Otros prefieren hablar de una etapa de transición interna del sistema. Hay quienes consideran que estamos frente a una adaptación estratégica destinada a garantizar la continuidad del poder bajo nuevas condiciones nacionales e internacionales.
Lo importante, sin embargo, no es el nombre que se adopte.
Lo relevante es comprender que continuidad y transformación no son conceptos incompatibles.
Un sistema puede conservar sus mecanismos fundamentales de control mientras abandona buena parte de las ideas que le dieron origen.
La historia ofrece numerosos ejemplos. Los movimientos políticos rara vez permanecen intactos durante décadas. Evolucionan, se contradicen y, en ocasiones, terminan convertidos en aquello que originalmente prometieron combatir.
La diferencia importa
Reconocer esta transformación no implica absolver responsabilidades ni suavizar críticas.
Los problemas asociados a la corrupción, la opacidad institucional, la concentración del poder o las limitaciones democráticas no desaparecen porque cambie la etiqueta ideológica.
Precisamente por eso la diferencia resulta importante.
Confundir una mutación con una continuidad absoluta puede conducir a diagnósticos equivocados. Y los diagnósticos equivocados suelen producir estrategias equivocadas.
Como suele decir Víctor Escalona: "La política cambia de uniforme mucho antes de cambiar de objetivos". Quizás esa frase ayude a entender lo que ocurre hoy en Venezuela.
Tal vez el verdadero debate ya no sea cómo terminó el chavismo, sino qué tipo de estructura política está ocupando su lugar.
Porque si algo enseña la historia es que los sistemas rara vez desaparecen cuando pierden una ideología. Normalmente buscan otra narrativa que les permita sobrevivir.
Y eso parece ser precisamente lo que estamos observando.
El periodismo independiente sigue siendo indispensable para identificar estas transformaciones, separar propaganda de realidad y analizar fenómenos complejos sin quedar atrapado en consignas de uno u otro lado.
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