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miércoles, 10 de junio de 2026

Lecciones que el país se niega a aprender

RadioAmericaVe.com  / Editorial.

 

Venezuela repite atajos, rentismo y mesianismo. Sin corregir esas lecciones, el país seguirá habitando la ruina.

lecciones que el pais se niega a aprender

Errores repetidos en Venezuela, atajos políticos en Venezuela, rentismo y mesianismo, lecciones no aprendidas del país

Lecciones que el país se niega a aprender no es un título escrito desde la superioridad moral ni desde el cómodo ritual del reproche retrospectivo. Es una advertencia sobre una tragedia más concreta: Venezuela conoce bastante bien sus errores, pero se resiste a corregirlos. El problema nacional ya no es la falta de diagnósticos. Sobran diagnósticos. Lo que falta es la voluntad civil y política de aceptar que muchas de nuestras derrotas no fueron accidentes inevitables, sino consecuencias de hábitos colectivos que seguimos defendiendo, maquillando o repitiendo. Y un país que no estudia con honestidad sus fracasos termina convirtiéndolos en sistema.

Lo más inquietante es que la repetición no ocurre por ignorancia, sino por comodidad cultural. Se sigue creyendo en el atajo, en la riqueza fácil, en el salvador de turno y en la falsa paz de las superficies; Se sigue esperando que una negociación opaca arregle lo que solo puede corregirse con ley; Se sigue soñando con que un recurso bajo el suelo sustituya la disciplina de producir. Se sigue delegando el destino nacional en líderes, fechas, coyunturas o maniobras que prometen una resolución mágica. Y se sigue confundiendo el silencio de una sociedad cansada con la existencia de una estabilidad real.

Esa combinación es devastadora. Porque no solo impide aprender. También cronifica la ruina. Nos acostumbra a habitar el deterioro como si fuera la forma natural del país. Nos convence de que siempre habrá una salida rápida, un barril providencial, una figura providente o una pausa social suficientemente larga como para evitar el examen de fondo. Pero el examen sigue allí, pendiente. Y cada lección que el país se niega a aprender se cobra en años perdidos, en más familias rotas por el éxodo y en una indigencia institucional que amenaza con parecer normal.

Como ha dicho Víctor Escalona, “A veces, el verdadero cambio no empieza en la calle, sino en lo que decides pensar cada mañana”. Venezuela necesita decidir pensar algo elemental y severo: ninguna nación sale de una crisis histórica repitiendo los reflejos que la trajeron hasta ella.

El fetiche de los atajos: querer libertad sin ley

La primera gran lección que Venezuela sigue reprobando es la inviolabilidad de las reglas del juego. Se insiste, una y otra vez, en la idea de que se pueden alcanzar fines democráticos o institucionales mediante métodos arbitrarios, pactos de oficina, negociaciones opacas, flexibilizaciones discrecionales o quiebres exprés que supuestamente ahorrarían tiempo. Pero la experiencia reciente ha sido brutalmente clara: cada atajo político termina alargando el camino hacia la libertad.

El problema de los atajos no es solo ético. Es estructural. Cuando se pretende reconstruir institucionalidad saltándose normas, lo que en realidad se hace es debilitar todavía más la idea de que la norma importa; Cuando se permite que una negociación se realice a espaldas del ciudadano, se refuerza la noción de que la política es un arreglo entre pocos y no un pacto bajo reglas comunes. Cuando se pide flexibilidad legal para favorecer a un sector o resolver una urgencia coyuntural, se acostumbra al país a vivir bajo excepciones y no bajo derecho.

Ese patrón ha sido uno de los grandes venenos de la vida republicana venezolana. Se busca el desenlace correcto mediante procedimientos equivocados. Se aspira a una normalidad institucional usando herramientas que destruyen la confianza en la institución. Y luego se actúa con sorpresa cuando el poder central sale fortalecido de esa maniobra. La lección sigue sin asumirse: la democracia no se conquista debilitando la ley, sino forzando su cumplimiento. La reinstitucionalización no nace de la improvisación inteligente, sino de la disciplina incómoda de respetar reglas incluso cuando parecen lentas.

El espejismo de la riqueza fácil: seguir esperando el rescate del subsuelo

La segunda lección que el país se niega a aprender tiene raíces más hondas y más viejas: la persistencia del rentismo como fantasía nacional. A pesar del colapso de PDVSA, del deterioro del aparato productivo y de las pruebas acumuladas sobre la fragilidad de depender de un solo recurso, buena parte del imaginario venezolano sigue atrapado en la espera de un nuevo chorro salvador. Cambian los nombres, cambian los formatos, cambian los intermediarios, pero la esperanza sigue siendo demasiado parecida: una licencia petrolera, una trasnacional providencial, una bonanza súbita, la venta de oro o la monetización rápida de algún activo natural que, supuestamente, volvería innecesario el trabajo serio de reconstruir.

Ese espejismo ha hecho un daño cultural inmenso. Ha debilitado el valor del trabajo formal, ha convertido la producción en actividad secundaria frente al recurso extractivo y ha acostumbrado al país a esperar que el problema fiscal, salarial e industrial se resuelva por una vía externa al esfuerzo cotidiano. Pero la historia reciente dejó una lección demoledora: ningún recurso bajo el suelo sustituye la educación de calidad, la productividad, la institucionalidad tributaria, el salario digno ni la empresa que crea valor de manera sostenida.

Seguir esperando que el petróleo, el gas o el oro salven a Venezuela sin una transformación moral y productiva es insistir en una ficción que ya costó demasiado. El país no fue destruido por carecer de recursos, sino por administrar la abundancia como si fuera licencia para no aprender disciplina económica. Repetir esa expectativa hoy, en otro contexto y con otras palabras, sería tropezar con la misma piedra, solo que con menos tiempo para levantarse.

Las consecuencias de ese rentismo mental siguen siendo visibles

  • se pospone la revalorización del trabajo formal y productivo,
  • se mantiene la ilusión de que el ingreso fácil resolverá el atraso estructural,
  • se deprime la cultura industrial y empresarial de largo plazo,
  • se reduce la exigencia ciudadana sobre eficiencia fiscal y administrativa,
  • se vuelve a tratar la riqueza natural como sustituto de la ley y la gerencia.

Mientras esa mentalidad siga viva, el país seguirá viendo sus recursos como salvación automática y no como responsabilidad histórica.

La falacia del mesianismo: delegar el destino para luego frustrarse

Otra lección sistemáticamente ignorada es la que tiene que ver con el caudillismo y la delegación del destino. El ecosistema político venezolano continúa preso del péndulo del mesianismo. Se infla la expectativa sobre una figura, una fecha, una coyuntura o una jugada definitiva. Se le atribuye a un liderazgo específico la capacidad casi total de resolver el conflicto. Y después, cuando los plazos no se cumplen o la realidad no se pliega al deseo colectivo, sobreviene el cansancio social, el reproche destructivo y una nueva ronda de decepción.

Ese patrón es letal porque infantiliza la política. Convierte a la ciudadanía en consumidor emocional de esperanzas en lugar de en sujeto activo de vigilancia y presión. El problema no es valorar los liderazgos; toda sociedad necesita referencias. El problema es depositar en ellos una responsabilidad que en realidad debería distribuirse entre ciudadanía, instituciones, gremios, comunidades, organizaciones sociales y actores productivos. Ninguna libertad duradera nace de una delegación total del deber cívico.

La lección sigue sin aceptarse: la libertad de una sociedad es un esfuerzo coral, no una aparición providencial. Mientras el ciudadano independiente siga entregando su cuota de responsabilidad a un salvador de turno, seguirá siendo rehén de la frustración. Porque todo mesianismo termina chocando con la complejidad de lo real. Y cuando eso ocurre, el país no solo se desilusiona de un líder; se desilusiona de sí mismo.

La falsa paz: confundir silencio con legitimidad

La cuarta lección no aprendida es quizá una de las más peligrosas del momento. Venezuela sigue confundiendo la calma en las calles con estabilidad verdadera. Lo hace el poder, que interpreta la ausencia de protestas masivas como prueba de control legítimo. Y lo hacen también ciertos sectores opositores, que leen el silencio como resignación definitiva o como mera pausa táctica sin consecuencias de fondo. Ambas interpretaciones son superficiales.

Las crisis estructurales no desaparecen porque hagan menos ruido. Quedan latentes. Acumulan energía. Se sedimentan en frustraciones domésticas, en sindicatos ignorados, en docentes exhaustos, en profesionales que emigran, en vecinos que resuelven solos lo que el Estado abandonó, en barrios donde la supervivencia reemplaza a la expectativa de progreso. Una sociedad puede parecer tranquila mientras se erosiona por dentro. Y esa erosión, cuando alcanza determinado punto, no avisa con cortesía.

La lección que el país se niega a aprender es que ninguna república seria puede sostenerse sobre una paz ficticia. El silencio no es siempre consenso. Muchas veces es agotamiento, miedo, dispersión o cálculo. Pero debajo de esa superficie continúan intactos los problemas que deberían escandalizar: servicios destruidos, justicia dilatoria, desigualdad obscena, instituciones vaciadas, trabajo insuficiente, confianza rota. Subestimar ese descontento silencioso ha sido una de las formas más persistentes de la ceguera venezolana.

El periodismo independiente tiene la obligación de incomodar esa amnesia. RadioAmericaVe.com  y Vierne5 cree que recordar las lecciones no aprendidas del país no es recrearse en la derrota, sino impedir que se repita. Cada aporte, incluso desde 1 €, ayuda a sostener una voz editorial que no acepta el atajo, el rentismo ni el mesianismo como destino inevitable de la vida venezolana.

El verdadero drama no es no saber: es negarse a corregir

El drama venezolano no consiste en la ausencia de diagnósticos. Sabemos bastante bien qué nos ha dañado. Sabemos el costo de la opacidad; Sabemos lo que produce el rentismo; Sabemos lo que deja la delegación pasiva del destino; Sabemos que la paz aparente puede ser ruina suspendida. Lo que falta es algo más difícil que diagnosticar: corregir. Es decir, asumir que cada error repetido no solo compromete al poder de turno, sino también a una cultura cívica que demasiadas veces prefiere la comodidad del reflejo conocido al esfuerzo incómodo del aprendizaje.

Ahí aparece la palabra que más nos cuesta pronunciar con honestidad: corresponsabilidad. No para diluir culpas ni para igualar responsabilidades desiguales, sino para comprender que una sociedad madura no puede limitarse a señalar el abuso desde afuera mientras sigue aferrada, por dentro, a hábitos mentales que facilitan su reproducción. El país necesita sincerar el pasado, estudiar de verdad sus derrotas y dejar de convertir cada fracaso en una excusa para repetirlo con otro nombre.

Si Venezuela quiere dejar de tropezar con la misma piedra, tendrá que aprender al menos esto

  1. que los fines democráticos no justifican atajos que erosionen la ley;
  2. que ningún recurso natural reemplaza al trabajo, la educación y la producción;
  3. que ningún líder puede sustituir la responsabilidad civil de una sociedad;
  4. que la calma superficial no corrige una crisis estructural;
  5. que estudiar las derrotas es una obligación moral, no un lujo intelectual.

Sin ese aprendizaje, el bienio 2026–2027 corre el riesgo de convertirse en una reedición más sobria, pero igual de dañina, de errores ya conocidos.

El único examen que sigue pendiente

La tesis final de este editorial es severa porque el momento la exige: un país que no aprende de sus derrotas está condenado a revivirlas. No una vez, sino en ciclos sucesivos, cada vez más costosos. Las lecciones que Venezuela se niega a aprender se pagan con años de vida perdidos, con más familias rotas por el éxodo, con salarios que humillan, con una justicia que no llega y con una normalización de la indigencia institucional que debería avergonzarnos a todos.

Ya no basta con saber qué salió mal. Ya no basta con enumerar culpas históricas, denunciar abusos evidentes o recordar promesas incumplidas. Lo que queda por aprobar es un examen más difícil y más honesto: el de la madurez civil. Sincerar el pasado. Renunciar al atajo. Dejar de esperar la riqueza fácil. Desmontar el mesianismo. Desconfiar de la paz ficticia. Volver a creer, no en un milagro, sino en la ley, en el trabajo y en la responsabilidad compartida.

Venezuela no dejará de habitar una ruina por acumulación de diagnósticos, sino por decisión de corregir aquello que ya sabe. Ese sigue siendo el único puente real entre el país que se repite y el país que podría empezar a aprender. 

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Victor Julio Escalona.

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