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lunes, 22 de junio de 2026

Petro y la izquierda ante la prueba de perder

RadioAmericaVe.com / Opinión.

 

La reacción de Petro ante el resultado en Colombia reabre el debate sobre la izquierda, el poder y la aceptación democrática.

la democracia se prueba cuando se pierde

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Las elecciones apretadas tienen una virtud incómoda: obligan a los políticos a mostrarse sin maquillaje. Cuando la victoria es amplia, todos hablan de civismo, instituciones y voluntad popular. Pero cuando la diferencia es estrecha, cuando cada voto pesa y cada mesa se convierte en territorio de disputa, aparece la verdadera relación de cada liderazgo con la democracia. Colombia acaba de entrar en ese terreno delicado tras la segunda vuelta presidencial en la que Abelardo de la Espriella se impuso por un margen estrecho sobre Iván Cepeda, mientras Gustavo Petro amaga con desconocer o, cuando menos, condicionar políticamente el reconocimiento del resultado.

Es legítimo pedir transparencia. Es legítimo revisar actas, reclamar inconsistencias, exigir escrutinio oficial y cuidar que ningún voto sea torcido. Eso forma parte de cualquier democracia seria. Lo que no es sano es convertir toda derrota en sospecha moral, toda diferencia adversa en conspiración y todo resultado incómodo en una afrenta contra la historia.

Allí empieza el problema. No en la revisión de los votos, sino en la actitud ante el hecho simple de perder.

Cuando perder se vuelve inconcebible

Buena parte de la izquierda latinoamericana se ha construido sobre una premisa emocional poderosa: la idea de que representa a los pobres, a los excluidos, a los olvidados, a los humillados por la historia. Esa narrativa puede tener raíces reales en sociedades desiguales y profundamente injustas. Pero también puede convertirse en una trampa política cuando el dirigente deja de verse como un competidor democrático y empieza a verse como un redentor.

Porque si alguien se cree redentor, la derrota no le parece una decisión ciudadana, sino una anomalía. Si el pueblo no vota por quien dice venir a salvarlo, entonces ese pueblo fue engañado, manipulado, comprado, alienado o víctima de una operación oscura. La posibilidad más sencilla —que millones de personas simplemente hayan preferido otra opción— se vuelve intolerable.

Algo así como decir: si la teoría no calza con la realidad, ignoremos la realidad.

Por eso las elecciones cerradas son tan reveladoras. No solo miden votos; miden templanza. Miden respeto institucional. Miden si un proyecto político cree de verdad en la soberanía popular o solo la invoca cuando le favorece.

La izquierda que acepta perder y la que no

No toda la izquierda cabe en el mismo saco. Sería injusto y poco serio afirmarlo. En América Latina han existido dirigentes de izquierda que, con todas sus diferencias ideológicas, entendieron que la democracia exige aceptar derrotas. Gabriel Boric, José “Pepe” Mujica y Tabaré Vázquez forman parte de una tradición política que, al menos en ese aspecto, supo convivir con la alternancia, la institucionalidad y el límite del poder.

Pero esa no ha sido la regla dominante en la región. La izquierda más mañosa, más caudillista y más convencida de su superioridad moral suele reaccionar mal cuando pierde. No porque sea la única familia política capaz de desconocer resultados —la derecha también ha tenido episodios deplorables en distintos países—, sino porque cierta izquierda añade a la ambición de poder una justificación mesiánica: “si nosotros somos el pueblo, quien nos derrota debe estar contra el pueblo”.

De allí salen varios reflejos conocidos:

  • Descalificar al adversario no solo como rival, sino como enemigo moral.
  • Sugerir fraude antes de agotar las vías institucionales.
  • Presentar la derrota como un retroceso histórico, no como una decisión electoral.
  • Movilizar emocionalmente a la calle antes de consolidar jurídicamente los reclamos.
  • Confundir revisión legítima con presión política sobre las instituciones.

El problema no está en defender los votos. El problema está en usar la defensa de los votos como coartada para no aceptar que otros también tienen derecho a votar distinto.

Petro y el espejo venezolano

Gustavo Petro llega a este episodio con un antecedente que pesa demasiado: su posición frente a Venezuela. Cuando un dirigente democrático observa un fraude, una represión o una deriva autoritaria en el vecindario, tiene la obligación moral de hablar con claridad. No con ambigüedades calculadas; No con equilibrios diplomáticos que terminan favoreciendo al poder abusivo. No con silencios que el régimen interpreta como oxígeno.

Frente al caso venezolano, Petro nunca fue lo suficientemente nítido. Pudo haber asumido una posición más contundente ante el atropello del 28 de julio y ante la maquinaria de control político que ha destruido la voluntad popular en Venezuela. Pero prefirió moverse en esa zona gris donde la palabra “democracia” se pronuncia con fuerza cuando conviene y se administra con prudencia excesiva cuando incomoda a los aliados ideológicos.

Ese antecedente vuelve más delicada su reacción en Colombia. Porque quien no fue categórico ante el abuso ajeno pierde autoridad moral cuando exige pureza absoluta en el proceso propio. La democracia no puede ser un instrumento de conveniencia: dura con el adversario, suave con el aliado; exigente en casa, indulgente con el vecino.

La coherencia democrática se prueba precisamente cuando el resultado no gusta.

El poder también tiene apetito

Sería ingenuo pensar que todo esto se explica solo por ideología. Hay razones más humanas, más simples y más rupestres. El poder es sabroso. El acceso al Estado, a los contratos, a los cargos, a los presupuestos, a la influencia y a la capacidad de repartir favores crea adicciones difíciles de abandonar. Y la plata, cuando circula alrededor del poder, puede ser todavía más sabrosa.

Pero incluso allí aparece la misma arrogancia de fondo: la idea de que el proyecto propio merece continuar porque representa algo superior a la alternancia. Se empieza diciendo que la patria está en peligro y se termina insinuando que solo un sector tiene derecho a interpretarla.

La democracia liberal, con todos sus defectos, parte de una idea más modesta y más sana: nadie es dueño del pueblo. Nadie puede secuestrar la voz de la nación. Nadie puede convertir una derrota electoral en un insulto personal. Si uno cree en la libertad, aceptar una derrota se vuelve más llevadero. Duele, por supuesto. Pero se entiende. Cada ciudadano escoge lo que cree que le conviene, incluso cuando a los iluminados de turno les parezca una mala decisión.

El verdadero demócrata no respeta al pueblo solo cuando el pueblo lo aplaude. Lo respeta también cuando lo corrige, lo castiga o lo despide.

Colombia decide, Venezuela observa

No sabemos si Abelardo de la Espriella traerá prosperidad, seguridad y bienestar a Colombia. Ganar una elección no garantiza gobernar bien. La historia está llena de triunfos electorales que terminaron en frustración, improvisación o soberbia. De la Espriella tendrá que demostrar mucho más que fuerza discursiva. Tendrá que gobernar para quienes votaron por él y también para quienes lo rechazaron. Esa será su prueba.

Pero para los venezolanos hay un dato político que no puede ignorarse: si Petro pierde influencia regional y si el eje de complacencias alrededor del régimen venezolano se debilita, Delcy Rodríguez y el poder de Caracas quedan un poco más solos. Y eso, para un país sometido durante años a una maquinaria de control, miedo y cinismo diplomático, no es una noticia menor.

Venezuela necesita menos cómplices, menos mediadores complacientes y menos líderes extranjeros dispuestos a mirar hacia otro lado cuando la víctima es venezolana y el victimario se viste de “progresista”. Necesita una región que entienda que la democracia no se defiende por afinidad ideológica, sino por principios.

Como suele decir Víctor Escalona, “la democracia no se mide por la emoción de ganar, sino por la dignidad con la que se acepta perder”. Esa frase resume el fondo de este momento colombiano. Petro, Cepeda, De la Espriella y toda la dirigencia política de Colombia están ante una prueba que va más allá de los votos: la prueba de no incendiar el país por ambición, orgullo o dogma.

Colombia merece calma. Merece escrutinio transparente. Merece instituciones firmes. Y, sobre todo, merece que nadie convierta una elección estrecha en una excusa para desconocer la voluntad ciudadana. Porque cuando el poder solo reconoce al pueblo si el pueblo vota como él quiere, ya no estamos ante democracia: estamos ante tutela ideológica.

En RadioAmericaVe.com y Vierne5 creemos que el periodismo independiente debe abrir espacio para estas discusiones sin miedo, sin obediencias partidistas y sin convertir la opinión en consigna. Pensar libremente también es una forma de defender la democracia.

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La alternancia no es una tragedia. Es el oxígeno de la vida republicana. Lo peligroso no es que gane una opción distinta; lo peligroso es que quienes pierden crean tener derecho a invalidar emocionalmente la decisión de los demás. Colombia acaba de recordarnos que la democracia no se defiende solo contando votos, sino aceptando que esos votos pueden decirnos algo que no queríamos escuchar. 

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