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domingo, 28 de junio de 2026

Qué aprendimos y qué ignoramos

RadioAmericaVe.com  / Editorial.

 

El sismo del 24 de junio obligó a Venezuela a mirar su verdad: no hay transición posible sobre ciudades frágiles y servicios colapsados.

que aprendimos y que ignoramos

Lecciones del sismo en Venezuela, reconstrucción y terremoto en Venezuela, infraestructura en ruinas, transición política y desastre

Qué aprendimos y qué ignoramos no es una pregunta retórica para cerrar una semana de duelo. Es, en realidad, el examen más brutal que la realidad le impuso a Venezuela en este 2026. Mientras buena parte de la dirigencia civil y militar consumía meses enteros en cuotas, mesas, equilibrios, cálculos partidistas y reacomodos tras los quiebres institucionales, la tierra recordó con violencia una verdad elemental: la naturaleza no negocia con la política. No espera comunicados, no concede prórrogas y no acepta excusas burocráticas. Cuando se movió el suelo, quedó desnudo algo más profundo que la fragilidad del momento: quedó expuesta la estructura abandonada de un país que llevaba demasiado tiempo confundiendo crisis política con totalidad del problema.

El sismo no solo estremeció edificios y carreteras. Desnudó una nación edificada sobre décadas de omisión. La mayor debilidad de Venezuela no era únicamente la implosión institucional ni la captura del poder por redes criminales; era también el abandono absoluto de su infraestructura básica, de sus protocolos preventivos, de su cultura de mantenimiento y de su obediencia a normas mínimas de construcción. Cuando los muros cedieron, también cedió una mentira nacional: la de creer que la destrucción administrativa podía seguir tratándose como una falta técnica, separada de la vida humana. Hoy sabemos que no. La corrupción estructural, el desdén por la ingeniería y la política de la postergación se miden en cuerpos, en heridos, en aeropuertos colapsados, en hospitales vencidos y en ciudades rotas.

Ese es el centro de este editorial: el 24 de junio obligó al país a abandonar por la fuerza una forma frívola de hacer política. La realidad cambió la agenda. Y si la clase dirigente no entiende que la reconstrucción física y la reinstitucionalización política ya son una misma tarea, habrá aprendido muy poco de la tragedia y habrá ignorado casi todo.

Como ha dicho Víctor Escalona, “A veces, el verdadero cambio no empieza en la calle, sino en lo que decides pensar cada mañana”. Venezuela necesita decidir pensar esto sin anestesia: no habrá país posible si seguimos discutiendo el poder sobre cimientos quebrados.

Lo que aprendimos: la calle reaccionó antes que el Estado

La primera gran lección de esta tragedia fue moral y social. Aprendimos que el tejido civil venezolano, a pesar de todo, sigue vivo. Allí donde el Estado llegó tarde, dudó, se quedó corto o simplemente no tuvo cómo responder de inmediato, aparecieron miles de ciudadanos convertidos en rescatistas espontáneos, cocineros de emergencia, transportistas solidarios, clasificadores de medicinas, brigadistas improvisados y nodos humanos de información. La sociedad civil actuó con una mezcla de reflejo biológico, solidaridad práctica y urgencia desnuda que recordó algo esencial: la República puede estar herida arriba, pero abajo todavía hay comunidad.

Ese comportamiento merece ser nombrado con respeto. No por sentimentalismo, sino por precisión. En medio del colapso inicial, fue la calle la que sostuvo la primera línea de humanidad. Vecinos removiendo escombros, voluntarios coordinando insumos, familias abiertas a recibir a otros, redes espontáneas de rescate y apoyo. Esa respuesta, aunque insuficiente frente a la magnitud del desastre, mostró una reserva moral que el país no puede despreciar. La resiliencia venezolana, tantas veces romantizada de forma superficial, se volvió esta vez un hecho concreto, visible y decisivo.

También aprendimos otra verdad incómoda para ciertos discursos viejos: que en una emergencia humanitaria el pragmatismo salva más vidas que la retórica. La aceptación inmediata de apoyo logístico extranjero, de puentes de asistencia y de delegaciones internacionales no degradó ninguna soberanía real. La protegió donde todavía podía protegerse: en la defensa de la vida. Cuando se trata de rescatar sobrevivientes, trasladar heridos y reabrir corredores esenciales, la soberanía insular deja de ser doctrina y se vuelve frivolidad criminal.

La tragedia dejó al menos estas lecciones claras

  • la sociedad civil conserva una capacidad extraordinaria de reacción cuando el Estado falla,
  • la solidaridad práctica sigue siendo uno de los mayores activos del país,
  • la ayuda internacional oportuna no es una humillación, sino una herramienta de supervivencia,
  • el pragmatismo humanitario vale más que cualquier discurso ideológico de autosuficiencia,
  • la ciudadanía organizada puede salvar vidas, pero no debe reemplazar indefinidamente al Estado.

Eso último importa especialmente. Sería inmoral convertir la heroicidad espontánea de la sociedad en coartada para seguir tolerando la debilidad institucional. La calle respondió. Pero la calle no puede ser el sistema permanente de protección civil de un país.

Lo que ignoramos: el desastre estaba escrito en las grietas

La parte más punzante del balance no está en lo que el sismo reveló, sino en lo que Venezuela decidió ignorar durante años. Ignoramos advertencias técnicas, informes geológicos, silencios sísmicos acumulados y criterios elementales de construcción sismorresistente; Ignoramos que la naturaleza no perdona la chapuza, el sobreprecio ni el mantenimiento diferido. Ignoramos que levantar ciudades informales sobre laderas, rellenar estructuras sin supervisión seria y permitir que la norma se vuelva sugerencia no es solo un desorden urbano: es una sentencia postergada.

El colapso de infraestructura crítica expuso esa verdad con una crueldad insoportable. Cuando cae un aeropuerto estratégico, cuando la red hospitalaria colapsa precisamente en la hora en que más se la necesita, cuando fallan accesos y conexiones vitales, ya no estamos hablando de defectos administrativos. Estamos hablando de una cadena histórica de irresponsabilidad convertida en letalidad. La falta de mantenimiento estructural, la corrupción en obras públicas, la permisividad frente a la violación de códigos de construcción y el abandono de servicios esenciales no son pecados secundarios. Son variables de muerte.

Venezuela ignoró demasiado tiempo la relación entre ingeniería y dignidad republicana. Trató la prevención como lujo, la supervisión técnica como estorbo y el cumplimiento normativo como trámite negociable. El terremoto respondió desmontando esa ficción. Un país que no audita el suelo que pisa termina sepultado por él.

No hay transición legítima sobre ciudades quebradas

A partir del 24 de junio, la agenda nacional cambió de escala. La transición ya no puede pensarse únicamente como una discusión sobre árbitros electorales, liderazgos, cronogramas y arquitectura institucional. Todo eso sigue siendo necesario, pero dejó de ser suficiente. Porque no habrá elecciones legítimas, ni credibilidad pública, ni gobernabilidad posible en diciembre si las principales ciudades del país continúan bajo escombros físicos y bajo coma funcional en sus servicios básicos.

Este es un punto que la comisión técnica negociadora, la dirigencia civil y las fuerzas ciudadanas deben entender con rapidez. No se puede construir un país posible sobre cimientos de barro. No se puede hablar de normalización electoral mientras hospitales, vías, terminales, redes de agua y sistemas eléctricos permanecen en estado de vulnerabilidad extrema. La reinstitucionalización ya no es un asunto paralelo a la reconstrucción material. Son la misma conversación.

De nada servirá diseñar un nuevo CNE si el ciudadano sigue atrapado en ciudades imposibles, sin garantía mínima de movilidad, suministro y seguridad estructural. De nada servirá hablar de transición democrática si la geografía urbana sigue siendo una trampa mortal. La política debe aceptar con humildad que la realidad la reordenó. El centro de gravedad cambió. Y cualquier liderazgo que insista en debatir como si nada hubiera pasado demostrará no solo torpeza estratégica, sino frivolidad moral.

La nueva agenda pública debería empezar por estas prioridades

  1. auditar estructuralmente las ciudades y la infraestructura crítica,
  2. reconstruir hospitales, accesos, terminales y redes de servicios esenciales,
  3. revisar y hacer cumplir normas sismorresistentes sin excepciones clientelares,
  4. integrar protección civil, ingeniería y gobernabilidad en una sola política nacional,
  5. entender que la legitimidad democrática también depende de la habitabilidad del país real.

No habrá institucionalidad duradera si el territorio sigue siendo inhabitable o inseguro.

El periodismo independiente tiene la obligación de impedir que la tragedia sea maquillada por la costumbre. RadioAmericaVe.com y Vierne5 cree que contar lo ocurrido con rigor y exigir una reconstrucción técnica, auditable y humana es una forma de honrar a las víctimas y de defender al país vivo. Cada aporte, incluso desde 1 €, ayuda a sostener una voz que no reduce el desastre a burocracia ni permite que la realidad vuelva a ser escondida debajo del discurso.

El verdadero contrato con la realidad

La tragedia también obliga a formular una pregunta política más severa: ¿qué tipo de país estaba intentando nacer antes de que la tierra interrumpiera las discusiones? Si la respuesta se limita a un reacomodo de poder, a un nuevo reparto de legitimidades o a la administración más elegante de la misma fragilidad material, entonces habremos entendido muy poco. El 24 de junio no fue solo una catástrofe natural. Fue una auditoría violenta de la verdad nacional.

Y esa auditoría deja una conclusión ineludible: el nuevo contrato social no puede limitarse a reglas electorales y acuerdos entre élites. Tendrá que incluir un contrato con la realidad física del país. Con el suelo; Con la ingeniería; Con la prevención. Con el mantenimiento; Con la seriedad técnica; Con la obligación de aceptar que la reconstrucción de la República también se juega en la resistencia de sus columnas, en la trazabilidad de sus obras, en la honestidad de sus inspecciones y en la calidad de sus materiales. La nación que viene, si quiere sobrevivir, deberá ser menos retórica y más verificable.

Sería una tragedia adicional que, una vez cese el movimiento de la tierra, todo esto se reduzca a un intercambio de reproches burocráticos, a comisiones estériles o a la espera pasiva de que la ayuda internacional haga el trabajo que el país no se atreve a organizar. Eso equivaldría a desperdiciar el sacrificio de quienes murieron y el esfuerzo de quienes salvaron vidas con sus manos. Equivaldría a volver a dormir después de que la realidad nos despertó a golpes.

La lección no cabe en el debate viejo

La tesis final de este editorial debe quedar clara: “Qué aprendimos y qué ignoramos” no es el resumen de una semana trágica. Es el epitafio de una manera irresponsable de hacer política en Venezuela. Aprendimos que la sociedad todavía tiene reserva moral, reflejo solidario y capacidad de reacción; Aprendimos que la ayuda externa oportuna salva vidas. Aprendimos que el país profundo sigue latiendo incluso cuando el aparato estatal falla. Pero también ignoramos demasiado tiempo la geología, la ingeniería, la prevención y la relación directa entre corrupción y muerte.

El futuro del país ya no se decide solamente en oficinas partidistas ni en mesas donde se reparten prioridades abstractas. Se decide en la capacidad técnica de refundar ciudades, auditar el suelo, reconstruir infraestructura crítica y hacer que la política deje de vivir de espaldas a la materia. La transición no será real si no aprende a construir sobre verdad física y no sobre slogans.

La realidad nos obligó a despertar. Volvernos a dormir sería un suicidio histórico. 

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Victor Julio Escalona.

Editor.

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