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El doble terremoto del 24 de junio desnuda una tragedia humana y la fragilidad de un país sin Estado funcional.

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El doble terremoto del 24 de junio, día de San Juan Bautista, quedará asentado en la crónica venezolana como una herida mayor: una catástrofe natural que golpeó a un país ya quebrado por años de abandono, improvisación y mentira oficial. No hay palabra suficiente para nombrar el dolor de quienes perdieron a un familiar, una casa, una calle, una vida entera bajo los escombros. Pero tampoco hay decencia posible en pedir silencio absoluto cuando la tragedia no cayó sobre un país preparado, sino sobre una nación desmantelada.
Hay quienes dicen que no se debe politizar la tragedia. Tienen razón. Absolutamente. Pero conviene detenerse en el significado real de esa frase, porque en países gobernados por la opacidad suele usarse como una mordaza. No politizar la tragedia no significa callar ante la negligencia. No significa maquillar el contexto. No significa convertir el duelo en una alfombra para esconder responsabilidades. No politizar la tragedia significa, justamente, no manipularla para proteger a quienes estaban obligados a prevenir, preparar, informar y responder.
El dolor primero, la memoria también
En las primeras horas de una catástrofe, el centro moral debe estar en las víctimas. En los desaparecidos. En los heridos. En los niños que buscan a sus padres. En los padres que remueven piedras con las manos. En los médicos agotados. En los vecinos que cargan agua, linternas, comida, vendas, baterías y cualquier cosa que pueda sostener la vida mientras llega la ayuda que debió estar organizada antes del desastre.
Pero una cosa es poner el foco en las víctimas y otra muy distinta es decretar amnesia. La compasión no exige ceguera. La solidaridad no exige silencio. La prudencia no puede convertirse en complicidad.
Venezuela no llegó a esta hora sin hospitales suficientes, sin servicios públicos confiables, sin equipos de emergencia robustos, sin logística nacional, sin información transparente y sin confianza institucional por arte de magia. Llegó así después de años de deterioro, de propaganda, de saqueo de capacidades y de una cultura de poder que ha tratado la infraestructura del país como botín, vitrina o decorado.
El terremoto fue natural. La indefensión no.
La política del silencio también politiza
Conviene decirlo con claridad: politizar la tragedia sería utilizar el dolor de los muertos como munición partidista. Pero también es politizarla, y de la peor manera, esconder el tamaño del desastre, administrar las cifras como si fueran propiedad del poder, perseguir a quienes informan, obstaculizar la organización ciudadana o fingir normalidad para que la imagen del gobierno no se agriete junto con los edificios.
La política del silencio es una de las formas más puras de la política autoritaria. Es la misma lógica que durante años ha intentado ocultar o deformar datos sobre inflación, salud pública, producción petrolera, deuda externa, migración, inseguridad o epidemias. Cuando el dato incomoda, desaparece. Cuando la realidad acusa, se retrasa. Cuando la pregunta molesta, se castiga.
En una emergencia sísmica, esa conducta no es solo inmoral: puede matar. La información salva vidas. Saber dónde hay colapsos, dónde falta maquinaria, dónde se necesitan rescatistas, cuáles hospitales están operativos, qué vías están cortadas y qué zonas requieren evacuación no es un lujo comunicacional. Es parte de la respuesta humanitaria.
- Informar con precisión no debilita al país; lo organiza.
- Reconocer la magnitud del daño no crea pánico; permite priorizar ayuda.
- Permitir la autoorganización ciudadana no amenaza al Estado; lo complementa cuando el Estado no llega.
- Abrir canales de cooperación internacional no humilla a la nación; protege vidas.
- Registrar fallas y responsabilidades no ofende a las víctimas; honra su memoria.

La ciudadanía hizo lo que pudo con lo que tenía
Una de las imágenes más duras de esta tragedia es la de los ciudadanos removiendo escombros por su cuenta. Vecinos organizándose sin esperar instrucciones. Familias convirtiendo casas, plazas, iglesias, escuelas o estacionamientos en centros improvisados de acopio. Jóvenes buscando medicinas. Motorizados trasladando insumos. Médicos y enfermeros trabajando al límite. Gente común haciendo lo extraordinario porque lo ordinario —un sistema de protección civil fuerte, equipado, coordinado y transparente— no estaba donde debía estar.
También han circulado denuncias ciudadanas sobre abusos, ausencia de cuerpos de seguridad en zonas críticas y obstáculos a iniciativas espontáneas de ayuda. En medio del caos, no todo testimonio puede verificarse de inmediato, pero el patrón de desconfianza no nace de la nada. Cuando durante años se gobierna contra la sociedad civil, cuando se mira con sospecha toda organización autónoma, cuando ayudar sin permiso puede convertirse en problema, la emergencia queda atrapada entre la solidaridad de abajo y el control de arriba.
En los desastres naturales se revela la calidad real de un Estado. No la de sus discursos. No la de sus desfiles. No la de sus cadenas. La calidad verdadera: cuántos rescatistas puede desplegar, cuántas ambulancias funcionan, cuánta maquinaria pesada llega, cuánta electricidad de emergencia existe, cuántos hospitales resisten, cuánta información se publica, cuántas vidas se salvan porque alguien hizo antes lo que tenía que hacer.
Y allí Venezuela vuelve a verse en el espejo más cruel: un país de gente fuerte sostenido por instituciones débiles.
Una tragedia anunciada no puede tratarse como sorpresa
Venezuela es un país sísmico. Eso no es una opinión ni una exageración. La historia nacional conoce terremotos devastadores, fallas activas, ciudades vulnerables y zonas densamente pobladas expuestas al riesgo. Por eso duele tanto escuchar, después del desastre, el lenguaje de la sorpresa absoluta. Como si nadie hubiera advertido la necesidad de preparación. Como si los simulacros, los mapas de riesgo, los códigos de construcción, la protección civil, los hospitales de campaña, las reservas de combustible, los equipos de rescate y la educación ciudadana fueran extravagancias de países ricos.
Un terremoto no se puede impedir. La devastación, en cambio, sí puede reducirse. Las muertes no siempre pueden evitarse, pero muchas veces pueden disminuirse si hay prevención, entrenamiento y respuesta. La diferencia entre un país preparado y uno abandonado se mide en minutos. Y en una emergencia sísmica, los minutos tienen rostro, nombre y familia.
Por eso resulta criminal no haber estado mínimamente preparados. No por falta de anuncios de la naturaleza, sino por falta de responsabilidad humana. No por ausencia de advertencias técnicas, sino por desprecio a la planificación. No por destino, sino por una larga cadena de decisiones políticas que prefirieron controlar antes que construir, vigilar antes que equipar, adoctrinar antes que prevenir.
Como suele decir Víctor Escalona, “un país no se derrumba solo cuando tiembla la tierra; se derrumba antes, cuando sus instituciones dejan de proteger a la gente”. Esa frase, hoy, no suena a metáfora. Suena a diagnóstico.
Ayudar sin olvidar
Ahora toca ayudar. Ayudar con dinero, comida, medicinas, agua, equipos, contactos, transporte, información verificada y apoyo emocional. Ayudar sin protagonismo. Ayudar sin sectarismo. Ayudar incluso a quien piensa distinto, porque debajo de los escombros no hay banderas partidistas: hay seres humanos.
Pero después tocará recordar. Y recordar no será una falta de respeto. Será una obligación. Habrá que preguntar por qué no había más preparación, por qué falló la comunicación, por qué faltaron equipos, por qué dependemos otra vez de la heroicidad ciudadana, por qué la ayuda suele llegar más rápido desde la gente que desde las estructuras oficiales, por qué un país con tanta historia sísmica sigue actuando como si cada terremoto fuera una sorpresa inaugural.
En RadioAmericaVe.com y Vierne5 creemos que el periodismo independiente tiene que acompañar el duelo sin renunciar a la verdad. Informar, preguntar y mantener memoria no es oportunismo: es servicio público. En una tragedia, el silencio puede parecer prudente, pero cuando el silencio protege al poder y no a las víctimas, deja de ser prudencia y se convierte en abandono.
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El día de San Juan Bautista quedará marcado por el doble terremoto y por las vidas rotas que todavía intentamos contar. Que el dolor nos una, que la ayuda llegue sin trabas y que la memoria no sea enterrada bajo los escombros. Porque no se trata de politizar la tragedia; se trata de impedir que la tragedia sea usada para enterrar las responsabilidades.
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