RadioAmericaVe.com / Editorial.
Si la dirigencia no decide ya, Venezuela puede caer en fragmentación, tutela externa y nihilismo civil antes de cerrar 2026.

Venezuela sin transición, colapso del Estado venezolano, tutela externa en Venezuela, reconstrucción institucional urgente
Escenarios sin transición ya no es una hipótesis de laboratorio ni un ejercicio de pesimismo analítico. Es la radiografía del abismo al que Venezuela se acerca si su clase dirigente insiste en tratar la tragedia como telón de fondo y no como sepulturera de la política tal como la conocíamos. La catástrofe humana y económica ha llegado a una escala en la que los calendarios partidistas, las cautelas burocráticas y las pugnas por cuotas de poder empiezan a parecer irreales, casi obscenas, frente a la magnitud del daño. Cuando una nación acumula edificios colapsados, viviendas perdidas, hospitales desbordados y comunidades enteras entregadas a la supervivencia, la política solo conserva legitimidad si demuestra capacidad de mando, de coordinación y de reconstrucción. Si no lo hace, deja de ser conducción y se vuelve decoración.
Ese es el verdadero peligro de esta hora. No solo que la transición fracase, sino que la propia idea de transición pierda relevancia porque la realidad del desastre haya superado la capacidad operativa del Estado y de sus actores visibles. Un escenario sin transición es exactamente eso: un país en el que la urgencia material se devora la discusión institucional, donde la ciudadanía ya no cree que exista un centro de decisión confiable y donde el vacío empieza a llenarse con poderes fragmentarios, tutelas externas y resignación civil. La política no desaparece en esos casos; se degrada. Sobrevive como lenguaje, pero deja de organizar la vida nacional.
Venezuela se asoma a ese borde. Y lo más grave es que todavía hay sectores que actúan como si dispusieran de tiempo para sus viejas rutinas de cálculo. No lo tienen. La fase de evaluación de daños y retirada de escombros ha comenzado, y con ella entró en cuenta regresiva el poco margen que le queda a la República para evitar una disolución más profunda. Lo que está en juego ya no es una ventaja táctica ni una hegemonía narrativa. Está en juego la continuidad misma del país como comunidad políticamente gobernable.
Como ha dicho Víctor Escalona, “A veces, el verdadero cambio no empieza en la calle, sino en lo que decides pensar cada mañana”. Venezuela necesita decidir pensar esto con una severidad adulta: o se reconstruyen de inmediato los cimientos institucionales del país, o el caos terminará gobernando en nombre de todos.
Cuando la tragedia vuelve irrelevante a la política
Hay momentos en la vida de las naciones en que el debate político tradicional deja de servir como marco suficiente para comprender lo que ocurre. Venezuela ha entrado en uno de ellos. Hasta hace poco, todavía podía pensarse que el problema central era cómo ordenar la transición, quién conduciría la interlocución con el exterior, bajo qué condiciones se renovaría el árbitro electoral y qué equilibrio sería capaz de sostener la convivencia entre liderazgo popular, presión internacional y negociación técnica. Todo eso sigue importando, pero ya no ocupa el centro absoluto. La tragedia ha desplazado el eje.
El riesgo ahora es mucho más severo: que la política sea incapaz de responder a la velocidad y a la escala del daño, y que por eso mismo deje de ser creída. Una dirigencia civil y militar que continúe atrapada en la inacción, en zonas grises o en rituales burocráticos acabará confirmándole al país una intuición devastadora: que no hay nadie realmente al mando. Y cuando una sociedad golpeada llega a esa conclusión, entra en una fase de degradación silenciosa pero letal. La comunidad deja de esperar orden desde arriba y empieza a buscarlo como puede, donde puede y con quien pueda.
Ese es el núcleo de los escenarios sin transición: no el estallido espectacular de un desenlace final, sino la pérdida progresiva de autoridad legítima. La transición muere cuando deja de organizar expectativas y empieza a ser percibida como un proceso paralelo, encapsulado, incapaz de tocar el suelo herido del país. Si la política no logra demostrar en semanas, y no en un futuro indeterminado, que todavía puede producir decisiones, coordinar recursos y proteger población, será la tragedia la que pase a dictar las reglas del siguiente ciclo.
El Estado fallido fragmentado
El primer escenario posible, y quizá el más sombrío en lo inmediato, es el del Estado fallido fragmentado. No se trataría de una desaparición formal del Estado venezolano, sino de algo más ambiguo y quizás más dañino: la coexistencia de símbolos de autoridad central con una pérdida creciente de control efectivo en franjas del territorio. La combinación de devastación material, vacío operativo, zonas militarizadas, estructuras criminales descabezadas pero no extinguidas y una conducción civil dispersa crea el ambiente perfecto para el reacomodo de micropoderes.
Sin una dirección civil unificada, el espacio que deja la parálisis no queda vacío. Se ocupa. Y casi nunca por fuerzas virtuosas. En distintas áreas pueden emerger feudos militares locales, redes de intermediación armada, operadores económicos informales con capacidad coercitiva o segundas líneas criminales que sepan administrar el hambre, la escasez y el miedo mejor que un aparato público exhausto. El antecedente del debilitamiento de megabandas visibles no garantiza el fin del problema; a veces, por el contrario, inaugura una etapa de fragmentación más difusa y más difícil de combatir.
Eso tendría consecuencias devastadoras para la idea misma de reconstrucción nacional. Un país no se puede levantar con un mosaico de autoridades de hecho compitiendo sobre ruinas. No se puede hablar de reinstitucionalización si el orden real se va definiendo en sombra, por territorios, por jerarquías paralelas o por pactos tácticos de supervivencia. La transición solo será transición si impide que el colapso se descentralice en forma de señoríos locales del caos.
Ese escenario de fragmentación podría expresarse en señales como estas
- comunidades enteras dependiendo de actores no estatales para seguridad, alimentos o movilidad,
- zonas militarizadas donde la autoridad formal existe, pero no responde a controles transparentes,
- reacomodo de economías ilegales bajo nuevas figuras de intermediación territorial,
- erosión de la confianza ciudadana en cualquier centro nacional de decisión,
- normalización de una gobernabilidad parcial, improvisada y profundamente desigual.
La tragedia no solo puede destruir edificios. También puede licuar la arquitectura del mando si nadie la reconstruye a tiempo.
La tutela externa indefinida
El segundo escenario es menos ruidoso en apariencia, pero no menos grave: la tutela externa indefinida. Hoy la intervención humanitaria y logística internacional cumple una función indispensable. Sería mezquino o ideológico negarlo. La presencia de rescatistas, del despliegue del Comando Sur y de agencias multilaterales ha contribuido a sostener una operación que, en muchos frentes, el aparato nacional no podía asumir por sí solo. Pero toda ayuda masiva en contextos de parálisis local contiene una pregunta política de fondo: ¿acompaña una transición o la sustituye?
Esa es la línea roja que Venezuela no puede cruzar. Si los actores internos no demuestran capacidad para gobernarse, coordinarse y cohabitar alrededor de objetivos básicos, el puente humanitario puede transformarse gradualmente en una administración de facto. No hace falta una declaración colonial para que exista tutela. Basta con que las decisiones clave sobre cronograma, seguridad, financiamiento, reconstrucción y legitimidad sean tomadas fuera del campo nacional porque dentro de él nadie logra articular voluntad suficiente.
Washington ya ha fijado su hoja de ruta sobre el nuevo CNE antes de diciembre. Eso introduce una presión útil, pero también un riesgo evidente. Si el país termina obedeciendo solo porque otros ordenan y no porque sus propios actores maduran, la soberanía no se rescata: se posterga. La tragedia no puede ser excusa para que los venezolanos entreguen definitivamente las riendas de su destino. Pero tampoco podrá evitarse esa deriva si la dirigencia insiste en comportarse como si todavía pudiera negociar sin urgencia frente a una realidad que no espera.
El choque de liderazgos frente al abismo
La dualidad en la acera democrática entra así en su prueba más severa. De un lado, la comisión técnica de los seis representantes intenta mantener viva la ruta institucional, empujando la negociación del árbitro electoral en medio del derrumbe. Del otro, la irrupción popular de María Corina Machado devuelve al centro del tablero la pregunta por la legitimidad viva, por la movilización social y por la capacidad de organizar esperanza en un país abatido. Por separado, ambas fuerzas contienen elementos necesarios. Pero si siguen operando en paralelo, sin convergencia estratégica real, pueden terminar neutralizándose mutuamente.
Ese sería un error histórico. La ciudadanía golpeada no va a premiar sofisticaciones internas si no ve resultados. Y tampoco sostendrá de forma indefinida una épica que no se traduzca en decisiones institucionales concretas. El fervor de las masas sin arquitectura puede estallar y disiparse. La negociación institucional sin músculo ciudadano puede burocratizarse y vaciarse. En el entorno actual, donde decenas de miles de familias sobreviven en campamentos transitorios y la fatiga moral crece cada día, la separación entre ambas corrientes se vuelve casi suicida.
Si no logran fusionar calle y diseño, legitimidad y estructura, esperanza y cronograma, el país puede deslizarse hacia una forma nueva de nihilismo. No la del cinismo clásico, sino la de una sociedad que deja de creer que la política sirva para algo concreto. Y una vez que se pierde ese músculo civil, incluso un cambio electoral posible a finales de año llegaría herido de nacimiento, sin la energía social capaz de sostenerlo.
El periodismo independiente tiene una responsabilidad decisiva en esta fase: impedir que el país acepte como normal la irrelevancia de la política o la opacidad de la reconstrucción. Vierne5 cree que vigilar, preguntar, documentar y exigir claridad sobre el poder real y el destino de cada decisión es parte de la defensa de la República. Cada aporte, incluso desde 1 €, ayuda a sostener una voz que no se resigna ni al caos ni a la tutela.
El ultimátum de los escombros
Todo esto conduce a una conclusión que ya no admite adornos. La fase de evaluación de daños y retirada de escombros no es solo una etapa técnica. Es el ultimátum de la realidad a la clase dirigente venezolana. Cada bloque removido, cada hospital revisado, cada campamento improvisado y cada ruta logística abierta está diciéndole al país lo mismo: el tiempo político entró en su tramo final. O se reconstruyen de inmediato los cimientos institucionales, o la República será arrastrada por la combinación de fragmentación interna, tutela externa y agotamiento civil.
Por eso acordar un nuevo árbitro electoral y redefinir un mando político confiable ya no son asuntos de agenda entre muchos otros. Son las únicas barreras visibles que separan a Venezuela de una disolución más profunda como Estado-nación. La reconstrucción material exigirá años. Pero la decisión sobre quién conduce, bajo qué reglas y con qué legitimidad no puede esperar esos años. Tiene que ocurrir ahora, mientras todavía exista margen para que la política vuelva a parecer útil.
La idea central de este editorial es sencilla y brutal: el futuro se decide hoy, o el caos decidirá por nosotros. No habrá zona intermedia honorable. No habrá indulgencia histórica para quienes antepusieron sus cálculos particulares al dolor de la República. El país ya está demasiado cerca del punto en el que la falta de decisión deja de ser error y se convierte en mecanismo de disolución.
Escenarios sin transición no es una profecía. Es una advertencia. Todavía puede evitarse. Pero solo si la dirigencia entiende que esta hora no le pertenece a sus cuotas, sino a su responsabilidad.
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Victor Julio Escalona.
Editor.
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