RadioAmericaVe.com / Opinión. / Matías Ricardo Escalona Cardinale.
Criticar a Trump no es defender al chavismo: es defender una libertad venezolana sin vasallaje.

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Criticar a Donald Trump no significa defender al chavismo. Y agradecer cualquier presión internacional que ayude a desmontar la barbarie venezolana no significa arrodillarse ante un salvador extranjero. Esa distinción, que debería ser elemental, se ha vuelto incómoda en una Venezuela exhausta, desesperada y dispuesta a aferrarse a cualquier fuerza externa que prometa una salida. Pero justamente porque queremos libertad, debemos cuidar la brújula moral: salir de una opresión para entrar en otra forma de dependencia no es liberación; es cambiar de amo.
La contradicción moral de combatir la opresión propia mientras se busca tutela ajena ha marcado demasiadas tragedias políticas. Un pueblo que lucha contra una dictadura apelando a la justicia, los derechos humanos, la soberanía popular y la dignidad nacional pierde autoridad si termina aplaudiendo, justificando o aceptando sin crítica la bota de otro poder solo porque ese poder ofrece ayuda contra el enemigo interno.
La consigna debería ser clara: negocios sí, ayuda sí, alianzas sí; vasallaje no.
El enemigo de mi enemigo no siempre es mi amigo
La frase “el enemigo de mi enemigo es mi amigo” puede servir para una conversación de pasillo, pero es peligrosa como doctrina política. En la historia real, muchas naciones han terminado pagando caro esa comodidad intelectual. Un aliado circunstancial no se convierte automáticamente en garante de libertad. Una potencia extranjera puede coincidir con nuestros intereses en un momento y, al mismo tiempo, perseguir los suyos con absoluta frialdad.
Ese no es un juicio moral ingenuo contra Estados Unidos ni contra ningún otro país. Es apenas política básica. Las naciones actúan según intereses, no según sentimientos. Pueden ayudarnos, presionarnos, proteger ciertos procesos o abrir puertas diplomáticas, pero no tienen la obligación de sustituir nuestra conciencia crítica. Esa tarea es nuestra.
Por eso se puede reconocer el peso de Washington en la presión sobre el chavismo y, al mismo tiempo, advertir que Venezuela no puede convertirse en una pieza muda del tablero ajeno. Se puede valorar el papel de figuras estadounidenses que han apoyado la causa democrática venezolana y, al mismo tiempo, rechazar la sumisión acrítica ante cualquier liderazgo extranjero, incluido Trump.
No tenemos armas reales para defendernos, pero no podemos permitir que también nos desarmen el pensamiento.
Ayuda no es subordinación
Venezuela necesita ayuda. Sería absurdo negarlo. Después de años de ruina institucional, fraude electoral, tragedia humanitaria, destrucción económica y control autoritario, el país necesita respaldo internacional, presión diplomática, garantías, financiamiento, observación electoral, asistencia técnica y acompañamiento para una transición democrática seria.
Pero una cosa es recibir ayuda y otra entregar la voluntad nacional. Una cosa es construir alianzas y otra aceptar tutelaje. Una cosa es coordinar con Estados Unidos, Europa, Canadá, América Latina y organismos multilaterales; otra muy distinta es asumir que el destino venezolano debe ser decidido por una figura extranjera, por poderosa que sea.
La libertad no puede ser una mercancía negociable. Si transigimos con un opresor para derrotar a otro, ya habremos aceptado que los principios tienen precio. Y si la democracia venezolana nace de una obediencia externa sin vigilancia ciudadana, nacerá con una fractura moral desde el primer día.
Por eso la posición coherente exige caminar sobre una línea difícil:
- Rechazar sin ambigüedad la dictadura chavista y sus mecanismos de control.
- Agradecer la ayuda internacional que contribuya a una salida democrática real.
- Evitar la idolatría política hacia cualquier líder extranjero.
- Exigir que toda negociación respete la soberanía popular venezolana.
- Defender elecciones libres, competitivas, observadas y sin tutelas indebidas.
Ese equilibrio no es tibieza. Es madurez democrática.
María Corina no se borra del mapa político
En esta discusión hay otro punto que conviene decir sin rodeos: el liderazgo de María Corina Machado no puede ser borrado por conveniencia de mesa, cálculo diplomático o comodidad de actores que preferirían una transición administrada desde arriba. Puede gustar más o menos; Puede generar resistencias. Puede incomodar a quienes desean una salida pactada sin demasiada movilización ciudadana. Pero su peso político en Venezuela es real.
La transición venezolana no puede ignorar al liderazgo que una parte sustancial del país reconoce como referencia moral y política contra el chavismo. Si el objetivo es devolver la palabra al ciudadano, no tendría sentido construir una salida en la que el liderazgo ciudadano más visible quede tratado como problema logístico.
Ahora bien, reconocer ese liderazgo tampoco significa caer en fantasías. Ningún dirigente, por fuerte que sea, puede sustituir instituciones, organización, estrategia, presión internacional, ciudadanía activa y reconstrucción nacional. Venezuela no se salvará por acto de magia ni por una escena de película. Estos procesos son lentos, duros, negociados, imperfectos y llenos de tensiones.
Pero si la transición no conduce a que los venezolanos decidan libremente, entonces no será transición: será administración de la crisis.
La culpa no siempre está afuera
Hay una costumbre venezolana que debemos abandonar si queremos madurar como nación: buscar siempre afuera al culpable principal de nuestras desgracias. Estados Unidos ha tenido intereses, errores, presiones, silencios y cálculos. Eso es evidente. Pero el chavismo no cayó del cielo. Lo fabricamos también nosotros, con irresponsabilidad institucional, frivolidad política, resentimientos manipulados, élites torpes, partidos agotados, militares ambiciosos y una ciudadanía que en distintos momentos subestimó el peligro.
La defenestración de Carlos Andrés Pérez, el indulto político a Hugo Chávez, la romantización del outsider con boina roja, el desprecio por las advertencias tempranas, el odio social convertido en proyecto de poder y la fascinación por soluciones autoritarias forman parte de una historia que no puede colocarse completa en hombros extranjeros.
Por supuesto que hubo influencias, intereses y lecturas externas. Pero la responsabilidad venezolana existe. Y reconocerla no debilita la lucha democrática; la hace más seria.
Un pueblo no se libera plenamente si no se atreve a revisar cómo llegó a su propia prisión.
La amnesia selectiva también es enemiga
En la desesperación por salir del chavismo, muchos venezolanos corren el riesgo de aceptar cualquier relato que prometa rapidez. Pero la política no funciona como un conjuro. No basta invocar a Trump, a Rubio, a Washington, a Bruselas, a la OEA o a cualquier actor externo para que la realidad cambie de un día para otro. La comunidad internacional tiene varios frentes, intereses simultáneos, ritmos propios y prioridades que no siempre coinciden con la ansiedad venezolana.
Eso no significa resignarse. Significa entender. La presión externa puede abrir puertas, pero la fuerza interna debe cruzarlas. La ayuda internacional puede empujar una transición, pero la legitimidad debe venir del voto. Los aliados pueden acompañar, pero la República la tendremos que reconstruir nosotros.
También necesitamos revisar ese socialismo emocional que muchos llevan enquistado en el alma aunque se declaren antichavistas: la costumbre de esperar un padre providencial, un líder externo, un caudillo redentor o una fuerza superior que resuelva lo que exige ciudadanía adulta. Esa mentalidad nos ha hecho daño. Mucho daño.
Como suele decir Víctor Escalona, “la libertad que se recibe de rodillas siempre viene con factura”. La frase incomoda porque toca una verdad profunda: no hay liberación auténtica si el ciudadano no conserva dignidad frente al aliado, frente al adversario y frente al poder que promete salvarlo.
Criticar para no arrodillarse
Entonces, ¿por qué criticamos a Donald Trump? Lo criticamos cuando corresponde porque no queremos sustituir pensamiento por idolatría. Porque Venezuela no debe entregar su criterio a ningún poder externo; Porque agradecer apoyo no obliga a aplaudirlo todo. Porque la lucha contra el chavismo no puede convertirse en licencia para aceptar cualquier forma de dominación simbólica, política o moral.
Y también porque la democracia exige esa incomodidad: poder decir gracias sin decir amén; poder reconocer una ayuda sin entregar la conciencia; poder celebrar una presión efectiva sin convertir al aliado en dueño del destino nacional.
No se trata de fobia a Trump. Tampoco de ingenuidad antiestadounidense. Se trata de principios. Si alguien tiene una mejor carta para ayudar a Venezuela a recuperar la democracia, que la ponga sobre la mesa. Si Estados Unidos puede ser decisivo para abrir una ruta electoral real, bienvenido sea ese apoyo. Pero que nadie confunda apoyo con vasallaje, ni estrategia con sumisión, ni gratitud con obediencia ciega.
En RadioAmericaVe.com y Vierne5 creemos que el periodismo independiente debe defender esa zona difícil donde caben la gratitud y la crítica, la urgencia y la dignidad, la alianza y la soberanía. Un medio libre no existe para repetir consignas cómodas. Existe para recordar que la libertad no se negocia como mercancía ni se delega como trámite.
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Venezuela saldrá de esta barbarie con ayuda, sí; con presión internacional, seguramente; con liderazgo democrático, sin duda; pero sobre todo con una ciudadanía que no cambie la cárcel por una correa más elegante. Amanecerá y veremos, con el favor y la gracia de Dios, pero que ese amanecer nos encuentre de pie, agradecidos con quienes ayuden y firmes frente a cualquiera que pretenda cobrarnos la libertad en obediencia.
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