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Venezuela sigue entre tragedia, control político, transición pendiente y la urgencia de elecciones libres.

- Transición democrática en Venezuela
- Crisis venezolana 2026
- Régimen chavista e interinato
- Elecciones libres en Venezuela
¿Qué sigue pasando en Venezuela? Pasa que el país continúa atrapado entre una tragedia humana de proporciones históricas, un poder que todavía controla por reflejo autoritario y una transición que se anuncia, se negocia, se intuye, pero aún no termina de convertirse en libertad concreta para los ciudadanos. Pasa que la gente sigue contando muertos, heridos, rescatados, desaparecidos y damnificados, mientras el aparato político intenta contar otra cosa: cuotas, tiempos, garantías, supervivencias y salidas administradas.
La pregunta no es menor. Después del doble terremoto, después del colapso institucional exhibido ante el mundo, después del fraude electoral de 2024, después del interinato impuesto y de la presión internacional, Venezuela vive una especie de limbo brutal: ya nadie cree plenamente en el régimen, pero el régimen todavía manda; ya todos hablan de transición, pero la transición todavía no devuelve soberanía popular efectiva; ya se sabe que el país necesita elecciones presidenciales libres, seguras y competitivas, pero el poder sigue administrando el calendario como si el tiempo nacional le perteneciera.
Y en medio de todo eso, el ciudadano común sigue pagando el precio.
El control no es estabilidad
Una de las grandes trampas del chavismo ha sido llamar estabilidad al control. Pero controlar instituciones no es estabilizar un país. Controlar tribunales, cuerpos armados, medios públicos, organismos electorales y estructuras administrativas no equivale a gobernar con legitimidad. Es apenas conservar capacidad de bloqueo.
Venezuela sigue bajo el peso de un sistema que no ha dejado de actuar como régimen, aunque ahora se disfrace de interinato, transición o administración provisional. Cambian los tonos, se reacomodan algunas piezas, se invocan negociaciones, se habla de fases, de garantías y de acuerdos, pero la pregunta de fondo sigue allí: ¿cuándo se le devolverá al venezolano el derecho real de decidir?
Mientras esa respuesta no llegue, todo lo demás será insuficiente. Puede haber mesas, comunicados, reuniones diplomáticas, declaraciones de Washington, gestos desde Caracas y silencios calculados. Pero si el destino final no son elecciones presidenciales libres, observadas, seguras y verdaderamente competitivas, entonces no estamos ante una transición democrática, sino ante una administración del desgaste.
La tragedia convirtió la mentira en algo visible
La catástrofe del 24 de junio dejó al descubierto el país real. No el país de los discursos. No el país de los partes oficiales editados. No el país de la propaganda. El país real: hospitales agotados, familias buscando entre escombros, ciudadanos organizando ayuda, rescatistas trabajando contra el tiempo, comunidades enteras sin respuestas suficientes y cifras que crecieron durante semanas hasta mostrar una devastación que ya nadie puede tratar como episodio menor.
Según balances oficiales difundidos en los días posteriores, la tragedia ya supera los cinco mil fallecidos, mantiene decenas de miles de heridos y deja miles de personas rescatadas con vida. Pero incluso esas cifras, por grandes que sean, no alcanzan a expresar la dimensión moral del desastre. Porque cada número es una familia. Cada cuerpo encontrado en descomposición es una historia interrumpida. Cada herido es un futuro alterado. Cada rescatado es también una acusación contra las horas perdidas, contra la falta de preparación y contra la ausencia de Estado donde debió haber presencia organizada.
La tragedia hizo visible lo que muchos ya sabían: Venezuela no solo está empobrecida. Está institucionalmente fracturada.
La transición no puede ser una tutela permanente
El papel de Estados Unidos, de Donald Trump, de Marco Rubio y del Departamento de Estado en esta etapa es evidente. La presión internacional ha sido determinante para mover piezas que internamente parecían petrificadas. Pero ninguna transición democrática puede terminar convertida en tutela permanente de un poder extranjero, aunque ese poder haya sido decisivo para abrir la puerta.
Venezuela necesita ayuda internacional, presión diplomática, garantías y acompañamiento. Pero necesita, sobre todo, recuperar su soberanía popular. La transición debe conducir al ciudadano al centro de la decisión, no sustituirlo por acuerdos de élites, pactos de supervivencia o fórmulas diseñadas para que los mismos actores de siempre encuentren acomodo bajo nuevos nombres.
El punto de llegada no puede ser una administración interina eternizada. Tampoco puede ser un reparto entre quienes destruyeron el país y quienes negocian su salida. El punto de llegada debe ser claro:
- Elecciones presidenciales libres, competitivas y con observación internacional robusta.
- Registro electoral confiable y garantías para todos los candidatos democráticos.
- Respeto a la voluntad expresada por los ciudadanos dentro y fuera del país.
- Transparencia absoluta en actas, transmisión, auditoría y proclamación.
- Compromiso de transición institucional y reconstrucción nacional posterior.
Sin eso, cualquier transición será una palabra hermosa atrapada en una jaula.
María Corina y el liderazgo que el país reconoce
Hay una verdad política que el poder conoce y por eso teme: María Corina Machado sigue siendo, para una parte decisiva del país democrático, la referencia de liderazgo capaz de ordenar esperanza, movilización y dirección. No porque una persona pueda resolver sola una tragedia nacional, ni porque la política deba reducirse a una figura, sino porque los procesos históricos necesitan conducción, claridad y credibilidad.
Venezuela no necesita más administradores del miedo. Necesita liderazgo con mandato moral, conexión ciudadana y capacidad de convertir la indignación en ruta. La transición solo tendrá sentido si desemboca en una elección donde los venezolanos puedan escoger sin trampas, sin vetos, sin tutelas y sin resultados cocinados.
La libertad no puede ser concedida por los mismos que la secuestraron. Tiene que ser recuperada por el voto, por la presión cívica, por la vigilancia ciudadana y por un proceso internacional que no pierda de vista el objetivo final: democracia real.
Los Rodríguez y el agotamiento del modelo
Los hermanos Rodríguez representan, para muchos venezolanos, una de las expresiones más acabadas del cinismo político chavista: control institucional, manejo del relato, ingeniería electoral, respuesta propagandística ante la tragedia y una capacidad casi infinita para hablar de República mientras se administra un país sin República efectiva.
Pero el modelo se agota. Se agota porque la tragedia es demasiado grande para maquillarla. Se agota porque las actas del 2024 no desaparecieron. Se agota porque la gente vio la ausencia de Estado en tiempo real. Se agota porque la comunidad internacional ya no compra fácilmente el discurso de normalidad. Se agota porque incluso el silencio de los que antes obedecían empieza a sonar distinto.
Como suele decir Víctor Escalona, “cuando la mentira necesita demasiados guardianes, es porque la verdad ya está caminando sola”. Venezuela vive exactamente ese momento: la verdad camina, aunque todavía no haya llegado a la puerta del poder.
Lo urgente y lo histórico
Ahora hay dos tareas simultáneas. La primera es humanitaria: atender a las víctimas, acelerar la identificación de fallecidos, proteger a los heridos, acompañar a las familias, garantizar refugio, alimentos, medicinas, agua, servicios y asistencia psicológica. No hay transición democrática seria si el dolor concreto de la gente queda relegado a nota al pie.
La segunda es política: impedir que la emergencia sea usada para congelar la libertad. Una tragedia no puede convertirse en excusa para aplazar indefinidamente la soberanía popular. Al contrario, la tragedia demuestra con más fuerza por qué Venezuela necesita un gobierno legítimo, responsable y capaz de reconstruir confianza.
En RadioAmericaVe.com y Vierne5 creemos que el periodismo independiente debe sostener esas dos miradas al mismo tiempo: humanidad para las víctimas y firmeza frente al poder. Informar no es desestabilizar. Preguntar no es conspirar. Exigir elecciones libres no es capricho partidista. Es reconocer que ningún país puede reconstruirse sobre una mentira electoral ni sobre una administración que no nace de la voluntad ciudadana.
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¿Qué sigue pasando en Venezuela? Sigue pasando que el pueblo espera justicia, verdad, ayuda y elecciones. Sigue pasando que el régimen conserva poder, pero pierde relato. Sigue pasando que la transición debe dejar de ser promesa y convertirse en camino verificable hacia la libertad. Y sigue pasando, sobre todo, que Venezuela no puede resignarse a vivir entre escombros físicos, institucionales y morales.
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