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Venezuela no puede aceptar una transición que iguale a víctimas y victimarios bajo presión.

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- Elecciones libres en Venezuela
- Soberanía popular venezolana
- Transición sin cuotas de poder
Señor Trump: no es justo, no es democrático y no es humano pedirle a un pueblo que ganó moral y electoralmente una batalla que ahora se siente a negociar como si hubiera perdido la mitad de su derecho. Venezuela no puede ser tratada como una ecuación diplomática donde el sufrimiento de millones se reduce a porcentajes convenientes, cuotas de poder y equilibrios diseñados para que el resultado financiero o geopolítico cierre en una hoja de cálculo.
La democracia no es un reparto entre víctimas y victimarios. No es una mesa donde quien robó, reprimió, manipuló instituciones y desconoció la voluntad popular recibe premio por conservar armas, control territorial o capacidad de daño. Si el país expresó una mayoría clara el 28 de julio de 2024, cualquier negociación que obligue a esa mayoría a retroceder para igualarse artificialmente con la minoría que sostuvo al régimen no se llama pragmatismo: se llama injusticia.
Y cuando esa injusticia se impone bajo presión, con la sensación de una pistola en la sien, deja de parecer negociación y empieza a parecer rendición administrada.
La ecuación tramposa del 50 y 50
Hay fórmulas políticas que parecen razonables solo cuando se borran las condiciones iniciales. Si se parte de la idea de que todos los actores tienen el mismo peso moral, electoral e histórico, entonces cualquier reparto mitad y mitad puede venderse como equilibrio. Pero Venezuela no parte de cero. Venezuela viene de un fraude denunciado, de actas defendidas por ciudadanos, de una mayoría que se expresó contra el régimen y de un país que lleva años pagando con hambre, exilio, cárcel, persecución y ruina institucional.
Por eso la pregunta es inevitable: ¿cómo explicar una ecuación donde obligatoriamente el resultado debe ser 50% para cada grupo, si las condiciones iniciales no eran 50 y 50? ¿Cómo se justifica que una mayoría ciudadana termine entregando parte sustancial de su mandato para que el grupo responsable del desastre conserve cuotas de poder?
La única manera de hacer cuadrar esa fórmula es introducir una variable externa: la fuerza. No la fuerza de los votos, sino la fuerza de las armas, del control, de los cuerpos armados, de los expedientes, de los negocios, del miedo y de la capacidad del régimen para seguir haciendo daño.
Si esa es la variable que se está ponderando, entonces digámoslo con honestidad: no estamos ante una reunión de igual a igual. Estamos ante una negociación donde una parte llega con votos y la otra llega con coerción.
El pragmatismo tiene límites morales
La palabra “pragmatismo” suele aparecer cuando alguien quiere pedirle a la víctima que acepte menos de lo que le corresponde. Se presenta como madurez, realismo, inteligencia estratégica o responsabilidad histórica. A veces lo es. La política exige negociar, ceder, construir salidas imperfectas y evitar maximalismos que terminen prolongando el sufrimiento.
Pero el pragmatismo tiene límites. Si se convierte en excusa para blanquear delincuentes, congelar responsabilidades, repartir poder entre quienes ganaron y quienes atropellaron, o transformar la soberanía popular en una mercancía de mesa, entonces deja de ser pragmatismo y se vuelve cinismo.
Venezuela necesita una salida. Nadie sensato quiere eternizar la confrontación ni empujar al país a más dolor. Pero una salida democrática no puede nacer de la negación del voto. No puede empezar castigando a la mayoría para calmar a la minoría armada. No puede vender como estabilidad lo que en realidad sería una tutela sobre el mandato ciudadano.
- Una transición no debe premiar al aparato que destruyó las instituciones.
- Una negociación no debe igualar la legitimidad del voto con la fuerza de las armas.
- Una salida política no debe convertir la justicia en obstáculo decorativo.
- Una democracia futura no debe nacer hipotecada por cuotas de impunidad.
- Una mayoría ciudadana no debe ser obligada a pedir perdón por haber ganado.
La verdadera fórmula venezolana
La ecuación democrática venezolana no es tan difícil de entender. Parte de un dato central: el 28 de julio de 2024 la sociedad venezolana mostró una voluntad de cambio que el poder intentó desconocer. Esa voluntad no puede ser tratada como una opinión más dentro del tablero. Es el punto de partida moral de cualquier transición seria.
La fórmula verdadera, si se quisiera plantear sin maquillaje, sería otra: 28J más mayoría ciudadana, más presión internacional firme, más cobardía de un régimen que sabe que perdió legitimidad, igual a una nueva Venezuela. Pero para que esa fórmula funcione hace falta una decisión política clara: no usar la presión internacional para obligar a la mayoría democrática a retroceder, sino para obligar al aparato autoritario a aceptar la realidad.
Ese es el punto que debe entender Washington. La presión externa puede ser necesaria. La mediación puede ser útil. Las garantías pueden formar parte de una salida. Pero ninguna potencia tiene derecho moral a rediseñar la voluntad de un país como si estuviera ajustando porcentajes en una negociación corporativa.
Venezuela no pide que le regalen libertad. Pide que no le cobren su propia libertad con una factura de subordinación política.
María Corina y el sentido del comunicado
En ese contexto se entiende mejor la posición de María Corina Machado. No como terquedad, no como maximalismo vacío, no como capricho personal, sino como advertencia frente a una tentación peligrosa: convertir la transición en un pacto donde el poder derrotado conserve suficiente control para impedir que la democracia nazca completa.
María Corina representa, para millones de venezolanos, algo más que una candidatura o una figura política. Representa la idea de que el mandato ciudadano no puede ser administrado por quienes no lo recibieron. Representa la resistencia a una salida donde todo cambie de nombre para que las estructuras esenciales sigan intactas. Representa, con sus aciertos y errores, la exigencia de que la transición no se diseñe contra la gente que sostuvo la lucha democrática.
Por eso el comunicado importa. Porque en medio del lenguaje diplomático, de las fases, de los cálculos y de los pactos posibles, alguien tenía que recordar que Venezuela no es un expediente. Es una nación herida. Y las heridas no se cierran con porcentajes arbitrarios.
Señor Trump, la fuerza debe servir al voto
La crítica no es ingratitud. Venezuela necesita apoyo internacional y Estados Unidos ha tenido un papel decisivo en el tablero venezolano. Pero apoyar no es disponer. Presionar no es sustituir. Mediar no es imponer. La fuerza política, económica y diplomática de Washington debería servir para proteger el voto venezolano, no para recortarlo.
Si Trump realmente quiere pasar a la historia como actor decisivo en la recuperación democrática de Venezuela, debe entender que el país no necesita una componenda elegante con los responsables de su tragedia. Necesita condiciones para que la soberanía popular se exprese y se respete. Necesita elecciones presidenciales libres, competitivas, verificables, seguras y con consecuencias reales. Necesita garantías, sí, pero no a costa de negar el mandato ciudadano.
Como suele decir Víctor Escalona, “la libertad negociada de rodillas siempre termina pareciéndose a otra cárcel”. Esa frase resume el riesgo de esta hora: aceptar una salida que parezca ordenada, pero que nazca moralmente torcida.
Justicia para que haya paz
No hay paz duradera sin justicia mínima. No hay estabilidad verdadera si la mayoría siente que fue obligada a entregar una parte de su victoria para tranquilizar al verdugo. No hay reconciliación posible si se le pide al país que olvide demasiado rápido lo que todavía está sangrando. Venezuela necesita serenidad, pero no sumisión. Necesita acuerdos, pero no vasallaje. Necesita transición, pero no una transición diseñada para que los mismos de siempre sobrevivan con otro uniforme político.
En RadioAmericaVe.com y Vierne5 creemos que el periodismo independiente debe insistir en esa diferencia. No se trata de gritar contra toda negociación. Se trata de exigir que la negociación no traicione el principio democrático. La libertad venezolana no puede ser una variable secundaria dentro de una operación de conveniencia internacional. El voto de los ciudadanos no puede valer menos que el miedo que aún produce el aparato armado del régimen.
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Señor Trump, no es justo pedirle a Venezuela que acepte como equilibrio lo que nació como despojo. No es democrático igualar votos con armas. No es humano obligar a un pueblo golpeado a renunciar a parte de su mandato para que los números de una negociación cuadren. La solución venezolana debe partir de la verdad: el país votó por cambiar, y cualquier transición que ignore esa verdad nacerá bajo sospecha.
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