RadioAmericaVe.com / Política. / Matías Ricardo Escalona Cardinale.
Declive del chavismo en Venezuela: sin Maduro ni movilización popular, el movimiento enfrenta su mayor crisis política e ideológica.

Crisis del chavismo, futuro del chavismo, madurismo en Venezuela, poder de Delcy Rodríguez
Hablar hoy del chavismo como una fuerza electoral de millones de venezolanos exige, cuando menos, revisar una fotografía que pertenece a otro tiempo. El movimiento que alguna vez combinó liderazgo carismático, movilización popular, discurso ideológico y una poderosa maquinaria estatal fue perdiendo buena parte de esos atributos durante años. La salida de Nicolás Maduro del poder terminó de exponer una realidad que ya venía desarrollándose: detrás de las estructuras oficiales quedaba una fuerza política mucho menos cohesionada, con menor capacidad de movilización y crecientemente dependiente del aparato del Estado.
Conviene hacer esta distinción porque la política venezolana de la transición no puede construirse sobre mitos, ni favorables ni adversos. El chavismo existió como fenómeno social de gran magnitud y dejó una huella profunda en el país. Negarlo sería absurdo. Pero también sería un error analizar el escenario actual como si aquella fuerza electoral permaneciera intacta y simplemente estuviera esperando una oportunidad para reaparecer.
Las organizaciones políticas cambian, envejecen, pierden electores y, en ocasiones, sobreviven institucionalmente mucho después de haber perdido buena parte del impulso social que las llevó al poder. Ese parece ser uno de los problemas centrales que enfrenta hoy el chavismo.
Del movimiento de masas al control desde el Estado
Durante sus primeros años, el chavismo tenía elementos que ninguna evaluación seria puede ignorar. Hugo Chávez poseía capacidad de comunicación, conexión emocional con sectores populares y un relato político reconocible. Existían símbolos, consignas, organizaciones de base y una narrativa revolucionaria que, independientemente de la valoración que se haga de ella, permitía a sus seguidores saber qué proyecto creían estar defendiendo.
Ese capital comenzó a deteriorarse incluso antes de la desaparición de Chávez. Los problemas económicos, el desgaste gubernamental, la corrupción y las contradicciones internas redujeron progresivamente aquella identificación popular. Con Nicolás Maduro, la transformación se aceleró.
Maduro heredó las estructuras, los símbolos y buena parte del aparato político, pero no heredó el carisma de Chávez. Tampoco logró construir una teoría política propia capaz de renovar el movimiento. En lugar de hacerlo, el sistema fue descansando cada vez más en controles institucionales, disciplina burocrática, beneficios administrados desde el Estado y mecanismos de coerción.
La diferencia es fundamental. Una organización política puede controlar instituciones sin conservar necesariamente la adhesión que alguna vez tuvo. Poder estatal y fuerza electoral no son sinónimos.
El error de contar como chavista todo lo que obedecía al poder
Una de las confusiones más frecuentes durante los últimos años consistió en interpretar toda manifestación de disciplina institucional como respaldo político genuino. Funcionarios, gobernadores, alcaldes, militares, empleados públicos y organizaciones dependientes del presupuesto estatal aparecían dentro de una misma fotografía política. Pero estar dentro de una estructura no equivale necesariamente a compartir una convicción.
Cuando el costo de separarse del poder es elevado, la obediencia puede confundirse fácilmente con lealtad.
Por eso el nuevo escenario obliga a distinguir varios componentes que durante años fueron presentados como una sola fuerza:
- los votantes que alguna vez se identificaron sinceramente con Hugo Chávez;
- los dirigentes que construyeron carreras políticas dentro del movimiento;
- los funcionarios cuya supervivencia económica dependía del Estado;
- los grupos vinculados a intereses económicos específicos;
- los sectores que permanecieron por temor, conveniencia o falta de alternativas.
Cuando el centro del poder se debilita, esos grupos no necesariamente reaccionan de la misma manera. Allí comienza la fragmentación.
La salida de Maduro dejó al descubierto las debilidades
El desplazamiento de Maduro produjo un efecto político que va más allá de su figura personal. Permitió observar cuánto dependía el sistema de la Presidencia, de los cuerpos de seguridad y de la capacidad de distribuir recursos y posiciones.
Una organización verdaderamente arraigada debería poder sobrevivir a la salida de su principal dirigente manteniendo estructuras sociales activas, renovación de liderazgo y un proyecto reconocible. La transición ha mostrado, en cambio, un espacio mucho más fragmentado.
Eso explica por qué resulta arriesgado continuar hablando del chavismo como un bloque homogéneo. Lo que queda contiene dirigentes con estrategias distintas, funcionarios preocupados por conservar posiciones, sectores que intentan adaptarse a la nueva realidad y antiguos militantes que ya no reconocen necesariamente el proyecto que alguna vez apoyaron.
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Delcy Rodríguez y el problema de una identidad política propia
La posición de Delcy Rodríguez plantea un desafío adicional. Su capacidad para administrar poder no significa automáticamente que pueda reconstruir una fuerza electoral semejante a la que alguna vez reunió Chávez.
La administración, la negociación internacional y el control burocrático son habilidades políticas importantes, pero distintas de la construcción de un movimiento popular. Una cosa es gestionar estructuras heredadas y otra levantar una identidad capaz de movilizar voluntariamente a millones de ciudadanos.
Ese es uno de los dilemas del espacio político asociado hoy a los hermanos Rodríguez. Si pretende presentarse simplemente como continuidad del chavismo, debe cargar con el desgaste acumulado de ese proyecto. Si intenta diferenciarse, tendrá que explicar qué representa realmente, cuáles son sus ideas y qué relación mantiene con las prácticas del sistema anterior.
El problema se vuelve mayor si la prioridad es únicamente sobrevivir políticamente. Un proyecto construido alrededor de la conservación personal puede ser eficaz durante una negociación, pero difícilmente genera una identidad colectiva duradera.
¿Existe realmente un “rodrigato” como movimiento político?
La expresión “rodrigato” se ha utilizado para describir al espacio asociado al poder de Delcy y Jorge Rodríguez. Sin embargo, todavía resulta discutible considerarlo un movimiento político en sentido pleno.
Un movimiento necesita algo más que dirigentes, funcionarios y posiciones institucionales. Necesita una narrativa, una visión del país, bases sociales reconocibles y alguna expectativa compartida de futuro.
Lo que se observa, por ahora, parece más cercano a una coalición circunstancial de supervivencia dentro de una transición incierta. Distintos actores procuran preservar espacios mientras intentan anticipar cómo terminará la reorganización del poder.
La metáfora de José Ignacio Cabrujas sobre Venezuela como “el país del mientras tanto y el por si acaso” resulta especialmente útil. Cada sector modifica su pequeña parcela pensando en lo que podría ocurrir después. Hay movimientos, adaptaciones y cálculos, pero no necesariamente un plano común.
La desaparición de un bloque no significa la desaparición de sus votantes
Sería igualmente equivocado concluir que todo ciudadano que alguna vez votó por Chávez ha desaparecido políticamente. Millones de venezolanos tuvieron razones muy distintas para respaldarlo y una parte de esas demandas sociales continúa existiendo.
La crítica a las élites tradicionales, la preocupación por la desigualdad, la necesidad de inclusión política y la demanda de servicios públicos no desaparecieron con Maduro. Forman parte del debate venezolano y cualquier democracia estable deberá atenderlas.
La diferencia está en que esos ciudadanos no tienen por qué seguir formando un bloque electoral automático bajo las mismas siglas o dirigentes. Algunos pueden incorporarse a nuevas organizaciones. Otros pueden abstenerse. Otros pueden apoyar opciones de izquierda democrática alejadas del autoritarismo. Incluso pueden surgir fuerzas que reivindiquen aspectos sociales del chavismo mientras rechazan completamente su experiencia de poder.
Eso es precisamente lo que ocurre en una democracia competitiva: los votos no pertenecen a nadie.
El verdadero examen llegará con elecciones libres
La discusión sobre cuántos chavistas existen hoy tiene una respuesta mucho más sencilla que cualquier disputa propagandística: habrá que contarlos en elecciones auténticamente competitivas.
Un sistema democrático no necesita decidir desde una mesa cuánta representación merece cada corriente. Los ciudadanos lo hacen mediante el voto.
Si el chavismo conserva una fuerza considerable, tendrá derecho a expresarla electoralmente. Si su respaldo se redujo drásticamente, también deberá aceptarse. Lo mismo vale para cualquier organización opositora que afirme representar a millones sin comprobarlo en las urnas.
Por eso una transición democrática necesita reglas que permitan medir el verdadero peso de todos:
- un CNE independiente;
- Registro Electoral abierto y actualizado;
- participación de los venezolanos en el exterior;
- partidos libres de intervenciones judiciales;
- candidatos sin inhabilitaciones arbitrarias;
- libertad de prensa y campaña;
- observación internacional amplia;
- escrutinio verificable y publicación transparente de resultados.
Lo que se disputa es quién representará el futuro
La decadencia de una estructura política no crea automáticamente una alternativa. Ese es quizá el punto más importante para Venezuela.
Que el madurismo haya perdido capacidad política no significa que la democracia ya esté asegurada. Tampoco que los sectores opositores tengan garantizada la confianza permanente del país. Todos deberán competir, rendir cuentas y demostrar capacidad para gobernar.
El vacío que deja un sistema agotado puede llenarse con instituciones o con nuevos personalismos. Venezuela ya conoce suficientemente el segundo camino.
La transición tendrá éxito si consigue que las fuerzas políticas dejen de depender de privilegios estatales y vuelvan a depender de los ciudadanos. Eso incluye al chavismo, a sus herederos, al denominado rodrigato y también a quienes han pasado décadas haciendo oposición.
La política venezolana necesita abandonar los fantasmas
Continuar organizando la transición alrededor de una supuesta fuerza electoral inmutable sería tan equivocado como negar que el chavismo dejó una base social y cultural que merece ser comprendida. El país necesita superar ambos extremos.
El antiguo movimiento de masas se transformó. El madurismo perdió su centro. Los grupos que hoy administran espacios de poder todavía no han demostrado ser capaces de convertirse en una nueva identidad política. Y la oposición tampoco debería interpretar ese deterioro como autorización para sustituir la competencia electoral por repartos anticipados.
Las urnas, bajo condiciones verdaderamente libres, serán las que coloquen a cada uno en su dimensión real.
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Venezuela necesita dejar atrás las fotografías del pasado y medir su presente con votos reales. Si alguna fuerza conserva millones de ciudadanos detrás de ella, podrá demostrarlo. Si no, tendrá que aceptar que la historia avanzó.
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