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viernes, 7 de agosto de 2026

La Carlota: diálogo sin garantías reales

RadioAmericaVe.com  / Opinión.

 

Sin María Corina, sin prensa libre y con intimidación, el diálogo nace bajo sospecha.

  • Mesa de diálogo Venezuela
  • Libertad de prensa en Venezuela
  • Transición democrática venezolana
  • Represión en La Carlota

Un diálogo que comienza sin María Corina Machado, sin libertad plena para la prensa y con el aparato represivo rondando la escena no nace como un espacio de confianza: nace bajo sospecha. Puede llamarse mesa, encuentro, intercambio o iniciativa de buena fe. Pero si alrededor del proceso hay intimidación, control, muerte de presos políticos y ausencia de garantías elementales, entonces la palabra “diálogo” empieza a sonar demasiado grande para una realidad demasiado torcida.

Así comenzó en La Carlota la iniciativa impulsada desde Estados Unidos, en un ambiente marcado por la tensión política, por la presencia del poder que todavía controla resortes fundamentales del Estado y por una noticia que debería avergonzar a cualquier país: la muerte del preso político de origen uruguayo José Breijo, quien, según reportes periodísticos, había pasado por prisión y se encontraba bajo arresto domiciliario por razones humanitarias de salud. :contentReference[oaicite:0]{index=0}

Lo mínimo que debe tener un espacio de diálogo que se presenta como respetuoso, serio y paritario es una atmósfera de neutralidad. No neutralidad retórica, sino concreta: sin amenazas, sin cuerpos intimidantes, sin periodistas acosados, sin celulares revisados, sin material borrado, sin miedo administrado como decoración del encuentro.

Una mesa no puede sentarse bajo intimidación

El diálogo verdadero no exige ingenuidad, pero sí condiciones mínimas. Las partes pueden desconfiar. Pueden tener historias enfrentadas. Pueden llegar con heridas, intereses y cuentas pendientes. Pero si una de ellas conserva cerca el brazo represor, si los periodistas sienten que no pueden trabajar con libertad y si la cobertura informativa queda sometida a vigilancia o presión, entonces la mesa queda contaminada desde el primer minuto.

Una negociación política no es solo lo que ocurre dentro de la sala. También es el clima que la rodea. El pasillo, la puerta, la cámara, el micrófono, el funcionario armado, el reportero que duda antes de grabar, la fuente que teme hablar, el testigo que prefiere callar. Todo eso forma parte del mensaje.

Por eso el país tiene derecho a preguntar:

  • ¿Puede hablarse de trato paritario si una de las partes llega rodeada de estructuras de intimidación?
  • ¿Puede hablarse de buena fe si la prensa no puede trabajar sin presiones?
  • ¿Puede hablarse de neutralidad si el lugar escogido carga una memoria de represión?
  • ¿Puede hablarse de transición democrática si el liderazgo más reconocido por amplios sectores ciudadanos queda fuera del centro de la escena?

La respuesta honesta es incómoda: puede haber reunión, pero no necesariamente garantías.

La Carlota no es un lugar inocente

No es ocioso preguntarse por la escogencia del sitio. La Carlota no es un espacio cualquiera en la memoria venezolana reciente. En las inmediaciones de esa base militar fue asesinado David José Vallenilla durante las protestas de 2017. Tenía 22 años, era estudiante de enfermería y su muerte quedó asociada a una de las imágenes más duras de la represión de aquel año. :contentReference[oaicite:1]{index=1}

Los lugares también hablan. Y cuando un encuentro político se realiza en un sitio cargado de esa memoria, no basta con mirar la logística. Hay que mirar el símbolo. Para algunos funcionarios, La Carlota puede ser apenas una sede conveniente. Para muchas familias venezolanas, es un recordatorio de sangre, miedo, impunidad y Estado armado contra ciudadanos.

Una transición democrática seria debe cuidar esos símbolos. No por sentimentalismo, sino por respeto. Porque una sociedad herida no se reconstruye solo con acuerdos firmados, sino también con gestos que reconozcan el dolor de las víctimas.

El trípode de la desconfianza

La mesa nace golpeada por tres ausencias o presencias problemáticas. La primera es la ausencia de María Corina Machado como factor central visible del proceso. Un diálogo que pretenda encauzar la transición venezolana no puede ignorar el liderazgo que buena parte del país democrático reconoce como referencia. Podrán existir razones tácticas, diplomáticas o de seguridad; pero la ausencia pesa.

La segunda es la ausencia de libertad plena para informar. Sin prensa libre, toda mesa se vuelve opaca. Y donde hay opacidad, el poder autoritario respira mejor. La prensa no está para adornar la foto ni para repetir comunicados. Está para preguntar, contrastar, incomodar y dejar constancia.

La tercera es la presencia, directa o ambiental, de la intimidación. El rodrigato puede cambiar el tono, suavizar el lenguaje o vestir la escena con formalidad institucional. Pero el país conoce demasiado bien al trío siniestro y a sus acompañantes. Nada sorprende porque casi todo ha sido visto antes: la acusación contra quien pregunta, el expediente contra quien denuncia, el desprecio por la víctima, el uso del miedo como herramienta de disciplina.

Incluso episodios recientes alrededor de la jueza María Lourdes Afiuni y las respuestas públicas a comentarios de Jorge Arreaza muestran hasta qué punto la memoria represiva sigue abierta y disputada. :contentReference[oaicite:2]{index=2}

Dinorah y la dificultad de negociar entre sombras

Pese a todo, conviene decirlo con claridad: deseamos el mayor de los éxitos a Dinorah y su equipo. No por ingenuidad; No porque el país deba aplaudir sin exigir. No porque la mesa merezca un cheque en blanco. Se les desea éxito porque Venezuela necesita una salida y porque cada oportunidad, incluso contaminada, puede abrir una rendija si se trabaja con firmeza, inteligencia y dignidad.

Pero el éxito no puede medirse por una foto ni por un comunicado. Debe medirse por resultados verificables. Si la mesa sirve para garantizar libertad de prensa, abrir condiciones políticas reales, proteger a los ciudadanos, reducir la represión, avanzar hacia elecciones libres y obligar al poder a compromisos concretos, habrá valido la pena. Si sirve para normalizar al aparato, ganar tiempo o excluir a quienes representan el mandato ciudadano, será otro episodio de la larga industria venezolana del engaño.

El país merece esperanza, sí. Pero una esperanza vigilante.

Sin prensa libre no hay diálogo democrático

La libertad de prensa no es un accesorio de la democracia. Es una condición de existencia. Sin periodistas que puedan cubrir, preguntar y publicar sin miedo, el diálogo queda en manos de los comunicadores oficiales, los voceros interesados y los operadores de narrativa.

Una mesa que se diga democrática debe empezar por respetar al periodista que está afuera. Ese reportero con una cámara o un teléfono puede parecer secundario frente a los negociadores, pero representa algo esencial: el derecho del país a saber qué ocurre en su nombre.

Como suele decir Víctor Escalona, “cuando el poder le teme a una libreta de periodista, no está negociando paz; está administrando miedo”. Esa frase resume el problema de fondo. Si el proceso necesita silencio forzado para avanzar, entonces no avanza hacia la democracia. Avanza hacia otra forma de control.

En RadioAmericaVe.com y Vierne5 creemos que el periodismo independiente debe mantener esa línea: apoyar toda salida real, pero denunciar todo intento de convertir el diálogo en escenografía. No se trata de sabotear. Se trata de exigir que la palabra transición no sea usada para maquillar prácticas autoritarias.

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La mesa de La Carlota puede ser una oportunidad o puede ser una trampa. Dependerá de si produce garantías reales o solo otra coreografía de poder. Sin María Corina en el centro político del proceso, sin libertad de prensa plena y con los esbirros sueltos, el diálogo arranca herido. Ojalá Dinorah y su equipo logren abrir camino, porque Venezuela lo merece y lo necesita. Pero que nadie pida fe ciega donde todavía falta neutralidad, respeto y verdad.

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