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viernes, 21 de agosto de 2026

María Corina tiene razón: sin veto electoral

RadioAmericaVe.com  / Opinión. / Matías Ricardo Escalona Cardinale.

 

Una elección sin María Corina repetiría el abuso de 2024 y nacería sin legitimidad real.

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María Corina Machado tiene razón: los venezolanos no aceptaríamos como libre, limpia ni legítima una elección donde se repita su injusta y arbitraria inhabilitación, como ocurrió en 2024. No sería un simple error técnico ni una imperfección más dentro de un proceso complicado. Sería una traición política, una burla a la reinstitucionalización y una señal devastadora para un país que ya pagó demasiado caro la costumbre de llamar “elección” a lo que nace condicionado por el poder.

La transición venezolana, si pretende ser tomada en serio, no puede comenzar copiando el vicio central del viejo sistema: dejar competir solo a quien el aparato autoriza. Una elección donde el liderazgo más sólido de la oposición democrática vuelve a ser excluido por decisión administrativa, judicial o política no sería una elección de transición. Sería una elección bajo tutela. Y una democracia tutelada por los mismos mecanismos que destruyeron la democracia no puede venderse como salida.

Ese es el punto que no conviene disfrazar con tecnicismos. Venezuela no necesita otra boleta mutilada. Necesita una elección donde el ciudadano pueda escoger de verdad.

La inhabilitación no puede repetirse

La inhabilitación de María Corina en 2024 fue uno de los símbolos más claros de la arbitrariedad política venezolana. No solo porque se le impidió participar a una dirigente con evidente respaldo popular, sino porque el mensaje fue brutal: el poder decide quién puede desafiarlo y quién no. Esa lógica es incompatible con cualquier reinstitucionalización seria.

Ahora, en esta nueva situación-país, repetir ese esquema sería aún más grave. Ya no estamos ante el mismo tablero de 2024. Hay una transición en marcha, una presión internacional más visible, una vigilancia política desde Washington, una expectativa ciudadana acumulada y una necesidad urgente de recuperar credibilidad. En ese contexto, excluir otra vez a María Corina no sería solamente injusto: sería suicida para cualquier proceso que pretenda nacer con legitimidad.

Por eso la pregunta de fondo no es si el régimen sería capaz de hacerlo. Ya sabemos que lo fue. La pregunta es si, bajo las nuevas condiciones, alguien se atrevería a permitirlo, tolerarlo o maquillarlo.

¿Sabe algo María Corina que nosotros no?

Cuando María Corina advierte que no sería la primera vez que intentan impedirle competir, conviene escuchar con atención. No por dramatismo, sino por experiencia. En Venezuela, las advertencias suelen llegar antes que los hechos, y muchas veces el país las entiende demasiado tarde.

¿Sabe algo que nosotros no? Puede ser. O puede que simplemente esté leyendo con frialdad lo que otros prefieren no ver: que el poder siempre intenta conservar una carta de bloqueo, que la transición puede ser usada para ordenar una salida sin entregar plenamente el control y que algunos actores podrían preferir una candidatura más manejable, menos incómoda, menos conectada con el voto real de la calle.

Si la hoja de ruta está de verdad bajo vigilancia rigurosa de la Casa Blanca y del Departamento de Estado, entonces la exclusión de María Corina debería ser imposible. Pero la política venezolana enseña que lo imposible se vuelve posible cuando se acepta la primera concesión equivocada. Por eso no basta con confiar. Hay que exigir claridad.

La transición debe responder una pregunta sencilla: ¿habrá elecciones libres con todos los liderazgos habilitados, o habrá una elección diseñada para que el resultado sea administrable?

Los números refrescan la realidad

La fotografía política del momento ayuda a despejar fantasías. En la lámina de Latam Pulse julio 2026 atribuida a AtlasIntel y Bloomberg, María Corina Machado aparece con 72% de imagen positiva, seguida por Edmundo González Urrutia con 61%, Lorenzo Mendoza con 58%, Marco Rubio con 54% y Donald Trump con 51%. Del lado contrario, figuras del poder chavista muestran niveles muy altos de rechazo: Delcy Rodríguez aparece con 71% de imagen negativa; Nicolás Maduro, Diosdado Cabello y otros dirigentes del oficialismo también figuran con rechazos contundentes.

Más allá de la metodología, que siempre debe leerse con prudencia, la tendencia política es evidente: María Corina sigue encabezando la referencia democrática del país. Edmundo conserva un respaldo importante como símbolo del voto opositor de 2024. Y el rodrigato, por mucho que administre el aparato, carga con una imagen profundamente deteriorada.

En ese contexto, pretender una elección sin María Corina sería desconocer la foto política más elemental del país. Sería pedirle al elector que acepte una competencia donde la principal figura opositora queda fuera por decisión de quienes no quieren competir contra ella.

El lanzamiento de Enrique Márquez y la pregunta inevitable

La declaración de María Corina coincide con el lanzamiento político de Enrique Márquez. Y sí, quedó claro que quiere ser candidato presidencial. Tiene derecho a aspirar, a hablar de unidad, a presentar ideas y a buscar apoyo. En democracia, nadie debería ser excluido por capricho. Pero también es legítimo recordar que en 2024 compitió contra Edmundo González Urrutia, el candidato de la unidad democrática, en un momento decisivo para la oposición venezolana.

El problema no es que Márquez aspire. El problema es que su propuesta de cronograma electoral parece colocar las presidenciales al final de una larga lista de procesos que distraen, consumen tiempo y le conceden oxígeno al poder. ¿Elecciones comunales? ¿En serio? ¿En medio de una crisis de legitimidad presidencial, de una transición vigilada y de una sociedad que exige recuperar el mandato nacional?

La paciencia es una virtud cuando sirve para construir. Pero cuando sirve para dilatar, se convierte en anestesia. Y pedir paciencia desde el confort de un salón donde no se va la luz puede sonar demasiado distinto para el país que vive apagones, incertidumbre, miedo y deterioro cotidiano.

Unidad no es reemplazo del mandato ciudadano

La palabra unidad no puede ser usada como perfume para tapar sustituciones políticas. Unidad no significa escoger al candidato más cómodo para la mesa; Unidad no significa pedirle a la mayoría que olvide a quién reconoce como liderazgo. Unidad no significa diseñar un cronograma donde el poder gana tiempo mientras el país pierde fuerza.

Una unidad democrática seria debe cumplir condiciones mínimas:

  • Reconocer el liderazgo real de María Corina Machado y el mandato opositor expresado en 2024.
  • Defender la habilitación plena de todos los candidatos democráticos.
  • Colocar la elección presidencial en el centro de la transición, no al final de una retahíla distractiva.
  • Exigir garantías electorales, observación internacional y transparencia total del proceso.
  • Impedir que el rodrigato use el calendario para ganar tiempo y reorganizarse.

Todo lo demás puede discutirse después. Reforma constitucional, rediseño institucional, elecciones locales, comunales o parlamentarias: nada de eso puede usarse para aplazar lo esencial. Y lo esencial es devolverle al país la posibilidad de elegir libremente al poder nacional.

La transición no puede nacer torcida

Si una transición empieza excluyendo al liderazgo que encabeza la confianza ciudadana, nace torcida; Si coloca la presidencial al final de un laberinto electoral, nace sospechosa; Si premia al aparato con más tiempo, nace débil. Si normaliza la inhabilitación, nace sin alma democrática.

El país no puede cometer ese error. Ya vivimos demasiadas trampas presentadas como procedimientos; Ya vimos demasiados acuerdos que daban tiempo al poder. Ya escuchamos demasiadas veces que había que aceptar “lo posible”, incluso cuando “lo posible” terminaba siendo exactamente lo que convenía al régimen.

Como suele decir Víctor Escalona, “una elección sin el liderazgo que el pueblo reconoce no es prudencia: es miedo vestido de calendario”. Esa frase resume el dilema de esta hora. Venezuela no necesita una transición que le tenga miedo al voto real. Necesita una transición que lo respete.

En RadioAmericaVe.com y Vierne5 creemos que el periodismo independiente debe mirar estos movimientos con atención y sin ingenuidad. No se trata de negar el derecho de nadie a aspirar. Se trata de defender el derecho de los venezolanos a escoger sin vetos, sin inhabilitaciones, sin cronogramas amañados y sin candidaturas diseñadas para administrar la derrota del régimen sin incomodarlo demasiado.

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María Corina tiene razón. Una elección que repita su inhabilitación no sería aceptable, ni creíble, ni democrática. Y si alguien cree que puede construir una transición seria excluyendo a quien encabeza el respaldo ciudadano, está leyendo mal al país. Venezuela necesita elecciones presidenciales libres, competitivas y sin vetos. Lo demás puede ser política, cálculo o diplomacia; pero no será democracia completa. 

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