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Por Matías Ricardo Escalona Cardinale
Sin desmontar la máquina represiva, ninguna conversación política podrá devolver confianza real.

- Transición política en Venezuela
- Presos políticos Venezuela
- Acuerdo petrolero Venezuela
- Represión y chantaje político
Se anuncia un pronto reinicio de las conversaciones entre el gobierno interino y la AN2015. Y uno quisiera creer que esta vez no vendrán únicamente las fotos, los apretones de manos, las frases cuidadas y los comunicados con perfume diplomático. Uno esperaría que, después de los anuncios del acuerdo petrolero histórico entre el gobierno de Estados Unidos y Delcy Rodríguez, también aparezcan anuncios verdaderamente históricos en materia política e institucional. Porque si el petróleo avanza y la libertad se queda esperando, entonces no estamos ante una transición: estamos ante una administración más sofisticada del mismo cautiverio.
La pregunta de fondo no es si habrá otra reunión. La pregunta es para qué. ¿Será un espacio para romper los mecanismos de control que mantienen al país sometido, o apenas una mesa para aflojar algunos nudos, simular normalidad y permitir que la máquina siga funcionando? Venezuela no necesita otra ronda de gestos. Necesita resultados verificables.
Al corte, lo que se ve es preocupante. La maquinaria depredadora continúa operando. A cargo de Delcy y sus dos escoltas políticos, persiste la idea de un país sometido y en crisis crónica, al que de vez en cuando se le concede un alivio calculado para que parezca que algo cambia. Pero la estructura de fondo sigue allí: intacta, aceitada, financiada y protegida por el miedo.
La máquina no vive solo de corrupción
Durante años se ha hablado de la corrupción como si fuera el único combustible del sistema. Y sí, la corrupción ha sido una de sus columnas principales. Pero no basta con seguir el dinero. También hay que seguir el miedo. Porque esta maquinaria no se sostiene únicamente con recursos, contratos, licencias, petróleo, comisiones o negocios oscuros. Se sostiene también con represión, expedientes, detenciones, amenazas, medidas cautelares y silencio impuesto.
El poder necesita dinero para existir, pero necesita miedo para obedecer. Una cosa financia al aparato; la otra disciplina a la sociedad. Por eso cualquier conversación política que ignore a los presos políticos, a los excarcelados sometidos a medidas cautelares y a las familias atrapadas en la incertidumbre está dejando intacta una de las piezas centrales del chantaje.
No se trata de un asunto secundario ni de una lista humanitaria para tratar al final. Los presos políticos son parte del mecanismo de control. Los excarcelados con restricciones también. Quien sale de una celda pero queda atado a presentaciones, prohibiciones, amenazas o expedientes abiertos no recupera plenamente su libertad. Queda viviendo bajo advertencia.
Ese es el mensaje: “te dejamos respirar, pero seguimos teniendo la mano sobre tu cuello”.
Un sistema hecho para aplastar
El circuito represivo venezolano no es improvisado. Es un sistema. Tiene leyes, tribunales, fiscales, cuerpos de seguridad, funcionarios, cárceles, expedientes, jueces obedientes, operadores políticos y recursos para financiarlo. No funciona por accidente. Funciona porque fue construido para eso: para aplastar a la sociedad venezolana, administrar el miedo y convertir la libertad en concesión.
Por eso no basta con hablar de reconciliación. Hay que desmontar el aparato que hizo necesaria esa reconciliación. No basta con hablar de estabilización. Hay que eliminar las fuentes de inestabilidad que el propio poder conserva como herramientas de negociación. No basta con hablar de transición. Hay que romper el circuito que permite que los mismos actores sigan administrando castigos, premios, silencios y permisos.
Una conversación política seria tendría que colocar sobre la mesa, desde el primer minuto, puntos concretos:
- liberación plena de todos los presos políticos;
- levantamiento real de medidas cautelares usadas como chantaje;
- revisión de expedientes fabricados o contaminados por persecución política;
- garantías para periodistas, defensores de derechos humanos, dirigentes sociales y ciudadanos comunes;
- desmontaje de leyes y prácticas utilizadas para criminalizar la disidencia;
- mecanismos verificables de seguimiento nacional e internacional.
Sin eso, cualquier avance será incompleto. Peor aún: puede convertirse en maquillaje.
Aflojar nudos no es liberar al país
El régimen ha sido experto en administrar alivios. Afloja una cuerda, pero deja otra. Libera a uno, pero detiene a dos. Permite una reunión, pero intimida a los periodistas. Anuncia apertura, pero conserva los expedientes. Se sienta a conversar, pero mantiene activa la maquinaria que puede destruir al interlocutor cuando lo considere necesario.
Ese método produce una ilusión peligrosa: la sensación de que el país se mueve, cuando en realidad solo se le permite girar dentro de una jaula más amplia. Y Venezuela no puede conformarse con una jaula mejor iluminada. Necesita salir de ella.
La diferencia entre transición y simulacro está en la ruptura del control. Si la estructura represiva permanece, si los presos siguen siendo fichas, si los excarcelados siguen siendo rehenes administrativos, si las familias siguen dependiendo del humor del poder, entonces el fondo no ha cambiado. Solo cambió la escenografía.
El petróleo no puede tapar la política
El acuerdo petrolero puede tener enorme impacto económico. Puede traer inversiones, expectativas, movimientos internacionales y promesas de recuperación. Pero ningún acuerdo energético debe tapar la agenda política e institucional. Al contrario: cuanto más grande sea el acuerdo económico, más urgente es exigir garantías democráticas.
Si el país va a abrir recursos estratégicos, si se habla de estabilización, si se busca confianza internacional, entonces debe quedar claro quién manda, bajo qué reglas, con qué legitimidad y con qué límites. La economía no puede avanzar mientras la ciudadanía sigue bajo amenaza. La inversión no puede presentarse como sustituto de la libertad. La reconstrucción no puede depender de mantener callado al país.
El petróleo puede ayudar a levantar infraestructura, generar ingresos y atraer capital. Pero no puede lavar expedientes, ni borrar presos, ni legitimar abusos, ni convertir en socios confiables a quienes todavía administran miedo.
Las fotos no bastan
En este segundo ciclo de conversaciones, las fotos serán inevitables. Habrá mesas, carpetas, rostros serios, frases medidas y quizá alguna declaración cuidadosamente redactada. Pero Venezuela necesita mirar más allá del decorado. La pregunta no será quién se sentó, sino qué se rompió. Qué mecanismo de abuso dejó de funcionar; Qué preso salió; Qué medida se levantó; Qué garantía quedó escrita y verificada; Qué institución recuperó independencia. Qué ciudadano dejó de sentir miedo.
Una reunión sin consecuencias concretas solo alimenta frustración. Y la frustración venezolana ya no es abstracta. Viene acumulada por años de promesas incumplidas, procesos fallidos, acuerdos opacos, sacrificios ciudadanos y liderazgos perseguidos. La gente no quiere otra coreografía. Quiere saber si esta vez el poder empezará a perder capacidad de daño.
Porque ese es el punto: no basta con que el poder prometa portarse mejor. Hay que quitarle instrumentos para seguir portándose igual.
¿Quién le pone el cascabel al gato?
Mientras Delcy prepara sus outfits para Nueva York, la pregunta obligante es: ¿quién le pone el cascabel a ese gato? ¿Quién obliga a tocar el nervio de la represión?; ¿Quién exige que los presos políticos no sean tratados como moneda de cambio?; ¿Quién le dice a Washington que no puede hablar de éxito mientras el miedo siga administrando la vida nacional? ¿Quién le recuerda a la AN2015 y al gobierno interino que una conversación sin resultados concretos puede terminar debilitando aún más la confianza ciudadana?
El problema no es menor. Si la mesa no enfrenta la maquinaria represiva, la maquinaria terminará condicionando la mesa; Si no se desmonta el chantaje, el chantaje se convertirá en método de negociación; Si no se libera a los presos políticos, cada anuncio de reconciliación sonará incompleto. Si no se protege a los venezolanos dentro y fuera del país, la transición se volverá una palabra demasiado pequeña para una tragedia demasiado grande.
Como suele decir Víctor Escalona, “una transición que no le quita al régimen su capacidad de hacer daño no es transición: es pausa administrada”. Esa frase resume el peligro. Venezuela no necesita una pausa del miedo. Necesita el fin del miedo.
En RadioAmericaVe.com y Vierne5 creemos que el periodismo independiente debe mirar este nuevo ciclo con atención, esperanza crítica y memoria. No se trata de sabotear conversaciones. Se trata de exigir que sirvan para algo más que ganar tiempo. El país necesita acuerdos, sí, pero acuerdos que rompan cadenas, no que las administren con mejores modales.
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Ojalá aparezca pronto una respuesta clara, porque cunden la impaciencia y la preocupación. Los venezolanos no estamos a salvo ni dentro ni fuera del país mientras la máquina depredadora siga funcionando con leyes, funcionarios, dinero y miedo. El reinicio de las conversaciones puede ser una oportunidad, pero solo si se atreve a tocar lo esencial: presos políticos, represión, chantaje y garantías reales. Lo demás será otra foto para una nación cansada de posar entre ruinas.
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