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domingo, 6 de septiembre de 2026

El costo político de llegar tarde

RadioAmericaVe.com  / Editorial.

 

En una emergencia nacional, llegar tarde también destruye confianza. Venezuela necesita resultados, verdad y reconstrucción antes que excusas.

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En una emergencia nacional, llegar tarde no es simplemente llegar después: es perder autoridad, confianza y, en ocasiones, oportunidades que ya no pueden recuperarse. El poder puede justificar un retraso con expedientes, reuniones, competencias administrativas o explicaciones técnicas. La familia que duerme bajo una lona, espera una vivienda o busca a un desaparecido mide el tiempo de otra manera. Para ella, cada día tiene consecuencias. Venezuela entra en septiembre de 2026 atrapada precisamente en esa diferencia: el reloj de los despachos sigue avanzando a una velocidad que el país real ya no está dispuesto a tolerar.

La tragedia dejó una enseñanza política imposible de esconder: la legitimidad no se conserva administrando indefinidamente las consecuencias de un desastre. Se conserva resolviéndolas. Cuando las instituciones aparecen después de la indignación, cuando los presupuestos llegan después del deterioro o cuando las decisiones se anuncian después de que la población perdió la paciencia, el costo deja de ser administrativo y se convierte en político.

La tesis de este editorial es clara: la transición venezolana puede fracasar no solamente por tomar decisiones equivocadas, sino por tomar decisiones correctas demasiado tarde. El país no necesita una dirigencia experta en explicar por qué todavía no se pudo. Necesita una dirigencia capaz de demostrar qué se hizo, cuándo, con cuánto dinero y para beneficio de quién.

La catástrofe no funciona con horario de oficina

El inventario humano sigue siendo brutal. El balance documentado mantiene 6.509 fallecidos y una sombra de más de 29.500 personas reportadas como desaparecidas. Miles de familias continúan esperando respuestas mientras una parte sustancial de las estructuras colapsadas permanece bajo escombros.

Al mismo tiempo, 18.437 personas continúan alojadas en 94 campamentos transitorios y 17.907 permanecen dentro del universo de damnificados que exige soluciones estables. No son números abstractos. Son ciudadanos cuya paciencia se agota mientras la respuesta institucional continúa avanzando con una lentitud incompatible con la magnitud del desastre.

La reconstrucción habitacional lo demuestra con especial crudeza. Frente a unas 25.000 viviendas estimadas como necesarias, el reporte de apenas 335 soluciones entregadas expresa una brecha que ninguna retórica puede maquillar.

Cada vivienda construida importa. Pero cada familia que todavía espera también cuenta.

La política suele celebrar el avance. La sociedad compara el avance con lo que falta.

El costo de la demora se acumula

La remoción de escombros ofrece otro indicador del tiempo perdido. Con aproximadamente 600.790 toneladas retiradas, equivalentes al 28,61 % del volumen estimado, más de siete décimas partes del trabajo continúan pendientes.

Ese retraso no significa únicamente calles bloqueadas o terrenos inutilizados. Puede impedir la búsqueda de desaparecidos, retrasar estudios de suelo, dificultar el restablecimiento de servicios y postergar el inicio de nuevas construcciones.

La demora produce una cadena de consecuencias:

  • las familias permanecen más tiempo en refugios;
  • los niños retrasan el retorno a espacios educativos seguros;
  • los trabajadores pierden oportunidades de reinserción;
  • los servicios públicos continúan operando bajo presión extraordinaria;
  • la economía local tarda más en recuperar normalidad;
  • la frustración social aumenta y la confianza institucional disminuye.

Por eso el tiempo también debe auditarse. No basta con saber cuánto cuesta una obra. Hay que saber cuánto cuesta no terminarla.

Las escuelas muestran dónde empieza la verdadera normalidad

El inicio de septiembre debería significar planificación académica, regreso progresivo a las aulas y recuperación de la rutina familiar. En numerosas zonas afectadas, la realidad es otra.

Parte de la infraestructura educativa quedó destruida, restringida o absorbida por las necesidades de la emergencia. Algunos espacios escolares han tenido que convivir con funciones que jamás fueron diseñados para cumplir.

Un país no puede hablar seriamente de normalización mientras sus niños no saben dónde estudiarán.

La educación debe convertirse en una prioridad presupuestaria de reconstrucción. Cada escuela necesita diagnóstico estructural, certificación de seguridad, servicios básicos, rutas de acceso y un calendario público de recuperación.

El costo político de llegar tarde también se mide en clases perdidas.

El apagón de la responsabilidad

La crisis eléctrica añade otra dimensión al problema. Ante apagones de enorme impacto nacional, la administración de Delcy Rodríguez ha recurrido a la tesis del sabotaje como explicación de episodios recientes.

Una acusación de esa naturaleza exige investigación, pruebas y resultados. Pero aun cuando existieran acciones deliberadas contra la infraestructura, el Estado continúa teniendo una responsabilidad que no puede delegar: garantizar resiliencia, mantenimiento, redundancia y capacidad de respuesta.

La conspiración no puede convertirse en una explicación universal que sustituya la gestión.

Cuando hospitales, sistemas de bombeo, telecomunicaciones, hogares y comercios dependen de una infraestructura vulnerable, el deber institucional consiste en fortalecerla. La ciudadanía tiene derecho a conocer qué inversiones se han realizado, qué sistemas fueron rehabilitados y qué porcentaje de los recursos extraordinarios está siendo destinado a la estabilidad eléctrica.

Explicar quién causó una falla puede ser importante. Evitar la próxima es indispensable.

El petróleo no puede convertirse en una excusa contable

La recuperación venezolana se desarrolla dentro de un esquema financiero excepcional en el que los ingresos derivados de la comercialización petrolera, la cooperación internacional y los créditos multilaterales poseen un peso determinante.

Eso hace todavía menos aceptable la opacidad presupuestaria.

Si existen flujos extraordinarios de recursos, deben existir mecanismos extraordinarios de rendición de cuentas. Cada dólar destinado a reconstrucción debería poder seguirse desde su ingreso hasta la obra terminada.

El ciudadano debería poder conocer:

  1. cuánto dinero ingresó;
  2. qué institución lo administra;
  3. a qué municipio o proyecto fue asignado;
  4. qué contratista ejecuta la obra;
  5. cuánto se ha desembolsado;
  6. qué porcentaje físico está terminado;
  7. qué auditoría verificó el resultado.

La corrupción disfrazada de ayuda tiene un efecto doblemente destructivo: roba recursos y roba tiempo.

Una obra sobrevalorada no solo cuesta más. También retrasa otra obra que podría haberse financiado.

El subsidio no puede sustituir la salida

El Programa Mundial de Alimentos y otras formas de asistencia continúan siendo indispensables mientras existen ciudadanos incapaces de cubrir necesidades básicas por sí mismos.

Pero la asistencia debe ser puente, no destino.

Un gobierno puede mejorar la logística de las raciones y aun así fracasar si cada mes aumenta la cantidad de personas que dependen de ellas. La verdadera medida del éxito consiste en lo contrario: que cada vez más familias puedan vivir sin asistencia extraordinaria.

Para eso la reconstrucción debe convertirse también en un programa de empleo.

Ingenieros, albañiles, electricistas, soldadores, transportistas, operadores y técnicos pueden incorporarse a la recuperación mediante contratación transparente y capacitación. Las cooperativas locales pueden participar siempre que se sometan a reglas laborales, competencia y auditoría.

La ayuda que crea autonomía reconstruye ciudadanía. La ayuda que perpetúa dependencia administra resignación.

El periodismo independiente también mide el tiempo del poder. RadioAmericaVe.com y Vierne5 consideran indispensable comparar promesas con resultados, plazos con avances y discursos con el terreno. Preguntar por qué una solución tarda no significa desconocer la complejidad de la reconstrucción; significa recordar que detrás de cada retraso existe una persona esperando.

La negociación política también puede llegar tarde

La comisión técnica de seis representantes encabezada por Dinorah Figuera continúa avanzando hacia una meta institucional de diciembre de 2026 para discutir la renovación del CNE y del TSJ.

Ese proceso puede ser necesario. El riesgo consiste en que termine encerrado en sí mismo.

Si la negociación se convierte en una discusión de cuotas mientras la calle exige transformaciones más profundas, la mesa llegará tarde a la sociedad que pretende representar.

La movilización que reclama un “cambio de raíz” expresa una distancia creciente entre la arquitectura tradicional del poder y una ciudadanía que exige resultados distintos.

El nuevo CNE y el nuevo TSJ no pueden nacer únicamente del equilibrio entre sectores. Necesitan mérito, independencia, antecedentes verificables, datos abiertos y rendición de cuentas.

Una institución nacida tarde y mal no recuperará confianza.

La ciudadanía vigilante ya no acepta cheques en blanco

La sociedad civil tiene una responsabilidad decisiva en esta etapa. Debe observar tanto las obras como las negociaciones.

No basta con preguntar quién será rector electoral o magistrado. También hay que preguntar qué criterios justifican su selección, qué conflictos de interés existen y qué compromisos públicos asumirán.

La situación de 382 personas detenidas por motivos políticos, junto con denuncias de abusos en controles viales y otras prácticas de arbitrariedad, demuestra que el debate institucional no puede reducirse al calendario electoral.

La confianza democrática requiere libertad, justicia y una fuerza pública sometida a la ley.

No puede pedirse al ciudadano que crea nuevamente en las instituciones mientras algunas de esas instituciones continúan tratándolo como subordinado.

Llegar tarde también puede destruir una transición

Las advertencias internacionales sobre la preparación de Venezuela para futuros procesos electorales revelan otra dimensión del reloj.

La capacidad de decidir plenamente el calendario nacional continuará condicionada mientras el país no demuestre que puede garantizar seguridad, servicios, transparencia y estabilidad institucional.

La respuesta no puede ser esperar una solución exterior.

Ni un nuevo esquema monetario, ni una decisión judicial en el extranjero, ni una negociación diplomática reconstruirán por sí solos una escuela, un hospital o un barrio.

El exterior puede financiar, presionar, acompañar o condicionar. Gobernar sigue siendo una responsabilidad interna.

El verdadero liderazgo llega antes de la indignación

Existe una diferencia esencial entre reaccionar y gobernar.

Reaccionar consiste en aparecer cuando la crisis ya estalló. Gobernar consiste en anticiparse.

Un liderazgo serio no espera que la calle grite para revisar una obra, publicar un presupuesto o enviar una brigada. No necesita que una protesta exponga el problema para admitir que existe.

La autoridad se fortalece cuando llega antes que la desesperación.

El costo político de llegar tarde es precisamente ese: cuando finalmente aparece la solución, puede haber desaparecido la confianza.

El país no necesita más explicaciones sobre por qué los procesos son lentos. Necesita mecanismos para hacerlos más rápidos sin hacerlos menos transparentes.

Necesita decisiones que respeten la urgencia y controles que impidan que la urgencia sea utilizada como excusa para robar.

Necesita instituciones que sepan que el tiempo ciudadano vale tanto como el tiempo político.

Diciembre se acerca. Pero también se acerca cada noche para quien todavía duerme bajo una estructura provisional.

Ese es el reloj que la dirigencia no puede olvidar.

Porque cuando el poder llega tarde a una tragedia, la sociedad aprende una lección peligrosa: que puede tener que organizarse sin él.

Y cuando esa conclusión se extiende, recuperar legitimidad resulta mucho más difícil que reconstruir un edificio.

El tiempo corre. Y esta vez, Venezuela no puede permitirse perderlo.

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Victor Julio Escalona.

Editor.

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