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Por Matías Ricardo Escalona Cardinale
La cautela de Washington choca con un país agotado por apagones, protestas y falta de fecha electoral.

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La paradoja de Delcy Rodríguez es que intenta vender estabilidad en un país que ya no aguanta más. Desde Washington se habla de tiempos, de petróleo, de transición ordenada y de prudencia institucional; en Venezuela, en cambio, la gente mide la política con otro reloj: el de los apagones, los salarios pulverizados, las protestas, las colas, el miedo y la ausencia de una fecha electoral clara. La distancia entre ambas realidades es cada vez más peligrosa.
Donald Trump afirmó en una entrevista publicada por Time que Venezuela podría celebrar elecciones, pero que todavía sería “demasiado pronto” o que el escenario estaría “muy verde”. La frase resume la mirada pragmática de Washington: antes de votar, estabilizar; antes de abrir del todo el juego político, ordenar el terreno económico e institucional. Según Reuters, Trump también dijo haber hablado con Delcy Rodríguez sobre elecciones durante un encuentro reciente en Naciones Unidas, mientras funcionarios estadounidenses subrayan que cualquier transición política requeriría estabilidad económica y social.
El problema es que la paciencia de la Casa Blanca no es la paciencia de Catia, Barquisimeto, Maracaibo, Valencia, San Cristóbal o Maturín. La geopolítica puede permitirse esperar. El ciudadano común, no siempre.
La estabilidad no se decreta desde Washington
La política exterior estadounidense suele moverse por intereses, equilibrios y cálculos de poder. Eso no es nuevo. En Venezuela, esa lógica se traduce hoy en una prioridad visible: evitar un colapso mayor, asegurar flujos energéticos, contener riesgos regionales y sostener una transición administrada. Pero la estabilidad no puede confundirse con inmovilidad. Y mucho menos con una normalización que deje intactas las causas del malestar.
Reuters informó que las elecciones prometidas en Venezuela podrían enfrentar demoras prolongadas por la complejidad de las reformas institucionales, incluida la sustitución de magistrados del TSJ y rectores del CNE, así como por obstáculos técnicos y políticos. Ese dato explica parte de la cautela, pero no la resuelve. Una cosa es reconocer que una elección requiere garantías; otra muy distinta es convertir la falta de garantías en una excusa para aplazar indefinidamente la decisión ciudadana.
El país no está “verde” para la democracia. Está exhausto de provisionalidad. Y esa diferencia importa.
Delcy gobierna entre la vitrina y la calle
La administración interina de Delcy Rodríguez intenta proyectar hacia afuera una imagen de normalización. Habla de transición, de democracia futura, de acuerdos económicos, de recomposición institucional y de diálogo con actores internacionales. Sin embargo, la calle muestra otra película: apagones, deterioro de servicios, protestas sociales, presión por elecciones y una desconfianza creciente hacia cualquier fórmula que parezca alargar la espera.
El Observatorio Venezolano de Conflictividad Social documentó 509 protestas durante julio de 2026, un promedio de 16 manifestaciones diarias; en agosto, según el mismo observatorio, las protestas aumentaron 288% respecto de agosto de 2025. Medios internacionales han reseñado además que las manifestaciones sociales superan las 4.000 en lo que va de año, con reclamos por electricidad, salarios, presos políticos y calendario electoral.
Esa conflictividad no es ruido. Es termómetro. Es el país diciendo que la estabilidad anunciada no se siente en la vida cotidiana.
La economía de la vitrina no alcanza
Uno de los errores más graves sería confundir algunos movimientos económicos con estabilidad social. Que haya conversaciones petroleras, promesas de inversión o expectativas de reapertura no significa que el país real haya recuperado normalidad. Una economía puede mostrar señales hacia afuera mientras por dentro la gente sigue sobreviviendo entre fallas eléctricas, inflación, falta de crédito, precariedad salarial y servicios intermitentes.
La prensa internacional ha descrito el acuerdo petrolero impulsado por Trump con Venezuela como una operación rodeada de complejidades legales, logísticas y éticas, y Reuters ha señalado que la transición política venezolana se mueve en paralelo a intereses económicos, reformas institucionales pendientes y presiones internas.
Allí está la contradicción: mientras los escritorios calculan barriles, porcentajes, deuda y flujo de caja, la calle calcula horas sin luz, días sin respuestas y meses sin fecha electoral. No son métricas compatibles. Y si la política se guía solo por la primera, terminará chocando contra la segunda.
La democracia no puede quedar para después
La discusión no es si Venezuela necesita condiciones para votar. Claro que las necesita. Nadie serio debería defender una elección improvisada, sin árbitro confiable, sin observación robusta, sin libertad de expresión, sin garantías para candidatos, partidos, testigos y ciudadanos. Pero esas condiciones no deben ser el pretexto para congelar la soberanía popular.
La pregunta correcta es: ¿qué se está haciendo, concretamente, para que esas condiciones existan cuanto antes?
Porque si pasan los meses y el país solo ve reuniones, comunicados, acuerdos económicos y promesas vagas, la percepción será inevitable: la transición se está convirtiendo en administración de la espera. Y la espera, en Venezuela, ya no es un estado neutral. Es una carga social.
Una hoja de ruta democrática debería incluir, sin ambigüedad:
- un cronograma público para la renovación del CNE;
- garantías para todos los liderazgos democráticos, dentro y fuera del país;
- libertad plena de expresión, asociación y movilización;
- observación internacional creíble desde la fase previa;
- liberación de presos políticos y cierre de expedientes fabricados;
- fecha presidencial verificable, no una promesa flotando en el aire.
Sin esos elementos, hablar de transición será cada vez más difícil de sostener.
El país no vive en los tiempos del pragmatismo
El pragmatismo tiene su utilidad. Puede evitar errores, ordenar prioridades y reducir riesgos. Pero también puede volverse una coartada peligrosa cuando se desconecta del sufrimiento real. En nombre del pragmatismo se puede pedir calma a quien ya no tiene cómo cocinar, trabajar, estudiar, movilizarse o confiar. En nombre del pragmatismo se puede postergar una elección, suavizar exigencias, acomodar actores y llamar estabilidad a lo que apenas es contención.
El problema es que Venezuela no está contenida: está acumulada. Acumulada de rabia, cansancio, duelo, pobreza, desconfianza y memoria. Un país así no se estabiliza solo con petróleo ni con diplomacia. Se estabiliza cuando recupera horizonte.
Y el horizonte, en una república rota, se llama voto libre, justicia y Estado de derecho.
La paradoja de Delcy
Delcy Rodríguez enfrenta una paradoja difícil: necesita mostrarse como administradora responsable de una transición, pero carga con el rechazo de una sociedad que asocia su figura a la continuidad del poder que produjo la crisis. Necesita negociar con Washington, pero no puede gobernar solo para Washington. Necesita prometer democracia, pero cada demora electoral alimenta la sospecha de que la transición puede terminar siendo otra forma de atornillamiento.
Allí aparece el riesgo mayor. Si la administración interina y sus aliados internacionales confunden cautela con parálisis, el malestar social terminará marcando el ritmo. No porque alguien lo ordene desde una mesa, sino porque la vida diaria empuja.
Como suele decir Víctor Escalona, “el tiempo de la gente siempre corre más rápido que el de los burócratas”. Esa frase resume la tensión actual. Washington puede pedir paciencia. Delcy puede pedir confianza. Pero el país pide fecha, luz, salario, justicia y urnas.
En RadioAmericaVe.com y Vierne5 creemos que el periodismo independiente debe mirar esta coyuntura sin ingenuidad y sin cinismo. La transición requiere orden, sí. Requiere garantías, también. Pero ninguna transición sobrevivirá si se construye de espaldas a una sociedad que siente que la están invitando a esperar mientras otros negocian su futuro.
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La paradoja de Delcy está servida: hacia afuera, estabilidad; hacia adentro, agotamiento. Hacia Washington, pragmatismo; hacia la calle, urgencia. Si esa brecha no se cierra pronto con señales políticas verificables, el discurso de la normalización quedará cada vez más lejos del país real. Venezuela no necesita que le expliquen por qué debe seguir esperando. Necesita razones concretas para creer que la espera tiene final.
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