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lunes, 12 de octubre de 2026

Roma, hambre cero y el estómago del país

RadioAmericaVe.com  / Opinión. /

 

Por Matías Ricardo Escalona Cardinale

El discurso oficial ante la FAO choca con salarios pulverizados y acceso limitado a alimentos en Venezuela.

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Pocos escenarios retratan con tanta nitidez la fractura entre la propaganda oficial y la realidad ciudadana como el Foro Mundial de la Alimentación de la FAO. Mientras Delcy Rodríguez llega a Roma para hablar de seguridad alimentaria, cooperación, producción y avances hacia el hambre cero, en Venezuela el estómago del país cuenta una historia menos diplomática: anaqueles más llenos que antes, sí, pero salarios incapaces de convertir esa disponibilidad en comida suficiente, estable y digna para millones de hogares.

El Ministerio de Relaciones Exteriores informó que Rodríguez llegó a Roma para participar en el Foro Mundial de la Alimentación 2026, organizado por la FAO, un evento que se desarrolla hasta el 16 de octubre y reúne delegaciones internacionales. Según la comunicación oficial venezolana, el mensaje del gobierno se centra en reafirmar su compromiso con la seguridad alimentaria y en mostrar avances hacia la meta de hambre cero.

La FAO, por su parte, presenta el Foro Mundial de la Alimentación 2026 como una plataforma global celebrada del 8 al 16 de octubre en Roma y de manera virtual, bajo una agenda de innovación, juventud, ciencia, inversiones y sistemas agroalimentarios. El problema no está en que Venezuela participe en ese espacio. El problema está en que el discurso oficial confunda presencia internacional con solución interna.

El país de los anaqueles y el país de los bolsillos

El gobierno ha insistido en presentar el abastecimiento como prueba de recuperación. En esa narrativa, que los productos estén visibles en los anaqueles sería señal suficiente de victoria. Pero esa lectura omite el punto esencial: la seguridad alimentaria no se mide solo por la existencia física de productos, sino por la capacidad real de la población para comprarlos, consumirlos y sostener una dieta adecuada en el tiempo.

En Venezuela, la distancia entre disponibilidad y acceso es el centro del drama. Un supermercado lleno no alimenta a quien cobra un salario pulverizado. Una vitrina abastecida puede ser, para muchas familias, una forma cruel de recordatorio: la comida existe, pero no alcanza para todos. El gobierno celebra la presencia de mercancía; el trabajador calcula si puede comprar proteínas, medicinas, transporte y servicios básicos durante la misma semana.

Ese contraste convierte el discurso de Roma en una postal incompleta. La seguridad alimentaria no puede reducirse a cifras de abastecimiento. Debe incluir poder adquisitivo, calidad nutricional, regularidad del ingreso, estabilidad de precios y acceso territorial. Si una familia depende de bonos intermitentes, remesas, subsidios básicos o endeudamiento informal para comer, no vive en una victoria alimentaria: vive en una emergencia administrada.

El espejismo de “hambre cero”

Según la versión oficial venezolana, Rodríguez afirmó ante la FAO que Venezuela avanza nuevamente hacia el objetivo de hambre cero tras el impacto de las sanciones. Esa afirmación puede tener utilidad diplomática, pero dentro del país debe ser examinada con mayor rigor.

La pregunta no es si hubo momentos de mayor escasez en el pasado reciente ni si hoy existen más productos en determinados comercios. La pregunta es si el ciudadano promedio puede alimentarse adecuadamente con su ingreso real. Y allí el relato oficial tropieza con la experiencia diaria de la mayoría.

La recuperación alimentaria, si existe, no puede ser un fenómeno de vitrinas urbanas, importaciones selectivas o mercados dolarizados. Debe llegar al trabajador público, al jubilado, al maestro, al enfermero, al obrero, al pequeño comerciante, al estudiante y a las familias de las regiones. Si no llega allí, no es recuperación nacional. Es un alivio parcial, desigual y políticamente explotado.

Salarios pulverizados y soberanía de papel

No hay soberanía alimentaria posible si el salario no permite comer. Ese es el punto que el discurso oficial evita tocar en profundidad. La política económica ha mantenido un esquema donde la mejora de ingresos se desplaza hacia bonos, compensaciones parciales o ayudas que no sustituyen un salario con valor real, estable y protegido.

Vincular cualquier mejora salarial al crecimiento económico puede sonar responsable desde el lenguaje técnico, pero se convierte en trampa cuando ese crecimiento no se traduce en poder adquisitivo para la población. El resultado es una economía que puede mostrar más movimiento comercial mientras el ciudadano continúa atrapado en una precariedad silenciosa.

La soberanía alimentaria no es una consigna para pronunciar en Roma. Es la capacidad de una familia de decidir qué comer sin depender de dádivas, improvisaciones o sacrificios extremos. Es poder comprar alimentos frescos. Es comer proteína con regularidad. Es no tener que elegir entre pagar transporte o comprar comida. Es que el trabajo vuelva a tener valor.

La normalización diplomática no llena platos

El gobierno interino insiste en jugar a la normalización corporativa y diplomática. Lo hace en foros multilaterales, en conversaciones energéticas, en reuniones empresariales y en escenarios internacionales donde intenta proyectar una Venezuela en proceso de recomposición. Pero la estabilidad que se compra en los despachos internacionales tiene patas cortas si el mercado interno carece de financiamiento, crédito, salarios suficientes y confianza institucional.

El fondo de la discusión no es si Venezuela debe participar en la FAO. Debe hacerlo. Tampoco si necesita cooperación internacional en materia agrícola. La necesita. El punto es que ningún foro puede sustituir la realidad interna. Una delegación puede hablar de producción responsable, sistemas agroalimentarios y derecho a la alimentación, pero el país juzga esos discursos con otra vara: cuánto cuesta llenar la nevera.

El ciudadano no mide la seguridad alimentaria con comunicados. La mide cuando llega al mercado, revisa precios, compara su ingreso y decide qué deja de comprar. Allí, en esa escena íntima, se derrumba buena parte del relato.

La calle pide algo más que paliativos

El discurso alimentario también se conecta con el reclamo político. La gente no solo pide bolsas de comida, ferias temporales o subsidios limitados. Pide normalidad democrática y económica. Pide instituciones que funcionen. Pide salarios reales. Pide elecciones con garantías. Pide que el Estado deje de administrar carencias como si fueran logros.

Las movilizaciones regionales, las exigencias de renovación institucional y el reclamo de una fecha electoral no están separados del hambre. La política y la comida se encuentran en el mismo lugar: la dignidad. Un país sin poder adquisitivo tampoco tiene plena libertad ciudadana, porque quien vive pendiente de sobrevivir tiene menos tiempo, menos energía y menos protección para reclamar derechos.

Por eso la brecha entre Roma y Venezuela es tan grave. No se trata de una diferencia de estilo. Es una diferencia entre relato y experiencia. Entre diplomacia y vida cotidiana. Entre la estadística que se exhibe y el plato que falta.

Lo que una política seria debería admitir

Una política alimentaria seria no tendría miedo de reconocer avances parciales y fracasos persistentes al mismo tiempo. Podría decir que hay más abastecimiento que en otros momentos, pero también que el acceso sigue limitado por salarios insuficientes. Podría reconocer que las sanciones tuvieron impacto, pero no usarlas como explicación total de una crisis que también responde a decisiones internas, controles, deterioro institucional y destrucción del valor del trabajo.

La honestidad política exige admitir al menos cuatro puntos:

  • la disponibilidad de productos no equivale automáticamente a seguridad alimentaria;
  • sin salario real, no existe acceso sostenido a una dieta digna;
  • los subsidios pueden aliviar, pero no sustituyen una economía funcional;
  • la recuperación alimentaria necesita Estado de derecho, crédito, producción, transparencia y elecciones confiables.

Sin esos elementos, cualquier discurso sobre hambre cero se convierte en vitrina diplomática.

El estómago no aplaude discursos

La burocracia internacional puede escuchar con cortesía. Puede aplaudir cifras, participar en paneles y celebrar compromisos. Pero el estómago del país no aplaude discursos. El estómago pregunta por el desayuno de mañana, por la lonchera del niño, por la pensión del abuelo, por el sueldo del maestro, por la proteína que no alcanza y por el precio que cambió antes de terminar la semana.

Como suele decir Víctor Escalona, “un gobierno puede maquillar cifras, pero no puede maquillar el hambre de una familia”. Esa frase resume la fractura central. La verdad alimentaria de Venezuela no está solo en Roma, ni en los informes técnicos, ni en las declaraciones oficiales. Está en las mesas de los hogares.

En RadioAmericaVe.com  y Vierne5 creemos que el periodismo independiente debe mirar más allá de la escenografía diplomática. Si hay avances reales, deben reconocerse. Pero si esos avances no llegan al bolsillo y al plato del ciudadano, deben ser cuestionados sin complejos. La alimentación no puede ser propaganda. Es derecho, dignidad y medida básica de cualquier proyecto de país.

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El discurso de Roma puede hablar de hambre cero, cooperación y soberanía alimentaria. Pero en Venezuela la realidad exige algo más que palabras bien puestas ante organismos internacionales. Exige salarios que alcancen, instituciones que respondan, mercados con acceso real y una transición política que devuelva confianza. La comida no se garantiza con aplausos diplomáticos. Se garantiza cuando el trabajo vuelve a valer y cuando el ciudadano deja de mirar los anaqueles como quien mira una promesa ajena. 

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