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Delegar el destino nacional: el error histórico que aún pagamos
Delegar el destino nacional ha sido uno de los mayores errores políticos. Un análisis profundo sobre ciudadanía y responsabilidad histórica.

Delegar el destino nacional ha sido uno de los actos más dañinos y menos debatidos de nuestra historia contemporánea. No ocurrió de golpe ni por imposición absoluta. Ocurrió de forma gradual, casi imperceptible, cuando millones de ciudadanos comenzaron a creer que el futuro del país podía dejarse en manos de otros.
Ese error no pertenece solo al pasado. Sigue vigente hoy, camuflado bajo nuevas narrativas, nuevas promesas y los mismos atajos mentales que nos condujeron hasta aquí.
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Introducción: cuando el poder se delega, el destino se pierde
Durante décadas, amplios sectores de la sociedad aceptaron una idea peligrosa: que la política era un asunto exclusivo de líderes, partidos o figuras carismáticas. Se votaba, se aplaudía, se esperaba… y luego se desaparecía del proceso.
Como he señalado en otras reflexiones, “a veces, el verdadero cambio no empieza en la calle, sino en lo que decides pensar cada mañana”. Pensar que otros asumirán la responsabilidad que nos corresponde fue el inicio de una decadencia silenciosa.
¿Qué significa realmente delegar el destino nacional?
No es solo votar y retirarse
Delegar el destino nacional no consiste únicamente en elegir representantes. Implica algo más profundo y peligroso:
- Entregar poder sin supervisión.
- Renunciar a la exigencia constante.
- Normalizar la ausencia de rendición de cuentas.
- Convertir la ciudadanía en espectadora.
Cuando esto ocurre, el sistema deja de servir al ciudadano y comienza a servirse de él.
El error histórico repetido en América Latina
Este patrón no es exclusivo de Venezuela. Se repite en distintos países con una constante clara: sociedades que esperan soluciones externas terminan gobernadas por intereses ajenos.
Dos modelos enfrentados
- Ciudadanía activa: vigilancia, participación, límites al poder, alternancia real.
- Ciudadanía delegante: personalismos, caudillismo, autoritarismo, colapso institucional.
La diferencia no la marca el discurso político, sino el nivel de implicación ciudadana.
La comodidad como aliada del fracaso
Delegar no siempre nace de la ignorancia. Muchas veces surge del cansancio, del miedo o de la necesidad de creer que alguien más resolverá lo que parece imposible.
Consecuencias invisibles pero devastadoras
- Desmovilización social.
- Pérdida del sentido de pertenencia.
- Normalización del abuso de poder.
- Dependencia emocional del liderazgo.
Reflexión complementaria en video
Este análisis se conecta con una reflexión más amplia sobre responsabilidad individual, conciencia y liderazgo personal desarrollada en el canal de Víctor Escalona. Aunque no aborda directamente la política, ayuda a comprender las raíces profundas de la delegación colectiva.
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¿Cómo se rompe este ciclo histórico?
El cambio no comienza con un nuevo líder, sino con un nuevo ciudadano. Uno que entiende que delegar no es abdicar.
- Participar más allá del voto.
- Exigir transparencia constante.
- No esperar salvadores.
- Asumir costos cívicos y morales.
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Preguntas frecuentes
¿Delegar el destino nacional es inevitable?
No. Es una conducta aprendida que puede revertirse con conciencia y acción sostenida.
¿El voto no es suficiente?
El voto es el inicio del compromiso ciudadano, no su final.
¿Puede repararse el daño histórico?
Sí, pero requiere tiempo, constancia y una ciudadanía activa.
El destino no se delega: se asume
La historia no castiga a los pueblos por equivocarse, sino por repetir el mismo error esperando resultados distintos. Delegar el destino nacional fue una decisión colectiva, prolongada y costosa.
Comprenderlo es el primer acto de madurez política. Actuar en consecuencia será la verdadera ruptura histórica.
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