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Diálogo y paz en Venezuela vuelven a escena mientras continúan presos políticos, torturas y manipulación del poder.

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Diálogo y paz en Venezuela vuelven a ser invocados por el poder que durante años ha sembrado persecución, tortura y muerte. La historia obliga a desconfiar.
Diálogo y paz en Venezuela son palabras que, dichas desde la cúpula ilegítima que hoy controla el poder, despiertan más alarma que esperanza. No por capricho, sino por memoria. Porque cada vez que este sistema ha hablado de reconciliación, lo ha hecho con las cárceles llenas, las tumbas abiertas y el miedo administrado como política de Estado.
Los lectores de RadioAmericaVe.com y Vierne5 lo advierten con claridad: no se trata de un llamado noble, sino de una táctica conocida. Una más. Una que ya ha sido aplicada durante más de 26 años de angustia colectiva, empobrecimiento planificado y destrucción moral.
Como ha dicho Víctor Escalona en más de una ocasión, “a veces, el verdadero cambio no empieza en la calle, sino en lo que decides pensar cada mañana”. Pensar, hoy, implica no caer otra vez en la trampa.
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Cuando los verdugos hablan de paz
Resulta imposible separar el discurso actual de diálogo del historial de quienes lo pronuncian. Son los mismos que:
- Ordenaron detenciones arbitrarias.
- Permitieron torturas físicas y psicológicas.
- Desaparecieron ciudadanos durante semanas o meses.
- Condenaron inocentes sin pruebas.
Mientras hablan de tolerancia, cientos de venezolanos —y también extranjeros— siguen presos, aislados, enfermos, algunos muriendo lentamente lejos de sus familias.
El dolor como moneda de negociación
Las madres esperando a las afueras de las cárceles no son una metáfora: son una realidad cotidiana. Algunas han muerto sin volver a abrazar a sus hijos. Otras sobreviven con la esperanza como única pertenencia.
Ese es el contexto en el que hoy se habla de paz. No desde la reparación, sino desde el cinismo.
Reflexión necesaria: no olvidar lo vivido
En el canal Conversando con Víctor Escalona – El Estoico se ha insistido en la importancia de la memoria como forma de resistencia. Aunque no existe un video dedicado exclusivamente a este episodio, el siguiente material ayuda a comprender por qué el discurso del poder debe ser analizado con lupa: https://www.youtube.com/embed?listType=user_uploads&list=VictorEscalonaElEstoico
Una película repetida demasiadas veces
Comisiones de paz, mesas de diálogo, facilitadores internacionales, promesas vacías. El guion es viejo. Ya fue malo en sus versiones anteriores y esta nueva edición no promete nada distinto.
La diferencia es que hoy el país está vacunado. La sociedad ha aprendido, a un costo altísimo, que no se negocia con quienes no reconocen la dignidad humana.
No es agresión: es consecuencia
El régimen intenta presentarse como víctima de una supuesta agresión externa. Sin embargo, la verdad es otra: la crisis venezolana es consecuencia directa de un modelo opresivo que destruyó instituciones, economía y tejido social.
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Por qué el diálogo sin justicia fracasa siempre en Venezuela
El llamado al diálogo sin justicia no es una novedad en Venezuela. Por el contrario, es una fórmula vieja, gastada y probadamente ineficaz que el poder ha utilizado una y otra vez para ganar tiempo, dividir a la sociedad y desactivar la presión interna e internacional.
En 2002, tras la crisis institucional y el quiebre político, se habló de reconciliación mientras se consolidaba el control total de las instituciones. En 2014, el diálogo sirvió como cortina de humo mientras jóvenes manifestantes eran encarcelados y reprimidos. En 2017, el régimen convocó conversaciones mientras instalaba una Asamblea Nacional Constituyente fraudulenta. En 2019, volvió a sentarse a la mesa mientras asfixiaba al Parlamento legítimo.
En todos los casos, el patrón fue el mismo: se hablaba de paz mientras se ejercía violencia; se invocaba tolerancia mientras se profundizaba la persecución; se prometía entendimiento mientras se cerraban aún más los espacios democráticos.
El diálogo sin justicia fracasa porque parte de una premisa falsa: que el conflicto venezolano es entre dos visiones políticas equivalentes. No lo es. Se trata de un sistema que ha usado la tortura, la desaparición forzada, el encarcelamiento arbitrario y el saqueo sistemático como herramientas de control.
Otros regímenes autoritarios han utilizado estrategias similares. En Cuba, el diálogo fue siempre una coartada para perpetuar el poder. En Nicaragua, las mesas de negociación sirvieron para neutralizar protestas mientras se encarcelaba a la oposición. En Bielorrusia y Siria, el discurso de la paz precedió a nuevas oleadas de represión.
Por eso, cuando desde una cúpula ilegítima se habla nuevamente de paz y diálogo, la sociedad venezolana tiene el deber moral y político de recordar la historia reciente. No como ejercicio de rencor, sino como vacuna contra la manipulación.
El costo humano del falso diálogo
Detrás de cada convocatoria hipócrita al diálogo hay un costo humano que rara vez ocupa los titulares oficiales. Familias enteras viven atrapadas en una espera interminable, pendiendo de decisiones arbitrarias, promesas incumplidas y chantajes disfrazados de mediación.
Los presos políticos y sus familiares son los primeros en pagar el precio. Padres que envejecen esperando noticias, madres que mueren frente a las cárceles, hijos que crecen sin abrazos, esposas y esposos sometidos a un desgaste psicológico devastador.
Las organizaciones de derechos humanos, los periodistas independientes y las ONG han documentado durante años el impacto emocional de este sistema: ansiedad crónica, depresión, estrés postraumático, rupturas familiares y exilio forzado.
El falso diálogo no solo prolonga el sufrimiento físico, sino que introduce una forma de tortura psicológica: la esperanza administrada. Se promete una excarcelación, se anuncia una revisión de casos, se habla de gestos humanitarios… y luego todo se diluye en excusas, silencios y nuevas condiciones.
En términos sociales, este mecanismo erosiona la confianza colectiva. La ciudadanía aprende a desconfiar de las instituciones, de la palabra pública y hasta de sus propios líderes. El resultado es una sociedad fragmentada, exhausta y vulnerable a la resignación.
Por eso, cada vez que el poder vuelve a hablar de diálogo sin asumir responsabilidades, sin liberar presos políticos y sin desmontar el aparato represivo, no está promoviendo la paz: está profundizando el daño.
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Preguntas frecuentes
¿Por qué desconfiar de los llamados al diálogo?
Porque históricamente han sido usados para ganar tiempo, dividir a la oposición y perpetuar el poder sin cambios reales.
¿Puede haber paz sin justicia?
No. Sin liberación de presos políticos, verdad y reparación, cualquier paz es solo propaganda.
¿Qué puede hacer la ciudadanía?
Informarse, no olvidar y apoyar a medios independientes que mantengan viva la verdad.
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Una advertencia final
No habrá reconciliación verdadera mientras los verdugos sigan libres y las víctimas silenciadas. Esta vez, el país observa con memoria, no con ingenuidad.
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