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Jorge Rodríguez transición Venezuela: el camaleonismo político frente a la presión internacional y el riesgo de frenar el cambio democrático.

Jorge Rodríguez transición Venezuela
Hay momentos en la historia política en los que los personajes parecen salidos de una película. Esta semana, Jorge Rodríguez recordó inevitablemente a Zelig, aquel personaje de Woody Allen que mutaba según el entorno para sobrevivir. La diferencia es que aquí no estamos ante una comedia surrealista, sino ante una nación que intenta salir de su noche más larga.
En los últimos días lo vimos intentar mimetizarse con el lenguaje de Washington. Declaraciones calculadas, tono moderado, promesas de apertura económica y un supuesto entusiasmo por un futuro de negocios con Estados Unidos. El contraste es evidente: hace poco vociferaba desde la Asamblea Nacional para demostrar mayor radicalismo que Maduro y Cabello. Hoy parece un trumpista converso.
Sin embargo, en política no basta cambiar el tono; importa la memoria. Y la memoria venezolana es larga.
El síndrome Zelig en la política venezolana
La película Zelig narraba la historia de un hombre que adoptaba la personalidad de quien tuviera al lado. Rodríguez parece practicar esa técnica con disciplina quirúrgica. Pero el problema es que la política internacional no funciona como un set de filmación.
Del radicalismo al pragmatismo táctico
- Antes: discurso incendiario, confrontación frontal.
- Ahora: lenguaje conciliador ante medios conservadores.
- Antes: acusaciones permanentes al “imperialismo”.
- Ahora: invitación a inversiones y cooperación.
La pregunta es inevitable: ¿se trata de una transformación real o de una maniobra de supervivencia?
La estabilización no es transición
Uno de los errores más frecuentes en los análisis apresurados es confundir estabilización con transición democrática. El “step by step” puede ser necesario, pero no es suficiente. Como advierten organizaciones internacionales y voces críticas dentro y fuera del país, alargar indefinidamente la estabilización puede convertirse en una estrategia para congelar el cambio.
Human Rights Watch ha señalado reiteradamente que los gestos superficiales no compensan la persistencia de estructuras represivas. Luis Almagro también ha advertido que la transición debe ser verificable y real, no retórica.
En este contexto, el camaleonismo político no es una anécdota: es un síntoma.
Washington no funciona a bote pronto
Creer que Estados Unidos improvisa sus estrategias es desconocer cómo opera su aparato institucional. La política hacia Venezuela no depende de un solo actor ni de un solo partido. Se ha ido construyendo durante años, bajo administraciones republicanas y demócratas.
Pensar que todo se reduce a una jugada de coyuntura es ingenuo. Washington identifica amenazas estratégicas y actúa con una lógica de largo plazo. Y cuando decide que una estructura representa un riesgo para su seguridad, no suele limitarse a maquillarla.
Variables que no se pueden ignorar
- Presión bipartidista en el Congreso.
- Intereses de seguridad nacional.
- Monitoreo financiero internacional.
- Opinión pública internacional.
- Relación con aliados regionales.
Un análisis superficial omite estas variables y termina confundiendo síntomas con causas.
El riesgo de la anestesia política
Uno de los mayores peligros en procesos complejos es la anestesia colectiva. La sensación de que “algo se está moviendo” puede llevar a bajar la guardia. Pero la historia venezolana reciente demuestra que cada relajación ha sido aprovechada para reforzar controles.
“A veces, el verdadero cambio no empieza en la calle, sino en lo que decides pensar cada mañana”, ha dicho Víctor Escalona. Esa frase cobra especial relevancia ahora: la transición no será automática ni garantizada.
¿Qué está realmente en juego?
El dilema no es entre radicalismo y pragmatismo. El dilema es entre continuidad camuflada y transformación estructural. Entre una adaptación estética y una reforma institucional profunda.
La transición democrática implica:
- Restitución plena del Estado de derecho.
- Separación real de poderes.
- Garantías electorales verificables.
- Desmontaje de estructuras represivas.
- Reintegración internacional responsable.
Sin esos elementos, cualquier narrativa de apertura es incompleta.
Una sociedad que ya no es la misma
La buena noticia es que Venezuela cambió. La sociedad venezolana no es la de hace diez años. La experiencia acumulada ha generado una ciudadanía más consciente, más crítica y menos dispuesta a aceptar simulaciones.
El 3 de enero marcó un punto de inflexión simbólico. Ya no se trata de evitar convertirnos en otra Cuba. Esa etapa quedó atrás. El desafío ahora es definir qué seremos.
Preguntas frecuentes (FAQ)
¿Puede el régimen reinventarse y mantenerse?
Puede intentar adaptarse, pero la legitimidad erosionada y la presión estructural limitan esa posibilidad a mediano plazo.
¿La estabilización puede convertirse en trampa?
Sí. Si no existen plazos claros y mecanismos verificables, la estabilización puede dilatar indefinidamente la transición.
¿Estados Unidos apoyaría una continuidad maquillada?
La evidencia histórica sugiere que, cuando identifica una amenaza estructural, busca desmontarla, no simplemente reetiquetarla.
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Un llamado a la vigilancia activa
No se trata de poner la carreta delante de los bueyes. Tampoco de madurar el aguacate con papel periódico. Se trata de mantener la atención despierta. En procesos históricos complejos, la diferencia entre éxito y frustración suele depender de pequeños márgenes.
La transición democrática requiere presión constante, claridad estratégica y coherencia ética. El camaleón político puede cambiar de color, pero no puede cambiar el pasado.
Cierre
Venezuela está en un punto de inflexión. No será otra Cuba. Tampoco será el país del pasado inmediato. El reto es convertir esta etapa en el prólogo de una democracia vibrante y próspera.
La historia no la escriben los camaleones. La escriben las sociedades que se niegan a dormirse.
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