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miércoles, 1 de abril de 2026

Venezuela tras Maduro: el laberinto del día después

RadioAmericaVe.com / Editorial.

 

El día después del colapso en Venezuela: justicia en Nueva York, poder incierto en Caracas y un futuro aún sin salida clara.

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Post-extracción en Venezuela
Maduro juicio Nueva York
Delcy Rodríguez transición
Venezuela después de Maduro

El día después del colapso no llega con música de victoria, sino con ruido de escombros. Eso es lo primero que Venezuela debe entender para no volver a engañarse. La captura de Nicolás Maduro el 3 de enero no fue solo la caída de un hombre ni el golpe final a una era política. Fue también la apertura abrupta de un vacío. Y los vacíos, cuando se abren en países devastados por años de opacidad, corrupción y miedo, rara vez se llenan con orden. Se llenan primero de incertidumbre, de pugnas silenciosas, de discursos ansiosos y de una pregunta esencial: ¿quién gobierna de verdad cuando cae el símbolo, pero sobreviven las estructuras?

La imagen del antiguo jefe del poder venezolano compareciendo en Manhattan y declarándose no culpable dejó una certeza que ya no puede maquillarse: la justicia internacional llegó antes que la política interna. Nicolás Maduro enfrenta en Nueva York cargos de narcoterrorismo y conspiración para importar cocaína, mientras la discusión judicial gira incluso sobre algo tan básico como si puede usar fondos estatales venezolanos para pagar su defensa. La dimensión jurídica importa. Pero el efecto político importa más. Porque el país ya no observa a un gobernante fuerte resistiendo presiones. Observa a un sistema que perdió a su figura central y ahora intenta convencer a todos de que la continuidad todavía existe, aunque el centro de gravedad haya sido arrancado de Miraflores y trasladado a una corte estadounidense.

Como ha dicho Víctor Escalona, “A veces, el verdadero cambio no empieza en la calle, sino en lo que decides pensar cada mañana”. Hoy conviene pensar esto con disciplina moral: el colapso de un régimen no equivale automáticamente a la construcción de una república. Esa es la trampa más peligrosa del momento. Venezuela puede haber visto caer el rostro principal del sistema sin haber resuelto todavía el problema de fondo: qué hacer con la maquinaria política, militar, económica y simbólica que lo sostuvo durante años.

La caída del símbolo no desmantela por sí sola la estructura

Durante demasiado tiempo, el chavismo gobernó no solo a través del control institucional, sino también a través del mito. El mito de la permanencia. El mito de la invulnerabilidad. El mito de que el sistema podía deformarse, empobrecerse, aislarse y aun así conservar el monopolio del tiempo. La captura de Maduro quebró ese mito de forma espectacular. Pero no destruyó automáticamente la red que lo hizo posible.

Ahí reside la gran dificultad del momento. La estructura del PSUV no desapareció con la extracción de su figura principal. Sobrevive en cuadros medios, en lealtades interesadas, en mecanismos de obediencia, en circuitos financieros, en redes militares y en hábitos de poder que no se desactivan con una sola operación. Por eso el país no debería confundirse: lo que cayó fue el símbolo, no necesariamente el sistema entero.

El problema del día después es precisamente ese. Un símbolo puede caer en una madrugada. Una estructura puede tardar años en desarmarse. Y mientras sigue allí, intenta reciclarse, camuflarse, ofrecer nuevas caras y administrar la apariencia de continuidad. Esa es la función que hoy parece cumplir Delcy Rodríguez: no tanto inaugurar una etapa limpia, sino gestionar el tránsito incierto de una estructura que todavía no acepta del todo que el ciclo que la sostuvo ya se quebró.

Delcy Rodríguez: ¿gobierno real o administración de la inercia?

Delcy Rodríguez ocupa hoy el espacio que dejó Maduro, pero ocupar un cargo no equivale a gobernar una realidad. Ese es el primer criterio que debe aplicarse para leer su interinato. Rodríguez intenta presentarse como garante de estabilidad, promotora de reformas y administradora de una transición tutelada. Ha hablado de seguridad jurídica, de apertura a la inversión y de nuevas reglas para sectores estratégicos. Sin embargo, la pregunta decisiva sigue intacta: ¿manda realmente sobre el aparato o apenas administra la inercia del caos?

En los sistemas que colapsan desde arriba, la autoridad formal suele esconder una autoridad real mucho más fragmentada. El poder ya no se ejerce desde un centro claro, sino desde un archipiélago de intereses que toleran a una figura mientras les resulte útil. En ese contexto, el mando de Rodríguez no puede medirse por su visibilidad mediática ni por el reconocimiento externo. Debe medirse por algo más difícil: su capacidad para ordenar a los militares, disciplinar a los operadores del viejo sistema, limitar a los actores más oscuros y construir un mínimo de legitimidad que no dependa solo del patrocinio de Washington.

Hoy ese interinato enfrenta al menos cuatro pruebas decisivas

  • Demostrar que no es una simple extensión estética del sistema que colapsó.
  • Probar que puede ejercer autoridad real sobre una estructura militar acostumbrada a otro centro de obediencia.
  • Evitar que la apertura económica se convierta en reciclaje de las viejas redes con nuevos socios.
  • Impedir que la transición sea percibida como protectorado y no como reconstrucción soberana.

Hasta ahora, la gestión de Rodríguez parece caminar sobre una cuerda floja: necesita mostrar colaboración para sobrevivir, pero no puede mostrarse tan dependiente que termine deslegitimando cualquier promesa de soberanía futura. Ese equilibrio es frágil. Y en países exhaustos, lo frágil se rompe rápido.

La justicia llegó desde fuera; la política sigue debiéndole respuestas al país

La operación del 3 de enero abrió uno de los debates más delicados de esta hora: el de la soberanía frente a la justicia. La incursión militar estadounidense que capturó a Maduro fue condenada por organismos internacionales y por sectores que la vieron como una violación del derecho internacional. Esa objeción no debe barrerse bajo la alfombra. Un país serio no puede normalizar con ligereza que una potencia resuelva por vía militar lo que la política interna no logró resolver durante años.

Sin embargo, tampoco puede ignorarse la otra mitad de la verdad: Venezuela estaba atrapada en un sistema donde la justicia interna había sido vaciada y donde la impunidad funcionaba como forma de gobierno. Esa contradicción explica por qué el momento actual es tan incómodo. La acción externa removió al símbolo del colapso, pero no resolvió la pregunta central sobre la legitimidad del nuevo orden. El país quedó suspendido entre dos precariedades: la de una soberanía intervenida y la de una justicia que solo pareció volverse eficaz cuando dejó de depender del Estado venezolano.

Ese es el laberinto de la post-extracción. El futuro inmediato se decide a la vez en Caracas y en Nueva York, en decisiones judiciales y en maniobras políticas, en promesas de transición y en estructuras heredadas que todavía condicionan el presente. Y esa combinación hace imposible cualquier lectura triunfalista.

La economía no esperó a la política: siguió deteriorándose

El colapso del símbolo no detuvo la inflación ni restauró la moneda. La economía venezolana siguió operando, incluso después de enero, como una economía de guerra. La escasez de dólares en el mercado se agravó durante el primer trimestre, y Reuters reportó que había un 13% menos de divisas disponibles que en el mismo período del año anterior. Al mismo tiempo, la inflación anualizada seguía por encima del 600% al cierre de febrero, y el bolívar continuaba perdiendo valor en un país donde el salario mínimo ya no cumple función real y donde el ingreso público ordinario se volvió prácticamente simbólico frente al costo de vida.

Esa realidad obliga a desmontar un espejismo: el de creer que la salida de Maduro por sí sola bastaba para liberar la economía del país. No. La economía venezolana está demasiado herida para reaccionar con reflejos automáticos. Años de corrupción, destrucción productiva, opacidad institucional y dependencia petrolera no se revierten por el solo hecho de que el jefe del sistema esté preso en Brooklyn.

Además, la propia política estadounidense añade incertidumbre. Las sanciones han sido relajadas en algunos frentes y endurecidas en otros. Se abrió espacio para nuevas ventas petroleras y para una mayor presencia de actores privados, pero la amenaza de nuevas acciones sigue latente si Washington juzga que la transición no avanza con la velocidad deseada. Esa combinación de alivio condicionado y presión permanente puede abrir oportunidades, sí, pero también consolida una economía atada al pulso de decisiones externas.

El ciudadano de a pie no vive una transición económica; vive una asfixia prolongada

  • El salario formal sigue siendo irrelevante frente al costo real de vida.
  • La inflación erosiona cualquier mejora parcial antes de que se consolide.
  • La escasez de divisas empuja a pequeños negocios a subir precios o refugiarse en mecanismos informales.
  • La recuperación sigue concentrada en nichos y no en la mayoría social.
  • Los servicios públicos continúan demasiado deteriorados como para hablar de normalización seria.

Por eso el día después del colapso no puede medirse solo en titulares internacionales ni en declaraciones desde foros de inversión. Tiene que medirse en la mesa del hogar, en la estabilidad del barrio, en el precio del medicamento, en la capacidad de planificar algo más que la próxima semana.

En momentos como este, el periodismo independiente no puede limitarse a narrar el derrumbe ni a repetir promesas de reconstrucción. Tiene la obligación de vigilar el tránsito, de distinguir entre cambio real y maquillaje, entre justicia y espectáculo, entre apertura y reciclaje. RadioAmericaVe.com y Vierne5 existen para acompañar esa tarea con criterio, memoria y firmeza. Cada aporte, incluso desde 1 €, ayuda a sostener una voz que no se somete al poder viejo ni se deslumbra con el nuevo.

Ni restauración oficialista ni protectorado como destino

La peor salida para Venezuela sería caer en una falsa disyuntiva: o el retorno encubierto del sistema bajo nuevas formas, o la aceptación resignada de un protectorado de facto prolongado. Ambas rutas serían derrotas del país. La primera porque premiaría la capacidad de reciclaje de una estructura corrupta y autoritaria. La segunda porque acostumbraría a la sociedad a que su destino solo puede ser ordenado desde fuera.

El desafío, por tanto, es más exigente. Se trata de evitar que la transición tutelada se convierta en sustituto permanente de la política nacional. Se trata de impedir que la justicia internacional, necesaria en este momento, desplace indefinidamente la necesidad de reconstruir legitimidad interna. Se trata, en suma, de entender que el vacío dejado por el colapso solo podrá llenarse de forma sana si Venezuela vuelve a producir instituciones que no dependan ni del caudillo doméstico ni del administrador extranjero.

Eso requiere una vigilancia crítica del interinato de Delcy Rodríguez, pero también una vigilancia crítica del papel estadounidense. Donald Trump habló en enero de “dirigir” una transición segura y ordenada. Marco Rubio ha insistido en que el país necesitará una fase transitoria seguida de elecciones libres. Esa idea puede tener lógica estratégica desde Washington. Pero desde la conciencia nacional venezolana plantea un riesgo evidente: que la transición termine siendo narrada como concesión de una potencia y no como reconstrucción de una república.

Lo que viene exige más madurez que euforia

Venezuela ya no está donde estaba el 2 de enero. Pero tampoco está todavía donde necesita estar. Ese es el punto exacto de este editorial. La caída de Maduro abrió una posibilidad histórica, sí. Pero también dejó al país ante un laberinto en el que cada salida aparente esconde nuevas trampas. Si la justicia en Nueva York avanza, la presión sobre las redes del antiguo poder crecerá. Si el interinato intenta consolidarse sin limpiar a fondo el sistema heredado, el país corre el riesgo de cambiar de fachada sin cambiar de lógica. Si Washington acelera demasiado, alimentará la narrativa de ocupación. Si se retira demasiado pronto, puede dejar un vacío que las viejas estructuras intenten colonizar otra vez.

Por eso el día después del colapso no admite ni ingenuidad ni nostalgia. Exige una ciudadanía más lúcida, una oposición menos rentista, una vigilancia más severa sobre el interinato y una comprensión clara de que la post-extracción no es el final del problema, sino el comienzo de una etapa donde los errores pueden ser menos espectaculares, pero igual de costosos.

Venezuela no necesita administrar eternamente el derrumbe. Necesita salir de él sin convertirse en pieza de otro. Esa es la línea que no debe cruzarse. Porque una nación puede sobrevivir a un dictador, incluso a una economía destruida y a una justicia que llega desde fuera. Lo que no debería aceptar jamás es que el vacío posterior al colapso termine reemplazando una dependencia por otra.

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Victor Julio Escalona.

Editor.

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