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domingo, 10 de mayo de 2026

Justicia transicional en Venezuela: verdad sin venganza

RadioAmericaVe.com  / Editorial.

 

Justicia transicional en Venezuela: sin verdad, reparación y garantías de no repetición, la paz sería solo una ilusión.

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Verdad sin venganza, reconciliación y justicia, reparación a las víctimas, no repetición en Venezuela

Justicia transicional: verdad sin venganza es, quizás, una de las frases más difíciles de sostener en un país herido. Porque cuando una nación ha acumulado años de abusos, represión, cárcel arbitraria, miedo institucional y fractura social, la tentación de convertir la justicia en desahogo parece casi inevitable. Sin embargo, allí comienza la diferencia entre una transición seria y una simple revancha con otro uniforme. Venezuela no necesita cambiar de verdugos. Necesita cambiar de lógica.

Ese es el dilema ético de este momento. ¿Cómo responder a décadas de atropellos sin construir un nuevo ciclo de humillación? ¿Cómo exigir responsabilidades sin confundir justicia con castigo infinito?; ¿Cómo mirar a las víctimas de frente sin usar su dolor como combustible para otra espiral de odio? La respuesta no puede ser el olvido, pero tampoco puede ser la venganza. Tiene que ser una justicia capaz de restaurar el tejido moral del país y de impedir que el horror vuelva a repetirse.

La justicia transicional no es una concesión sentimental ni una salida blanda. Es una arquitectura exigente para sociedades que han sido desfiguradas por el abuso del poder. Su sentido no es absolver a los responsables ni anestesiar el conflicto. Su sentido es otro: poner a la víctima en el centro, decir la verdad completa, establecer responsabilidades proporcionales, reparar lo reparable y transformar las instituciones que hicieron posible la arbitrariedad. Solo así la paz deja de ser maquillaje y empieza a parecerse a una convivencia sostenible.

Como ha dicho Víctor Escalona, “A veces, el verdadero cambio no empieza en la calle, sino en lo que decides pensar cada mañana”. Venezuela necesita pensar precisamente eso: que la justicia que viene no debe parecerse a la injusticia que se va.

La verdad no humilla: ordena moralmente a un país

Una transición sin verdad solo posterga el conflicto. Se puede firmar un acuerdo, anunciar una amnistía, liberar parcialmente a ciertos detenidos o cambiar rostros en el poder. Pero si la sociedad no conoce con claridad qué ocurrió, quién ordenó, quién encubrió, quién ejecutó y quién se benefició de la maquinaria del abuso, el resentimiento seguirá respirando bajo la alfombra. La mentira no pacifica. Solo adormece por un tiempo.

Por eso la verdad es el primer pilar de cualquier justicia transicional seria. No como espectáculo, ni como vendetta televisada, ni como inventario morboso del dolor. La verdad importa porque le devuelve a la víctima una condición básica que le fue robada: la de ser creída por la historia. Importa porque ordena la memoria colectiva. Importa porque protege a la sociedad del negacionismo, de la manipulación y de esa vieja tentación autoritaria de reescribir los hechos según la conveniencia del nuevo relato.

Venezuela necesita un gran ejercicio de esclarecimiento nacional. No para quedarse viviendo en el pasado, sino para impedir que el pasado se disfrace de futuro. Un país no se reconcilia porque decida hablar menos de sus heridas. Se reconcilia cuando es capaz de mirarlas sin mentirse.

La justicia no puede convertirse en una versión invertida del abuso

Ahora bien, la verdad sin justicia deja a las víctimas en intemperie moral. Pero la justicia sin mesura puede convertirse en otro problema. De allí que el segundo pilar deba ser una justicia proporcional, garantista y no vengativa. La transición no puede caer en la trampa de los tribunales de excepción, de la justicia del vencedor o del castigo como lenguaje único del nuevo orden. Si lo hace, perderá autoridad moral y sembrará el terreno para otra fractura futura.

Eso exige una línea clara. Los crímenes atroces no pueden disolverse en el olvido político. Las violaciones graves de derechos humanos, la tortura, las desapariciones forzadas o los delitos de lesa humanidad no pueden ser tratados como asuntos menores negociables. Pero al mismo tiempo, la respuesta institucional debe respetar debido proceso, proporcionalidad y garantías. No porque los victimarios merezcan indulgencia automática, sino porque el nuevo país no puede nacer copiando los métodos del viejo aparato arbitrario.

Una justicia transicional madura no construye patíbulos simbólicos. Construye legitimidad. Y esa legitimidad solo aparece cuando el ciudadano siente que el castigo, cuando corresponda, nace de reglas justas y no del apetito político del momento.

Una justicia transicional creíble debe evitar cinco errores

  • usar a las víctimas como coartada para una persecución indiscriminada,
  • convertir todo pasado político en delito automático,
  • confundir responsabilidad penal con revancha ideológica,
  • permitir que los máximos responsables se escondan detrás de amnistías amplias,
  • hacer de la transición un ajuste de cuentas sin garantías.

La sociedad necesita justicia, sí. Pero una justicia que no destruya la posibilidad misma de volver a confiar en el derecho.

La reparación no es un gesto decorativo

Hay países que creen haber cumplido con las víctimas cuando pronuncian discursos solemnes o reconocen abusos en términos generales. No basta. La reparación es el momento en que la república admite que el daño fue real, que tuvo consecuencias concretas y que no puede simplemente archivarse en nombre de la estabilidad. Reparar significa devolver dignidad, no solo pronunciar condolencias.

Esa reparación debe ser múltiple. Tendrá una dimensión económica en ciertos casos, porque hubo vidas truncadas, patrimonios destruidos, empleos perdidos y familias devastadas. Tendrá una dimensión simbólica, porque un país también repara cuando reconoce públicamente a quienes fueron perseguidos, humillados o silenciados. Y tendrá una dimensión de salud física y mental, porque la represión deja secuelas que no desaparecen el día que cesa el abuso directo.

Reparar, además, no es únicamente compensar a individuos. Es devolver a la sociedad una pedagogía de respeto. Es decirle al país que el sufrimiento de las víctimas no será administrado como un expediente molesto, sino asumido como una deuda de la nación consigo misma.

Sin garantías de no repetición, la transición sería apenas una pausa

El cuarto pilar, quizá el más decisivo, es la no repetición. Porque una transición que se limite a cambiar nombres, liberar parcialmente tensiones y reorganizar cuotas de poder podría terminar siendo solo una tregua. Si no se desmontan las estructuras que hicieron posible la arbitrariedad, el país quedará condenado a reproducirla bajo otro lenguaje.

No repetición significa reforma profunda del sistema judicial, de los cuerpos de seguridad, de los mecanismos de persecución y de toda arquitectura institucional que convirtió la ley en arma selectiva. Significa volver a separar al juez del operador político, al fiscal del comisario partidista, al proceso penal del cálculo de intimidación. Significa, en definitiva, reconstruir el Estado de derecho para que nunca más la libertad dependa del humor del poder.

Ese punto resulta crucial en Venezuela. Porque una de las peores ilusiones de cualquier transición es creer que la arbitrariedad desaparece solo porque una nueva etapa comienza. No desaparece. Se transforma, se recicla o se adapta si no es desmantelada con seriedad. Y un sistema que conserva intactos sus reflejos autoritarios puede volver a producir nuevas víctimas incluso bajo una fachada renovada.

El periodismo independiente tiene una función decisiva en este punto: impedir que la justicia transicional sea secuestrada por la propaganda, por el olvido conveniente o por la seducción de una paz sin verdad. Vierne5 cree que la reconciliación solo merece ese nombre cuando respeta a las víctimas, ilumina responsabilidades y ayuda a reconstruir instituciones donde el ciudadano vuelva a sentirse protegido. Cada aporte, incluso desde 1 €, ayuda a sostener una voz que no banaliza el dolor ni se deja seducir por soluciones fáciles.

La amnistía puede servir a la convivencia, pero no a la impunidad

Uno de los debates más delicados de este tiempo es el de las amnistías. En sociedades polarizadas, la amnistía suele presentarse como un puente pragmático para reencauzar la convivencia, bajar tensiones y abrir espacio político. Y es cierto que, en determinados contextos, puede desempeñar un papel útil para descomprimir el conflicto. Pero esa utilidad no puede convertirse en patente de impunidad.

La generosidad política tiene límites morales y jurídicos. Cuando una amnistía pretende cubrir torturas, desapariciones forzadas o crímenes atroces, deja de ser instrumento de reconciliación y pasa a ser mecanismo de borrado. No protege la paz: la contamina. No honra a la víctima: la vuelve prescindible. Y no fortalece la transición: la debilita desde su origen.

Venezuela necesita equilibrio, no amnesia. Puede haber medidas de alivio, salidas pactadas y tratamientos diferenciados para ciertos grados de responsabilidad política. Pero el país no puede entregar la dignidad de las víctimas a cambio de una tranquilidad aparente. La paz de los cementerios nunca fue verdadera paz. Es solo silencio administrado.

Verdad para sanar, justicia para avanzar

En el fondo, todo se resume en una decisión ética de país. Venezuela puede optar por dos caminos. Uno es el de la venganza: rápido, emocionalmente comprensible y políticamente rentable por un tiempo, pero incapaz de producir una democracia sana. El otro es el de la justicia transicional: más lento, más exigente, más incómodo, pero también mucho más fértil para reconstruir legitimidad y convivencia.

Elegir el segundo camino no implica debilidad. Implica coraje institucional; Implica decir que la víctima merece más que una consigna y que el victimario no será juzgado con las mismas arbitrariedades que hicieron posible el horror. Implica, además, reconocer que la verdad no destruye la reconciliación; la hace posible. Lo que destruye la reconciliación es la mentira sostenida, la impunidad decorada y el intento de cerrar en falso una herida que sigue abierta.

Venezuela no necesita un patíbulo. Necesita un espejo. Un espejo que le permita mirarse sin autoengaños, sin relatos cómodos y sin mitologías de pureza. La venganza es circular: reproduce lo que dice combatir. La justicia transicional, en cambio, puede trazar una línea recta hacia una democracia donde el perdón, si llega, no sea producto de la amnesia sino de la verdad dicha, la responsabilidad asumida y la dignidad restaurada.

Ese es el único camino serio para una república que quiera volver a llamarse justa. Porque cuando la verdad se oculta, el resentimiento manda. Pero cuando la verdad se dice, la sociedad empieza, al fin, a respirar de otra manera.

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Victor Julio Escalona

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