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Sectores del chavismo intentan revivir viejos discursos mientras el país observa el desgaste de un proyecto sin rumbo.

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Hay un ruido extraño flotando en algunos rincones del chavismo. No es exactamente rebeldía. Tampoco es autocrítica. Mucho menos una ruptura moral con lo que hicieron durante años. Es otra cosa: el sonido incómodo de quienes despertaron tarde y descubrieron que el escenario cambió sin pedirles permiso.
Desde influencers sin audiencia hasta seudointelectuales reciclados, pasando por exfuncionarios que hace años dejaron de significar algo para el ciudadano común, varios de los sobrevivientes del viejo aparato propagandístico han comenzado a reclamar, cuestionar y lanzar indirectas contra quienes hoy administran el poder real.
El problema es que llegan tarde. Muy tarde.
Durante años callaron cuando se destruyó la institucionalidad, cuando se encarceló al disidente, cuando se pulverizó el salario, cuando millones de venezolanos tuvieron que abandonar el país y cuando el discurso revolucionario terminó convertido en una caricatura grotesca de sí mismo. Ahora, de repente, descubren que algo no anda bien. Como si apenas estuvieran notando el humo después del incendio.
Pero conviene no confundirse. Lo que estamos viendo no es necesariamente una fractura ideológica seria dentro del chavismo. Es, más bien, el comportamiento típico de quienes no han sabido procesar una derrota histórica.
El duelo que nunca hicieron
Hay derrotas políticas que transforman proyectos enteros. Y hay otras que dejan a sus protagonistas atrapados en una especie de limbo emocional. Eso parece estar ocurriendo hoy con ciertos sectores del chavismo radical.
No encuentran un marco teórico que les explique por qué el relato antiimperialista terminó subordinado a acuerdos pragmáticos. Tampoco consiguen justificar cómo el proyecto que prometía independencia absoluta terminó abriendo espacios al capital privado, negociando con actores antes demonizados y desmontando silenciosamente parte de la estructura ideológica que decía defender.
Lo que antes era dogma hoy es negociable. Lo que antes era traición hoy se presenta como “realismo político”.
Y en medio de ese desconcierto aparecen los reclamos.
Pero no son reclamos nacidos de la defensa de la democracia o de los derechos humanos. Son, en muchos casos, expresiones de nostalgia por un modelo de poder que ya no existe ni siquiera dentro de quienes lo administran.
Como suele ocurrir en los procesos políticos agotados, algunos quedaron atrapados en el libreto viejo mientras otros decidieron sobrevivir adaptándose al nuevo negocio.
La fantasía antiimperialista ya no moviliza
Uno de los elementos más llamativos de este momento es la incapacidad de ciertos sectores para aceptar que el discurso antiimperialista perdió gran parte de su fuerza simbólica dentro del propio chavismo.
Durante años se construyó una narrativa donde Estados Unidos representaba todos los males posibles. Se justificaron errores internos culpando siempre a factores externos. Se presentó cualquier crítica como una conspiración internacional. Y se levantó toda una épica política alrededor de la confrontación permanente.
Hoy, sin embargo, esa narrativa luce desgastada incluso para quienes antes la repetían con disciplina casi religiosa.
La razón es simple: la realidad terminó aplastando el discurso.
- El país no mejoró con la confrontación permanente.
- La soberanía prometida terminó dependiendo de acuerdos de supervivencia.
- La retórica revolucionaria no evitó el colapso económico.
- La narrativa heroica no logró detener el éxodo masivo de venezolanos.
- La propaganda no pudo ocultar el deterioro institucional.
Por eso el viejo libreto ya no emociona como antes. Porque incluso muchos de sus antiguos defensores saben que la distancia entre el discurso y la realidad se volvió demasiado grande para sostenerla sin cinismo.
El problema no es el ruido. Es el vacío.
Lo verdaderamente revelador no es que algunos personajes comiencen a quejarse. Lo importante es el vacío ideológico que esas quejas dejan al descubierto.
El chavismo pasó años construyendo una identidad basada en certezas absolutas. Todo estaba explicado. Todo tenía culpables definidos. Todo se resumía en lealtad o traición.
Pero cuando la realidad obligó a desmontar partes esenciales de ese relato, muchos quedaron sin herramientas para interpretar lo que ocurre.
Y entonces aparece la inercia.
Una inercia extraña, marcada por el resentimiento, la resignación y el cálculo individual. Algunos intentan fingir radicalidad para no desaparecer políticamente. Otros lanzan críticas tímidas para diferenciarse sin romper realmente con el sistema. Y muchos simplemente esperan alguna oportunidad para reciclarse otra vez.
En el fondo, lo que observamos no es un movimiento reorganizándose ideológicamente. Es un ecosistema político sobreviviendo por reflejo.
Víctor Escalona escribió alguna vez que “las revoluciones mueren mucho antes de que sus dirigentes lo admitan”. Quizás parte de lo que vemos hoy encaja precisamente en esa idea: un proyecto agotado intentando actuar como si todavía tuviera intacta la capacidad de inspirar.
El país ya cambió
Mientras algunos sectores siguen atrapados en discusiones internas sobre pureza ideológica, Venezuela cambió.
Cambió el ciudadano que aprendió a desconfiar de los relatos grandilocuentes. Cambió la sociedad que sobrevivió a la crisis más profunda de su historia contemporánea. Cambió incluso la percepción de millones de venezolanos que dejaron de mirar la política como una lucha épica y comenzaron a verla como una cuestión de supervivencia y dignidad.
Por eso ciertos discursos ya no generan el impacto que antes producían.
El venezolano promedio está demasiado golpeado como para seguir creyendo en consignas vacías. Y también está demasiado cansado como para emocionarse con actores que durante años justificaron silencios, abusos o destrucción institucional.
Eso no significa que el país haya resuelto sus problemas. Ni mucho menos.
Pero sí significa que parte de la narrativa política que dominó durante décadas perdió capacidad real de movilización emocional.
Y cuando un proyecto político pierde la capacidad de convencer incluso a los suyos, comienza a depender exclusivamente del control, de la burocracia y del miedo.
La diferencia entre sobrevivir y trascender
Quizás allí está el verdadero drama de ciertos sectores del chavismo actual.
No saben si todavía están defendiendo una causa o simplemente defendiendo espacios de poder. No saben si creen realmente en lo que dicen o si solo intentan conservar una identidad política que ya perdió sentido histórico.
Y mientras algunos siguen haciendo ruido en redes sociales, escribiendo manifiestos tardíos o actuando como guardianes de una ortodoxia inexistente, el país continúa avanzando hacia otra conversación.
Una conversación menos ideológica y más humana. Menos centrada en consignas y más enfocada en libertades, instituciones, convivencia y reconstrucción.
Porque al final las sociedades no viven eternamente atrapadas en relatos de confrontación. Tarde o temprano buscan estabilidad, verdad y futuro.
El problema para muchos de estos personajes es que el país ya empezó a mirar hacia adelante… y ellos todavía siguen discutiendo las ruinas del pasado.
El periodismo independiente sigue siendo fundamental para documentar las contradicciones del poder, narrar los cambios de la sociedad y preservar la memoria de lo ocurrido, incluso cuando algunos intenten reescribir la historia según les convenga.
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La política venezolana seguirá cambiando, con o sin quienes todavía viven atrapados en nostalgias ideológicas. Lo importante será que el país no vuelva a caer en el error de sustituir pensamiento crítico por fanatismo, ni democracia por obediencia.
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