RadioAmericaVe.com / La Voz Del NIN.
Venezuela no cambiará si el pueblo sigue delegando su destino. La ciudadanía debe pasar de sobrevivir a exigir cuentas.

Corresponsabilidad ciudadana en Venezuela
Pueblo y control del poder
Ciudadanía protagonista
Conciencia civil en Venezuela
El rol histórico que el pueblo aún no asume no es menor ni abstracto. Es, probablemente, la pieza faltante de la tragedia venezolana. Durante años, la sociedad ha demostrado una capacidad extraordinaria para sobrevivir. Ha resuelto el metro cuadrado, ha inventado ingresos, ha sostenido familias fracturadas por la migración y ha aprendido a vivir entre carencias, abusos y decepciones. Ese heroísmo es real. Pero no basta. Un país no cambia solo porque su gente logre resistir. Cambia cuando esa misma gente decide asumir que no puede seguir delegando el destino nacional en terceros.
Allí está la médula del problema. El pueblo venezolano ha asumido con valentía el papel de sobreviviente, pero todavía no termina de asumir el de árbitro, contralor y protagonista del poder. Ha cargado el peso de la crisis, pero sigue esperando que otro cargue con la responsabilidad de la transformación. Y mientras esa espera continúe, la política seguirá organizada de arriba hacia abajo, el abuso seguirá encontrando terreno fértil y la ciudadanía seguirá siendo tratada como espectadora de una historia que, en realidad, le pertenece.
Como ha dicho Víctor Escalona, “A veces, el verdadero cambio no empieza en la calle, sino en lo que decides pensar cada mañana”. Venezuela necesita precisamente ese giro mental: pasar de la resignación a la corresponsabilidad, del cansancio a la conciencia, de la delegación al control cívico. El Nuevo Ideal Nacional no puede limitarse a denunciar el fracaso del viejo modelo. Tiene que interpelar también a la sociedad para que abandone su minoría de edad política y asuma la tarea más difícil de todas: exigir cuentas sin esperar salvadores.
Sobrevivir no es lo mismo que transformar
La crisis venezolana obligó a millones de personas a concentrar toda su energía en lo urgente. Buscar agua, resolver el transporte, completar el ingreso, conseguir medicinas, sostener a los hijos, enviar y recibir remesas, improvisar soluciones donde el Estado dejó vacío. Esa adaptación ha sido admirable. Pero también ha tenido un efecto político delicado: ha encerrado a buena parte de la ciudadanía en la lógica de la supervivencia privada, reduciendo el espacio disponible para pensar y actuar sobre lo público.
Ese encierro es comprensible, pero no puede convertirse en doctrina. Porque cuando toda la inteligencia social se usa únicamente para resistir el presente, el futuro queda sin arquitectos. El país sigue funcionando en apariencia, pero la ciudadanía se repliega. Cada quien salva lo suyo. Cada familia protege su círculo. Cada individuo administra sus urgencias. Y mientras eso ocurre, el poder —cualquiera que sea su color o su discurso— queda menos vigilado, menos condicionado y más libre para seguir reproduciendo inercias.
La gran pregunta, entonces, no es si el pueblo ha hecho suficiente para sobrevivir. La pregunta es si está dispuesto a dar el paso siguiente: entender que sobrevivir sin asumir corresponsabilidad política puede prolongar indefinidamente el mismo sistema que obliga a sobrevivir.
La trampa del mesianismo ha infantilizado a la sociedad
Venezuela arrastra una cultura política profundamente hiperpresidencialista y mesiánica. Durante décadas se ha enseñado, de una forma u otra, que el país depende de la llegada de un hombre providencial, de un liderazgo excepcional, de una figura capaz de resolver desde arriba lo que la sociedad no termina de organizar desde abajo. Ese esquema ha hecho mucho daño. No solo porque suele producir frustración. También porque convierte al ciudadano en espera permanente.
El mesianismo es cómodo para el poder y peligroso para la democracia. Es cómodo porque concentra expectativas, simplifica responsabilidades y alivia a la sociedad de su deber de vigilar, organizarse y sostener procesos colectivos. Es peligroso porque convierte a la ciudadanía en menor de edad política. Mientras el pueblo espere al salvador de turno, seguirá cediendo su papel histórico a otros. Y todo líder que encuentre una sociedad así tendrá más facilidades para pedir obediencia que para aceptar control.
El rol histórico pendiente consiste precisamente en romper con esa dependencia emocional. Entender que ningún cambio estructural vendrá solo de arriba, que ninguna figura reemplaza a una ciudadanía organizada y que la madurez democrática comienza cuando la sociedad deja de buscar redentores para empezar a construir contrapesos.
El mesianismo deja varias secuelas graves
- debilita la autonomía ciudadana,
- convierte la política en espera pasiva,
- sobrecarga a los liderazgos con expectativas irreales,
- facilita nuevas decepciones cíclicas,
- y posterga la creación de redes civiles estables y autónomas.
Un país que siempre espera al próximo salvador nunca termina de convertirse en República.
La mayoría independiente no es irrelevante: es la gran fuerza dormida
Existe en Venezuela una inmensa mayoría social que no se identifica plenamente con las cúpulas partidistas, ni con los lenguajes agotados de la polarización. Esa mayoría, a la que muchas veces se alude como espacio independiente o NIN, tiene un peso potencial enorme. Sin embargo, con demasiada frecuencia transforma su desencanto en abstención emocional, su cansancio en retiro y su decepción en indiferencia defensiva.
Ese gesto parece comprensible. Pero no es inocuo. Cuando la mayoría independiente se retira por completo del espacio público, no neutraliza el problema: lo deja libre para que lo administren los mismos de siempre. La indolencia no funciona como neutralidad. Funciona como omisión. Y en los contextos donde el poder ya está demasiado concentrado o demasiado burocratizado, la omisión social termina operando como una forma de complicidad involuntaria.
El rol histórico que aún no se asume es justamente ese: que la mayoría no alineada deje de comportarse como público cansado y empiece a actuar como fuerza de presión democrática. No marchando detrás de cualquier bandera, sino obligando a toda la política a democratizarse a la fuerza, a rendir cuentas, a salir del lenguaje de aparato y a reconectar con el país real.
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El espacio público no puede seguir siendo tratado como concesión
Otro de los rasgos más dañinos de la cultura política venezolana es la costumbre de aceptar derechos como si fueran favores. Luz, agua, gasolina, seguridad, movilidad, libertad de expresión, condiciones mínimas de vida: demasiadas veces esos bienes son tratados por el poder como concesiones, y demasiado a menudo son recibidos por la sociedad como si dependieran de la voluntad benevolente de quien administra el Estado. Esa mentalidad ha degradado el concepto mismo de ciudadanía.
El pueblo aún no asume por completo su rol histórico porque no ha terminado de reclamar el espacio público como terreno propio. Sigue habiendo miedo, cansancio y retraimiento. Todo eso es real. Pero también es real que la sumisión prolongada institucionaliza el abuso. Cada vez que un derecho se acepta como gracia y no como obligación del Estado, se fortalece la lógica del tutelaje. Cada vez que una arbitrariedad se tolera como rutina, se debilita el músculo cívico que podría frenarla.
La salida no pasa por el heroísmo romántico ni por el sacrificio sin estrategia. Pasa por una pedagogía distinta: la del ciudadano que vuelve a exigir con la Constitución en la mano, con organización, con lenguaje claro, con tejido comunitario y con memoria. No para alimentar confrontaciones vacías, sino para restituir el principio republicano elemental de que el poder debe responder ante la sociedad y no al revés.
De espectadores a protagonistas: el tránsito que aún falta
La historia venezolana reciente ha estado marcada por una constante dolorosa: demasiada gente ha vivido la política como si fuera una obra protagonizada por otros. A veces se aplaude, a veces se sufre, a veces se espera, a veces se critica. Pero no siempre se asume que el papel del ciudadano no es solo elegir entre élites, sino construir presión social permanente sobre cualquiera que detente poder. Allí está el gran tránsito pendiente.
Pasar de espectador a protagonista no significa que todos deban militar en partidos o convertirse en activistas profesionales. Significa algo más básico y más profundo: desarrollar una cultura de corresponsabilidad donde la comunidad, el gremio, la asociación civil, la escuela, la familia y el ciudadano común entiendan que el control del poder no puede dejarse únicamente en manos de líderes, operadores o negociadores.
Ese tránsito exige al menos cinco decisiones cívicas
- Dejar de esperar redenciones individuales y empezar a construir vigilancia colectiva.
- Organizar redes autónomas que no dependan por completo del calendario político.
- Reclamar derechos como obligaciones del Estado y no como regalos contingentes.
- Exigir rendición de cuentas a todos, sin importar color, consigna o procedencia.
- Entender que el silencio mayoritario también produce consecuencias históricas.
Una ciudadanía que adopta estas decisiones deja de ser masa disponible y empieza a convertirse en pueblo consciente. Ese es el corazón democrático del NIN: no la indiferencia entre dos polos, sino la capacidad de plantarse por encima de la polarización para reclamar República.
La historia la escriben los que exigen
Las tiranías, las burocracias ineficientes y los sistemas degradados no prosperan únicamente por la fuerza de quienes mandan. Prosperan también por el silencio de las mayorías, por la fatiga de los independientes, por la cultura de delegación y por la costumbre de esperar. En Venezuela, ese silencio ha tenido demasiadas justificaciones comprensibles. Pero sigue siendo silencio. Y cuando el silencio se prolonga, el poder aprende que puede seguir actuando sin el costo suficiente.
Por eso este editorial no busca condenar a la sociedad, sino interpelarla. No se trata de culpar al ciudadano por la crisis. Se trata de recordarle que su heroísmo como sobreviviente debe dar paso a una nueva etapa: la del ciudadano que vigila, controla, reclama y condiciona. La historia nacional no puede seguir siendo escrita solo por burócratas, caudillos, operadores o administradores del deterioro. También debe ser escrita por una sociedad que deje de verse a sí misma como víctima pasiva del tiempo.
Venezuela no necesita solo más liderazgo. Necesita más ciudadanía. Más conciencia civil. Más autonomía moral. Más capacidad de organización independiente. Más exigencia frente a cualquiera que gobierne, negocie o administre. Porque el rol histórico que el pueblo aún no asume no es el de acompañar disciplinadamente a una bandera partidista. Es el de ponerse de pie frente al poder, cualquiera sea su forma, para recordarle que la nación no le pertenece.
Las naciones no se salvan definitivamente cuando aparece un líder. Se encaminan de verdad cuando la mayoría social decide dejar de esperar milagros y comienza a ejercer contraloría moral y política sobre el presente. Esa es la adultez republicana que sigue pendiente. Ese es el salto que Venezuela necesita. Y esa es, quizá, la tarea más difícil, pero también la más liberadora: pasar de pueblo sufrido a pueblo exigente.
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