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domingo, 24 de mayo de 2026

Narrar el país para poder reconstruirlo

RadioAmericaVe.com / Editorial.

 

Venezuela no podrá reconstruirse si no se narra con verdad, memoria y esperanza. Sin relato honesto, no habrá nueva República.

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Narrar el país para poder reconstruirlo no es una tarea literaria ni un lujo intelectual para tiempos más serenos. Es una urgencia cívica. Las naciones también se derrumban cuando pierden la capacidad de contarse con verdad. Y Venezuela lleva demasiado tiempo atrapada entre dos relatos que la deforman: uno que la maquilla hasta volverla irreconocible y otro que la condena hasta vaciarla de porvenir. Entre la propaganda oficial de la normalización absoluta y el catastrofismo inmovilizador que retrata al país como tierra baldía sin remedio, la realidad concreta de millones de venezolanos ha quedado relegada, mutilada o directamente secuestrada.

Ese secuestro del relato nacional no es un problema menor. Quien controla la historia presente condiciona la imaginación del futuro. Si el poder logra imponer la ficción de una victoria total, el dolor se vuelve invisible y la impunidad encuentra coartada. Si, por el contrario, se impone la idea de que ya nada vale la pena, de que todo está perdido y de que solo queda huir o resignarse, entonces la ciudadanía entrega el último resto de energía moral que necesita para reconstruir. Ambas narrativas, aunque parezcan enemigas, coinciden en un punto: desarman la capacidad de acción del ciudadano.

Por eso narrar el país con precisión se ha vuelto una forma de resistencia. No para sustituir la política, sino para salvarla del engaño. No para convertir la palabra en lamento perpetuo, sino para devolverle a la sociedad el espejo que le permita verse sin maquillaje y sin derrota programada. Venezuela necesita una narración honesta de sí misma porque no se puede reconstruir lo que no se comprende, y no se puede comprender lo que ha sido deliberadamente maquillado o borrado.

Como ha dicho Víctor Escalona, “A veces, el verdadero cambio no empieza en la calle, sino en lo que decides pensar cada mañana”. Y una nación comienza a cambiar cuando decide dejar de mentirse. Narrar el país con verdad no es recrearse en la ruina. Es empezar a trazar el plano de su reparación.

La propaganda y el derrotismo son dos formas de la misma trampa

En la Venezuela de estos años, la lucha por el relato ha sido tan decisiva como la lucha por el poder. De un lado, la propaganda oficial intenta vender un país estabilizado, orgulloso de su supuesta resiliencia, con bodegones, burbujas de consumo y escenografías de opulencia localizadas que pretenden ser leídas como prueba de victoria geopolítica y normalidad. Del otro, prospera una narrativa opuesta que reduce al país a pura devastación, como si todo vestigio de energía moral hubiese desaparecido y no quedara más alternativa que el exilio interior o exterior.

Ninguna de las dos miradas alcanza la verdad. La primera es indecente porque oculta el colapso, banaliza el empobrecimiento y transforma privilegios parciales en relato nacional. La segunda es peligrosa porque absolutiza la desolación y convierte la desesperanza en un destino. Una miente por exceso de maquillaje. La otra, por exceso de negación del pulso vital que todavía resiste. Y un país no puede reconstruirse ni desde la mentira triunfalista ni desde el derrotismo que inmoviliza.

La tarea del relato honesto es, precisamente, romper esa falsa dicotomía. Decir que Venezuela no es el país de los bodegones, pero tampoco una tierra definitivamente muerta. Decir que la crisis sigue abierta, que el trauma es real, que la precarización ha sido brutal, pero también que subsisten reservas morales, redes de solidaridad, inteligencia social y capacidad de resistencia. La verdad no está en el medio por comodidad; está en la complejidad.

Nombrar las cicatrices es una obligación moral

No habrá reconstrucción seria mientras el país no se atreva a registrar con crudeza el tamaño de su herida. Narrar las cicatrices no es recrearse en el sufrimiento ni administrar una memoria melancólica. Es diagnosticar. Es impedir que el dolor se vuelva estadística desalmada o ruido de fondo. La separación de millones de familias por la migración, el vaciamiento de las escuelas, el colapso del sistema de salud, la precarización del trabajo, la erosión del salario, el trauma de la incertidumbre cotidiana y la fatiga emocional de un país que ha sobrevivido demasiado tiempo en modo emergencia forman parte del núcleo de la verdad venezolana.

Ocultar esa dimensión del drama sería una forma de traición. Porque una sociedad que esconde su dolor termina desarmando su propia capacidad de comprensión. Y un país que no comprende la profundidad de lo perdido no sabrá qué debe reparar primero ni por qué la reconstrucción no puede reducirse a reformas cosméticas o repuntes económicos parciales.

Nombrar las cicatrices también es una forma de respeto. Respeto por quienes se fueron, por quienes se quedaron, por quienes han perdido familiares, patrimonio, vocación o tiempo. Respeto por una generación de niños y jóvenes cuya formación fue fracturada. Respeto por quienes se han visto empujados a vivir muy por debajo de su capacidad, su estudio o su dignidad. El relato nacional, si quiere ser útil, tiene que ser también un archivo moral de la pérdida.

Pero la ruina no agotó al país: también existen reservas morales

Ahora bien, un relato que solo acumule devastación termina siendo funcional al mismo inmovilismo que dice denunciar. Porque la reconstrucción no se hará solo con el inventario de lo destruido, sino con la identificación de lo que resistió. Y en Venezuela ha resistido mucho más de lo que a veces se reconoce. Han resistido maestros que siguen enseñando por vocación incluso cuando el sistema los humilla. Han resistido médicos, enfermeras y trabajadores de salud que continúan sosteniendo lo mínimo en condiciones extremas. Han resistido empresarios y comerciantes que, pese al entorno hostil, siguen pagando nóminas formales y apostando por producir. Han resistido comunidades enteras que autogestionan agua, seguridad, alimentación o servicios porque el Estado dejó de cumplir.

Esas reservas morales no son notas al pie del desastre. Son la materia prima de la reconstrucción. Allí está el país que no se rindió del todo. Allí está la evidencia de que Venezuela no es solo víctima de sus élites, sino también sujeto de una resistencia silenciosa, imperfecta, cotidiana y profundamente valiosa. Narrar ese país que resiste no es romantizar el sufrimiento. Es reconocer dónde sigue latiendo la posibilidad de una República nueva.

Las reservas morales de Venezuela siguen visibles en muchos frentes

  • docentes que sostienen la formación a pesar del deterioro institucional,
  • médicos y enfermeros que siguen cuidando en medio de la precariedad,
  • empresas formales que preservan empleos contra un entorno adverso,
  • comunidades que se organizan para resolver lo que el Estado abandonó,
  • familias que, aun fragmentadas, siguen tejiendo apoyo entre الداخل y la diáspora.

Quien quiera diseñar el futuro venezolano tendrá que empezar por mirar con seriedad ese capital ético. Allí está el andamiaje humano de cualquier reconstrucción posible.

Venezuela ya no cabe en sus fronteras: el relato también debe volverse transnacional

Otro punto esencial es comprender que el país ya no se limita a su territorio. Venezuela se desparramó por el mundo. Millones de venezolanos viven en la diáspora, y con ellos viajó no solo el dolor del desarraigo, sino también una parte decisiva del capital humano, profesional, afectivo y económico de la nación. Pretender narrar la Venezuela contemporánea sin integrar esa dimensión es mutilar la realidad.

La identidad nacional se volvió transnacional. El país se sostiene, en parte, por remesas, por redes familiares extendidas, por profesionales que ayudan desde fuera, por saberes acumulados en otros sistemas, por memorias compartidas entre quienes resisten adentro y quienes intentan rehacer su vida afuera. Esa experiencia no es externa a la nación; ya es parte de su estructura.

Por eso reconstruir el país exige también reconstruir su relato compartido. Un relato que vuelva a unir piezas separadas. Que no trate a la diáspora como apéndice nostálgico ni a los que permanecieron dentro como sobrevivientes aislados. Venezuela no podrá reinventarse si deja fuera de la historia a un tercio de sí misma. La nueva narrativa nacional tendrá que ser lo suficientemente amplia como para incluir a quienes están en Madrid, Bogotá, Miami, Santiago o Buenos Aires, y a quienes siguen abriendo sus negocios, dando clases o cuidando enfermos en Maracaibo, Barquisimeto o Caracas.

Contar con verdad también es una forma de frenar la impunidad

En un país donde el poder intenta borrar el pasado reciente, congelar expedientes y administrar el olvido, narrar con verdad se convierte en una herramienta contra la impunidad. No se trata solo de memoria cultural. Se trata de responsabilidad histórica. Porque quien controla el relato del pasado influye directamente en las decisiones del futuro. Si el relato oficial termina imponiéndose, el abuso se normaliza. Si la historia de estos años se escribe desde la comodidad del vencedor o desde la distorsión interesada, entonces la impunidad dejará de ser una anomalía y pasará a ser institución.

La palabra, en ese contexto, cumple una función más grande que la testimonial. Documenta, preserva, incomoda y deja constancia. Impide que el atropello se vuelva niebla. Impide que el tiempo se use para sepultar responsabilidades. Impide que el país avance hacia una supuesta reconciliación construida sobre el borrado del daño. Narrar no sustituye a la justicia transicional, pero la prepara. La vuelve moralmente posible. La dota de memoria. La ancla en hechos, heridas y contextos que no deben ser silenciados.

El periodismo independiente existe para defender ese deber de verdad. En tiempos de propaganda, olvido organizado y fatiga social, contar el país con precisión y con conciencia es una forma de servicio público. Vierne5 cree que narrar a Venezuela sin maquillaje ni desesperanza es una tarea cívica indispensable para su reconstrucción. Cada aporte, incluso desde 1 €, ayuda a sostener una voz que no acepta ni la ficción oficial ni el derrotismo que paraliza.

Nombrar la ruina es empezar a diseñar el edificio

La tesis de este editorial es tan simple como exigente: no se puede reconstruir lo que no se comprende, y no se puede comprender lo que se maquilla o se calla. Narrar el país no es un ejercicio de nostalgia, ni una ceremonia de duelo perpetuo, ni un lamento de élites ilustradas. Es el plano arquitectónico de la nueva República. Antes de levantar muros, hace falta saber qué se vino abajo, qué quedó en pie y con qué materiales humanos todavía contamos.

Eso exige un compromiso de muchos actores. De los periodistas, para no simplificar. De los intelectuales, para no hablar desde la abstracción autosuficiente. De los líderes sociales, para no cederle al poder la administración del relato. De los ciudadanos comunes, para no despreciar el valor de su propia experiencia como parte de la historia nacional. Y de la diáspora, para no vivir desconectada de la conversación sobre lo que habrá que volver a fundar.

Venezuela necesita contarse a sí misma con crudeza y con esperanza. Con crudeza, porque sin aceptar el tamaño de lo perdido no habrá diagnóstico serio. Con esperanza, porque sin reconocer las reservas morales que aún existen no habrá energía para empezar. La palabra no reconstruye por sí sola, pero orienta, limpia el terreno, dibuja límites, señala materiales y evita que la mentira vuelva a dictar los planos.

Si el país quiere volver a ser República, tendrá que empezar por decirse la verdad. No la verdad cómoda, no la verdad útil al poder, no la verdad que vende resignación. La verdad completa: la de las cicatrices y la de la dignidad persistente. Solo así sabremos exactamente qué fue lo que perdimos y qué es lo que, con urgencia, nos toca fundar de nuevo.

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Victor Julio Escalona

Editor.

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