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miércoles, 27 de mayo de 2026

Presos políticos: la celebración que el poder dosifica

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Presos políticos en Venezuela: cómo las excarcelaciones dosificadas buscan controlar la presión, la emoción y el relato opositor.

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Las excarcelaciones a cuentagotas de presos políticos en Venezuela no solo deben leerse como gestos humanitarios parciales o concesiones tácticas. También forman parte de una mecánica de control político. Al liberar de manera fragmentada, lenta y selectiva, el poder no se limita a administrar una negociación: administra también la emoción colectiva, el ritmo del alivio y la posibilidad de que una alegría masiva se convierta en un hecho político imprevisible. Esa lógica ayuda a entender por qué la liberación nunca llega como acto pleno, sino como goteo calculado.

Lo que está en juego no es únicamente la libertad de personas injustamente detenidas, que ya de por sí sería suficiente para conmover a cualquier sociedad democrática. Lo que se disputa, además, es el control del clima político. En un país exhausto, golpeado por la represión y todavía atravesado por el miedo, una liberación total y simultánea de presos políticos podría producir una descarga emocional de enorme magnitud. Y el poder, que conoce bien el peso de los símbolos y la energía de las multitudes, parece decidido a impedir que esa celebración se transforme en una demostración de fuerza ciudadana.

Qué está ocurriendo realmente con las excarcelaciones

La dinámica observada en los últimos meses responde a un patrón reconocible: liberaciones parciales, anuncios dosificados, silencios prolongados y administración minuciosa de cada gesto. Desde el punto de vista del poder, esa secuencia ofrece varias ventajas. Permite convertir a los presos en fichas de intercambio, usar el alivio como moneda para obtener réditos externos y, al mismo tiempo, mantener vigente la amenaza de nuevas detenciones o del retorno de la represión. En otras palabras, la excarcelación deja de ser el cierre de un abuso y pasa a ser una herramienta de control político.

Ese mecanismo tiene un efecto inmediato sobre la sociedad. Cada salida genera esperanza, pero también incertidumbre. Cada familia que celebra lo hace con alivio, aunque dentro de un contexto donde nadie puede asegurar que el proceso continuará, que será completo o que no vendrá acompañado de nuevas maniobras de presión. Así, el poder consigue dos cosas a la vez: aparenta flexibilidad ante algunos observadores y evita que el campo opositor transforme la emoción en impulso colectivo sostenido.

Por qué la celebración también se volvió un territorio en disputa

La clave de este tema no está solo en quién sale, sino en cómo sale. Si todos los presos políticos fueran excarcelados el mismo día, la escena pública venezolana cambiaría de inmediato. No solo por justicia, sino por energía social. El país asistiría a una celebración simultánea, extendida, emocionalmente incontenible. Y esa magnitud, en un contexto de hartazgo acumulado, podría tener derivaciones políticas mucho más amplias que la propia noticia inicial.

El poder parece haber entendido que la alegría también moviliza. Una sociedad que lleva años viviendo entre la frustración, el miedo y la resignación puede reaccionar con una fuerza inesperada cuando la emoción cambia de signo. La liberación completa de presos políticos tendría un efecto simbólico inmenso: confirmaría que la represión puede retroceder, reanimaría la confianza entre sectores opositores y pondría en las calles una energía que hoy está contenida. De allí que el cálculo oficial no consista solo en decidir a quién liberar, sino en evitar que la suma de esas libertades produzca un momento de ruptura emocional y política.

  • Las excarcelaciones fragmentadas reducen el impacto colectivo de la noticia.
  • También dispersan la capacidad de movilización de familiares y simpatizantes.
  • Además, dificultan que la oposición convierta el alivio en una narrativa común.
  • Y, finalmente, mantienen en pie la percepción de que el poder sigue controlando la llave de paso.

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Quiénes intervienen en esta estrategia

En la superficie, las excarcelaciones parecen depender de decisiones judiciales, revisiones de expedientes o medidas administrativas. Pero en un sistema político como el venezolano, esa lectura resulta insuficiente. Aquí intervienen actores mucho más amplios: el aparato represivo, la cúpula política que decide los tiempos, los organismos de seguridad que ejecutan detenciones y liberaciones, y un entorno internacional que a menudo mide estos gestos como señales de apertura o de disposición al diálogo.

También interviene el campo opositor, aunque muchas veces desde una posición reactiva. Cada liberación obliga a responder emocionalmente, a acompañar a las familias, a denunciar lo que falta y a intentar mantener una lectura integral del problema. Ese esfuerzo no es menor. Porque cuando el poder administra el goteo, también obliga a sus adversarios a vivir en el calendario de su propia dosificación.

De este modo, los presos políticos dejan de ser solo víctimas de un sistema injusto y se convierten, además, en piezas de una estrategia más amplia. No porque ellos lo elijan, sino porque el poder los utiliza para modular la presión externa, desactivar tensiones internas y mantener la iniciativa sobre el ritmo de la crisis.

Lo que el régimen teme no es solo la protesta, sino el desborde simbólico

Durante años, buena parte del control político en Venezuela descansó en una combinación de represión, cansancio social y administración del miedo. Sin embargo, ningún poder autoritario es completamente indiferente al simbolismo. El Helicoide, por ejemplo, no es solo un edificio. Es uno de los signos más pesados de la represión contemporánea en el país. Algo similar ocurre con otros centros de detención, con tribunales usados para disciplinar y con cuerpos de seguridad asociados al castigo político.

Por eso la hipótesis de una gran celebración nacional tras una liberación masiva no es una exageración teatral. En contextos autoritarios, los símbolos importan. Y a veces importan más que los números. Una multitud que deja de llorar en silencio y empieza a celebrar en público puede convertirse en algo políticamente impredecible. No porque toda celebración desemboque en insurrección, sino porque altera la atmósfera emocional que sostiene al poder.

Ese es el miedo de fondo: que la liberación deje de ser una noticia administrable y se convierta en una grieta del control. Una alegría simultánea, compartida y extendida puede hacer visible lo que la represión intentó fragmentar durante años: que la sociedad sigue ahí, que la indignación no murió y que debajo de la resignación todavía existe un deseo colectivo de cambio.

La “celebración diferida” como técnica de supervivencia

La mejor forma de entender esta maniobra es verla como una técnica de supervivencia política. Los Rodríguez y el resto del núcleo duro del poder no parecen actuar bajo la ilusión de resolver el conflicto de fondo. Más bien parecen buscar algo más modesto y más eficaz: ceder lo suficiente para contener presiones, evitar un estallido emocional y conservar margen de maniobra. La liberación dosificada encaja perfectamente en esa lógica.

Se trata de una estrategia que cumple varias funciones a la vez:

  1. Reduce la presión externa al exhibir gestos parciales de distensión.
  2. Fragmenta la emoción opositora al impedir una celebración común y simultánea.
  3. Preserva el miedo porque recuerda que la libertad sigue dependiendo de una decisión discrecional.
  4. Extiende el control narrativo ya que cada liberación puede presentarse como concesión y no como rectificación.

Esa estrategia no elimina el problema. Solo lo administra. Pero, precisamente por eso, puede resultar eficaz durante un tiempo. La dificultad para el campo democrático consiste en no confundir alivio parcial con solución de fondo, ni tregua táctica con cambio estructural.

Qué consecuencias políticas puede tener este método

La primera consecuencia es la normalización del chantaje emocional. Si la libertad se administra como premio o como gesto calibrado, el país corre el riesgo de acostumbrarse a celebrar lo que en cualquier democracia sería simplemente una obligación del Estado: no encarcelar a nadie por razones políticas. La segunda consecuencia es más profunda: la oposición puede quedar atrapada entre la gratitud humana por cada excarcelación y la necesidad política de denunciar que el mecanismo sigue siendo abusivo.

Además, esta lógica tiene impacto sobre el futuro electoral e institucional. Un poder que se reserva la facultad de abrir y cerrar la llave de la represión según su conveniencia envía una señal clara: sigue considerando la libertad como instrumento, no como principio. Por eso el problema de los presos políticos no se agota en su número ni en la lista de los que faltan. También tiene que ver con la naturaleza misma del sistema que decide sobre ellos.

En esa perspectiva, la verdadera salida no puede depender de una administración indefinida del miedo. Tarde o temprano, la disputa tendrá que resolverse con reglas, con garantías y con un mandato popular claro. Ojalá sea en las urnas, porque esa es la vía que permite transformar la alegría contenida en una celebración nacional legítima, extensa y difícil de revertir.

La diferencia entre una concesión y un cambio

El país necesita distinguir con más precisión entre lo que es un alivio coyuntural y lo que constituye un avance real. Las excarcelaciones pueden ser humanamente valiosas y políticamente insuficientes al mismo tiempo. Pueden aliviar el dolor de familias enteras, pero seguir formando parte de un mecanismo de control. Ambas cosas pueden ser ciertas a la vez, y entender esa ambivalencia es clave para no perderse en la lectura del momento.

En ese punto, el periodismo independiente tiene una responsabilidad central. No la de arruinar la alegría de quienes recuperan a los suyos, sino la de impedir que esa alegría sea usada para encubrir el método que la dosifica. Vierne5 seguirá observando este proceso desde esa convicción: celebrar cada libertad, sí, pero sin olvidar que la libertad auténtica no puede depender de un goteo administrado por el mismo poder que primero la arrebató.

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