RadioAmericaVe.com / La Voz Del NIN.
Venezuela no necesita otra refundación. Necesita memoria, continuidad y madurez para dejar de empezar siempre desde cero.

Eterno recomienzo en Venezuela
Reinicio político venezolano
Desgaste generacional en Venezuela
Memoria política y reconstrucción
Venezuela y la trampa del eterno recomienzo es una historia demasiado conocida para un país que lleva años sintiendo que siempre está a punto de empezar, pero nunca termina de construir. Cada nueva etapa viene acompañada por una promesa casi litúrgica: ahora sí comienza la verdadera historia, ahora sí llegó el punto de inflexión, ahora sí quedó atrás todo lo anterior. Sin embargo, esa obsesión por declarar un nuevo año cero no ha producido madurez republicana. Ha producido desgaste. Y, peor aún, ha fabricado una cultura política donde nada se consolida porque todo se dinamita antes de madurar.
Ese es uno de los grandes males venezolanos: la adicción al recomienzo. Oficialismo y oposición, cada uno a su manera, han aprendido a beneficiarse de la refundación permanente. Cuando todo empieza de nuevo, se borra el balance del ciclo anterior; Cuando todo se vuelve promesa inaugural, se diluyen las responsabilidades. Cuando el país es empujado una y otra vez a creer que el pasado reciente ya no importa, se rompe la memoria cívica y se debilita la capacidad de exigir cuentas. La consecuencia no es solo política. Es humana. Una sociedad condenada a reiniciarse eternamente se queda sin horizonte, sin acumulación y sin paciencia histórica.
Como ha dicho Víctor Escalona, “A veces, el verdadero cambio no empieza en la calle, sino en lo que decides pensar cada mañana”. Venezuela necesita justamente ese cambio mental: dejar de confundir recomienzo con reconstrucción, novedad con avance y ruptura con madurez. El Nuevo Ideal Nacional no puede caer en la tentación de prometer otro acto heroico de borrón y cuenta nueva. Tiene que proponer algo más difícil y más serio: sostener para construir.
La política venezolana se volvió adicta al año cero
La cultura política del país ha sido moldeada por una lógica profundamente refundacional. Cada liderazgo llega con vocación de origen absoluto; Cada estrategia se presenta como la primera verdaderamente lúcida. Cada coyuntura es vendida como si nada anterior mereciera ser rescatado, estudiado o corregido. El lenguaje del recomienzo tiene una enorme potencia emocional porque ofrece alivio. Promete que el fracaso acumulado puede evaporarse si aceptamos una nueva narrativa, un nuevo jefe, una nueva plataforma o una nueva fecha.
Pero ese alivio es engañoso. Un país no madura cuando borra su trayectoria a cada rato. Madura cuando aprende de ella. Y Venezuela ha desaprendido demasiado rápido. Las lecciones institucionales, las pequeñas victorias cívicas, las redes comunitarias, los errores tácticos, las advertencias tempranas y hasta los fracasos más dolorosos son arrojados con frecuencia al basurero simbólico cada vez que aparece una nueva promesa de reinicio. Allí está la trampa: no se construye sobre lo vivido, se sustituye lo vivido por un relato inaugural que vuelve a dejar al país en estado de infancia política.
La infancia política no es inocente. Es funcional al poder. Una sociedad que siempre cree estar comenzando otra vez no alcanza a consolidar memoria crítica ni a exigir coherencia entre lo prometido y lo hecho. Vive esperando el próximo capítulo en lugar de evaluar el libro completo.
El olvido se ha convertido en una herramienta de control
No hay eterno recomienzo sin una estrategia de olvido. Y ese olvido beneficia a quienes más necesitan escapar del juicio histórico. Si el país vive atrapado en la sensación de que todo arrancó hoy, entonces los fracasos de ayer pierden peso, las responsabilidades se diluyen y los mismos actores pueden reaparecer con vestuario nuevo, lenguaje renovado o alianzas recicladas sin pagar el costo completo de lo que ya hicieron o dejaron de hacer.
Esa es una de las formas más eficaces de control político: obligar a la sociedad a reiniciar la conversación antes de que termine de comprender la anterior. Así, la rendición de cuentas se posterga indefinidamente. Lo ocurrido queda sin cierre. Lo fallido queda sin evaluación rigurosa. Y la ciudadanía, agotada, termina aceptando la nueva escena como si no tuviera derecho a preguntarse por qué la anterior terminó tan mal.
La memoria, entonces, deja de ser un ejercicio nostálgico y se convierte en una herramienta democrática. Recordar no es quedarse atrapado en el pasado. Es impedir que el pasado sea manipulado para reciclar el mismo patrón de irresponsabilidad. Un país sin memoria es un país fácil de gobernar desde la ficción.
El recomienzo perpetuo le sirve a demasiados intereses
- borra el rastro de errores anteriores,
- reduce la presión por rendición de cuentas,
- permite reciclar actores y discursos,
- rompe la acumulación de aprendizajes,
- y mantiene a la ciudadanía emocionalmente dependiente de la próxima promesa.
Por eso la memoria no debe ser decorativa. Debe ser una práctica política de defensa nacional.
El costo humano del recomienzo no cabe en ningún discurso épico
La trampa del eterno recomienzo no solo desgasta instituciones. Desgasta biografías. Millones de venezolanos han tenido que reinventarse varias veces en menos de una generación. Estudiaron para una profesión que dejó de sostenerlos. Abrieron negocios que la inflación o la arbitrariedad barrieron. Migraron. Regresaron. Cambiaron de oficio. Se informalizaron. Volvieron a empezar. Y luego otra vez. Y otra más. Lo que desde la distancia algunos llaman resiliencia, muchas veces ha sido en realidad un desgaste humano brutal.
Una familia no puede planificar a mediano plazo cuando cada pocos años el país le cambia violentamente las reglas de la vida. Un joven no puede proyectarse con serenidad cuando el horizonte siempre parece condicional. Un trabajador no puede consolidar su esfuerzo si el terreno entero se reinicia antes de que su sacrificio dé fruto. El recomienzo permanente destruye algo fundamental: la posibilidad de continuidad existencial. Es decir, la sensación de que la vida puede construirse en capas, en lugar de sobrevivirse a golpes.
El país ha romantizado demasiado la capacidad de adaptarse. Pero adaptarse sin descanso no siempre es una virtud. A veces es el nombre elegante de una violencia histórica que obliga a las personas a vivir sin suelo.
Las nuevas eras suelen ser fachadas si no cambian las reglas
Otra expresión del mismo problema es la proliferación de narrativas sobre nuevos amaneceres económicos o políticos que, en el fondo, no tocan las estructuras profundas del país. Se inauguran comercios, se renombran organismos, se lanzan plataformas, se anuncian aperturas, se presentan reacomodos como si fuesen refundaciones. Pero una fachada nueva no equivale a un sistema nuevo. Un país no avanza porque cambie de envoltorio. Avanza cuando modifica incentivos, respeta reglas y sostiene políticas en el tiempo.
El drama venezolano es que demasiadas veces se ha confundido movimiento con dirección. Que algo cambie no significa que esté mejorando; Que algo se inaugure no significa que esté acumulando futuro. Que una nueva élite administre el mismo laberinto no significa que el laberinto haya desaparecido. El eterno recomienzo se alimenta precisamente de esa ilusión: hacerle creer al país que la novedad en sí misma ya es progreso.
El NIN debe resistirse a esa seducción. Una doctrina seria de reconstrucción no puede medir el avance por la cantidad de anuncios, ni por el maquillaje del relato, ni por el ritmo de las operaciones simbólicas. Debe medirlo por algo más difícil: la capacidad de sostener mejoras reales sin destruirlas en el siguiente giro de la coyuntura.
Apoya a RadioAmericaVe.com y Vierne5: Donar desde 1 €
Respaldar un periodismo libre como RadioAmericaVe.com y Vierne5 también es una forma de romper este ciclo. Sin memoria crítica, sin reflexión independiente y sin voces dispuestas a incomodar el relato del reinicio permanente, el país seguirá siendo más fácil de manipular y más difícil de reconstruir.
Venezuela no necesita otra refundación heroica
Tal vez la mayor madurez política pendiente sea esta: aceptar que Venezuela no necesita otro momento épico de demolición y renacimiento, sino un proceso serio de continuidad, corrección y acumulación. El heroísmo refundacional seduce porque simplifica. Divide el tiempo en antes y después. Ofrece la emoción de la ruptura. Permite declarar que lo viejo murió y que lo nuevo ya comenzó. Pero las repúblicas funcionales no se construyen sobre emociones inaugurales. Se construyen sobre instituciones que aprenden, normas que se respetan y sociedades que se niegan a tirar la mesa cada vez que algo no resulta perfecto.
El verdadero cambio democrático no consiste en empezar siempre desde cero, sino en rescatar lo que sirve, reformar lo que falla y castigar lo que destruye. Ese enfoque exige paciencia republicana, una virtud poco vistosa y profundamente revolucionaria en un país acostumbrado a dramatizar cada etapa como si todo estuviera naciendo por primera vez.
Romper la trampa del recomienzo exige cinco decisiones maduras
- Preservar la memoria política para que ningún fracaso quede disuelto en una nueva narrativa.
- Evaluar procesos anteriores con honestidad, sin convertir cada cierre en amnesia.
- Defender la continuidad de lo valioso, aunque haya surgido en ciclos imperfectos.
- Rechazar el mesianismo refundacional que necesita destruirlo todo para legitimarse.
- Construir ciudadanía paciente, capaz de sumar sobre lo aprendido y no solo reaccionar ante la próxima promesa.
Eso no implica resignación. Implica madurez. No es renunciar al cambio. Es negarse a confundirlo con otro salto vacío.
Sostener también es una forma de valentía
En Venezuela, a veces parece más fácil aplaudir una nueva promesa total que defender la tarea silenciosa de sostener avances pequeños, reformas parciales o instituciones todavía frágiles. Sin embargo, la reconstrucción verdadera depende más de esa valentía discreta que de cualquier gesto grandilocuente. Sostener significa resistir la tentación de arrasar otra vez. Significa darle tiempo a las reglas; Significa consolidar la confianza. Significa permitir que la sociedad respire continuidad después de demasiados ciclos de ruptura.
El país no será rescatado por otro comienzo absoluto. Será rescatado cuando aprenda a dejar de sabotear su propia posibilidad de madurar. Cuando entienda que no todo debe reiniciarse para corregirse. Cuando acepte que el dolor ya vivido no puede seguir desperdiciándose en nuevos ensayos sin memoria. Y cuando, por fin, haga de la continuidad una decisión política, ética y cultural.
La verdadera reconstrucción no empieza desde cero. Empieza sumando sobre lo que ya dolió aprender; Empieza cuando una sociedad decide que su sufrimiento no será utilizado otra vez para alimentar una nueva ficción de origen. Empieza cuando el ciudadano deja de entusiasmarse con cada recomienzo y empieza a preguntarse qué puede sostenerse, qué debe corregirse y quién responderá por lo ya destruido.
Venezuela no necesita otra infancia política. Necesita adultez histórica; Necesita memoria; Necesita continuidad. Necesita una ciudadanía que no se deje seducir por el espectáculo del año cero, sino que exija una cultura de responsabilidad y permanencia. Porque un país que siempre recomienza nunca termina de llegar. Y un pueblo que siempre espera el próximo comienzo corre el riesgo de perder la vida entera en la sala de espera de su propia historia.
Apoya a RadioAmericaVe.com y Vierne5: Donar desde 1 €
Comparte este artículo, suscríbete y participa en la conversación pública. Venezuela no necesita otra promesa inaugural: necesita la madurez de sostener lo que vale la pena construir.
¿Qué opinas? Escríbenos a [email protected]. Tu voz también cuenta.
RadioAmericaVe.com / La Voz Del NIN.
No hay comentarios:
Publicar un comentario