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miércoles, 24 de junio de 2026

¿Está el pueblo preparado para gobernarse?

RadioAmericaVe.com  / La Voz Del NIN.

 

Venezuela no se reconstruirá con súbditos asistidos. Gobernarse exige ley, deber, impuestos y ciudadanía responsable.

pueblo preparado para gobernarse

Autogobierno ciudadano en Venezuela
Ciudadano responsable en Venezuela
Cultura del atajo en Venezuela
Madurez cívica venezolana

¿Está el pueblo preparado para gobernarse? La pregunta incomoda porque rompe uno de los últimos refugios sentimentales de la política venezolana: la idea de que el pueblo, por el simple hecho de sufrir, está automáticamente listo para ejercer el poder con responsabilidad. No es así. Sufrir no educa por sí solo. La miseria no vuelve virtuosa a una sociedad. La opresión no convierte mágicamente al súbdito en ciudadano. Gobernarse exige algo más difícil que indignarse: exige aceptar que los derechos colectivos solo sobreviven cuando están sostenidos por deberes individuales, por ley, por disciplina cívica, por impuestos pagados y por una cultura pública donde el bien común valga más que el atajo personal.

Ese es el desafío verdadero de la Venezuela de 2026. No basta con desmontar estructuras criminales, derrotar viejas mafias o abrir una transición institucional. Nada de eso será duradero si la sociedad no abandona la psicología del asistido. Durante demasiado tiempo, millones de venezolanos fueron entrenados para esperar: esperar el bono, esperar la bolsa, esperar el favor, esperar al caudillo, esperar al salvador externo, esperar al militar providencial o al actor extranjero que resolviera desde arriba lo que la ciudadanía no estaba organizada para sostener desde abajo. Esa cultura de espera no produce república. Produce dependencia.

Como ha dicho Víctor Escalona, “A veces, el verdadero cambio no empieza en la calle, sino en lo que decides pensar cada mañana”. La pregunta, entonces, no es solo si el poder está dispuesto a cambiar. La pregunta es si la sociedad está dispuesta a dejar de comportarse como audiencia y empezar a comportarse como cuerpo político. Porque gobernarse no es un derecho romántico heredado de los libertadores. Es una aptitud social que debe ejercitarse o se atrofia.

Del súbdito asistido al ciudadano responsable

El núcleo del problema venezolano no es únicamente institucional. También es moral y pedagógico. Durante años, el Estado y sus adversarios más demagógicos hablaron al país como si la ciudadanía fuera incapaz de soportar la verdad. Se la trató como clientela emocional. Se le prometió rescate sin esfuerzo, libertad sin costo, prosperidad sin productividad y servicios sin contribución. El resultado fue una cultura política profundamente infantilizada, donde exigir se volvió más popular que aportar y donde reclamar derechos parecía no tener ninguna relación con cumplir deberes.

Pero ninguna nación seria puede gobernarse de ese modo. El autogobierno comienza cuando el ciudadano entiende que la ley no es una molestia, sino la infraestructura invisible de su libertad. Comienza cuando acepta que los servicios públicos no caen del cielo ni salen de la voluntad de un líder generoso, sino de una economía formal, de instituciones creíbles y de una ciudadanía que contribuye para sostenerlas. Comienza cuando pagar impuestos deja de verse como castigo y empieza a verse como parte del contrato republicano.

La reconstrucción de Venezuela exigirá exactamente esa madurez. Ya no será suficiente con denunciar al corrupto si al mismo tiempo se celebra la evasión pequeña. No bastará con condenar el abuso estatal si se sigue premiando la viveza privada. No alcanzará con cantar himnos sobre la libertad si, a la hora de convivir con reglas, cada quien quiere seguir haciendo excepciones para sí mismo. Un pueblo preparado para gobernarse no es el que grita más fuerte. Es el que acepta límites para que la libertad de todos sea posible.

La madurez se mide cuando la estrategia deja de ser emocionante

Una prueba reveladora de esa madurez está en la manera en que el ciudadano reacciona ante la complejidad política. Cuando coexisten liderazgos de masas y mecanismos técnicos de negociación institucional, la sociedad tiene dos caminos: o exige solo el grito, la pureza simbólica y la confrontación permanente, o demuestra que entiende que desmontar una estructura de poder exige, además de legitimidad popular, procesos fríos, lentos, técnicos y, a veces, deliberadamente aburridos.

Ese punto es decisivo. Una cultura cívica inmadura solo respeta la épica. Una cultura cívica adulta también sabe respetar la ingeniería institucional. Puede comprender que un mandato popular necesita traducirse en normas, equilibrios, garantías, acuerdos verificables y mecanismos de implementación. Puede entender que la política no se agota en la tarima ni en la red social. Sabe que, si la calle no acepta ese puente entre entusiasmo y arquitectura institucional, el resultado puede ser otro ciclo de frustración.

Por eso el pueblo preparado para gobernarse no es únicamente el que sale a exigir. También es el que sabe auditar sin caer en el simplismo de considerar traición toda negociación y cobardía toda prudencia. La democracia adulta no vive solo de consignas limpias. Vive de procedimientos eficaces. Y eso requiere ciudadanía capaz de acompañar procesos complejos sin exigir que toda estrategia tenga la estética emocional de una insurrección permanente.

La calle madura reconoce, al menos, estas verdades incómodas

  • que un liderazgo popular no reemplaza la necesidad de instituciones legítimas,
  • que una negociación técnica no debe ser opaca, pero tampoco puede medirse solo por su impacto emocional,
  • que desmontar estructuras degradadas exige tiempo, reglas y costos políticos,
  • y que la seriedad republicana casi nunca produce el mismo aplauso inmediato que la confrontación pura.

Esa comprensión es una de las primeras señales de que un pueblo está dejando de ser multitud y empieza a parecerse a una ciudadanía.

El peligro del gendarme necesario

Hay, sin embargo, una tentación más profunda y más peligrosa. Cada vez que el orden legítimo se debilita, aparece el deseo de que un actor de fuerza resuelva el vacío. Es una vieja pulsión latinoamericana, y Venezuela la conoce bien. Cuando las instituciones no llegan, cuando la política se paraliza y cuando la comunidad se siente desamparada, crece la disposición a aplaudir al gendarme necesario: el militar fuerte, el jefe local que impone orden, el actor armado que “pone disciplina”, el mando externo que administra el territorio con eficacia de emergencia.

Esa pulsión puede parecer comprensible después del caos, pero es precisamente la prueba de que la sociedad aún no aprendió a gobernarse. Porque autogobernarse implica resistir la comodidad autoritaria del orden sin ciudadanía. Implica preferir la organización vecinal, cívica y legalmente constituida antes que la obediencia al hombre fuerte de turno. Implica entender que el vacío institucional no se llena entregando otra vez el poder a quien promete control absoluto, sino fortaleciendo la comunidad organizada, los mecanismos civiles y la legitimidad local.

La historia venezolana ha sido demasiado generosa con esa trampa. Cada vez que el ciudadano renuncia a la responsabilidad de sostener el orden republicano, el espacio lo ocupa alguien dispuesto a administrar obediencia. Y cada vez que eso ocurre, el país retrocede décadas en madurez democrática.

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Autogobierno también significa enterrar la cultura del atajo

La pregunta sobre la preparación del pueblo tiene otra dimensión incómoda: la moral productiva. Durante años, el ecosistema de la economía criminal, de la extorsión, del contrabando y de la ilegalidad rentable contaminó la imaginación social. La movilidad ya no parecía venir del trabajo, del estudio o del mérito, sino del acceso a la vía rápida. Se normalizó la viveza; Se premió el contacto sobre la capacidad. Se celebró la astucia que burlaba reglas en lugar del esfuerzo que construía valor real.

Ningún pueblo puede gobernarse de verdad mientras siga considerando el atajo como derecho cultural. El autogobierno exige un nuevo contrato ético. Uno donde el trabajo formal vuelva a ser prestigioso. Donde la meritocracia deje de ser palabra decorativa. Donde el impuesto no sea visto como estupidez y la ley no sea tratada como obstáculo para el más “vivo”. Un país que sale de economías criminales pero conserva la psicología del atajo sigue preso de la misma lógica, solo que con otros disfraces.

La reconstrucción nacional requiere ciudadanía capaz de renunciar a esa herencia tóxica. Y esa renuncia no será cómoda, porque implica desmontar pequeñas ventajas privadas que muchos aprendieron a considerar normales. Significa aceptar que no habrá República seria mientras cada quien quiera salvarse por fuera del contrato común. Significa volver a unir dignidad con esfuerzo, prosperidad con legalidad y movilidad social con mérito verificable.

Ese nuevo contrato ético exige abandonar estas costumbres

  1. La viveza como identidad, que convierte la trampa en rasgo cultural admirado.
  2. La dependencia del favor, que destruye la igualdad ante la ley.
  3. La tolerancia al pequeño abuso, que reproduce en miniatura la corrupción que se condena en grande.
  4. La desconfianza hacia el trabajo formal, como si la legalidad fuera siempre ingenuidad.
  5. La ilusión del enriquecimiento rápido, que empobrece la moral pública aunque produzca rentas momentáneas.

Gobernarse, en el fondo, es aceptar que la libertad también tiene una economía moral.

La aptitud para gobernarse no se hereda: se ejercita

El gran error del romanticismo político es suponer que el pueblo está siempre listo, siempre puro y siempre moralmente por encima de sus dirigentes. No. A veces los supera, y otras veces los reproduce. La sociedad venezolana no será libre por decreto ni madura por agotamiento. Tendrá que entrenarse en la disciplina difícil del autogobierno. Tendrá que aprender a organizar comunidades, a sostener reglas, a exigir cuentas, a financiar lo público, a respetar la ley incluso cuando no conviene y a preferir la construcción lenta antes que el alivio autoritario de un nuevo tutor.

Ese es el examen de 2026. No depende solo de lo que decidan Washington, las élites o los viejos aparatos. Depende de la voluntad real del venezolano de salir de la posición psicológica del asistido. Si el pueblo no se prepara para ejercer el poder con responsabilidad, el vacío volverá a ser llenado por nuevos tiranos, nuevos administradores externos o nuevas versiones del viejo caudillismo con vocabulario renovado.

La pregunta, entonces, no debe ofender. Debe despertar. ¿Está el pueblo preparado para gobernarse? Tal vez no del todo. Pero puede empezar a estarlo si abandona la complacencia, si acepta que la libertad exige cargas, si deja de romantizar su propia inmadurez y si asume que la ciudadanía no es un adorno constitucional, sino un oficio exigente. La Venezuela posible no será la que tenga más víctimas, ni la que grite más fuerte, ni la que encuentre otro salvador. Será la que consiga formar ciudadanos capaces de gobernarse a sí mismos antes de volver a pedir que alguien más los gobierne.

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