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viernes, 12 de junio de 2026

La opereta del disimulo y la responsabilidad del poder

RadioAmericaVe.com  / Opinión.

 

La responsabilidad no termina en los ejecutores. Una reflexión sobre el poder, la impunidad y la cadena de mando.

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Cadena de mando en Venezuela, Impunidad política venezolana, Justicia y responsabilidad política, Sistema de poder chavista.

Hay noticias que no provocan sorpresa. Provocan indignación. Y hay declaraciones que no buscan explicar una realidad, sino tomar distancia de ella. En Venezuela hemos visto tantas veces esa escena que ya forma parte del paisaje político: funcionarios que descubren de repente los problemas que durante años ayudaron a sostener, justificar o simplemente ignorar.

Ayer comentábamos cómo algunos altos dirigentes pretendían lavarse las manos denunciando el retardo procesal, la corrupción judicial o la matraca policial, como si todo aquello hubiese aparecido espontáneamente en el país y no dentro de una estructura que ellos mismos han defendido durante años. Hoy la escena vuelve a repetirse.

La diferencia es que cada vez resulta más difícil encontrar espectadores dispuestos a creer en la representación.

La sorpresa que llegó siete años tarde

Según se informó públicamente, un ciudadano habría permanecido siete años detenido en un recinto policial sin ser presentado ante un tribunal. La sola dimensión temporal del caso resulta estremecedora.

Siete años no son un error administrativo. No son una demora accidental. No son un expediente extraviado en una gaveta. Siete años representan una falla estructural de enormes proporciones.

Por eso resulta inevitable formular una pregunta elemental: ¿cómo puede alguien mostrarse sorprendido por una situación que, de ser cierta, habría ocurrido durante tantos años a la vista de numerosas instituciones del Estado?

La pregunta trasciende nombres propios. Lo importante no es únicamente quién expresa hoy su asombro. Lo relevante es entender el patrón.

Porque estamos ante una práctica recurrente: descubrir el desastre únicamente cuando ya resulta imposible ocultarlo.

La opereta del disimulo

Existe una diferencia fundamental entre reconocer errores y fingir desconocimiento.

Reconocer errores implica asumir responsabilidades. Fingir desconocimiento consiste en actuar como si los hechos hubiesen ocurrido en otro planeta y bajo la supervisión de otras personas.

Eso es precisamente lo que muchos venezolanos perciben cuando observan a determinadas figuras públicas manifestar desconcierto ante problemas que llevan años denunciando organizaciones civiles, familiares de víctimas, abogados, periodistas y defensores de derechos humanos.

La escena se repite con demasiada frecuencia:

  • Primero se niega el problema.
  • Luego se desacredita a quienes lo denuncian.
  • Más tarde se minimiza su importancia.
  • Finalmente, cuando ya no puede ocultarse, se expresa sorpresa e indignación.

El resultado es una especie de teatro político donde todos aparentan descubrir una realidad que la sociedad conoce desde hace mucho tiempo.

Pero esa representación parece diseñada para otros públicos. No para los venezolanos.

A estas alturas, la mayoría sabe distinguir entre una investigación genuina y una operación de control de daños.

La responsabilidad no termina en los ejecutores

En cualquier sistema institucional serio existe un principio básico: la responsabilidad no desaparece a medida que se asciende en la jerarquía.

Por el contrario, aumenta.

Quien dirige una institución responde por las decisiones que adopta y también por los mecanismos que permite, tolera o deja de corregir.

Este principio resulta especialmente importante cuando se analizan violaciones graves de derechos fundamentales, abusos de poder o prácticas sistemáticas que terminan afectando a miles de personas.

La historia ofrece numerosas lecciones sobre este punto. Los sistemas de abuso no funcionan únicamente por la acción de quienes ejecutan órdenes. Funcionan porque existen estructuras que los diseñan, los legitiman, los protegen o los convierten en política de Estado.

Reducir toda responsabilidad a funcionarios de menor rango puede convertirse en una forma de proteger a quienes ejercían el verdadero control.

Y allí reside uno de los mayores riesgos de cualquier proceso de rendición de cuentas incompleto.

El foco no puede moverse

Es legítimo exigir responsabilidades individuales. Cada funcionario debe responder por sus actos. Cada decisión tiene consecuencias. Cada abuso merece investigación y sanción dentro del marco de la ley.

Pero sería un error permitir que la discusión termine exclusivamente en los ejecutores más visibles mientras se diluye el debate sobre la cadena de mando.

La pregunta central no es únicamente quién ejecutó determinadas acciones. También importa quién diseñó las políticas, quién creó los incentivos, quién mantuvo los mecanismos y quién se benefició políticamente de ellos.

Cuando una sociedad pierde de vista esa diferencia, corre el riesgo de confundir síntomas con causas.

Y cuando eso ocurre, la impunidad encuentra nuevas formas de sobrevivir.

Memoria, justicia y verdad

La experiencia internacional demuestra que los procesos de justicia más sólidos son aquellos que logran combinar tres elementos fundamentales:

  • La verdad sobre los hechos ocurridos.
  • La identificación de responsabilidades individuales.
  • La comprensión completa de cómo funcionó el sistema que permitió los abusos.

Si falta cualquiera de esos elementos, la sociedad corre el riesgo de quedarse con una versión incompleta de su propia historia.

Como suele decir Víctor Escalona: "La impunidad comienza cuando olvidamos quién tomó las decisiones y termina cuando la verdad alcanza toda la cadena de responsabilidad".

Por eso resulta tan importante no distraerse con la escenografía del momento. Los gestos de sorpresa pueden generar titulares. Las declaraciones indignadas pueden producir ruido mediático. Pero ninguna de esas cosas sustituye la obligación de responder preguntas fundamentales.

¿Quién sabía? ¿Quién decidió? ¿Quién permitió? ¿Quién se benefició?

Mientras esas preguntas permanezcan abiertas, el debate seguirá siendo mucho más profundo que cualquier episodio aislado.

Porque la verdadera discusión no gira alrededor de una sorpresa tardía. Gira alrededor de un sistema completo y de las responsabilidades que inevitablemente acompañan al ejercicio del poder.

El periodismo independiente tiene precisamente la tarea de recordar esas preguntas cuando otros intentan olvidarlas. De mantener el foco donde corresponde. De resistirse a la tentación del espectáculo para concentrarse en los hechos, las responsabilidades y la memoria.

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