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lunes, 6 de julio de 2026

¿De qué República habla Delcy Rodríguez?

RadioAmericaVe.com / Opinión. / Matías Ricardo Escalona.

 

La palabra República exige separación de poderes, Estado de derecho y soberanía popular real.

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Cuando Delcy Rodríguez habla de República e institucionalidad, la pregunta no es retórica: ¿de cuál República habla? ¿De qué institucionalidad exactamente? Porque las palabras públicas no pueden ser disfraces. Una República no existe porque alguien la pronuncie en cadena, ni porque un poder la invoque entre banderas, decretos y gestos solemnes. Una República existe cuando sus instituciones limitan al poder, protegen al ciudadano y reconocen que la soberanía no pertenece a un grupo, a una cúpula ni a una familia política, sino al pueblo.

Por eso la palabra República, en boca de quienes han administrado durante años la destrucción institucional de Venezuela, suena más a recurso de propaganda que a concepto político. Se usa como escudo, no como compromiso; Se pronuncia para vestir de legalidad una realidad que la contradice. Se invoca para pedir obediencia, no para rendir cuentas.

Y allí está el centro del problema: no basta decir “República” cuando el país vive sin los requisitos mínimos que hacen republicano a un sistema.

Las tres columnas que no se pueden fingir

Una República moderna necesita, al menos, tres columnas básicas. No son adornos académicos ni frases para discursos. Son condiciones esenciales para que el poder no se convierta en abuso y para que el ciudadano no quede reducido a súbdito.

  • Separación de poderes: que el Ejecutivo no controle a su antojo al Parlamento, a los tribunales, a los órganos electorales, a la Fiscalía, a la Contraloría ni a las instituciones llamadas a vigilarlo.
  • Estado de derecho: que la ley sea límite real para todos, no instrumento selectivo contra adversarios, periodistas, dirigentes sociales, militares incómodos o ciudadanos que reclaman.
  • Soberanía popular efectiva: que el voto, la participación, la protesta, la organización ciudadana y la alternancia tengan consecuencias reales, no solo valor decorativo.

Cuando esas tres columnas no están en pie, la palabra República queda vacía. Puede haber banderas, himnos, uniformes, salones oficiales, sentencias, actos protocolares y comunicados. Pero eso no alcanza. Una República no es una escenografía. Es una arquitectura de límites.

En Venezuela, el problema no es que falten palabras. Sobran. Lo que falta es correspondencia entre la palabra y la realidad. Se habla de institucionalidad mientras las instituciones lucen subordinadas; Se habla de pueblo mientras se le teme al pueblo organizado. Se habla de estabilidad mientras el país tiembla por abajo: por los escombros, por el hambre, por la rabia, por la incertidumbre y por la fractura moral de un sistema que ya no convence ni a muchos de los suyos.

¿A quién intenta convencer?

La pregunta siguiente es inevitable: ¿a quién le habla Delcy cuando apela a la República? Los países democráticos del mundo conocen suficientemente el expediente venezolano. Nadie medianamente informado confunde formalidad con legitimidad, ni declaraciones oficiales con institucionalidad verdadera. La comunidad internacional puede actuar con intereses, prudencias, cálculos o contradicciones, pero no por ingenuidad absoluta.

Entonces, ¿habla hacia afuera o habla hacia adentro? ¿Habla a los ciudadanos o a las estructuras de poder? ¿Habla al país real o a quienes todavía necesitan creer que el edificio político se mantiene firme?

La tragedia de los terremotos dejó al descubierto demasiadas grietas. No solo en los edificios, sino en el relato. La gente vio ausencia, improvisación, centros de ayuda obstaculizados, familiares sin respuesta, ciudadanos rescatando ciudadanos y una administración más preocupada por controlar la narrativa que por reconocer el tamaño humano del desastre. En ese contexto, invocar la República resulta casi una provocación.

Porque si hubiera institucionalidad, habría información completa, verificable y diaria. Habría listas públicas de fallecidos, heridos, desaparecidos y rescatados, tratadas con dignidad y rigor; Habría coordinación transparente con rescatistas, hospitales, alcaldías, iglesias, universidades, gremios y organismos humanitarios; Habría auditoría de responsabilidades; Habría respeto a la prensa. Habría humildad.

Lo que hubo, en demasiados momentos, fue control.

El ruido que no se puede tapar

En Venezuela circulan rumores, versiones, lecturas y señales sobre tensiones internas. Algunas pueden ser ciertas, otras exageradas, otras interesadas. Un medio serio no debe convertir rumores en hechos. Pero sí puede señalar algo evidente: cuando un poder necesita insistir demasiado en su institucionalidad, muchas veces está hablándole a sus propias fisuras.

La historia política enseña que los regímenes cerrados rara vez caen por una sola presión. Se desgastan por acumulación: crisis económica, pérdida de legitimidad, fracturas internas, presión social, aislamiento, errores propios, cansancio moral, disputas entre grupos de poder y momentos de tragedia que muestran, sin maquillaje, la incapacidad de proteger a la gente.

En esos momentos, el lenguaje oficial se vuelve más solemne. Se invoca la patria, la República, la paz, la unidad, la institucionalidad. Pero detrás de esa solemnidad puede haber miedo. Miedo a que el país real se levante emocionalmente; Miedo a que las bases ya no respondan; Miedo a que los aliados calculen. Miedo a que los uniformados miren alrededor y entiendan que también ellos cargan con el costo de sostener una ficción.

No hace falta exagerar ni anunciar desenlaces. Basta observar la tensión; Basta escuchar el tono. Basta advertir que la palabra “República” está siendo usada menos como descripción y más como conjuro.

La República no se decreta: se demuestra

Delcy Rodríguez puede decir institucionalidad todas las veces que quiera. Pero la institucionalidad se demuestra de otra manera: permitiendo control independiente, aceptando límites, abriendo información, respetando a quienes disienten, reconociendo responsabilidades, protegiendo a las víctimas, dejando trabajar a periodistas y rescatistas, y entendiendo que ningún cargo público está por encima de la nación.

Una República no teme a las preguntas; Una República no trata al ciudadano como enemigo; Una República no mira la ayuda humanitaria como amenaza; Una República no usa la tragedia para blindar al poder. Una República no confunde autoridad con impunidad.

Cuando el hospital se cae, cuando las familias buscan bajo los escombros, cuando los rescatistas trabajan al límite y cuando el país entero pide luz, agua, nombres, medicinas, equipos y verdad, la República no puede ser un vocablo decorativo. Tiene que ser presencia concreta; Tiene que ser auxilio; Tiene que ser justicia. Tiene que ser protección.

Como suele decir Víctor Escalona, “la República empieza donde el poder acepta que no es dueño del ciudadano”. Esa frase resume el abismo venezolano: aquí el poder sigue hablando como si la gente le perteneciera, cuando en realidad es el poder quien debe obediencia a la gente.

Fe, memoria y responsabilidad

En estos días duros, muchos venezolanos han vuelto a mirar al cielo no como fuga, sino como necesidad. Hay dolores que no caben en el análisis político; Hay familias que no necesitan teoría, sino consuelo. Hay sobrevivientes que no necesitan discursos, sino manos, medicinas, agua, comida, silencio respetuoso y esperanza.

Por eso la crítica política no debe deshumanizar la tragedia. Al contrario: debe impedir que la tragedia sea administrada como expediente de poder. Debe recordar que bajo cada cifra hay una vida. Bajo cada edificio caído hay una historia. Bajo cada nombre ausente hay una familia que espera.

Y también debe pedir, con la humildad de quienes saben que Venezuela necesita algo más que cálculo político, que Dios proteja a quienes siguen bajo los escombros, guíe a los rescatistas, sostenga al personal de salud, ilumine a las familias y conceda a este país la fuerza moral para levantarse sin olvidar.

En RadioAmericaVe.com y Vierne5 creemos que el periodismo independiente debe hacer precisamente eso: mirar la realidad con humanidad y firmeza, sin convertir la fe en propaganda ni la política en espectáculo. Preguntar de qué República habla el poder no es una provocación gratuita. Es una obligación ciudadana.

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Amanecerá y veremos, como dice el país cuando ya no se fía de los discursos pero todavía conserva esperanza. Lo cierto es que Venezuela no necesita más invocaciones vacías a la institucionalidad. Necesita instituciones reales. No necesita que le hablen de República desde el poder; necesita que el poder se someta, por fin, a los principios de una República. 

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