RadioAmericaVe.com / Opinión. / Matías Ricardo Escalona Cardinale.
El pueblo que salió a ayudar tras la tragedia empezará a hablar. El poder no sabe escucharlo.

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El pueblo que salió espontáneamente a ayudar no se va a quedar callado para siempre. Primero removió escombros, cargó agua, abrió centros de acopio, compartió información, buscó desaparecidos, atendió heridos y sostuvo a familias que no tenían a quién acudir. Pero después de ayudar, ese mismo pueblo comenzará a preguntar. Y cuando pregunte, los interinos del poder, los administradores de la emergencia y los remanentes del régimen descubrirán algo que nunca quisieron aprender: no tienen cómo escuchar a una sociedad que siempre han despreciado.
No tienen cómo hacerlo porque nunca han visto al pueblo como sujeto. Lo quieren subordinado, agradecido, silencioso, útil para la foto, funcional para la propaganda e instrumental para sus ventajas. Pero no lo quieren empoderado. No lo quieren independiente; No lo quieren irreverente. No lo quieren capaz de organizarse sin permiso ni de denunciar sin pedir bendición.
Ese es el nudo del autoritarismo venezolano: el poder no escucha; clasifica. No atiende; sospecha. No responde; acusa.
Cuando el ciudadano deja de pedir permiso
La tragedia abrió una rendija que el aparato no puede cerrar del todo. Durante años, el poder intentó domesticar la vida pública: quién habla, dónde se ayuda, quién informa, quién coordina, quién recibe, quién denuncia y quién aparece. Pero una catástrofe rompe los manuales. Cuando hay gente bajo los escombros, el ciudadano no espera una línea oficial. Sale. Busca. Grita. Organiza. Graba. Llama. Comparte. Improvisa. Ayuda.
Y allí ocurre algo políticamente peligroso para cualquier régimen autoritario: la gente descubre su propia capacidad. Descubre que puede actuar sin tutela. Descubre que puede coordinarse con vecinos, médicos, iglesias, voluntarios, periodistas, familiares, motorizados, comerciantes y jóvenes que no tienen cargo ni uniforme, pero sí urgencia moral.
Ese pueblo que se movió sin permiso empieza a hacerse preguntas inevitables:
- ¿Por qué tuvimos que rescatar nosotros si el Estado decía estar preparado?
- ¿Por qué faltaron equipos, maquinaria, listas, ambulancias, linternas, información y presencia organizada?
- ¿Por qué ayudar puede volverse sospechoso?
- ¿Por qué quien denuncia es tratado como enemigo?
- ¿Por qué la prioridad del poder parece ser controlar el relato y no aliviar el dolor?
Cuando esas preguntas se multiplican, el problema deja de ser solo humanitario. Se vuelve político en el sentido más profundo: el ciudadano deja de verse como beneficiario pasivo y empieza a verse como dueño de una verdad que el poder intenta ocultar.
La lógica que convierte a la víctima en sospechosa
En la mentalidad autoritaria, una ciudadana incómoda no es una ciudadana: es una infiltrada. Una madre que reclama no es una madre: es una opositora. Un vecino que denuncia no es un testigo: es parte de una operación. Una voluntaria que organiza no es una ayuda: es un riesgo. Una voz como Damely, si incomoda al poder, no será escuchada como persona, sino reducida a etiqueta.
Esa es la miseria moral del sistema. No logra mirar a la gente con humanidad. Todo lo interpreta desde la paranoia política. Si alguien no “colabora” en los términos del poder, entonces estorba: Si alguien no repite el libreto, entonces conspira. Si alguien exige verdad, entonces desestabiliza.
Por eso los voceros del régimen y sus herederos políticos fracasan cuando la sociedad se expresa desde el dolor. No saben qué hacer con una voz que no busca cargo, que no quiere negociar una cuota, que no está pidiendo permiso, que no cabe en el lenguaje de la obediencia. No saben escuchar a alguien que simplemente dice: aquí hay víctimas, aquí falta ayuda, aquí nos dejaron solos.
El autoritarismo puede administrar instituciones capturadas, pero se vuelve torpe ante la dignidad espontánea.
La metamorfosis que nunca ocurre
Delcy Rodríguez y su entorno tendrían que vivir una metamorfosis inversa a la de Gregorio Samsa: pasar de bichos políticos a personas capaces de empatizar. Tendrían que dejar de arrastrarse por los reflejos del control, la sospecha, la propaganda y el cálculo, para recuperar una forma mínima de humanidad pública; Tendrían que entender que gobernar no es vigilar al ciudadano, sino servirlo. Tendrían que dejar de fastidiar a un país que ya carga demasiadas ruinas.
Pero esa transformación no va a ocurrir. No porque sea imposible en términos humanos, sino porque el sistema está construido para impedirla. Quien se humaniza demasiado dentro de una maquinaria autoritaria deja de servirle a la maquinaria; Quien escucha de verdad empieza a dudar. Quien duda empieza a incomodar. Y quien incomoda termina siendo apartado, silenciado o devorado.
Por eso el déficit de legitimidad de los remanentes del régimen seguirá creciendo. No hay solución endógena posible mientras el poder insista en mirarse a sí mismo como víctima y al pueblo como amenaza. Cada día de opacidad, cada denuncia desatendida, cada centro de ayuda obstaculizado, cada familiar ignorado y cada pregunta tratada como conspiración agrega una grieta más a una estructura ya debilitada.
Caracas no permite esconderlo todo
Hay un elemento que vuelve esta tragedia especialmente difícil de tapar: ocurrió en el centro del país y golpeó con fuerza el área metropolitana de Caracas. Venezuela es una república absolutamente centralizada, y esa centralización también decide qué dolores se ven y cuáles quedan en penumbra. Si una tragedia ocurre en la periferia profunda, en un pueblo lejano, en una zona sin cámaras, sin corresponsales, sin embajadas cerca y sin redes de influencia, el poder suele confiar en el olvido.
Si el sismo hubiera golpeado únicamente a Güiria, Timotes o cualquier comunidad apartada, tal vez un velo de indiferencia habría caído más rápido sobre los muertos, los heridos, los damnificados y los desaparecidos. No porque esas vidas valgan menos, sino porque el sistema ha demostrado demasiadas veces que la periferia venezolana puede ser abandonada sin costo inmediato para quienes mandan desde la capital.
Pero esta vez la tragedia tocó el centro simbólico, político, mediático y administrativo del país. Tocó Caracas y sus alrededores. Tocó lugares donde hay ojos, teléfonos, corresponsales, instituciones, embajadas, redes familiares, memoria urbana y capacidad de amplificación. Eso hace que ocultar, maquillar o administrar el dolor sea mucho más difícil.
El país vio. Y cuando un país ve, luego recuerda.
La legitimidad no se decreta
La legitimidad no se obtiene con cargos, comunicados ni cadenas. Se construye en la relación concreta entre poder y ciudadanía; Se gana cuando la gente siente que quien manda protege, informa, responde y se hace responsable. Se pierde cuando la gente percibe que quien manda evade, acusa, manipula o se esconde.
Después de esta tragedia, la pregunta por la legitimidad ya no es abstracta. Está en los escombros; Está en las listas incompletas. Está en los familiares que buscan; Está en la ausencia de respuestas; Está en las manos de los voluntarios; Está en la rabia de quienes ayudaron y ahora empiezan a entender que no solo faltaron recursos: faltó Estado.
Como suele decir Víctor Escalona, “el pueblo obedece por miedo durante un tiempo, pero escucha a su conciencia cuando el dolor le rompe la paciencia”. Esa frase resume el punto exacto de esta hora venezolana. La tragedia no solo produjo duelo. Produjo conciencia.
En RadioAmericaVe.com y Vierne5 creemos que el periodismo independiente debe acompañar esa conciencia, no sustituirla. Debe ayudar a ordenar preguntas, preservar testimonios, abrir espacio a las voces civiles y recordar que ninguna autoridad tiene derecho a pedir silencio cuando la gente todavía busca respuestas. La solidaridad sin memoria se agota; la memoria con organización puede convertirse en exigencia democrática.
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El pueblo que ayudó comenzará a hablar. Y cuando lo haga, los administradores del poder descubrirán que no basta con mandar si ya nadie cree; no basta con acusar si todos vieron; no basta con controlar si la dignidad civil aprendió a moverse sola. Venezuela está entrando en una etapa donde la ayuda espontánea puede convertirse en voz pública, y esa voz será difícil de domesticar.
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