¿Y ahora qué? - Radio America VE
planeta tierra girando circulo logo radio america ve

Volumen:

100

Últimas noticias

miércoles, 8 de julio de 2026

¿Y ahora qué?

RadioAmericaVe.com  / Editorial.

 

Terminó la emergencia inicial. Ahora Venezuela debe decidir cómo reconstruirse, quién audita la ayuda y bajo qué reglas se salvará la República.

y ahora que

Reconstrucción de Venezuela, transición y reconstrucción, soberanía compartida, ciudadano constructor

¿Y ahora qué? La pregunta ya no puede formularse como un grito de angustia ni como un reflejo de desconcierto. Tiene que convertirse en un ultimátum a la acción planificada. Las operaciones de rescate entran en su cierre formal, la demolición controlada y la remoción de escombros toman el relevo, y con ese cambio de fase también cambia la naturaleza del país. La Venezuela del sobresalto inmediato está dando paso a la Venezuela de las decisiones estructurales. El problema ya no es solo quién salva hoy, sino quién ordena mañana. Quién administra el territorio herido; Quién audita los miles de millones de dólares en ayuda multilateral. Quién fija las reglas morales, técnicas e institucionales con las que la República civil deberá sobrevivir lo que resta del bienio 2026-2027.

Ese es el centro de este editorial. Venezuela no puede permanecer en un limbo contemplativo mientras la emergencia se transforma en nuevo statu quo. El sismo del 24 de junio quebró paredes, carreteras, barrios y hospitales, pero también destruyó la comodidad de creer que todavía había tiempo para administrar el país a medias. Hoy la pregunta “¿Y ahora qué?” exige respuestas concretas, no estados de ánimo. Exige una arquitectura de poder, de vigilancia y de reconstrucción. Exige entender que el futuro no se va a decidir en abstracto, sino en contratos, en mapas de riesgo, en reglas de convivencia entre poder interno y apoyo internacional, en cronogramas verificables y en la conducta diaria de una ciudadanía que ya no puede permitirse delegarlo todo.

La tragedia dejó una página en blanco, pero no permanecerá vacía por mucho tiempo. O los venezolanos la escriben con criterio propio, o la escribirán otros; o se convierte en el borrador serio de un nuevo pacto nacional, o en el acta informal de una tutela externa prolongada y una soberanía disminuida. A estas alturas, la neutralidad ya no existe. También la indecisión es una forma de escoger.

Como ha dicho Víctor Escalona, “A veces, el verdadero cambio no empieza en la calle, sino en lo que decides pensar cada mañana”. Venezuela necesita decidir pensar esto con adultez: la emergencia terminó como reflejo emocional, pero acaba de empezar como prueba histórica.

El fin de la emergencia no trae alivio automático

Muchas sociedades cometen el mismo error cuando abandonan la fase aguda de una catástrofe: creen que el simple paso del rescate a la reconstrucción introduce por sí mismo una normalidad. No es así. Lo que ocurre es exactamente lo contrario. Cuando los reflectores del rescate se apagan, quedan expuestas las preguntas más incómodas. Cómo se gobierna un territorio herido; Cómo se decide qué se reconstruye primero; Cómo se evita que la ayuda internacional se convierta en botín, propaganda o dependencia. Cómo se protege a una población exhausta del doble abuso de la corrupción y del abandono.

Venezuela ha entrado en ese momento. La emoción del rescate daba, al menos, una dirección moral clara: salvar vidas. La etapa que empieza ahora es más difícil porque exige jerarquizar, administrar, vigilar y decidir. Y decidir, en un país como este, significa tocar intereses, desmontar inercias, fijar prioridades y aceptar que no todo podrá hacerse al mismo tiempo. En otras palabras: la fase que comienza exige gobierno real.

Por eso este editorial insiste en una idea incómoda: el país no está saliendo del peligro, está entrando en una forma nueva de peligro. El caos visible puede disminuir mientras crece el caos administrativo. Los escombros pueden empezar a retirarse mientras se amontonan opacidades, intermediaciones y disputas por el control de los recursos. La República no será salvada únicamente por la eficacia de las maquinarias; lo será, sobre todo, por la calidad moral y política con que se ordene la etapa que sigue.

Soberanía compartida o soberanía vaciada

La presencia norteamericana en los despachos de Caracas, con coordinación militar, técnica y financiera avalada por organismos multilaterales, confirma algo que ya no puede negarse: Venezuela está viviendo una soberanía compartida de facto. Esa realidad puede ser útil o humillante, dependiendo de cómo se gestione. Útil si la clase política local entiende que la cohabitación técnica debe servir para proteger el interés nacional, ordenar la reconstrucción y transferir capacidad institucional. Humillante si los actores internos se limitan a mirar, a sellar papeles y a simular protagonismo mientras las decisiones esenciales se toman fuera de su voluntad.

Ese es el verdadero impacto del llamado plan de tres fases que sigue avanzando a paso firme. No se trata solo de una hoja de ruta externa, sino de un examen interno. ¿Actuará la dirigencia venezolana como mera oficina de recepción de decisiones ajenas, o asumirá con dignidad la tarea de negociar, condicionar, vigilar y defender prioridades nacionales dentro de esa cooperación forzosa? La diferencia entre ambas opciones es enorme. En una, el país empieza a reconstruirse con asistencia. En la otra, aprende a obedecer sin gobernarse.

No hay que caer en un falso dilema. Negar la cooperación en nombre de una soberanía vacía sería irresponsable. Pero aceptar la cooperación sin construir una contraparte nacional seria, competente y moralmente firme sería suicida. La pregunta “¿Y ahora qué?” obliga precisamente a resolver esa tensión. Venezuela necesita apoyo, pero no puede resignarse a ser administrada.

La soberanía compartida solo será defendible si se sostiene sobre estas bases

  • una contraparte civil venezolana capaz de fijar prioridades nacionales,
  • auditoría pública e independiente de cada tramo del financiamiento internacional,
  • criterios técnicos transparentes para reconstrucción, reasentamiento y obra pública,
  • plazos y responsabilidades claras entre cooperación externa y autoridad local,
  • una ciudadanía vigilante que impida que la asistencia se transforme en tutelaje opaco.

La soberanía no se defiende negando la realidad. Se defiende entrando en ella con carácter, con método y con conciencia nacional.

No habrá CNE creíble sobre ruinas ingobernables

La segunda gran tensión que atraviesa este momento es la del cronograma electoral frente a la realidad física del desastre. Mientras la comisión de los seis representantes intenta rescatar la agenda de un nuevo Consejo Nacional Electoral antes de diciembre de 2026, y mientras María Corina Machado presiona el tablero desde el frente popular exigiendo acelerar la etapa definitiva, el suelo venezolano impone sus propias condiciones. La pregunta ya no es si ambas agendas son importantes. Lo son. La pregunta es si pueden seguir actuando como si pertenecieran a universos distintos.

La respuesta es no. No habrá elecciones legítimas ni sostenibles si La Guaira y los principales cuadrantes de Caracas continúan bajo una combinación de escombros, desplazamiento social y redes hospitalarias en coma. No habrá credibilidad institucional si la gente siente que la política corre por una pista separada de la realidad material. La reinstitucionalización tendrá que marchar al mismo ritmo que la reconstrucción urbana. De otro modo, incluso un avance formal en la agenda del CNE podría nacer vacío, sin el tejido civil y territorial capaz de darle sostén.

La mesa técnica y el liderazgo popular deben entender algo elemental: el país ya no puede elegir entre institucionalidad y reconstrucción, porque ambas dependen mutuamente. Un árbitro electoral confiable será indispensable para restaurar legitimidad. Pero esa legitimidad se erosionará desde el primer día si las ciudades siguen siendo trampas, si el sistema sanitario no respira y si miles de familias continúan atrapadas en la provisionalidad sin horizonte de orden.

La última respuesta no vendrá de arriba

La línea editorial de Vierne5 entra aquí en una fase de mayor definición. Si las instituciones tradicionales demostraron estar rebasadas, y si la cooperación externa no puede convertirse en sustituto permanente de la voluntad nacional, entonces la respuesta final a la pregunta “¿Y ahora qué?” no vendrá de las cúpulas ni de los decretos de las embajadas. Vendrá, si es que viene, del músculo de la sociedad civil organizada.

Ese cambio de eje no significa anarquizar el país ni idealizar la espontaneidad. Significa reconocer una verdad que la tragedia hizo inocultable: la ciudadanía es hoy el único actor con legitimidad transversal suficiente para vigilar, presionar y ordenar moralmente la reconstrucción. De ahí que el tránsito del pueblo espectador al pueblo constructor no sea un recurso literario, sino una necesidad operativa. Las bases comunitarias tendrán que asumir contraloría independiente sobre campamentos, distribución de auxilios, identificación de riesgos, prioridades territoriales y mecanismos de reasentamiento.

La vigilancia civil no debe entenderse como protesta perpetua, sino como arquitectura de responsabilidad. Organizar comités, levantar registros, exigir trazabilidad, denunciar desvíos, supervisar inventarios, comparar promesas con ejecuciones, verificar criterios de asignación: todo eso es política de la más alta calidad en una sociedad herida. Porque solo así puede evitarse que la ayuda humanitaria termine reproduciento el viejo país del favoritismo, la intermediación opaca y el clientelismo envuelto en lenguaje compasivo.

El periodismo independiente tiene en esta etapa una misión esencial. Vierne5 cree que la reconstrucción solo será decente si está acompañada por vigilancia ciudadana, verdad documental y una prensa capaz de preguntar lo que otros prefieren administrar en silencio. Cada aporte, incluso desde 1 €, ayuda a sostener una voz editorial que fiscaliza el poder, acompaña a la ciudadanía y se niega a convertir la tragedia en rutina.

Del campamento al contrato social

La respuesta de las bases no puede limitarse a sobrevivir. Tiene que empezar a construir un orden nuevo. Los campamentos transitorios no pueden consolidarse como depósitos de espera donde miles de familias queden suspendidas entre subsidio, incertidumbre y dependencia. Tienen que convertirse, con todas las limitaciones del caso, en espacios de organización, de contraloría y de reinserción civil. Allí se está jugando una parte silenciosa, pero decisiva, del país que viene.

El ciudadano constructor no es solo quien remueve escombros. Es también quien exige reglas. Quien entiende que la reconstrucción de una vivienda depende de la reconstrucción de la confianza pública. Quien sabe que un bloque mal colocado en una pared puede parecer un error técnico, pero un fondo mal administrado es una traición política. El nuevo poder moral de esta etapa será el de comunidades que no acepten ser tratadas como clientela, sino como sujetos de derecho y de vigilancia.

Ese es el único antídoto serio frente a la parálisis y frente al cálculo mezquino. Si la dirigencia política no siente presión desde una ciudadanía organizada, el país puede congelarse en un equilibrio profundamente injusto: ayuda externa arriba, sobrevivencia precaria abajo y una institucionalidad que llega siempre un paso tarde a su propia responsabilidad.

La ruta del ciudadano constructor y vigilante exige al menos estas tareas

  1. organizar contraloría comunitaria en campamentos y zonas de reasentamiento,
  2. vigilar de forma inflexible la distribución del auxilio humanitario,
  3. mapear riesgos, prioridades y necesidades con disciplina barrial,
  4. exigir que reconstrucción física e institucional avancen con el mismo ritmo,
  5. convertir la ayuda temporal en base de un nuevo orden civil y productivo.

La reconstrucción no empezará de verdad cuando llegue el próximo desembolso. Empezará cuando el país entienda que la asistencia sin ciudadanía organizada solo cambia de administrador, no de destino.

El veredicto del tiempo histórico

La pregunta del título ya tiene, por tanto, una respuesta parcial: ahora viene el tiempo de la administración moral del país. Ahora viene la prueba definitiva de si Venezuela será capaz de convertir el desastre en una refundación o si se limitará a sobrevivir bajo tutela y fatiga. Ahora viene la hora de definir quién manda de verdad, quién vigila de verdad, quién reconstruye con verdad. Y también la hora de aceptar que el vacío no dura mucho: si la dirigencia y el tejido social no llenan con orden este tiempo nuevo, lo llenarán la opacidad, la costumbre y el deterioro.

“¿Y ahora qué?” es el veredicto que el reloj de la transición le impone a la historia contemporánea de Venezuela. El sismo quebró estructuras del pasado, pero también dejó una página en blanco. Lo imperdonable sería permitir que otros la escriban por nosotros mientras aquí se discute todavía si llegó o no llegó el momento de actuar. Tomar el control de la reconstrucción, exigir coherencia moral, alinear la agenda electoral con la realidad urbana y elevar a la ciudadanía del papel de espectadora al de autora: esa es la única opción válida para levantar la República desde sus cimientos.

El tiempo corre. Y esta vez no corre solo contra una mesa, una figura o una sigla. Corre contra la posibilidad misma de que el país siga perteneciéndose. 

Comparte este editorial, suscríbete a RadioAmericaVe.com y Vierne5 y participa en esta conversación decisiva sobre reconstrucción, soberanía y responsabilidad nacional.  

¿Qué opinas? Escríbenos a [email protected]. Tu voz también cuenta.

Apoya a RadioAmericaVe.com y Vierne5: Donar desde 1 €

Recibe nuestros titulares directamente en tu correo.
Suscríbete gratis y mantente informado.

RadioAmericaVe.com / Editorial.

Victor Julio Escalona

Editor.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Pages