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lunes, 24 de agosto de 2026

El liderazgo que organiza y el que administra

RadioAmericaVe.com / Editorial.

 

Venezuela necesita liderazgo que organice ciudadanía, reconstruya capacidades y sustituya el reparto burocrático por mérito y control.

Liderazgo civil en Venezuela, ciudadanía organizada, liderazgo de reconstrucción, transición y meritocracia.

Hay dirigentes que administran problemas y dirigentes que organizan sociedades para resolverlos. La diferencia parece sencilla, pero en la Venezuela de hoy separa dos concepciones radicalmente distintas del poder. Administrar puede significar repartir oficinas, negociar cuotas, renovar subsidios, mantener campamentos funcionando y producir la apariencia de que el país continúa bajo control. Organizar significa algo mucho más exigente: articular ciudadanos, formar capacidades, ordenar prioridades, abrir las cuentas públicas y construir instituciones capaces de sobrevivir a quienes temporalmente las conducen.

La catástrofe ha convertido esa diferencia en una cuestión concreta. El balance consolidado mantiene 6.442 víctimas fatales, 29.521 personas desaparecidas, 16.740 heridos y 17.907 damnificados. Otras 18.437 personas permanecen alojadas provisionalmente en 94 campamentos transitorios, mientras Funvisis registra un acumulado de 1.203 réplicas. Detrás de cada número existe una familia esperando algo más que gestión de emergencia: espera una salida.

Y esa es precisamente la prueba del liderazgo. Mantener organizada una cola para recibir alimentos puede ser necesario. Conseguir que dentro de unos meses esa familia ya no necesite esa cola es gobernar. Coordinar un refugio es imprescindible durante la emergencia. Diseñar su cierre, construir vivienda segura y conectar a sus residentes con empleo es liderazgo.

La tesis de este editorial es clara: Venezuela necesita dirigentes capaces de organizar el futuro, no administradores profesionales de la provisionalidad. El liderazgo que administra convierte la transición en una sucesión de acuerdos, cargos, subsidios y controles. El liderazgo que organiza transforma ciudadanos dispersos en una sociedad capaz de vigilar, producir, exigir y reconstruir.

Administrar el limbo puede parecer gobernabilidad

Existe una forma de poder especialmente cómoda en tiempos de crisis: mantener las cosas funcionando lo suficiente para evitar el colapso, pero no transformarlas lo suficiente para dejar atrás la emergencia.

Los campamentos reciben suministros. Los subsidios continúan. Las reuniones se celebran. Las comisiones producen documentos. Los dirigentes ocupan espacios y las instituciones conservan sus nombres. Desde lejos, puede parecer estabilidad.

Pero un país no se reconstruye acumulando mecanismos provisionales.

Cuando los refugios no tienen fecha de cierre, los subsidios no poseen estrategia de salida y las instituciones transitorias prolongan indefinidamente su excepcionalidad, la administración termina convirtiéndose en una forma sofisticada de inmovilismo.

El liderazgo que administra aprende a manejar el problema. El liderazgo que organiza trabaja para hacerlo desaparecer.

La diferencia puede medirse en resultados concretos

  • administrar cuenta cuántas personas reciben ayuda; organizar mide cuántas dejaron de necesitarla;
  • administrar mantiene funcionando el campamento; organizar establece cómo y cuándo será cerrado;
  • administrar distribuye contratos; organizar crea reglas para que los mejores puedan competir;
  • administrar concentra información; organizar abre datos para que la sociedad pueda verificarlos;
  • administrar preserva posiciones; organizar construye instituciones que no dependan de personas.

La reconstrucción venezolana no puede permitirse una dirigencia satisfecha con mantener el país respirando. Necesita una que lo devuelva a la vida.

Organizar comienza por decir la verdad

Ningún liderazgo puede organizar seriamente una sociedad si manipula los datos sobre los que pretende tomar decisiones.

Las cifras de fallecidos, desaparecidos, heridos, damnificados y refugiados no son únicamente información humanitaria. Determinan presupuestos, alimentos, viviendas, hospitales y prioridades territoriales.

Maquillar una lista puede producir dos daños simultáneos: invisibilizar personas que necesitan atención y crear espacios donde los recursos puedan desviarse sin control.

El liderazgo que administra puede sentirse tentado a presentar números políticamente manejables. El que organiza comprende que la realidad, por dura que sea, constituye la única base desde la cual puede construirse una solución.

Por eso los censos deben ser actualizados, auditables y técnicamente defendibles. La ciudadanía no necesita conocer datos personales protegidos, pero sí debe poder verificar cifras agregadas, criterios de selección y distribución territorial de los recursos.

Organizar es convertir la verdad en sistema.

Una sociedad organizada no espera todo desde arriba

El liderazgo moderno no consiste en sustituir a la ciudadanía. Consiste en crear las condiciones para que pueda participar con responsabilidad.

Las barriadas afectadas necesitan comités civiles independientes capaces de seguir obras, verificar censos y observar la distribución de recursos. Los colegios profesionales pueden ayudar a evaluar proyectos. Las universidades pueden contribuir con conocimiento técnico. Los trabajadores pueden incorporarse mediante esquemas transparentes de capacitación y empleo.

No se trata de improvisar una administración paralela ni de sustituir las responsabilidades del Estado. Se trata de construir contrapesos y capacidades allí donde durante demasiado tiempo predominó la dependencia vertical.

Una sociedad organizada pregunta quién ejecuta una obra, cuánto cuesta y cuándo termina. También conoce sus propias responsabilidades y participa en la solución.

El pueblo constructor no es una consigna. Es una comunidad capaz de combinar herramienta y contraloría.

El dinero también revela qué clase de liderazgo existe

La reconstrucción se desarrolla bajo una compleja arquitectura de financiamiento y cooperación exterior. Los ingresos petroleros, los créditos multilaterales y la participación logística internacional otorgan a la recuperación una dimensión económica y geopolítica extraordinaria.

En ese escenario, administrar simplemente el flujo de caja no basta. Hay que convertir ese capital en capacidad productiva nacional.

Cada recurso extraordinario debería dejar infraestructura, pero también trabajadores capacitados, empresas responsables fortalecidas, instituciones mejor preparadas y procedimientos que puedan seguir funcionando cuando disminuya la asistencia externa.

El liderazgo que administra puede utilizar los fondos para prolongar subsidios, alimentar redes burocráticas o distribuir oportunidades según cercanía política. El liderazgo que organiza utiliza el mismo dinero para reducir dependencia.

El capital de reconstrucción debería evaluarse por cuatro resultados

  1. qué obra verificable produjo;
  2. cuánto empleo local formal generó;
  3. qué capacidad técnica dejó instalada;
  4. cuánto redujo la dependencia de mecanismos extraordinarios.

La soberanía no se recupera proclamándola. Se recupera cuando un país vuelve a ser capaz de hacer por sí mismo aquello que hoy necesita que otros hagan.

El subsidio necesita dirección, no eternidad

Hay ciudadanos que necesitan asistencia inmediata y continuarán necesitándola durante algún tiempo. Una política responsable no abandona a quien perdió vivienda, trabajo o capacidad de sostenerse.

Pero tampoco convierte esa protección en destino.

Cada subsidio debe estar unido a una ruta posible hacia la autonomía. Para unos será empleo; para otros, capacitación; para familias especialmente vulnerables, una protección de mayor duración. La respuesta no tiene que ser idéntica, pero sí debe existir una dirección.

La reconstrucción ofrece precisamente una oportunidad para vincular asistencia y trabajo. Se necesitarán profesionales, albañiles, electricistas, soldadores, operadores de maquinaria, técnicos, transportistas y numerosos oficios.

Organizar significa identificar esas capacidades entre la población afectada, capacitarlas cuando sea necesario y facilitar su incorporación mediante procesos transparentes.

Administrar desplazados cuesta dinero. Organizar trabajadores reconstruye valor.

El periodismo independiente también forma parte de una sociedad organizada. RadioAmericaVe.com y Vierne5 creen que preguntar quién decide, seguir cada fondo y contrastar lo anunciado con lo ejecutado ayuda a impedir que la transición quede reservada a quienes ocupan oficinas. Una ciudadanía informada está mejor preparada para vigilar y participar.

Las mesas de negociación también necesitan otro liderazgo

La diferencia entre administrar y organizar aparece con especial claridad en la política.

Mientras la comisión técnica de seis representantes encabezada por Dinorah Figuera avanza en las conversaciones orientadas a renovar el CNE y el TSJ de cara a diciembre de 2026, y desde las comunidades María Corina Machado impulsa la demanda de un “cambio de raíz”, Venezuela enfrenta el riesgo de reproducir uno de sus viejos hábitos: confundir negociación con reparto.

Un liderazgo administrativo pregunta cuántas posiciones obtiene cada sector. Un liderazgo organizador pregunta qué institución necesita el país y qué persona posee las condiciones profesionales y éticas para servir en ella.

La diferencia es enorme.

Un nuevo CNE no será mejor porque distribuya equilibradamente cuotas entre actores enfrentados. Será mejor si sus integrantes pueden actuar con independencia, competencia y transparencia.

Un nuevo TSJ no recuperará legitimidad únicamente porque cambien algunos nombres. Tendrá que demostrar que la justicia puede dejar de funcionar como prolongación del poder político.

La sociedad tampoco puede aceptar que la emergencia material haga desaparecer los reclamos sobre derechos y presos políticos. La reconstrucción institucional debe ocurrir junto con la reconstrucción física.

Una negociación organizada alrededor del interés público debería ofrecer

  • criterios de mérito previamente definidos;
  • antecedentes públicos y verificables de los candidatos;
  • razones transparentes para cada selección;
  • reglas contra conflictos de interés;
  • mecanismos de observación ciudadana;
  • compromisos concretos con independencia institucional y derechos.

Si el proceso termina únicamente repartiendo oficinas, habrá administrado la transición sin organizar la República.

El liderazgo civil no necesita culto

Otro signo de madurez consiste en abandonar la idea de que el poder necesita permanentemente un caudillo, un uniforme o una figura providencial.

El liderazgo que organiza no fabrica dependencia personal. Distribuye responsabilidad.

Una fuerza pública profesional debe responder a la ley y proteger al ciudadano, no convertirse en actor político ni objeto de veneración. De la misma manera, los dirigentes civiles deben comprender que organizar un país significa crear instituciones que continúen funcionando cuando ellos ya no estén.

La personalización excesiva del poder es otra forma de provisionalidad. Todo depende de alguien; cuando ese alguien desaparece, el sistema vuelve a comenzar desde cero.

La República adulta necesita autoridad, pero autoridad limitada por normas. Necesita liderazgo, pero liderazgo sometido a rendición de cuentas.

Las instituciones también deben reconocer sus fracasos

Organizar el futuro requiere mirar de frente aquello que falló.

No puede reconstruirse la relación entre sociedad y Estado sin reconocer que muchas instituciones fueron incapaces de prevenir vulnerabilidades, controlar obras, garantizar servicios o proteger derechos.

Pedir perdón institucionalmente no significa realizar un acto ceremonial. Significa reconocer errores, identificar responsabilidades y cambiar procedimientos.

Una administración que se limita a sustituir funcionarios sin revisar por qué falló el sistema está destinada a reproducirlo.

El liderazgo que organiza transforma el fracaso en aprendizaje institucional.

La verdadera prueba del poder es volverse menos necesario

El liderazgo político suele medirse por cuánto poder concentra. En una democracia madura debería medirse también por cuánto poder devuelve.

Un buen dirigente organiza ciudadanos capaces de actuar sin pedir permiso para todo. Construye instituciones que toman decisiones mediante reglas. Forma profesionales que pueden reemplazarlo. Abre información para que pueda ser fiscalizado.

Paradójicamente, el mejor liderazgo es aquel que reduce la necesidad de depender permanentemente del líder.

Eso vale también para la cooperación exterior. Las restricciones internacionales que condicionan la transición recuerdan cuánto terreno institucional debe recuperar Venezuela. Si el país permanece incapaz de administrar fondos, reconstruir servicios y ofrecer garantías políticas, la tutela externa encontrará razones para prolongarse.

La respuesta no puede ser únicamente protestar contra esa tutela. Debe consistir en hacerla progresivamente innecesaria.

Organizar el mañana

El liderazgo que organiza y el que administra representan dos futuros posibles.

Uno mantiene el país dentro de la lógica del expediente, la cuota, el subsidio, la comisión y el campamento. Puede ofrecer estabilidad temporal, pero convierte el limbo en método de gobierno.

El otro organiza ciudadanos, crea empleo, abre datos, reconstruye barrios, profesionaliza instituciones y prepara al país para funcionar sin tutelas extraordinarias.

Administrar es necesario. Todo Estado debe hacerlo. El problema surge cuando la administración sustituye al propósito y conservar el sistema se convierte en una meta superior a transformarlo.

Venezuela necesita dirigentes capaces de entender que reconstruir no es únicamente levantar paredes. Es organizar relaciones sociales distintas alrededor del mérito, la ley y la responsabilidad.

El suelo continúa siendo inestable. Más peligrosa sería una dirigencia que se acostumbre a vivir sobre él sin construir nuevos cimientos.

El país no necesita más administradores del mañana. Necesita líderes capaces de organizarlo hoy.

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Victor Julio Escalona

Editor.

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