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lunes, 10 de agosto de 2026

¿Otro Punto Fijo, pero a la norteamericana?

RadioAmericaVe.com  / Opinión.

 

Una transición sin voto real puede administrar la crisis, pero no resolver el problema venezolano.

  • Negociación Venezuela Estados Unidos
  • Transición venezolana
  • Acuerdo político en Venezuela
  • María Corina Machado y Edmundo González

Venezuela corre el riesgo de entrar en una transición administrada, no necesariamente democrática. Ese es el punto incómodo que comienza a asomarse detrás del proceso político abierto a comienzos de agosto de 2026: una fórmula práctica, útil para Washington y funcional para Caracas, pero peligrosamente distante de lo que los venezolanos votaron, padecen y esperan. La pregunta, entonces, no es menor: ¿vamos hacia otro pacto de Punto Fijo, pero a la norteamericana?

La comparación no debe leerse de manera literal ni nostálgica. El Pacto de Punto Fijo original respondió a otro país, otro tiempo y otra arquitectura política. Pero la imagen sirve para advertir un riesgo: que un grupo limitado de actores termine ordenando el poder, los recursos, las licencias, los acuerdos económicos y la transición institucional sin resolver el problema esencial de Venezuela: la soberanía popular secuestrada.

Una transición verdadera debe devolverle la palabra al ciudadano. Una transición administrada puede apenas cambiar los administradores de la crisis.

El riesgo de una solución práctica sin democracia plena

Washington tiene intereses. Caracas tiene urgencias. Los operadores políticos tienen cálculos. Los empresarios quieren reglas. Los inversionistas piden seguridad jurídica. Los organismos internacionales necesitan interlocutores. Todo eso puede ser entendible. Pero la suma de intereses prácticos no equivale automáticamente a una solución democrática.

El problema aparece cuando la negociación se presenta como un acuerdo entre sectores representativos del pueblo venezolano, mientras se desplaza del centro político a quienes encarnaron el mandato opositor más visible: María Corina Machado y Edmundo González Urrutia. Se puede discutir la táctica, el formato, la conveniencia o la seguridad de cada actor. Pero no se puede borrar la realidad política: millones de venezolanos no votaron para que su voluntad fuera traducida luego por una mesa limitada, tutelada y opaca.

Una cosa es construir una salida responsable. Otra muy distinta es diseñar una estructura que permita administrar recursos, licencias y acuerdos sin tocar el núcleo del problema.

Ese núcleo es simple: Venezuela necesita elecciones libres, respeto al mandato ciudadano, desmontaje del aparato represivo, garantías reales y reconstrucción institucional. Todo lo que no avance hacia eso será administración de la crisis, no resolución de la crisis.

La diferencia entre lo que Washington desea y lo que vive Venezuela

Hay una gran diferencia entre lo que Washington puede considerar deseable y lo que viven los venezolanos dentro del país. Desde una oficina en Estados Unidos, la prioridad puede ser estabilizar, reducir riesgos, ordenar flujos migratorios, abrir negocios, controlar amenazas regionales, asegurar suministros, facilitar inversiones y evitar un colapso mayor. Son preocupaciones reales. Pero ninguna de ellas sustituye el hambre de libertad de una sociedad golpeada.

Desde dentro de Venezuela, el asunto no es solo macroeconómico ni geopolítico. Es cotidiano, doloroso y moral; Es la familia que no consigue medicinas; Es el comerciante extorsionado; Es el periodista intimidado; Es el preso político olvidado; Es el ciudadano que votó y vio cómo su voto era administrado por otros; Es la comunidad que vive bajo miedo; Es el joven que se fue; Es el viejo que se quedó. Es el país que no puede aguantar indefinidamente una vida suspendida.

Por eso una solución diseñada solo para que “las cosas funcionen” puede fracasar si no responde a la experiencia real de la gente. Venezuela no necesita únicamente funcionar. Necesita liberarse.

El chavismo puede ceder gestión y conservar control

El gran peligro de una transición mal planteada es que el chavismo ceda una parte de la gestión, pero conserve el control efectivo sobre los resortes decisivos de la vida nacional. Puede aceptar mecanismos económicos, licencias, mesas técnicas, reformas parciales, interlocutores nuevos y cierta normalización exterior, mientras mantiene intactas estructuras de vigilancia, coerción, impunidad y control territorial.

La pregunta que debe hacerse cualquier venezolano serio es esta: ¿qué cambia realmente si se abren negocios, pero siguen los mismos mecanismos de miedo? ¿Qué cambia si hay acuerdos económicos, pero no hay justicia independiente?; ¿Qué cambia si llegan inversiones, pero el ciudadano sigue sin poder decidir libremente? ¿Qué cambia si se habla de transición, pero los aparatos que sostuvieron la opresión siguen operando?

Ese es el punto más delicado. Una transición sin desmontaje institucional del autoritarismo puede convertirse en una fachada. Y una fachada con dinero nuevo puede ser incluso más peligrosa, porque le da oxígeno al mismo sistema que debería ser superado.

El país no puede ser administrado como expediente

Venezuela no es un expediente internacional. No es una carpeta de licencias; No es un mapa de recursos. No es una oportunidad de inversión esperando que algunos actores se pongan de acuerdo. Es una nación herida, con una sociedad exhausta y con un mandato democrático que no puede ser colocado entre paréntesis por conveniencia.

Si la nueva estructura que empieza a aparecer sirve para ordenar una transición hacia elecciones libres, bienvenida sea. Si sirve para garantizar prensa libre, respeto a los derechos humanos, retorno de exiliados, liberación de presos políticos, seguridad jurídica real y control civil democrático, entonces puede ser una herramienta útil. Pero si sirve para administrar recursos sin resolver el problema político, estaremos ante otra versión del viejo arte venezolano de postergar lo esencial.

Conviene distinguir con claridad:

  • Una transición democrática devuelve poder al ciudadano.
  • Una transición administrada reparte poder entre operadores.
  • Una negociación legítima reconoce el mandato electoral y lo protege.
  • Una negociación opaca usa al ciudadano como excusa y no como centro.
  • Un acuerdo útil al país desmonta el miedo, no lo normaliza.

El fantasma de las estructuras criminales

Mientras se habla de acuerdos, no puede ignorarse la preocupación de fondo sobre las redes criminales y los grupos armados que han sido señalados durante años como parte del ecosistema de poder, control territorial y economía ilícita en Venezuela. Cartel de los Soles, Tren de Aragua y otras estructuras similares forman parte del lenguaje público sobre el deterioro del Estado venezolano y sobre la penetración criminal en distintas capas de la vida nacional.

Un acuerdo político que no enfrente esa realidad quedaría incompleto desde el nacimiento. No basta con cambiar voceros, abrir cuentas, flexibilizar licencias o firmar compromisos. Un país no se reconstruye si las mafias siguen mandando en el territorio, si los cuerpos armados responden a lealtades oscuras, si la frontera continúa siendo tierra de nadie y si el ciudadano común sigue indefenso frente a grupos que operan con una mezcla de impunidad, miedo y complicidad.

La democracia no solo se mide en urnas. También se mide en quién controla la calle.

María Corina y Edmundo no pueden ser decorado ausente

Desplazar a María Corina Machado y a Edmundo González del centro de la representación democrática sería un error político y moral. No se trata de idolatría personal. Se trata de coherencia con el voto y con el proceso ciudadano que desafió al aparato oficial. Un país que arriesgó tanto para expresar una voluntad de cambio no puede aceptar que esa voluntad sea reinterpretada por conveniencia de una mesa.

Claro que toda transición exige amplitud; Claro que habrá que hablar con muchos sectores. Claro que se necesitarán técnicos, diplomáticos, economistas, juristas, gobernadores, alcaldes, empresarios, trabajadores, iglesias, universidades y sociedad civil. Pero amplitud no significa borrar el mandato principal. Incluir no es sustituir. Negociar no es desplazar.

La transición debe sumar actores sin desfigurar la voluntad popular.

Ni pecho de hierro ni lomos de algarrobo

Mientras los actores calculan, el tiempo sigue pasando. Y Venezuela no puede aguantarlo todo. Como decía aquel humor popular, no se puede resistir tanto “ni que el pecho fuera de hierro y los lomos de algarrobo”. La frase, entre cómica y amarga, captura algo profundo: los pueblos también se cansan. La paciencia no es infinita. La dignidad no puede vivir eternamente en modo espera.

El país necesita soluciones, sí. Pero no cualquier solución. Necesita una salida que no sacrifique la democracia en nombre de la estabilidad, que no convierta la reconstrucción económica en excusa para olvidar el voto, que no use la palabra pragmatismo para imponer una nueva estructura de control con sello internacional.

Como suele decir Víctor Escalona, “una transición que no devuelve poder al ciudadano solo cambia el administrador de la jaula”. Esa es la advertencia central. Venezuela no necesita una jaula mejor administrada. Necesita abrir la puerta.

En RadioAmericaVe.com y Vierne5 creemos que el periodismo independiente debe mirar este proceso con esperanza, pero sin obediencia. Hay que apoyar toda ruta que acerque al país a la libertad, pero también denunciar cualquier fórmula que pretenda cambiar gobernabilidad por silencio, licencias por legitimidad o estabilidad por resignación. 

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¿Vamos hacia otro pacto de Punto Fijo, pero a la norteamericana? Todavía no hay una respuesta cerrada. Pero sí hay una alerta clara: si el acuerdo administra recursos sin devolver soberanía, si desplaza a quienes representan el voto opositor, si normaliza al aparato sin desmontarlo y si confunde estabilidad con democracia, entonces Venezuela habrá cambiado de formato sin cambiar de fondo. 

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