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Por Matías Ricardo Escalona Cardinale
El acuerdo petrolero abre dudas sobre opacidad, soberanía, chavismo y futuro económico.

- Petróleo venezolano y Estados Unidos
- Acuerdo petrolero Delcy Rodríguez
- Venezuela OPEP y petróleo
- Apertura petrolera Venezuela
Todavía se están asentando las aguas del acuerdo petrolero anunciado el pasado viernes, y lo primero que se ve bajo la espuma es esto: mucho triquitraqui y poca claridad. Se habla de inversiones gigantescas, reservas bajo control estadounidense, campos estratégicos, eventual salida de la OPEP y beneficios económicos para Venezuela. Pero entre lo que dice Delcy Rodríguez, lo que publica Donald Trump, lo que reportan Axios, Bloomberg, Reuters y otros medios, y lo que todavía no aparece en documentos públicos completos, hay más niebla que certeza.
La prudencia obliga a separar dos cosas. Una es reconocer que Venezuela necesita inversión petrolera urgente, tecnología, capital privado y reglas modernas para recuperar una industria devastada. Otra muy distinta es aceptar, sin preguntas, un acuerdo de semejante tamaño envuelto en opacidad, anunciado por actores políticos cuestionados y explicado con cifras que todavía no terminan de cuadrar.
Según reportes publicados en los últimos días, Trump afirmó que Estados Unidos alcanzó un acuerdo con Venezuela para obtener control mayoritario sobre más de 65.000 millones de barriles de reservas probadas, mientras otras versiones hablan de unos 100.000 millones de dólares en inversión privada y de ingresos fiscales proyectados para Caracas. Reuters también reportó que abogados y expertos han pedido transparencia contractual ante la magnitud de lo anunciado. :contentReference[oaicite:0]{index=0}
Nadie sabe todavía el tamaño real del acuerdo
El primer problema es elemental: nadie sabe con precisión qué se firmó, qué se prometió, qué se cedió, por cuánto tiempo, bajo qué jurisdicción, con qué empresas, con qué garantías, con qué control parlamentario y con qué mecanismo de supervisión. Delcy Rodríguez no es una fuente a la que se pueda creer por acto de fe. Y del lado estadounidense hay anuncios políticos, publicaciones en redes y reportajes con fuentes familiarizadas con la materia, pero no todavía una arquitectura pública suficientemente clara para evaluar el alcance real.
La cifra de 65.000 millones de barriles impresiona, pero impresionar no es explicar. La inversión de 100.000 millones de dólares suena monumental, pero sonar monumental no es equivaler a transparencia. Los supuestos ingresos fiscales pueden venderse como salvación, pero el país ya sabe que los números grandes, cuando pasan por manos opacas, también pueden terminar siendo grandes decepciones.
Por eso la pregunta no es si el acuerdo es grande. La pregunta es si es legítimo, claro, auditado, beneficioso y compatible con una transición democrática real.
La sombra de los viejos acuerdos opacos
Si el acuerdo es de gran envergadura y no simple pirotecnia política, la opacidad que lo rodea recuerda demasiado a los pactos rubricados durante el chavismo con Rusia y China. Años después, Venezuela todavía no sabe bien a qué quedó obligada, qué perdió, qué entregó, qué recibió realmente y quién se benefició. La nación terminó hipotecada entre cláusulas oscuras, deuda, petróleo comprometido y propaganda patriótica.
La diferencia con experiencias anteriores de apertura económica es notable. Las privatizaciones del segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez y la Apertura Petrolera durante el gobierno de Rafael Caldera fueron procesos discutibles, como todo proceso político importante, pero tuvieron un nivel de debate, exposición pública, participación técnica y orientación modernizadora que hoy merece ser revisado con menos prejuicio y más justicia histórica.
A la luz de la tragedia que hemos vivido, resulta absurdo seguir repitiendo como dogma que toda apertura fue entrega y que todo estatismo fue soberanía. La verdad es más incómoda: muchas de las políticas que el chavismo demonizó habrían permitido al país insertarse mejor en el mundo, atraer capital, mejorar gestión y reducir el uso clientelar de la renta.
La procesión chavista ya no va por dentro
El acuerdo también agrava tensiones dentro de las filas del chavismo. Eso ya no es un secreto. La procesión no va por dentro: se escucha, se lee, se filtra y se grita en redes. Viejos aliados, sectores duros y nostálgicos del discurso antiimperialista observan con incomodidad cómo el rodrigato se sienta con el “imperio messssmo” a negociar lo que durante años juró defender de cualquier injerencia extranjera.
Incluso reportes internacionales han descrito críticas desde sectores opositores y preocupación por el alcance del entendimiento energético entre Washington y Caracas. The Guardian, por ejemplo, recogió que Bloomberg había informado sobre una fórmula discutida que incluiría derechos de largo plazo sobre campos petroleros, mientras Axios presentó el acuerdo como un movimiento de enorme alcance político y económico. :contentReference[oaicite:1]{index=1}
La ruptura con viejos aliados internacionales también empieza a ser evidente. Cubanos, iraníes y otros socios ideológicos pueden quejarse de traidores, lacayos del imperio y pitiyanquis; pero esta vez el insulto no apunta a la oposición democrática, sino a Delcy y su combo. Lo que antes podía venderse como zamarrería táctica ahora se parece más a la consecuencia de un hecho de fuerza: el chavismo sin caja busca oxígeno donde antes decía ver al enemigo absoluto.
La OPEP y el viraje que nadie explica del todo
Otro punto delicado es la eventual salida de Venezuela de la OPEP. Bloomberg reportó que el país evalúa abandonar la organización en medio de un acercamiento energético con Estados Unidos, y Reuters también recogió esa posibilidad en el contexto de las conversaciones petroleras. :contentReference[oaicite:2]{index=2}
No se trata de defender la permanencia en la OPEP como dogma. Venezuela debe hacer lo que más convenga a su recuperación económica. Pero una decisión de esa magnitud no puede tratarse como un pie de página dentro de una negociación cerrada. La OPEP forma parte de la historia petrolera venezolana, de su política exterior y de su relación con los mercados energéticos. Salir, quedarse o reformular la posición del país requiere debate nacional, estudio técnico y legitimidad política.
El país no puede enterarse de cambios estratégicos por filtraciones, titulares extranjeros o anuncios de madrugada. Venezuela no es una finca petrolera administrada por un grupo de operadores.
Salir del eje autoritario no basta
Ahora bien, no basta con alejarnos de la órbita rusa, china e iraní. Ese giro puede ser positivo si ayuda a recuperar acceso a capital, tecnología, mercados y supervisión internacional. Pero sería una ilusión creer que cambiar de aliado externo resuelve automáticamente el problema venezolano.
La enfermedad de fondo es más profunda: Venezuela debe abandonar el paradigma petrolero rentista que la llevó a la ruina. Durante décadas se vendió la idea de que el Estado debía administrar y distribuir la renta petrolera como gran padre benefactor. Aquellas aguas bienintencionadas trajeron los lodos del autoritarismo clientelar: ciudadanos convertidos en dependientes, instituciones convertidas en repartidoras de favores, partidos convertidos en intermediarios de renta y gobiernos convertidos en dueños de la riqueza nacional.
Hay que sepultar esa mentalidad. El petróleo debe explotarse a la mayor escala posible, con capital privado, competencia, transparencia, impuestos claros, reglas estables y beneficios que se traduzcan en empleo, infraestructura, servicios y oportunidades reales. No para alimentar otra élite rentista, sino para sacar al ciudadano de la miseria.
- El petróleo debe producir riqueza, no obediencia política.
- El Estado debe cobrar y regular, no comportarse como dueño absoluto de la sociedad.
- La renta debe convertirse en inversión, no en subsidio clientelar.
- La apertura debe ser transparente, no un pacto secreto entre pocos.
- La transición debe crear ciudadanos libres, no nuevos dependientes del poder.
Cola de león, no cabeza de ratón
Al César lo que es del César. Si Estados Unidos, empresas privadas o actores internacionales pueden ayudar a levantar la producción petrolera venezolana bajo reglas claras, bienvenido sea. Es preferible ser cola de león en una economía abierta, moderna y productiva, que cabeza de ratón en un Estado quebrado, opaco y lleno de discursos patrióticos sin gasolina, sin hospitales, sin servicios y sin futuro.
Pero esa apertura debe tener condiciones. Debe ser pública, auditable, constitucionalmente válida y políticamente legítima. No podemos cambiar la dependencia de La Habana, Moscú, Pekín o Teherán por una dependencia opaca de Washington sin que el pueblo venezolano sepa exactamente qué se negocia en su nombre.
Como suele decir Víctor Escalona, “el petróleo no salva a un país si el país sigue preso de los mismos administradores de la ruina”. Esa frase resume el dilema. Venezuela necesita abrirse al mundo, pero también necesita abrir las ventanas de la transparencia.
En RadioAmericaVe.com y Vierne5 creemos que el periodismo independiente debe acompañar la recuperación económica sin renunciar a preguntar. La inversión es necesaria. La apertura es urgente. El capital privado puede ser parte de la solución. Pero ningún acuerdo estratégico debe quedar por encima del derecho ciudadano a saber qué se entrega, qué se gana y quién responde si todo vuelve a salir mal.
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El acuerdo petrolero puede ser una oportunidad o puede ser otra hipoteca. Puede abrir una etapa de reconstrucción o repetir el viejo patrón de decisiones tomadas entre pocos, con discursos grandilocuentes y contratos que el país termina pagando durante décadas. Venezuela necesita petróleo produciendo, capital privado y apertura; pero también necesita verdad, legitimidad y control ciudadano.
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