RadioAmericaVe.com / Política. / Matías Ricardo Escalona Cardinale.
Venezuela e Israel restablecen vínculos consulares tras 17 años y confirman un profundo giro de la política exterior venezolana.

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Venezuela e Israel han dado un paso significativo hacia la normalización de sus vínculos después de 17 años de ruptura: ambos gobiernos acordaron reanudar los servicios consulares y establecer un mecanismo oficial de coordinación. Todavía no significa el restablecimiento pleno de las relaciones diplomáticas, pero sí constituye un cambio político de enorme simbolismo. Venezuela nunca debió romper relaciones con Israel, y la rectificación actual revela algo más profundo que un simple ajuste consular: confirma hasta qué punto la política exterior construida durante la era de Hugo Chávez está siendo desmontada pieza por pieza.
La ruptura de 2009 respondió a una decisión ideológica. El gobierno de Chávez expulsó entonces a la representación israelí en medio de la ofensiva militar en Gaza y convirtió el distanciamiento con Israel en parte de una política exterior que acercó a Caracas a Irán y a otros gobiernos enfrentados con Washington. Durante años, esa posición dejó de ser un episodio diplomático y pasó a formar parte de la identidad internacional del chavismo.
Ahora ocurre lo contrario. Y lo relevante no es únicamente que vuelvan los servicios consulares. Lo verdaderamente importante es que uno de los símbolos más visibles de aquella política exterior está siendo revertido sin que dentro del propio aparato que heredó el chavismo aparezca una resistencia ideológica capaz de impedirlo.
Una ruptura que nunca debió convertirse en política de Estado
Los gobiernos pueden discrepar profundamente. Pueden condenar operaciones militares, votar de forma distinta en organismos internacionales, retirar temporalmente embajadores o ejercer presión diplomática. Todo eso forma parte de las relaciones internacionales. Romper canales durante años es una decisión mucho más extrema.
Venezuela tenía razones para mantener una relación funcional con Israel independientemente de quién gobernara en Caracas o Jerusalén. Existen vínculos humanos, históricos, tecnológicos, económicos y consulares que no deberían depender de una adhesión ideológica coyuntural.
La política exterior madura no exige compartir todas las decisiones de otro Estado para mantener relaciones. Al contrario, la diplomacia existe precisamente para conservar canales abiertos cuando existen desacuerdos.
La decisión de Chávez convirtió un conflicto internacional complejo en una declaración identitaria venezolana. Desde entonces, Israel dejó de ser tratado simplemente como otro Estado con el cual podían existir coincidencias y diferencias y pasó a ocupar un lugar dentro de la narrativa revolucionaria contra Estados Unidos y sus aliados.
La frase de Chávez que retrata toda una época
La intensidad ideológica de aquella etapa quedó resumida en una intervención de Hugo Chávez en 2010. No hace falta reproducir toda aquella retórica. Basta recordar su expresión más conocida: “¡Maldito seas, Estado de Israel!”
La frase resulta útil hoy no para revivir viejas confrontaciones, sino para medir la distancia recorrida. Aquella política exterior hablaba en términos absolutos: amigos revolucionarios y enemigos imperiales; aliados estratégicos y adversarios históricos; pueblos hermanos y Estados condenados.
Dieciséis años después de aquella declaración y 17 años después de la ruptura, Venezuela vuelve a establecer un canal oficial con Israel.
El contraste es difícil de ignorar.
Y permite formular una pregunta políticamente relevante: si aquella ruptura representaba un principio esencial de la revolución, ¿quién está dispuesto hoy a defenderla hasta sus últimas consecuencias?
La respuesta, al menos hasta ahora, parece ser: casi nadie.
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La revolución se desmonta también desde la política exterior
El acercamiento con Israel puede leerse dentro de un proceso más amplio de transformación política iniciado después del 3 de enero. Algunas decisiones que antes parecían doctrinalmente intocables han comenzado a perder peso frente al pragmatismo.
Ese fenómeno merece atención porque permite separar dos componentes que durante años aparecieron unidos: la ideología y la conservación del poder.
El chavismo construyó una narrativa internacional basada en alianzas políticas muy definidas. Irán ocupó un lugar privilegiado. Israel fue convertido en adversario. Estados Unidos funcionó como enemigo estructural. Cuba apareció como aliado esencial. La revolución bolivariana intentaba presentarse como parte de un bloque internacional alternativo.
La situación actual sugiere que buena parte de aquella arquitectura podía ser menos sólida de lo que parecía.
Cuando cambian las condiciones de poder, también comienzan a cambiar las posiciones que durante años fueron presentadas como principios irrenunciables.
- Se recuperan canales internacionales que habían sido cerrados por razones ideológicas.
- El pragmatismo comienza a pesar más que la retórica revolucionaria.
- Las antiguas alianzas dejan de considerarse automáticamente permanentes.
- La política exterior empieza a vincularse de nuevo con intereses nacionales concretos.
El 3 de enero como punto de inflexión
Sería ingenuo presentar el acercamiento con Israel únicamente como resultado de una reflexión espontánea dentro del aparato gobernante venezolano. El giro ocurre dentro de la nueva realidad política surgida después del 3 de enero y del cambio de correlación internacional alrededor de Venezuela.
Ese contexto importa porque permite comprender por qué decisiones que parecían imposibles ahora avanzan con relativa rapidez.
El acercamiento con Israel también coincide con una Venezuela que necesita cooperación internacional, inversión, reconstrucción de infraestructura y reinserción progresiva en redes políticas y económicas de las que estuvo parcialmente aislada durante años.
Israel puede aportar experiencia en sectores como agua, agricultura, tecnología, medicina, seguridad e innovación. Para un país enfrentado a una reconstrucción enorme, mantener cerrada esa relación únicamente por razones heredadas de una confrontación ideológica carecería de sentido práctico.
Normalizar relaciones no significa respaldarlo todo
Conviene evitar otro extremo. Defender relaciones normales con Israel no significa otorgar aprobación automática a todas las decisiones del gobierno israelí.
Venezuela puede sostener relaciones diplomáticas y, al mismo tiempo, expresar posiciones críticas sobre Gaza, los territorios palestinos, operaciones militares o cualquier otro asunto internacional. De la misma manera que puede mantener relaciones con Estados Unidos sin coincidir con cada decisión de Washington.
Esa distinción es característica de una política exterior institucional.
Los Estados no deberían organizar sus relaciones internacionales alrededor de afectos revolucionarios ni enemistades personales. Deben hacerlo alrededor de intereses nacionales, derecho internacional, cooperación y mecanismos diplomáticos.
Por eso la recuperación de los vínculos con Israel puede convertirse en algo más importante que la reapertura de servicios consulares. Puede servir como señal de que Venezuela comienza a abandonar una política exterior concebida como extensión de una ideología.
Qué se disputa detrás de este acercamiento
En el fondo existe una discusión sobre qué tipo de país quiere volver a ser Venezuela en el escenario internacional.
Una posibilidad consiste en mantener parte del esquema heredado: alianzas rígidas, enemigos permanentes y relaciones determinadas por afinidades políticas. La otra consiste en reconstruir una diplomacia más profesional y menos ideologizada.
La segunda opción requeriría reglas bastante sencillas:
- mantener relaciones con Estados independientemente de las simpatías partidistas del gobierno de turno;
- defender los intereses de los venezolanos residentes en el extranjero;
- utilizar la diplomacia para resolver conflictos en lugar de clausurar canales;
- separar las posiciones sobre gobiernos específicos de las relaciones entre Estados;
- recuperar una política exterior orientada por intereses nacionales y no por consignas revolucionarias.
Una señal especialmente importante para la comunidad judía venezolana
La recuperación de servicios consulares también tiene una dimensión humana. Durante décadas Venezuela contó con una comunidad judía profundamente integrada a la vida económica, cultural y social del país.
La ruptura diplomática convirtió a esa comunidad en testigo directo de una confrontación internacional trasladada innecesariamente al terreno venezolano.
Normalizar los vínculos contribuye a recuperar una tradición distinta: la de una Venezuela capaz de convivir con comunidades de diversos orígenes, mantener relaciones internacionales plurales y evitar que disputas externas terminen alimentando divisiones internas.
La desaparición gradual de los dogmas de la era Chávez
Hay algo particularmente revelador en todo este episodio: la velocidad con la que ciertos símbolos del pasado comienzan a convertirse precisamente en eso, pasado.
Las frases grandilocuentes, las alianzas presentadas como eternas y las maldiciones diplomáticas que alguna vez ocupaban horas de televisión hoy parecen pertenecer a otra época.
No significa que todo el sistema construido durante aquellos años haya desaparecido. Muchas estructuras de poder permanecen y muchas prácticas siguen pendientes de transformación. Pero la arquitectura ideológica muestra señales evidentes de deterioro.
Eso puede tener importantes consecuencias políticas. Si desaparece la doctrina que justificaba determinadas alianzas y enfrentamientos, queda mucho más expuesta la verdadera naturaleza de quienes todavía intentan preservar cuotas de poder.
La pregunta deja entonces de ser qué principios defienden y pasa a ser qué posiciones buscan conservar.
Venezuela necesita recuperar una diplomacia de Estado
La normalización con Israel debería servir para algo más que corregir un error histórico. Puede convertirse en oportunidad para reconstruir la política exterior venezolana sobre bases más profesionales.
Venezuela necesita relaciones abiertas con Estados Unidos, Israel, Europa, América Latina, los países árabes, China, India y cualquier otro actor relevante. Ninguna de esas relaciones debería exigir obediencia ideológica.
La diplomacia existe para gestionar diferencias y encontrar áreas de cooperación incluso entre gobiernos que discrepan profundamente.
Ese debería ser el aprendizaje después de años de enfrentamientos internacionales utilizados muchas veces como combustible político interno.
La reconstrucción también pasa por abandonar viejos dogmas
El periodismo independiente tiene la obligación de observar estos cambios sin convertirse ni en celebrante automático ni en defensor de nostalgias ideológicas. Lo importante es preguntar si cada decisión acerca a Venezuela a instituciones más normales, relaciones internacionales más útiles y una política exterior orientada por los intereses del país.
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La recuperación de los vínculos con Israel es, en ese sentido, una buena señal. Corrige una ruptura que nunca debió producirse y demuestra que algunos de los dogmas más visibles de la era Chávez están perdiendo vigencia.
Ahora falta comprobar si ese pragmatismo llegará también a las instituciones internas, a la justicia, a las elecciones y a las reglas que determinarán el futuro democrático del país.
Preguntas frecuentes
¿Venezuela e Israel restablecieron completamente relaciones diplomáticas?
No todavía. El paso anunciado contempla la reanudación de servicios consulares y la creación de un mecanismo oficial de coordinación, lo que representa un avance hacia una posible normalización más amplia.
¿Cuándo rompió Venezuela relaciones con Israel?
La ruptura ocurrió en 2009 durante el gobierno de Hugo Chávez, en el contexto de la ofensiva israelí en Gaza.
¿Por qué este acercamiento tiene importancia política?
Porque modifica uno de los componentes más simbólicos de la política exterior chavista y evidencia una reorientación más pragmática de Venezuela dentro del escenario internacional.
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