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Por Matías Ricardo Escalona Cardinale
El regreso político debe abrir espacio cívico, exigir elecciones y evitar descarrilar la transición.

- Retorno de María Corina a Venezuela
- Elecciones presidenciales Venezuela
- Espacio cívico venezolano
- Plan de tres fases Venezuela
Quienes han ido regresando a Venezuela no lo han hecho con una Molotov en la mano ni con discursos incendiarios. Han vuelto, más bien, con una idea sencilla y potente: pedir elecciones, reclamar la reapertura del espacio cívico y hablarle al país de frente, sin clandestinidad, sin pose heroica vacía y sin convertir la política en una escena de demolición. En un país cansado de trampas, represión y simulacros, ese tono importa. Porque la reconstrucción democrática no necesita más ruido inútil: necesita presencia, estrategia y cartas abiertas.
El regreso de Claudia Macero, jefa de comunicaciones de María Corina Machado, fue reseñado como parte de un movimiento político que coincidió con caravanas convocadas para exigir el regreso seguro de Machado, un cronograma electoral y elecciones presidenciales en 2027. Ese dato revela algo que conviene mirar sin ansiedad y sin ingenuidad: hay sectores de la oposición que están intentando volver al terreno nacional con una lógica de presión cívica, no de aventura insurreccional.
Ese es el punto que debe cuidarse. Volver no puede ser un acto para incendiar la ruta, sino para fortalecerla. No puede ser una maniobra a espaldas de la administración estadounidense ni una bola de demolición contra el plan de las tres fases que Washington ha venido respaldando como marco de estabilización, recuperación y transición. Debe ser, si ocurre, un movimiento frontal, coordinado, inteligente y políticamente útil.
Regresar no es improvisar
El retorno de María Corina Machado, si se produce, tendrá una carga simbólica enorme. No será un desplazamiento más ni una fotografía más. Será un hecho político de alta intensidad. Precisamente por eso no puede depender del impulso del momento, del clamor de redes o de la necesidad emocional de ver a una figura central pisando suelo venezolano.
Regresar por regresar sería un error. Regresar para ordenar la presión democrática, exigir elecciones y abrir espacio cívico puede ser una jugada decisiva. La diferencia entre una cosa y la otra está en la estrategia.
Machado ha dicho en distintos momentos que busca regresar a Venezuela y participar en unas elecciones limpias y libres dentro del marco de una ruta de transición; también ha señalado que su retorno debe estar coordinado con Estados Unidos, al que ha descrito como un aliado principal en esa causa. Esa coordinación no es un detalle menor. En una crisis tan delicada, cualquier movimiento que altere el tablero debe medir consecuencias internas, internacionales, jurídicas, comunicacionales y de seguridad.
La épica sin cálculo puede producir titulares. La estrategia con cálculo puede producir resultados.
La política debe volver al terreno
Durante años, el poder ha intentado vaciar el espacio cívico. Ha perseguido, inhabilitado, censurado, encarcelado, intimidado y empujado a muchos liderazgos al exilio, al silencio o a la clandestinidad. Por eso cada regreso tiene un valor que va más allá de la persona que cruza una frontera. Volver es disputar el terreno; Volver es decir que el país no pertenece al miedo. Volver es recordarle al aparato que la sociedad no se resignó a vivir fuera de la política.
Pero ese regreso debe tener propósito. No basta con estar. Hay que saber para qué se está. Y en este momento el para qué es evidente: exigir un cronograma electoral, nuevo árbitro confiable, garantías para todos los actores, libertad de expresión, protección a la sociedad civil y fin del chantaje represivo.
Las caravanas y movilizaciones de estos días han planteado precisamente una exigencia de regreso seguro, cronograma electoral y presidenciales. Ese tipo de presión cívica tiene sentido si se mantiene dentro de una lógica democrática, abierta y verificable.
No se trata de dinamitar la ruta
Hay una tentación comprensible en un país agotado: querer patear la mesa, romperlo todo y empezar desde cero. Pero Venezuela no está para gestos que consuman energía sin construir poder real. Tampoco está para aventuras que le permitan al régimen presentarse como víctima de una conspiración o justificar nuevos cierres del espacio político.
El regreso de María Corina, si ocurre, debería apuntalar la ruta, no dinamitarla. Eso significa actuar de frente, con objetivos claros y sin ambigüedades. Significa exigir elecciones, pero también entender que la presión debe acumularse con inteligencia; Significa mantener contacto con aliados internacionales, pero sin entregarles la conducción moral del país. Significa hablarle al pueblo venezolano, pero sin convertir su esperanza en combustible para una improvisación.
La política democrática debe ser firme, pero no suicida. Debe ser audaz, pero no atolondrada. Debe incomodar al poder, pero no regalarle excusas.
Las cartas abiertas también son una forma de valentía
Durante demasiado tiempo se confundió valentía con clandestinidad, grito o ruptura absoluta. Pero en este momento la valentía puede tener otra forma: entrar al país con las cartas abiertas, pedir elecciones, exigir garantías, acompañar a la gente, recorrer espacios, sostener la presión y obligar al poder a mostrar si realmente está dispuesto a abrir el juego democrático o si solo administra el tiempo para atornillarse.
La transparencia política tiene fuerza. Cuando un liderazgo dice lo que quiere, cómo lo quiere y por qué lo quiere, reduce el margen de manipulación del adversario. Si el reclamo es elecciones, espacio cívico y garantías, entonces el poder debe responder sobre eso. No sobre fantasmas; No sobre conspiraciones inventadas. No sobre enemigos fabricados.
Quienes vuelven con tono constructivo no están siendo débiles. Están obligando al régimen interino a enfrentar la pregunta esencial: ¿habrá apertura real o solo una nueva administración del encierro?
La única certeza
Las cosas se descarrilarán si pasan los meses y no hay visos de cambio sino de atornillamiento. Esa es la única certeza en medio de tanta incertidumbre. No hace falta ser pitoniso para advertirlo. Si la ruta de las tres fases termina convertida en una sala de espera interminable, si las elecciones se diluyen, si el espacio cívico sigue condicionado, si los presos políticos continúan como fichas y si el aparato represivo conserva intacta su capacidad de daño, entonces la frustración crecerá.
Y la frustración, cuando no encuentra cauce político, puede transformarse en algo mucho más difícil de administrar.
Por eso urge convertir los gestos en resultados. No basta con permitir algunos regresos; No basta con tolerar algunas caravanas. No basta con hablar de futuro. El país necesita señales concretas:
- cronograma electoral presidencial claro y verificable;
- garantías para el regreso seguro de liderazgos políticos;
- reapertura plena del espacio cívico y libertad de expresión;
- nuevo CNE confiable y sometido a observación internacional;
- liberación de presos políticos y fin de medidas cautelares usadas como chantaje;
- compromiso público de no persecución contra quienes participen en la vida democrática.
Volver para abrir camino
El regreso de María Corina, si se da, debe entenderse como parte de una arquitectura mayor. No como acto aislado; No como desafío emocional. No como fotografía para consumo inmediato. Debe ser una pieza dentro de una estrategia destinada a ordenar la presión democrática, fortalecer la ruta electoral y obligar a que la transición tenga contenido real.
Venezuela no necesita liderazgos escondidos eternamente, pero tampoco liderazgos sacrificados por precipitación. Necesita conducción, presencia y método; Necesita que el retorno de sus figuras políticas sirva para abrir puertas, no para cerrar caminos. Necesita que la energía ciudadana se convierta en calendario, garantías y voto.
Como suele decir Víctor Escalona, “volver al país no es cruzar una frontera; es obligar al poder a reconocer que la nación sigue viva”. Esa frase resume el dilema. El regreso no debe ser un final simbólico. Debe ser el comienzo de una etapa más exigente.
En RadioAmericaVe.com y Vierne5 creemos que el periodismo independiente debe mirar estos movimientos sin culto ni cinismo. Con esperanza crítica; Con memoria. Con exigencia. Porque la democracia no se recupera solo con valentía, ni solo con prudencia, ni solo con apoyo internacional. Se recupera cuando esas tres cosas se ordenan alrededor de una meta verificable: que el pueblo vuelva a decidir.
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Quienes están regresando no parecen buscar una confrontación estéril, sino abrir espacio para la política democrática. Esa lógica debe cuidarse. El regreso de María Corina, si ocurre, tendría que reforzar esa dirección: de frente, con cartas abiertas, coordinado con los aliados, pero anclado en el mandato venezolano de elecciones y libertad. Si pasan los meses y solo vemos atornillamiento, la ruta perderá oxígeno. Si hay señales reales, el país podrá empezar a creer otra vez.
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