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miércoles, 4 de noviembre de 2026

Apure: drones de EE. UU. y el dilema de la soberanía

RadioAmericaVe.com  / Política.

 

EE. UU. apoyó con inteligencia y drones un ataque venezolano contra el ELN en Apure. El episodio abre un debate sobre soberanía.

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La cooperación entre Caracas y Washington acaba de cruzar una frontera especialmente sensible. Un ataque ejecutado el pasado 30 de octubre contra un presunto campamento del Ejército de Liberación Nacional (ELN) en Apure contó con inteligencia y apoyo de drones estadounidenses, según una investigación de The New York Times citada este miércoles por medios internacionales. El episodio revela que la nueva relación bilateral ya no se limita al petróleo, la diplomacia o la transición electoral: también alcanza operaciones de seguridad dentro del territorio venezolano.

La información obliga a separar los hechos confirmados de lo que todavía permanece bajo reserva. Según cuatro funcionarios estadounidenses citados por el diario neoyorquino, Estados Unidos proporcionó inteligencia y apoyo con drones para la operación. Un alto mando militar venezolano confirmó igualmente al periódico que el ataque ocurrió. Sin embargo, ni el Gobierno venezolano ni la Fuerza Armada Nacional Bolivariana habían presentado hasta este miércoles un informe público detallado sobre la operación, sus reglas de participación, el número definitivo de víctimas o el alcance exacto de la asistencia estadounidense.

Ese silencio convierte una operación contra un grupo armado irregular en un asunto político de primer orden: ¿se trata de cooperación táctica entre dos gobiernos que comparten un enemigo o de una nueva expresión del extraordinario peso que Washington ha adquirido sobre decisiones estratégicas venezolanas?

Qué ocurrió en Apure

El ataque tuvo lugar en Buena Vista del Meta, municipio Pedro Camejo, una zona rural del estado Apure próxima a la frontera colombiana. La región ha sido señalada durante años por organizaciones civiles y autoridades de ambos países como corredor de grupos armados, narcotráfico y otras economías ilegales.

Fundaredes fue una de las primeras organizaciones en informar públicamente sobre la operación. Sus reportes iniciales situaron el número de fallecidos en 19. Posteriormente, la información recogida por El País, basada también en la investigación de The New York Times, elevó a 23 el balance atribuido a la organización, además de un número indeterminado de heridos.

La evolución de esas cifras obliga a mantener cautela. No existe todavía un balance oficial venezolano que permita establecer con certeza cuántas personas murieron, quiénes pertenecían efectivamente al ELN o si hubo civiles entre las víctimas.

Periodistas locales lograron identificar a varias de las personas fallecidas mediante consultas en morgues, hospitales y cementerios. Pero la identificación completa de las víctimas y su vinculación con la organización guerrillera continúan siendo asuntos que requieren verificación oficial.

La revelación que cambia la dimensión del ataque

Hasta comienzos de esta semana, la información disponible permitía interpretar lo sucedido como una operación venezolana contra un campamento atribuido al ELN. La revelación sobre la participación estadounidense modifica sustancialmente esa lectura.

De acuerdo con la investigación citada, Washington proporcionó inteligencia y capacidades de drones. Eso no significa necesariamente que personal estadounidense haya ejecutado directamente cada ataque ni permite determinar, con la información disponible, quién tomó la decisión final sobre cada objetivo.

Pero sí demuestra un nivel de coordinación operacional entre ambos países mucho más profundo que el conocido públicamente hasta ahora.

La cooperación podría incluir varias dimensiones:

  • localización e identificación de objetivos;
  • vigilancia aérea y seguimiento mediante drones;
  • intercambio de inteligencia sobre movimientos del ELN;
  • coordinación técnica con fuerzas venezolanas;
  • y apoyo operacional para reducir la capacidad de grupos armados en la frontera.

Cuáles de estas tareas fueron realizadas exactamente deberá ser aclarado por ambos gobiernos.

Una alianza impensable hace apenas un año

El dato político más significativo es quizá la velocidad del cambio.

Durante años, Washington y Caracas mantuvieron una relación marcada por sanciones, acusaciones de narcotráfico, ruptura diplomática y profundas diferencias ideológicas. Hoy, menos de un año después de la captura de Nicolás Maduro y del ascenso de Delcy Rodríguez a la Presidencia encargada, ambas capitales cooperan en petróleo, recuperación económica, reforma institucional y ahora también en seguridad fronteriza.

La lucha contra grupos armados ofrece un terreno donde los intereses pueden coincidir. Estados Unidos considera al ELN una organización terrorista extranjera y mantiene una estrategia regional contra el narcotráfico. Venezuela, por su parte, enfrenta desde hace años la presencia de guerrillas y organizaciones criminales en sus zonas fronterizas.

Desde ese punto de vista, compartir inteligencia puede interpretarse como una forma convencional de cooperación entre Estados.

La cuestión cambia cuando esa cooperación involucra capacidades militares extranjeras operando sobre objetivos situados dentro del territorio venezolano.

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Soberanía no significa aislamiento

La presencia de cooperación extranjera no constituye automáticamente una violación de soberanía. Los Estados pueden solicitar inteligencia, tecnología, entrenamiento o apoyo operativo a otros países mediante acuerdos bilaterales.

El punto fundamental es otro: quién autorizó la operación, bajo qué marco jurídico y con qué controles.

Si el Gobierno venezolano solicitó formalmente asistencia estadounidense y mantuvo la conducción de la operación, estaríamos ante una cooperación bilateral de seguridad, aunque políticamente sensible.

Si, en cambio, fuerzas extranjeras seleccionaron objetivos, dirigieron acciones dentro del territorio o actuaron sin mecanismos venezolanos de autorización y supervisión, las implicaciones serían considerablemente diferentes.

La información pública disponible todavía no permite determinar con precisión dónde se encuentra esa línea.

Por eso la transparencia no es un detalle administrativo. Es precisamente lo que permite distinguir cooperación soberana de subordinación estratégica.

El silencio oficial alimenta las preguntas

Hasta el momento, las autoridades venezolanas no han presentado una explicación pública completa sobre el operativo.

No se ha divulgado un parte militar detallado. Tampoco se conocen públicamente las reglas de enfrentamiento, el mecanismo de autorización de la asistencia estadounidense ni el balance definitivo de víctimas.

Fundaredes ha reclamado precisamente transparencia sobre lo ocurrido y ha pedido identificar formalmente a las personas fallecidas.

La ausencia de información adquiere mayor gravedad porque el país atraviesa una transición que ha colocado la reconstrucción institucional y el control ciudadano como elementos centrales del debate.

No resulta coherente exigir transparencia al CNE, al TSJ o a una mesa política y considerar innecesaria esa misma transparencia cuando se utilizan capacidades militares dentro del territorio nacional.

Rubio y Oliver Blanco: el otro rostro de la cooperación

La revelación sobre Apure coincide además con una semana de intensa actividad diplomática.

El secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, recibió el 2 de noviembre en Washington al nuevo canciller venezolano, Oliver Blanco, en el primer encuentro formal de los responsables diplomáticos de ambos países desde el restablecimiento de relaciones.

Según el comunicado del Departamento de Estado, Rubio reafirmó el plan de tres fases de la Administración Trump para Venezuela: estabilización, recuperación económica y reconciliación política, seguida por una transición democrática.

Ambos funcionarios discutieron además reformas institucionales destinadas a crear condiciones para elecciones libres, justas y creíbles. Rubio pidió igualmente continuar con la liberación de presos políticos.

La reunión demuestra que el acercamiento bilateral ya posee una arquitectura política estable.

Lo ocurrido en Apure sugiere ahora que existe también una dimensión de seguridad mucho más desarrollada de lo que había trascendido públicamente.

La paradoja de la transición venezolana

Mientras dirigentes venezolanos discuten la renovación del Tribunal Supremo de Justicia, el futuro Consejo Nacional Electoral, las inhabilitaciones y la posibilidad de presidenciales durante 2027, Estados Unidos y Venezuela están actuando conjuntamente contra amenazas armadas.

La contradicción es aparente, pero políticamente significativa.

Washington parece estar aplicando simultáneamente dos estrategias: construir instituciones capaces de conducir una transición electoral y fortalecer rápidamente al Estado venezolano frente a amenazas de seguridad.

Ese enfoque responde a una lógica pragmática. Ningún proceso electoral es sostenible si el Estado carece de control territorial en regiones donde operan guerrillas, narcotraficantes y organizaciones criminales.

Pero también existe un riesgo: que las estructuras de cooperación en seguridad avancen más rápido que los mecanismos democráticos encargados de controlarlas.

Apure obliga a revisar una vieja deuda del Estado

El debate tampoco debería comenzar con los drones estadounidenses.

Durante años, organizaciones venezolanas denunciaron la presencia de grupos armados colombianos en Apure, Táchira, Amazonas y otras regiones fronterizas. Comunidades locales informaron de reclutamiento, extorsiones, desplazamientos y control territorial.

La pregunta pendiente es por qué esas organizaciones pudieron consolidar durante tanto tiempo estructuras operativas dentro de Venezuela.

La actual ofensiva puede representar un cambio sustancial en la política de seguridad fronteriza. Pero para comprender su alcance será necesario conocer si existe una estrategia nacional permanente o si se trata de operaciones puntuales vinculadas a la nueva cooperación con Washington.

El problema no es cooperar, sino saber quién decide

La soberanía moderna no se mide por la ausencia absoluta de aliados extranjeros. Casi todos los Estados cooperan en inteligencia, defensa y lucha contra organizaciones transnacionales.

La soberanía se mide también por la capacidad de las instituciones nacionales para decidir, autorizar, supervisar y rendir cuentas.

En el caso de Apure, varias preguntas siguen sin respuesta:

  • ¿quién solicitó formalmente la asistencia estadounidense?
  • ¿qué autoridad venezolana autorizó el empleo de drones o inteligencia extranjera?
  • ¿quién identificó y aprobó los objetivos?
  • ¿qué participación tuvieron exactamente las fuerzas estadounidenses?
  • ¿cuántas personas murieron y cuál era su condición?
  • ¿existieron daños o riesgos para población civil?
  • ¿habrá una investigación o informe público sobre la operación?

Responder esas preguntas no debilita la lucha contra el ELN. La fortalece institucionalmente.

Cooperación táctica o soberanía tutelada

La información conocida hasta ahora no permite afirmar que Washington haya sustituido al Estado venezolano en la conducción militar de Apure. Sí permite afirmar que Estados Unidos aportó capacidades relevantes a una operación realizada dentro de Venezuela, según funcionarios estadounidenses citados por The New York Times.

Ese matiz es central.

Calificar automáticamente la operación como ocupación extranjera exageraría lo que sabemos. Presentarla simplemente como una colaboración rutinaria ignoraría el enorme peso político que tiene la participación estadounidense en el contexto actual.

Venezuela se encuentra en una transición donde Washington influye en energía, sanciones, diplomacia, reformas institucionales y seguridad. Cuanto mayor sea esa influencia, mayor debe ser también la obligación de informar dónde terminan la cooperación y el acompañamiento y dónde comienzan decisiones que pertenecen exclusivamente a las instituciones venezolanas.

El periodismo independiente tiene la responsabilidad de vigilar precisamente esa frontera. Las contribuciones de los lectores permiten que Vierne5 continúe contrastando la información oficial, los reportes de organizaciones civiles y las actuaciones de gobiernos extranjeros sin asumir como propia la versión de ninguno de ellos.

Combatir a organizaciones armadas que operan ilegalmente en territorio venezolano puede ser una obligación legítima del Estado. Pero incluso una operación legítima necesita reglas, controles y explicaciones.

La verdadera prueba de soberanía no será saber si un dron estadounidense voló sobre Apure. Será saber si los venezolanos pueden conocer quién autorizó su presencia, para qué fue utilizado y quién responde por las consecuencias.

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