RadioAmericaVe.com / Opinión
Cuando el poder pierde fuerza, desaparecen aliados, lealtades y discursos. El chavismo comienza a sentirlo.

Desgaste del chavismo, pérdida de poder político, caída del entorno de Maduro, fractura del régimen venezolano
El poder tiene algo de espejismo y algo de jaula. Mientras se conserva intacto, parece eterno. Todo gira alrededor de quien lo ejerce: abundan los aplausos, las sonrisas oportunistas, los aliados incondicionales y hasta las convicciones prestadas. Pero cuando comienza a resquebrajarse, aunque sea apenas por una grieta diminuta, la escena cambia con una velocidad brutal. Los teléfonos dejan de sonar, los abrazos se vuelven fríos y los leales empiezan a calcular rutas de escape.
Eso es exactamente lo que comienza a observarse hoy dentro y alrededor del chavismo. No porque haya desaparecido el aparato de control, ni porque el régimen haya dejado de tener poder. Sería ingenuo afirmarlo. Pero sí porque empieza a percibirse algo que durante años parecía imposible: la sensación de desgaste, de agotamiento político y de miedo interno.
Y cuando el miedo entra al círculo del poder, todo se transforma.
El chavismo construyó durante más de dos décadas una narrativa basada en la fortaleza absoluta. Se presentaba como invulnerable, cohesionado y destinado a permanecer indefinidamente. Pero el problema de las estructuras sostenidas más por conveniencia que por principios es que terminan dependiendo exclusivamente de la capacidad de seguir ganando.
En política, como en el fútbol, hay equipos que parecen invencibles mientras levantan trofeos. Todo el mundo quiere ponerse esa camiseta. Todo se ve ordenado, brillante, sólido. Pero basta una racha negativa para que comiencen las fracturas, las críticas internas y los pases de factura.
Eso ocurre hoy alrededor del poder venezolano.
Ya empiezan a desmontarse símbolos, discursos y lealtades que hace apenas unos años parecían intocables. Los carteles pidiendo el regreso de Maduro y Cilia desaparecen discretamente. Algunos que antes competían por fotografiarse cerca del poder ahora prefieren bajar el perfil. Otros comienzan a practicar el viejo deporte político de negar amistades incómodas.
La escena alrededor de José Luis Rodríguez Zapatero también refleja algo parecido. Durante años fue tratado dentro de ciertos círculos políticos y mediáticos como un interlocutor privilegiado, casi intocable. Pero las percepciones cambian cuando cambian los vientos. En política, pocos capitales se deprecian tan rápido como el prestigio asociado a proyectos en declive.
Y luego está el caso Saab, convertido durante años en símbolo propagandístico de resistencia frente a las sanciones. Hoy, en cambio, alrededor de esa historia empieza a instalarse el silencio estratégico. Ese mecanismo tan común en los sistemas de poder donde muchos celebran mientras hay beneficios, pero desaparecen cuando perciben riesgos.
El verdadero rostro del poder sin ética
El problema no es únicamente perder poder. El problema es haber construido ese poder vacío de sentido ético y político.
Cuando el poder se sostiene sobre instituciones sólidas, legitimidad democrática y reglas claras, las transiciones suelen ser difíciles, pero administrables. Sin embargo, cuando se basa principalmente en el miedo, el control y las lealtades compradas, la caída se vuelve feroz porque nadie confía realmente en nadie.
Por eso comienzan a aparecer fenómenos típicos de las estructuras desgastadas:
- Los aliados se convierten en observadores prudentes.
- Los operadores financieros intentan protegerse.
- Los testaferros buscan distancia.
- Los antiguos defensores bajan el tono.
- Los oportunistas preparan nuevas alianzas.
Todo ocurre mientras públicamente se intenta proyectar normalidad.
Pero las señales están ahí.
La política tiene algo profundamente humano: cuando una estructura transmite fortaleza, atrae adhesiones; cuando transmite incertidumbre, activa el instinto de supervivencia.
Y eso explica muchas de las conductas que hoy comienzan a verse dentro del entorno chavista.
Las derrotas también cambian el lenguaje
Hay otro detalle importante: cuando un proyecto político empieza a perder fuerza, cambia incluso la manera en que habla.
El chavismo de hace quince años era confrontacional, ideológicamente expansivo y emocionalmente agresivo. El de hoy transmite otra cosa: cansancio, contradicción y administración de daños.
Ya no existe aquella épica desbordante de los años de bonanza petrolera. Lo que aparece ahora es una narrativa mucho más defensiva, más burocrática y más preocupada por sobrevivir que por convencer.
Y eso tiene consecuencias profundas.
Porque los movimientos políticos no se sostienen únicamente por estructuras de control. También necesitan mística, relato y fe interna. Cuando quienes rodean el poder comienzan a actuar más por miedo que por convicción, el deterioro se vuelve inevitable.
Quizás por eso muchos de los que antes gritaban consignas hoy prefieren el silencio. Algunos descubrieron demasiado tarde que el poder era una circunstancia y no una identidad permanente.
Como dijo alguna vez Víctor Escalona: “El poder prestado desaparece más rápido que los aplausos”. Y pocas frases describen mejor lo que empieza a respirarse hoy alrededor del oficialismo venezolano.
La sociedad también aprende
Pero hay algo más importante todavía: el país observa.
Durante años millones de venezolanos vieron cómo se construía una estructura política basada en privilegios, propaganda y control. También vieron cómo muchos defendían públicamente lo que en privado criticaban.
Ahora el país empieza a ver otro fenómeno: el repliegue silencioso de quienes antes parecían fanáticos irreductibles.
Y eso deja varias lecciones.
- El miedo político no es eterno.
- Las lealtades basadas en conveniencia son frágiles.
- Los discursos radicales suelen moderarse cuando cambia el balance de poder.
- La propaganda pierde fuerza cuando la realidad termina imponiéndose.
Nada de esto significa que el cambio esté garantizado o que el desenlace sea automático. Venezuela sigue atrapada en una situación compleja y dolorosa. Pero sí evidencia que incluso las estructuras aparentemente más sólidas comienzan a deteriorarse cuando pierden legitimidad social y confianza interna.
El poder feroz tiene esa paradoja: mientras más absoluto parece, más vulnerable puede volverse cuando empiezan las fracturas.
Y quizás esa sea la imagen más reveladora de este momento político venezolano: muchos de los que antes corrían para acercarse al poder ahora comienzan discretamente a buscar la salida más cercana.
El periodismo independiente sigue siendo necesario precisamente en momentos así: cuando las máscaras empiezan a caer y las sociedades necesitan memoria, contexto y mirada crítica para entender lo que realmente ocurre detrás de los discursos oficiales.
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Porque al final el poder nunca revela tanto su verdadera naturaleza como cuando comienza a perderla. Allí desaparecen los disfraces, se evaporan los aplausos y queda expuesta la fragilidad de quienes confundieron autoridad con eternidad.
Y Venezuela, que ha pagado un precio altísimo por demasiadas lealtades interesadas y demasiados silencios cómplices, merece mirar ese proceso con claridad y sin ingenuidades.
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